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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Elogio del optimismo.

Si fotografías el oro se te congela la sangre

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Dicen los burkinabes que si fotografías el oro, se te congela la sangre, y es verdad. Cómo si no iba a ser yo capaz de caminar una tarde alrededor de esos agujeros que son minas de oro. Sólo con la sangre parada puedes permanecer un rato allí, rodeada de gente drogada, habitantes huraños de uno de los ’pueblos del oro’ donde vi realmente lo que es la pobreza.

 

Más que los niños con la tripa hinchada de desnutrición; eso es la pobreza. Más que la gente lavando la ropa en los charcos, más que saber que la madre de unos trillizos recién nacidos está llorando en silencio y a solas en el interior de su casa porque la Acción Social le acaba de dar medio saco de maíz, aceite de palma, una lata de tomate, azúcar, leche en polvo y jabón para poder sacar adelante a unos hijos que para su etnia es una maldición que vengan por triplicado.

 

Más que la gente que camina descalza entre las piedras, la basura y los vidrios rotos, más que los niños que van a clase un año sí y otro no porque los colegios tienen la mitad de las aulas necesarias, más que las mujeres encendiendo leña para cocinar sobre tres piedras, más que los hombres negros que rechazan la homosexualidad pero se acuestan con hombres blancos por dinero, más que ver a la gente recorriendo diariamente kilómetros y kilómetros caminando o en bicicleta porque la gasolina cuesta lo mismo que en Europa, en un país con un nivel de vida quince veces inferior...

 

Cuando me dijeron que esa tarde me iban a llevar a visitar Bossi, el ’pueblo del oro’, me imaginé una cosa muy distinta. No sospechaba que lo primero que tendría que hacer al entrar sería avisar a la policía de mi llegada porque es realmente peligroso estar allí.

 

Hay cientos de pueblos del oro en Burkina, asentamientos infrahumanos que se forman espontáneamente en cualquier lugar en cuanto las empresas extranjeras abandonan las minas del oro durante la época de lluvias por el peligro de derrumbamientos.

 

Todo el mundo sabe cómo es la vida en el pueblo del oro, y muchos van por ambición, pero la mayoría porque realmente no les queda más remedio. Eso es la pobreza. Sacar a tu hijo del colegio, donde tenía buenas notas (en un país con una tasa del 44 por ciento de escolarización) para enviarlo al pueblo del oro, donde sabes que va a pasarse el día drogado, respirando arena dentro de en un agujero de un metro de diámetro y más de veinte metros de profundidad, a rascar con las manos las piedras del oro.

 

Tienen la piel amarilla los buscadores de oro, porque los bidones de agua de pozo se venden a un precio cinco veces superior al agua mineral. No hay en esos pueblos agua ni electricidad, sólo chabolas de paja y palos, muchas prostitutas y unos hombres bien vestidos, con sus motos de lujo, esperando las pepitas todo el día sentados a la sombra.

 

Pero en un pueblo del oro puedes encontrar artículos de lujo que sólo venden en la capital: cajetillas de tabaco, camisas, pantalones vaqueros. Porque si has encontrado oro quieres presumirlo, y fumar un cigarrillo sentado en una piedra con unos pantalones como los que llevaba yo es una prueba irrefutable de que has sido un triunfador.

 

Existe la creencia entre los jóvenes buscadores de que encontrarán oro si se acuestan con una mujer sin lavarse y sin protección. Las mujeres también lo creen, y también quieren que su hombre encuentre oro. La mayoría de las veces, para hacerse ricos, sin más. No para construirse una casa, no para instalarse en un pueblo mejor (uno al que por ejemplo llegue el agua y la electricidad, en el que haya médico y colegios para los cientos de niños que se arrastran por sus calles, un pueblo en el que haya vida más allá de la búsqueda del oro, en el que haya simplemente vida), no.

 

Porque los que buscan el oro siempre quieren seguir buscando oro, siempre tendrán la esperanza de encontrar más, el ansia de encontrar más. La droga que tienen que tomar para sobrellevar ese trabajo también ayuda a fomentar la locura, claro. La droga imprescindible para poder descender veinte metros por los agujeros, para cavar con las manos más abajo, más hacia el infierno de lo que ya están.

19/08/2010 19:57 Elena #. Elogio del optimismo Hay 2 comentarios.

Los chicos no lloran, tienen que pelear

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Esta tarde he visto a una niña llorar desconsoladamente. Era guapísima la niña, de siete años, castaña y grandes ojos verdes que brillaban desamparados. Su madre la abrazaba y la animaba a desahogarse con el llanto. Más de diez minutos ha estado llorando, y le temblaban las manos. No quería despegarse del abrazo de su madre, que le daba besos en la frente y en el pelo. No quería volver a jugar. Lloraba aunque no tenía ni un solo rasguño, lloraba porque se había caído al suelo corriendo detrás de un balón.

 

A los niños de la foto, sin embargo, nunca los vi llorar. Viven en un poblado llamado Boby que está a varios kilómetros del pueblo más cercano, Houndé, en el centro de Burkina Faso. Están sentados en las escaleras de su escuela, a la que pueden ir un año sí y otro no porque no hay espacio en las aulas para todos. A éstos les toca ir a clase este año, y también allí se ocuparán de darles de comer. Las madres se turnan para hacer la comida una vez al día para todos, con los vegetales que el Estado les ha dejado cultivar en el campo que hay alrededor.

 

Así que están contentos, pero no sonríen los niños para la foto, aunque les hace muchísima gracia, se vuelven locos cuando se la enseñas en la pantalla y quieren siempre repetir. Se ponen serios cuando les apuntas con una cámara, pero en realidad están felices. Tampoco conocen otra realidad; la que les haría llorar si se cayeran corriendo detrás de un balón.

28/07/2010 01:29 Elena #. Elogio del optimismo Hay 1 comentario.

Objetivos de Desarrollo del Milenio

Conocí a muchas personas que trabajaban, cantaban, reían y vivían con el VIH cuando estuve en Burkina Faso. Una de ellas le quería poner a su hija mi nombre, pero la perdió. Había también miseria, claro, y niños drogados esperando en los semáforos y un hospital terrible donde los cerdos campaban a sus anchas.

Conocí también a un hombre bueno que era enfermero y murió hace poco de malaria. Estuve en su casa bebiendo un zumo y hablando bajito mientras mirábamos un horizonte lleno de piedras. Tengo una amiga en España que con la misma enfermedad vive, trabaja, camina, ríe, lee, canta y sueña.

La ONG Asamblea de Cooperación por la Paz está difundiendo un documental que han realizado sobre los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU y ya antes de empezar la proyección anunciaban lo que todos sabíamos desde que se firmó en el año 2000. Que no se está haciendo desde los Gobiernos que lo firmaron casi nada, que casi ninguno (ha dicho con optimismo, un rayo de fe) va a cumplirse.

Seguramente podríamos llegar un poco más lejos, estar un poco más cerca de alcanzarlos, si la ONU hubiera invertido mejor el dinero que le costó crear ese documento y poner de acuerdo a 192 países para firmarlo. Se me ocurren ocho grandes objetivos a los que destinarlo.

21/05/2010 02:23 Elena #. Elogio del optimismo No hay comentarios. Comentar.

Aquéllo sí que era llover

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En Burkina Faso, la vida se paraliza mientras llueve. La lluvia no da tregua; una vez que el agua empieza a caer, en cuestión de minutos están todas las calles inundadas, corren los ríos de barro y el ruido del viento y del agua en los tejados de aluminio es tan intenso que no te deja ni escuchar a quien está a tu lado. Claro que en cuanto amaina la vida recobra rápidamente su pulso, salen los niños a los patios, vuelven las mujeres a extender su trapo sobre el barro para vender verduras y todo el mundo está ya en la calle para vivir la vida.

14/03/2010 18:23 Elena #. Elogio del optimismo No hay comentarios. Comentar.


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