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Contra las perdices: Acabar comiendo pájaros no es un buen final

Palmaditas en la espalda. Ella se había cruzado el océano por él y él la recibía con palmaditas en la espalda, en el JFK de Nueva York.

 

Se habían conocido tres meses antes en otro aeropuerto, el de Atenas. Sí, como en las películas, se conocieron en un avión. Los dos viajaban solos, volvían de unas vacaciones en Grecia y la compañía aérea se había encargado de sentarlos juntos. Esas cosas pasan, llámalo destino o juego del azar.

 

Empezaron a hablar porque había muchos niños llorando a la vez en ese vuelo, y se intercambiaron una mirada de fastidio y complicidad. Él preguntó: “¿cuál prefieres?” y coincidieron en que el llanto más profundo les gustaba más.

 

A partir de ahí, los temas de conversación iban surgiendo solos; compararon fotos de sus vacaciones, hablaron de sus trabajos, de sus pasiones, de sus viajes, de sus divorcios, de los miedos que tiene la gente a cambiar de opinión. De la razón por la que es insípida la comida de los aviones, de trucos para no discutir con la almohada, de la vez que él tuvo que dormir en un suelo de Ámsterdam, de ese un caballito de mar que le había hecho a ella un moratón en la pierna, de cómo un idioma tan áspero como el ruso suena dulce en verso, ¿quieres oir un poema? Y él se puso a recitar.

 

Se aburrían los libros cerrados sobre sus rodillas y cuando se quisieron dar cuenta, faltaban solo unos minutos para llegar a Zúrich, ¿la has visto desde lo alto alguna vez? Parece un baile sincronizado, los coches y los peatones de la ciudad suiza funcionan como un reloj.

 

Ella tenía solo media hora para hacer escala, él dos. Habían compartido tres horas de vuelo, qué son 180 minutos juntos cuando una vive en Madrid y el otro en Nueva York. Pasearon frente a la puerta de embarque en círculos concéntricos hasta que se quedaron solos, y hubo un abrazo largo y sentido, con dos azafatas al fondo con cara de venga bonitos subís o qué.

 

Subió ella, se quedó de pie mirándola él. Espero que nos volvamos a ver pronto, dijeron, con la misma esperanza con la que se pide un deseo a una estrella fugaz. Pero sucedió. Con correos electrónicos tendieron un puente durante semanas y al final ella lo cruzó. Atravesó el océano sin saber qué iba a encontrarse al otro lado, pero te arrepientes más de las cosas que no haces que de las que llevas a cabo, y alguna vez en la vida hay que visitar Nueva York.  

18/01/2015 01:01 Elena #. Literatura Hay 1 comentario.

Contra las perdices II: Acabar comiendo pájaros no es un buen final

Ya que te pones a vivir una historia de película, que todo lo parezca: busca un protagonista guapo y que hable idiomas, una chica de provincias que llega a la gran ciudad, pon un beso frente al atardecer. No hay quien se crea ya los besos bajo la lluvia en mitad de la noche.

 

Los interiores, en un apartamento del barrio más cool de Manhattan, que tenga azotea con vistas a los rascacielos, una ristra de bombillas pequeñas y escaleras de incendios. Que suban un día a ver amanecer. Para que luzcan los exteriores tienes Nueva York entero, al que vamos a quitarle el frío de noviembre; sí, mejor que haga sol.

 

Que la película sea un poco cómica: desenfoca la expresión desconcertada de la chica cuando la recibe en el aeropuerto con palmaditas en la espalda después de haberse cruzado el océano por él. Dale un toque exótico: unos compañeros de piso fantasmas, una mulata enorme preguntando a los transeúntes si esa estatua de un mono debería tener cola, que el taxista que surfee en el atasco sea un discreto pakistaní.

 

Ponles a hablar todo el rato de cosas interesantes: de literatura, de viajes, de cine, de arte... pero no te pases: que coman hamburguesas con las manos y se manchen, que él meta la pata diciendo algo inconveniente, que ella haga lo mismo pero en un charco, que haya malentendidos, que la familia de él se meta por medio, que se asuste, que se asuste.

 

Que todo el mundo parezca obsesionado con las citas y con el matrimonio: esto se tiene que parecer a las series de televisión. Que paseen de la mano por la orilla del East River, que bailen con sus sombras en un parque anochecido, que se queden abrazados en un barco mirando la Estatua de la Libertad.

 

Métela a ella cuatro horas en el MoMA, a ver qué pasa: unos cuadros de esos que son todo rallajos, piernas saliendo de las paredes, vídeos de viajes a ninguna parte, una escultura llena de pinchos, jardines atestados de flores, bodegones de cosas que no llevarse a la boca, perseguidores que corren más que sus perseguidos, música de marcianitos. Que todo parezcan pistas: un vestido de novia petrificado, “El vértigo de Eros” fotografiado, primer plano del cartel que dice: “El corazón no es una metáfora”. Que se quede extasiada mirando los Nenúfares de Monet.

 

Dale una cámara de las buenas, que vaya retratando lo que ve. Que la sorprenda un desfile de veteranos de guerra en la Quinta Avenida, con sus bandas de música y sus majorettes. Detente en el escaparate de Tiffanys aunque no haya croasanes, que sienta el vértigo de luces de Times Square. Cuando vaya a Central Park, que suene un saxo a lo lejos mientras se come un perrito caliente apoyada en un árbol. Le gustan los tejados, súbela al Empire State. Que no vaya a Harlem, no es una turista cualquiera, aléjala del Bronx. Pero asegúrate de que cruce caminando el puente de Brooklyn entre la niebla, y de que se pierda un poco por Chinatown.

 

Llévalos al final de nuevo al aeropuerto, pero no quiero dramas. Ni lágrimas ni abrazos eternos ni promesas. Que sonrían mucho y en la distancia levanten la mano diciendo "hasta luego", como si fuera seguro que van a volverse a ver.

 

21/01/2015 02:36 Elena #. Literatura Hay 2 comentarios.


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