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Alguien que anda por aquí

Cotidiano

Noche de cuentos y recuentos

Esta noche ha estado llena de palabras de las que hacen reír y sonreír, palabras de las que hacen que te lloren los ojos, de las que emocionan y encandilan, palabras de alabanza desde un altar o de complicidad, de tú a tú pisando un mismo suelo, palabras sabias o superficiales, de espera y de esperanza, palabras de las que me he quedado suspendida sobre un finísimo hilo...

Esta noche me han contado historias verídicas e imaginadas, y tras los cuentos han venido riéndose los recuerdos y las nostalgias del pasado; han llegado los ecos de aquéllos a los que perdí hace mucho tiempo la pista y que esta noche, a pesar de las lejanías, he sentido cerca...

 

Partidaria de los finales felices

 

Porque de qué sirve estar en su contra. Yo me confieso a favor de los finales felices. Siempre, en el cine, en los libros y en la televisión, pero sobre todo en la vida real. Soy partidaria incluso de la felicidad de ese pijales al que he visto en el metro acariciando el pelo de la típica chica mononeuronal, aunque los dos me den lo mismo y seguramente ni siquiera los elegiría como amigos.

Me gusta que a la gente o a los personajes les vaya bien en la vida independientemente de cómo me trate la vida a mí, porque cuanta más felicidad haya a mi alrededor, más feliz será el mundo que me rodea, será un lugar más agradable en el que vivir y creo que eso se acaba contagiando: la energía positiva atrae buenos sucesos, igual que a los amargados siempre les pasan cosas malas. Yo creo que si sonríes tienes más probabilidades de encontrarte con una sonrisa al otro lado. Y si lo que hay al otro lado es un gruñido de los que no distinguen entre sonrisa y mueca, al menos que no se diga que no lo has intentado.


Madrid desde Vallecas

Madrid desde Vallecas

En un atardecer triste en el que los malos pensamientos se pierden en el horizonte...

No hay tiempo que perder

Cuánto tiempo pierde una a veces quejándose... para nada, porque aunque tengas razón no sirve muchas veces ni siquiera de alivio o desahogo... Ya lo dice la sabiduría china, que más que preocuparse hay que ocuparse.

Carnavales

Carnavales

Hoy no estoy para ponerme a filosofar sobre los disfraces que elegimos llevar cada uno en fechas como éstas en comparación con el resto del año... Sólo expongo el documento gráfico de cómo empezó la noche y dejo una pista, por si no lo dejan claro esos cables en la cabeza: no voy de Alaska ni de hija gótica de Zapatero...

Estos tiempos que corren

Leo en mi cuadernito en el que apunto frases célebres que un banquero es aquél señor que te presta el paraguas cuando hace sol y exige que se lo devuelvas cuando empieza a llover.

Para gustos, los colores

Para gustos, los colores

 

Ya sé, ya sé que soy rara, pero no puedo evitarlo, me ENCANTAN estos edificios que hay en Alcorcón. Me entusiasman, me dan buen rollo desde la primera vez que los vi y siempre que paso por ahí. Me gustan más que las esculturas que hay en las rotondas cercanas, que también me gustan, pero a éstos no me canso de mirarlos y en las esculturas ya ni me fijo. Claro que me gustan más desde que vi un espectáculo de teatro de calle en los jardines que hay en el centro de la U que forman los tres bloques, pero no es por ese recuerdo por lo que me transmiten buenas sensaciones. Sé que son una mole, sé que parecen un enjambre de casas pequeñitas e incómodas, pero quizá es precisamente eso lo que me gusta: tanta vida junta, tanto balcón soleado y los trastos que se ven en todas las terrazas, el hecho de que parezca que están vivos. No sé cómo explicarlo, pero el otro día llamé emocionada a uno que estaba en venta y el mercado me da la razón: 270.000 inaccesibles eurazos.

 

 

Lo que se puede perdonar y lo que no

“Lo hago para que no me lo perdones. Para que no puedas perdonarme. Lo hago para que, si intentas perdonarme, yo no pueda permitir que me perdones”.

¿A alguien le suena esto de algo? Me lleva rondando por la cabeza desde hace varios días y no recuerdo dónde he escuchado esta frase tan brutal. Qué terrible tiene que ser lo que ha hecho esa persona para llegar a decir algo así. Y qué honesto también. Me da la impresión de que el agresor, por llamarlo de alguna manera, debió querer mucho a esa otra persona a la que ahora está ofendiendo tanto, para que no quiera ser merecedor de su perdón. Pero cómo puede entonces haberle causado un daño tan grave...

Pero estoy conjeturando; sólo sé que cuando me asaltó de repente esta frase, yo andaba pensando en las cosas que se pueden perdonar y las que no, los daños que se pueden olvidar y los que no, los que se deben tolerar y los que no, siempre según mi punto de vista, claro, porque siempre dependen de uno mismo, de los límites y principios que tiene cada persona.

Y he recordado que alguna vez yo me dije “esto no se lo perdono”. Pero no soy capaz de recordar qué ni a quién. Ni me importa, una buena señal.


No dejes para luego lo que puedes hacer ahora

Nunca me he alegrado tanto de pisar el territorio de la Comunidad de Madrid como hoy, que me he tenido que recorrer toda la provincia de Segovia con ganas de ir al baño. Desde Cuéllar, al límite con Valladolid, hasta Villalba, ya en territorio madrileño, porque en ese intervalo de hora y media a 120 por la autopista no hay una sola estación de servicio abierta pasadas las once de la noche. "No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy", me iba lamentando todo el camino, mientras avanzaba a oscuras por una carretera desierta, esperanzada cada vez que divisaba una hilera de luces naranjas a lo lejos, pero nada. Qué terrible es no poder satisfacer las necesidades básicas del ser humano. Tan terrible, que cuando me ha parado la Guardia Civil para hacerme un control de alcoholemia he estado a punto de pedirles que me esperaran por favor un momento de espaldas mientras yo iba detrás de su Nissan Patrol a resolver una gestión urgente.

 

Enterrar fantasmas

Por lo visto, tengo facilidad para desempolvar fantasmas del pasado. Fantasmas que me obligan a poner dos puntos suspensivos al punto que yo marqué como final. Será que no sé cerrar bien las historias. Será que no se me dan bien los finales. Será que confío demasiado en mi suerte y que afortunadamente olvido lo que quiero olvidar. Será que ando por la vida sin tener en cuenta que existe una probabilidad de encontrarse frente a frente en el mejor momento de la noche con una persona a la que tuve que sacar de mi vida hace siete años (y dos meses).

Me gustan los recuerdos y los atesoro, pero no que me obliguen a recordar (“del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón”). A veces es necesario enterrar el pasado para seguir construyendo el futuro; aceptar que “al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos”.

 

 

Cuestión de talla

Todo es tan relativo que a veces no te puedes fiar ni de las matemáticas. Porque yo, con mi metro ochenta y medio, soy objetivamente alta, pero hoy he entrevistado a Fernando Romay y ha sido una sensación extraña tener que levantar tanto la vista y el micrófono para llegar hasta él. Esa perspectiva me ha hecho menospreciar el tiempo en que me quedaban pesqueros todos los pantalones, a las dependientas de las zapaterías que se asustaban de que les pidiera un cuarenta y las atracciones infantiles que ya no estaban hechas para mí porque sobrepasaba la talla.

También queda atrás el tiempo en que no me pedían el carné en las discotecas aunque tuviera quince años, y más lejos aún queda el tiempo en que mi abuelo me llamaba “canija” porque parecía que no iba a llegar a ser tan alta como mis hermanas. Ahora llego a tocar, sin estar de puntillas, el techo del cuarto de baño, soy útil para coger cosas de los altillos cuando no hay una banqueta a mano y me quedan bien los pantalones desde que se empezó a llevar ir pisándose los bajos. Pero nunca me gustó jugar al baloncesto, prefería ocupar mi tiempo conociendo otros mundos a través de los libros, desaprovechando mi estatura para buscar altura de miras.

 

Credo

Creo en el poder de la palabra. Creo en la fuerza de los sentimientos. Creo en el valor (cuantitativo y cualitativo) de los gestos. Creo en la capacidad de adaptación y de superación del ser humano. Creo en el viento que sopla haciendo que la vida fluya. Creo en los peces que nadan a contracorriente.  Creo en aquél que dijo que sólo tenemos una boca y dos orejas para hablar menos y escuchar más. Creo en el poder, la fuerza y el valor de la palabra, que vale más que la milésima parte de una imagen.

Hay días en los que digo exactamente lo que quiero decir, sin que lo diga todo.

Hay amigos que están lejos

Es curioso cómo se construyen los afectos. A menudo el roce hace el cariño, pero también hay gente a la que ves mucho y no quieres nada. Sin embargo, se puede sentir muy cercano a alguien que está al otro lado del océano. Se puede querer a alguien que apenas se ha cruzado unos días en tu camino, de quien sabes cuatro cosas sueltas, pero de quien presientes muchas más afinidades que estrechan las distancias físicas y los interrogantes del pasado.

Yo soy de las que piensan que las relaciones se forjan a diario, se construyen en base a los momentos compartidos buenos y malos, y que son precisamente los malos los que la fortalecen; la superación de los desencuentros hacen crecer la relación. Pero me contradigo cuando quiero a una persona con la que no he tenido desencuentros, o cuando el desencuentro quiebra la relación que creía sólidamente construida y se lleva por delante la confianza.

Hay que ser consciente de lo que se tiene y saber cuidarlo. Relativizar. Valorar. Tener un gesto de vez en cuando, estar en la vida de la otra persona a pesar de las lejanías y decir te quiero a la gente a la que quieres, aunque no esté presente en tu día a día más allá del espacio que hay entre tus manos y la pantalla del ordenador.

La Dictadura del Arte

La sorpresa que esperaba ha llegado a mi buzón de correo en forma de tarjeta postal. Es la primera carta que recibo en mi nueva casa y viene desde Alemania, es la fotografía de un señor asomado al balcón de un edificio feísimo, mastodóntico, de adoquines grises, con una pequeña puerta cerrada y sin ventanas, sólo unos respiraderos con rejas en el desconchado piso inferior. El sello presenta una imagen mucho más positiva, un enorme ventanal transparente con vistas panorámicas de la ciudad de Bonn. Pero eso está por detrás, por delante el edificio feísimo se alza sobre un cielo azul y limpio, y en rojo, aparece una frase: "Diktatur der Kunst", la Dictadura del Arte.

La postal la firma un poeta que se pregunta si el horrible sistema de poder, de control y de pensamiento unidireccional de las dictaduras sería también una locura y una barbarie, estando el Arte abierto a infinitas miras.

Me cuesta, pero intento imaginar un mundo ordenado así. La vida en una Dictadura del Arte. La primera obligación de cada uno de sus habitantes sería ser artista. Sacar talento y demostrarlo a diario. Al principio, cada uno el suyo, esforzándose por perfeccionarlo a cada paso para la perpetuación del sistema. El dictador tendría que dominar todas las artes para que su autoridad fuera admirada por todos y fuente de inspiración. Quiero imaginar un mundo en el que por ejemplo la música se filtrara con el aire; un mundo armónico y melodioso, en equilibrio, con pintores escultores actores dramaturgos bailarines poetas diseñadores cineastas contadores de cuentos en todas las esquinas.

Pero el Arte tendría que infiltrarse en todas las facetas de la vida cotidiana y para comunicarte, tendrías que elegir entre dirigir una conversación en prosa o en verso. Los poetas obligarían a las doncellas a ser sus musas, invitándoles a hacer cosas que provocasen su inspiración, con la que emborronarían miles y miles de folios subvencionados por el Estado. Pero cómo elegir el criterio artístico de la Dictadura, si la finalidad del arte es expresar o comunicar nuestra propia visión del mundo, nuestras ideas y emociones desde un punto de vista estético. Los artistas clásicos competirían con los contemporáneos, los ortodoxos con los innovadores, los pintores figurativos con los abstractos, etcétera. Aunque no hubiera críticos de arte para explicarlo y criticarlo todo en esta dictadura de artistas, igualmente sería un mundo que chocaría interminablemente con la eterna pregunta: ¿pero esto es arte?

El día "horrible"...

El día "horrible"...

... no ha sido para tanto, como era de esperar. Si en el fondo me gusta dormir cuatro horas, comenzar el día rascando el hielo del parabrisas de mi coche, circular a 40 por las autopistas, ver amanecer mientras cojo declaraciones a conductores cabreados que patinan sobre una placa de nieve helada porque no han echado sal, que se me note el frío en la voz porque estoy respirando puro hielo y quedarme en medio de una rotonda esperando una llamada, mientras le hago fotos a mi sombra en la nieve, que se ve preciosa y radiante atravesada por los primeros rayos de sol.

Es verdad que disfruto de mi trabajo, trotando de un lado para otro durante toda la mañana a pesar del frío. Pero al kit de supervivencia de la guantera de mi coche tengo que añadirle una cámara de fotos y otros guantes con dedos de repuesto para cuando las manos se convierten en bloques de hielo con las que no hay manera de escribir.

No deja de nevar

No deja de nevar

Hoy más que ser alguien que anda por aquí he sido alguien que intenta no resbalarse por aquí. Es increíble cómo está Madrid. Lleva nevando toda la tarde y acabo de retirar de mi coche por lo menos diez centímetros de nieve para tener diez centímetros menos que retirar mañana temprano, cuando tenga que echarme a las carreteras para contar a los oyentes cómo está la situación en mi zona. Ya llevo en mi bolso galletas, agua, baterías cargadas para los móviles, pilas y calcetines de repuesto. Mañana, como ha dicho el concejal de movilidad del Ayuntamiento de Madrid, va a ser un día "horrible".

Ola de frío polar

Ola de frío polar

Da frío oír hablar tanto del frío.

Sangre fría Guerra fría Gota fría Salva fría Tubo de luz fría me sugieren desde el diccionario; ser indiferente al placer sexual, color que produce efectos sedantes como el azul o el verde, no tener gracia, espíritu ni agudeza, no causar la menor impresión.

Será por eso por lo que hoy la inspiración no viene, porque el frío paraliza las iniciativas y está congelando el movimiento de la ciudad. El frío invita a la confidencia, la lectura y el cine. El frío me ha cancelado todos los planes para este sábado, que se ha quedado reducido al salón de una casa, con una cálida conversación de a dos.

Espero una sorpresa

Espero una sorpresa

Creo que se me da aceptablemente bien fingirme sorprendida. Supongo que tiene que ver con que soy una tremenda ingenua y con que a veces tengo una memoria de pez, se me olvida que me han advertido. Me preparé para hacerme la sorprendida una vez que me organizaron una fiesta sorpresa que yo ya me olía, y de verdad me sorprendí de la cantidad de gente que había en el salón de mi casa a oscuras, e incluso grité emocionada, pero eso fue porque me asustaron mis propios amigos, que estaban desaforados gritando "¡¡SOPRESA!!" y lanzando serpentinas y globos de colores, el año que me fui de Valladolid para estudiar en la Universidad.

 

También me preparé para poner cara de sorprendida y de culpable en aquella ocasión en que me compinché con mi jefe para darle un escarmiento a una compañera de trabajo. Fue él quien lo tramó todo, y me avisó de que nos iba a echar una bronca conjunta para protegerme, ya que fui yo quien le puso sobre aviso de que nos estaba toreando, porque yo era la coordinadora de redacción y la responsable por tanto de lo que ella firmaba. Así que me aguanté la sonrisa maléfica cuando nos llamó a su despacho, me senté muy formalita frente a su mesa observando con el rabillo del ojo la actitud de mi compañera, que parecía estar fastidiada por tener que tragarse una ’chapa’ del jefe, y al final fui yo la que salí más asustada de la reunión, porque ella tenía más cara que espalda y a mí realmente me impresionó ver bramar así a mi jefe, ¡aunque estuviera adverdida! Eso sí, yo fingí y pasé el mal trago pero el escarmiento realmente funcionó...

 

Rescato ahora estos recuerdos porque espero una sorpresa y quiero enterarme... no puedo con la incertidumbre y quiero sonsacar al menos pistas, convencida como estoy de que sabré sorprenderme llegado el momento para no delatar a la compinche, pero a la vez quiero mantener la cautela porque me gustan las sorpresas... en cualquier caso, el objetivo ya está cumplido, me hace igual ilusión saber que hay alguien que quiere y que está planeando sorprenderme, la ilusión es igual de válida aunque luego se quedara en nada.

Qué habría sido de mi vida si...

Qué habría sido de mi vida si...

Le echaré la culpa a la nieve de las ganas que tengo hoy de hundirme en la nostalgia. Será porque llevo todo el día en casa trabajando frente a la ventana, viendo los copos caer. Caen más rápido de lo que me gustaría, desordenados y pequeños, revoltosos, y me traen recuerdos de cuando mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a jugar con la nieve en los Picos de Urbión, de cuando el viento helado no nos dejaba doblar la esquina para ir al colegio en Soria...


Pienso también en los lugares en los que nieva durante todo el invierno, en cómo será convivir con la molestia de tener que abrirte camino a paladas... de ahí viajo en saltos al futuro desde el pasado, proyecto las imágenes vividas en la imaginación sin propósito claro, y recuerdo que de pequeña, leía a escondidas la sección de una revista para mujeres que se llamaba “Qué habría sido de mi vida si...” Ahora, sabiendo cómo funcionan los medios, supongo que los propios redactores se inventaban la mitad de esas cartas que me impresionaban tanto, seguramente porque siempre he sido una indecisa y me aterrorizaba imaginarme teniendo que tomar una determinación tan drástica que te hiciera arrepentirte años después, o siquiera tener que estar dándole vueltas a la cabeza para tratar de averiguar si acertaste o no.

Pero toda decisión es acertada en su momento, porque es muy fácil decidir a toro pasado, con la información y los sentimientos que se tienen en el futuro. Por eso yo hasta ahora, afortunadamente y a pesar de los ataques de nostalgia, estoy con Edith Piaf, je ne regrette rien, y en cualquier caso, soy de las que piensan que es mejor arrepentirse de haber tomado una decisión que quedarse siempre con la duda, con la espina clavada que no haberlo intentado siquiera, porque de todos modos, quien se queda al borde del camino, paralizado frente a una encrucijada, también decide: decide quedarse parado y no tomar ninguna decisión.

A menudo, las palabras son el mejor regalo

A menudo, las palabras son el mejor regalo

Me despierto sola en casa después de dos llamadas de trabajo que sientan peor por ser el día de Reyes y por haber trasnochado. La radio habla de niños felices, juguetes y roscones; salgo al balcón y la calle aparece desierta, ni siquiera me llega el olor de las dos pastelerías cercanas. Pero es un día luminoso, un día frío que de inmediato tiemplan las palabras que llegan por correo electrónico de alguien que ni siquiera es muy cercano.

Me escribe que todos los comienzos de año recuerda un cuento que yo conté en un café teatro hace ya casi dos años. Me emociona redescubrir así y ahora la utilidad social y emocional de los cuentos, la utilidad de sus palabras de ahora y de mis palabras de entonces, sobre una mujer que se invita a tomar un té consigo misma.

Me doy cuenta de que es un buen propósito de año nuevo, empezar el año recordando ese cuento que nos empuja a cuidar más de nosotros mismos. Ni siquiera conozco a la autora de aquel cuento. Era una mujer que se presentó a un concurso literario, y me da pena que ella ni siquiera sepa hasta dónde ha llegado su cuento, cuánto curan sus palabras.