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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2015.

Miedo a lo desconocido

Una vez, de pequeña, sentí un dolor tan agudo que pensé que ese iba a ser mi último día sobre la faz de la Tierra. Esto será la muerte, me dije, este dolor insoportable. No me imaginaba a mí misma en otra postura que no fuera retorcida, me recuerdo pensando que nunca más volvería a levantarme de la cama. Yo no entendía bien lo que era morirse, eso me parecía suficiente.

 

El pensamiento duró lo que tardaron los medicamentos en hacer efecto, era un simple cólico. Ya apuntaba yo tendencia al drama. Pero no soy la única. Conocí a un africano que pensó que se iba a morir la primera vez que pisó Europa y sintió el invierno. Esa reacción de su cuerpo al frío, ese temblor que nunca antes había sentido. No sabía que se podía tiritar de esa manera estando vivo.

 

Hay que ver qué miedo nos dan las cosas que desconocemos, cómo muchas veces nos atenaza o nos hace salir corriendo. Las sensaciones nuevas en cualquier ámbito. El africano al frío, el niño a la soledad de su cuarto a oscuras, el adolescente al cambio, el Donjuan al compromiso. Miedo a la muerte, miedo a la vida.

04/03/2015 21:12 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

'Just do it' o la suerte del galápago

Lo decían los de Nike, que no en vano es una marca deportiva con nombre de Victoria griega. Just do it. Lo digo yo ahora que me siento una sobreviviente, como lo somos todos. Y es que esto de morirse es para todo el mundo, y más vale que te pille confesado. Con la vida aprovechada.

 

Uno cree que la muerte es para cuando llegues a viejo y tal, algo que irremediablemente nos espera allá a lo lejos, pero puedes por ejemplo salir de puente y quedarte en la carretera. Ir a clases de inglés y que revienten con una piedra la cabeza.

 

Tengo una amiga que estuvo a punto de caer fulminada por un galápago. Aquí en Madrid, una mañana, en la calle Príncipe de Vergara. Está viva porque se detuvo a mirar un escaparate: en ese instante notó un estrépito a sus espaldas. Al girarse vio un galápago espachurrado en el suelo, se habría caído o lo habrían tirado desde un balcón; unos centímetros más allá y ese caparazón enorme la deja tonta o la mata.

 

Como ese hombre que falleció aplastado por la rama de un árbol. Era militar, había estado en Afganistán, pero la muerte fue a encontrarlo en El Retiro, cuando buscaba con sus hijos la sombra. Qué final terrible, qué historia lamentable. Una cree que no es bueno darle todos los caprichos a los niños, pero imaginemos que esos niños le habían pedido a su padre minutos antes un helado. Y sin suponer tanto, si se hubiera parado en cualquier otro lugar del parque, tan solo un metro más allá, podría haber llegado a ser un héroe y lo estaría contando. Increíble, oí un crujido de ramas secas, vi desplomarse ante mis ojos la rama de un árbol enfermo y centenario.

 

Yo es que no creo en la mala suerte; creo que de todo se puede aprender algo. En mi caso, no es que yo me metiera en la boca del lobo, así que del loco que me atacó con una piedra en la cabeza sin venir a cuento no puedo aprender prudencia. Es otro el mensaje que había en mi piedra.

 

Afortunadamente una va por la vida sin pensar en que puede a morir en cualquier momento, y así debe ser. Pero no es cierto. Mejor lucha por cumplir tus sueños ahora, mejor no dejes esa llamada de teléfono para más tarde. Qué típico. Ya, pero más vale que digas lo que sientes ahora que puedes decirlo. No vaya a ser que te trunque el mensaje una rama, una piedra o un galápago. Simplemente hazlo.

13/03/2015 02:25 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Astucia y suerte

Yo le he dado una moneda y él me ha deseado suerte. Tres veces me lo ha dicho; con gravedad, con silencios, asintiendo con la cabeza me ha deseado suerte, cuando era él el que estaba pidiendo en el Metro.

Tenía mejor pinta de lejos. Mocasines y una larga barba blanca. De cerca, sus ojos tenían demasiada agua. Parecía de mentira esa mirada, de un azul inverosímil; azul plastidecor con el que coloreábamos el cielo de pequeños, pero ese azul llevaba además un rumor de agua.

De lejos, un discurso tipo: ha hablado del paro y de desahucios. Nadie en el vagón le miraba. Se ha hecho verosímil de repente: “No llevo el bastón para dar pena”, ha dicho, “sólo es una tendinitis”. Astucia o franqueza. Yo tenía una moneda y él no, qué más da para qué la pidiera.   

31/03/2015 02:43 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.


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