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Alguien que anda por aquí

Cotidiano

Noche de Reyes

Noche de Reyes

Hoy parece que todo es posible en Madrid. Hay ocas jirafas asnos elefantes dragones geishas bereberes muchachas bailando el charlestón y barcos remontando la Castellana; bullicio en cualquier barrio de la ciudad, la gente se ha echado a la calle y en el mío familias enteras se han salido de la norma, se han salido de las aceras y caminan por la carretera como por su casa. Hay atascos, claro, pero nadie pita. Seguro que hay gente agobiada todavía a esta hora apurando compras pero todos con los que yo me encuentro parecen despreocupados risueños felices.

Hace veinte y más años, tal día como hoy, a estas horas, yo estaba dando vueltas en la cama sin poder dormir. Ése es el insomnio más placentero, el que no te deja parar de las ganas que tienes de que llegue el día siguiente. Ni siquiera pudo detener mi ilusión infantil el choque con la certeza de que los Reyes Magos eran los padres, aquella tarde en que se me cayó el betún con el que iba a limpiar mis zapatos para ponerlos bajo el árbol. El betún rodó hasta debajo de la cama de mis padres, y ahí me encontré ¡con un montón de regalos envueltos! Recuerdo que tuve un momento de impacto en el que todos los rumores que había estado oyendo en el colegio encajaron en una sola y fatídica idea: evidentemente, los Reyes eran los padres. Pero no quise creérmelo, y segundos después de un denso silencio, a solas en la habitación, grité: "¡¡¡ya han venido los Reyes!!!". No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen. Por supuesto, hubo disculpas y ajetreo en la casa y hermanas sacándome a rastras de la habitación y personas mayores que me decían que habían tenido que dejar los regalos antes de tiempo porque iban muy cargados (y éso explicaba que pudieran recorrer todas las casas del mundo en una sola noche) y otras personas mayores a la vez que me negaban que hubiera visto nada mientras que otras sacaban a toda velocidad los regalos de debajo de la cama para mostrarme de nuevo el suelo, tras la colcha, sólo con algunas inocentes pelusas.

Me lo creí todo, me lo quise creer todo, mientras pude mantener la ilusión. Porque aún hoy creo que ése es el sentimiento que da sentido a la vida, son las ganas las que mueven el mundo, es la ilusión de cada uno la que consigue que cada día, la Tierra gire.

Feliz noche de ilusión.

El paso de los años

Decía Graham Green “En el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad”. Quizá por eso no siento que mi yo concuerde con la idea que yo tengo de las personas que tienen 28 años. Me dicen que Fulanito tiene 28 años y me lo imagino mayor que yo. Oigo en las noticias lo que ha hecho una mujer de 28 años y no me la imagino como yo, incluso un resorte dentro de mí me impulsa a pensar en que será una joven de 28 años y no una mujer.

No es que esté en desacuerdo con mi vida presente ni pasada, en absoluto, no es que esté sintiendo con urgencia la llamada del reloj biológico que marca la sociedad, tampoco soy de las que matan antes de decir su edad en alto, ni de las que quieren aparentar menos años (de hecho, me gustan mis canas) pero es inevitable que algo se te retuerza dentro cuando lees que el asesor de Obama tiene un año menos que tú (¿qué ha estado él haciendo con su tiempo mientras tú simplemente vivías?) y también es inevitable que la sonrisa se te salga de la boca cuando en el banco el tipo que te atiende te quiere abrir una cuenta para menores de 26.

 

 

Feliz 2010

Año nuevo, vida nueva, blog como nuevo y por delante 365 días nuevitos y limpios por estrenar... Presiento que este año va a ser redondo, y yo al menos intentaré que cada día sea luminoso, que cada día tenga algo que contar, aunque sólo sea una frase, siquiera una palabra llena de significado. No debería ser difícil, al fin y al cabo mi oficio es contar, comunicar algo nuevo todos los días... Ya lo decía el maestro Cortázar en el cuento "Las babas del diablo":

“... Lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa... siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago”.

 

La primera vez

"Hasta que las cosas no ocurren por primera vez, no han ocurrido nunca". 

Encontré esta frase entre las páginas de la novela Kafka en la orilla, del japonés Haruki Murakami. Claro que es una obviedad, pero me sobresaltó leer una verdad tan simple, encendió un resorte nuevo dentro de mí. Esta frase invita a probar cosas diferentes, en mi caso, un nuevo modo de comunicar. Lo entendí como una provocación. Me obliga a atreverme con otros métodos que, aunque ya estén explorados, son nuevos para mí.

También era nuevo para mí el lenguaje del periodismo la primera vez que me propuse contar lo que había visto y escuchado en forma de noticia. También hubo una -temblorosa, equívoca, emocionada- primera vez que me subí a un escenario para contar un cuento y tratar de emocionar al público, con las únicas armas que te dan la voz, el gesto y la palabra. Desde aquéllas, ha habido muchas veces, pero la ilusión es siempre la misma, se trata de comunicar. Sumidos en este mundo saturado de estímulos y de mensajes de todo tipo, todos intentan hacerse un hueco en el que se escuche su voz. De eso se trata, ésa es mi pasión y mi oficio: la comunicación.