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No es suficiente con saberlo

Tú y yo sabemos que vivimos muchísimo mejor que muchísimas otras personas, en el mundo y en el edificio de al lado. Peor que bastantes otras también, pero habrá que poner el ojo donde está la mayoría. Y sin tener que irnos lejos, podemos compararnos con nosotros mismos.

 

En mi caso, con el tiempo, he ido ganando, y no digo de la adolescencia a la madurez, del terribe año pasado a este luminoso, sino de ayer mismo a hoy, cuando me siento tan feliz por poder beberme un vaso de agua sin dolor. Qué placer. Porque me he podido sentar a comer (despacio, cosas blanditas y frías) después de cuatro días arrastrada por una amigdalitis tremenda, qué felicidad más tonta y más importante.

 

No le damos importancia al cuerpo, no valoramos la salud hasta que nos falta, no nos damos cuenta de lo inútil que es la mano izquierda hasta que nos lesionamos la derecha, no nos fijamos en los bordillos hasta que son un obstáculo.

 

No valoramos ni agradecemos al cuerpo que todo esté ahí dentro en orden. Que todo esté perfectamente coordinado hasta cuando estás enfermo, como cuando se me saltaban las lágrimas al tragar. Por eso hoy quiero agradecer que las amígdalas estén en su sitio, que caminemos sobre nuestros dos pies, que los pulmones se llenen de aire cuando respiramos, que el oxígeno llegue a todas las células a hacer su trabajo, que esos mensajeros diminutos de “La vida es así” que salían corriendo del cerebro con información lleguen a dar la orden correspondiente a tiempo.

 

Sé que este mensaje se me olvidará en unos días, por eso hoy tengo que valorarlo. Dar las gracias, sentirse agradecido, es un buen ejercicio para limpiar cada día el alma. Cuántas veces nos quejamos de que la vida es una mierda y cuántas dejamos pasar que es también maravillosa.

18/11/2014 11:52 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Había un hombre leyendo

Había un hombre leyendo. La gente normal hablaba por teléfono, aprovechaba para contestar mensajes, opinar por twitter o actualizar su estado de facebook. Se enfrascaban con algún videojuego en su móvil o escuchaban música sin más.

 

Él parecía sacado de otro siglo, ahí absorto con su libro de verdad. Pasaba las páginas y todo con los dedos. Fruncía el ceño y sonreía a veces, igual que la gente que miraba las pantallas, pero los gestos de aquel hombre tenían otra intensidad.

 

Algo impúdico, porque todos sabíamos que las páginas muertas no le estaban comunicando nada en ese momento; no es que un amigo de repente te mande un chiste o tu novio un emoticono de corazón. Sin embargo, él se emocionaba como si lo fuera. Como si estuviera interactuando con ese árbol asesinado. Jugando descaradamente a su propio juego, él solo, ahí tan tranquilo, sumergido en quién sabe qué mundos, leyendo desde el fondo del vagón.

21/11/2014 01:47 Elena #. Literatura No hay comentarios. Comentar.


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