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Muy seriamente, sin ningún pero

No tendría más de 20 años el chico que se sentó delante de mí en el tren. Camiseta negra desgastada, vaqueros anchos, pelo pincho, cara de no haber dormido mucho ayer. “Te lo juro tío, en serio”, iba diciendo por su teléfono móvil: “Le he pedido a mi novia muy seriamente que se case conmigo y ella muy seriamente me ha dicho que sí”.

 

Lo decía contento, convencido, triunfante. Hablaba con toda la seriedad de los 20 años; es decir: ninguna. Y toda a la vez. Sólo se puede estar tan convencido de algo a los 20 años. Cuando no tienes miedo de nada y todo son certezas. La vida es así y así. Muy seriamente, nos vamos a casar. El felices para siempre se sobreentiende, esos rollos que les pasan a los otros a mí no me van a pasar.

 

Miro a ese chico de 20 años con superioridad, con indulgencia, como si yo supiera algo que él no sabe. Desde la treintena se conocen muchos más grises, no estás tan seguro de nada. Pero igual soy yo la que ha olvidado algo importante. Que con esa mochila cargada de matices no se llega a ninguna parte, que con tantos peros no es posible avanzar. Hay que ir soltando lastre, tomarse la vida tan en serio como ese chico de 20 años, con esa aplastante seguridad: eso es lo que queremos y así va a pasar.



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