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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2015.

Modales de ciudad

Hoy me ha saludado un chico que entraba en el metro. Con intención de nada, solo porque estábamos allí. He tenido que apartarme de las puertas para que pasara. Traía cara de sueño, venía como de dormir, con una pesada bolsa que ha echado a sus pies. Su “hola” era más bien un “¿me dejas?” pero me ha hecho pensar en los modales que hemos perdido en la ciudad.

Hay países en los que saludas cuando compartes un banco. Eso ya no se hace aquí. Ni siquiera nos saludamos con ganas cuando nos cruzamos en los edificios, yo por ejemplo en mi trabajo nunca sé qué decir cuando me encuentro con alguien en los pasillos. Si estoy entrando porque comienzo mi turno digo “hola”, pero suele pasar que la otra persona está saliendo y me responde “adiós”.

En las escaleras me pasa lo mismo cada vez que subo a por un café, nunca sé si es el que sube o el que baja quien tiene que decir adiós. Se resolvería todo con un “buenas tardes”, que sirve igual de entrada que de salida, pero parece demasiado formal. El problema es que suelen cruzarse los saludos, y tú puedes estar diciendo “buenos días” al mismo tiempo que el otro responde “hasta luego”, lo que podría tomarse como una ofensa personal.

Es más incómodo cuando medio conoces a la persona y de pasada le preguntas “qué tal”. Corres entonces el riesgo de que te conteste y no haya recorrido de conversación. Tampoco está bien contestar a un “qué tal” con un “bien” a secas, qué menos que preguntar “¿y tú?”. Te ves entonces obligada a contarle qué tal estás a alguien a quien realmente no le importa como estés y a quien tú tampoco tienes especial interés en informar.

Luego hay gente como mi portera, que de puro simpática no entiende de educación. Hoy he llegado chorreando de la piscina y he estado 15 minutos retenida en el rellano oyéndola sin parar. Tiene una facilidad inaudita para enlazar temas sin que metas baza. Le basta con un “ajá”, y no le importa verte cargado de bolsas, con cara de prisa o el pescado a medio descongelar.

Lo bueno es que su verborrea ha creado una complicidad bonita entre los vecinos; cuando vemos a uno de los nuestros enganchado a su conversación hacemos algún comentario de pasada para darle un respiro y que pueda escaparse, o sujetamos la puerta del ascensor para invitarle a subir. Nos echamos miradas de agradecimiento cuando estamos ya fuera de peligro, cuando hemos conseguido huir de su monólogo, y nos reconciliamos entonces con estos modales de ciudad.

 

15/07/2015 00:47 Elena #. Divertimentos Hay 2 comentarios.

Mentía como miente una madre

Parecía una madre normal. Vestida y peinada como cualquiera de las nuestras, con sus 50 años ya bien cumplidos. Tengo que llegar hasta el hospital de La Paz, decía tranquilamente. Begoña se llama la parada, de la línea 10, me han dicho. Yo no quería que me siguiera hablando porque sabía que me estaba mintiendo.

Mentía como miente una madre; sin malicia, por necesidad. Mientras busco una moneda me digo a mí misma: no es como mi madre, mi madre no pediría en el Metro, pero seguro que los hijos de esa señora piensan igual.

16/07/2015 18:10 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Una piedra en el camino...

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Llevo años recogiendo piedras allá por donde voy. Por raras, por bonitas, por diferentes, por llevarme en el bolsillo el recuerdo táctil del lugar. A veces solo me gustaron desde arriba, y al agacharme a cogerlas ya no, perdían su esplendor, pero igual las sostenía unos minutos entre las manos, su tacto inmóvil siempre me despierta alguna sensación.


Hay piedras de todas las playas en las que me he bañado, que guardan todo el sol que he tomadoAlgunas son simples ladrillos, otras de algo artificial. Hay una que cogí del baño de una tetería donde alguien me acababa de demostrar su amor. Algunas ni siquiera son piedras: una piña, cáscaras de mejillones, conchas, caracolas, un fruto seco con tacto de cuero que en Argentina llaman “oreja de negro” y tiene una triste leyenda detrás. Me la contó un Negro alegre con los pies de alas que veía sirenas fuera del mar.


Hay piedras volcánicas como si fueran un paisaje lunar... y quizá estuve en la luna mientras las guardaba. Hay unas nacaradas que recogí de una agridulce isla griega que trajo dulces consecuencias. Hay una que parece un caramelo a medio masticar. Hay una de un rosa inverosímil, hay otra redonda como cáscara de nuez.

 

Hay una ligera y hueca como la corteza de un árbol, otra porosa como si tuviera burbujas que acaban de explotar. Una parece marcar un camino a seguir con tiza, una puntiaguda que presume de aristas con actitud hostil, otra está como dando vueltas sobre sí misma, hay una anaranjada y gris como si la acabaran de pintar.

 

Sacadas de contexto no parecen sino una-piedra-más. O una menos en el camino. Tanto tiempo después no soy capaz de recordar el origen de cada una de ellas, pero todas traen aire de salitre, de bosque, de camino, de asfalto de ciudad. Los pies que las pisaron antes de los míos, las manos que las toquetearon un rato para volverlas a tirar. Seguro que alguna ha hecho daño a alguien, queriendo o sin querer.

 

Las rescato ahora de la caja en la que he ido acumulándolas todos estos años para que presidan la mesa de mi salón dentro de una pecera de cristal y me asaltan, confusos, todos los recuerdos a la vez. Estáticos, inmóviles, paralizantes, poderosos y fuertes como solo una piedra podría ser. Las que no transmiten recuerdos inspiran quietud, serenidad, orden, silencio.

30/07/2015 02:59 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.


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