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Alguien que anda por aquí

Magia en la vida cotidiana

Magia en la vida cotidiana

Luego dirán que soy yo la que tiene pájaros en la cabeza, la que sueña más despierta que dormida, la que encuentra fantasmas donde no los hay, la que ve figuras que cobran vida en las nubes o en las manchas de la pared... pero es que realmente a veces la vida te juega esas buenas pasadas.

No es que yo me lo invente, es que la fantasía surge, brota a mi alrededor. Hasta en los lugares aparentemente más serios, rodeada de personas mayores y respetables. Y si no mirad otra vez la foto y creedme que la he tomado a escondidas dentro del edificio de la embajada de México en Madrid.



Obviemos la obviedad

Obviemos la obviedad

Yo creía que los cortes de digestión no existían, que eran un invento de los padres para tenernos vigilados de niños a la hora de la siesta, pero resulta que también la Guardia Civil contribuye a difundir ese bulo.

Hoy me he recorrido 160 kilómetros para escuchar a todo un capitán de la Benemérita decir lo mismo que estamos hartos de oírle a nuestras madres. Que no nos bañemos con el estómago lleno ni después de haber bebido alcohol, que no nos metamos en un pantano si no sabemos nadar, que no nos creamos que las tumbonas flotan porque nos iremos al fondo y que cuidado si hacemos carreritas de orilla a orilla porque igual a medio camino nos fallan las fuerzas y a ver quién nos salva si los de al lado primero están compitiendo y ni te van a oír quejarte y segundo, si te oyen y van en tu auxilio, estarán tan cansados como tú.

Son consejos de la campaña de prevención de accidentes de verano que la Guardia Civil ha presentado en el único embalse apto para el baño que hay en la Comunidad de Madrid, el pantano de San Juan, en San Martín de Valdeiglesias, y lo único bueno que ha tenido pegarse el madrugón y hacer tantos kilómetros para escuchar esa sarta de obviedades es que al menos las vistas merecían la pena. El que no se consuela es porque no quiere.



Mar de fueguitos en la Noche de San Juan

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

—El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.

No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

Pienso en este fabuloso cuento de Eduardo Galeano al mirar desde arriba hacia el parque de la Cornisa de Madrid en la Noche de San Juan, después de haber quemado mis tres deseos y saltado siete veces una hoguera. Es literalmente un mar de fueguitos, un remolino de gente que brilla con su luz propia en torno a decenas de hogueras, en esta noche mágica en la que se queman los malos momentos del pasado año y nos envuelven los buenos augurios.

A vueltas con la sinceridad

Yo siempre he creído que la sinceridad no está reñida con el misterio. A veces no es necesario contarlo todo, puede ser incluso dañino. Para mí, ser sincera no significa contar toda la verdad siempre, sino que todo lo que cuentes sea verdad. Quizá lo pienso porque en cierto modo soy como Daniela la de la canción de Pedro Guerra, Daniela que por dentro está llena de puertas, unas cerradas, otras abiertas.

 

Pero siempre que abro una puerta la abro de verdad, y no me gusta cerrarlas en falso. También intento siempre llamar a las cosas por su nombre; si digo “amor” lo digo sintiéndolo, si digo “odio” es porque me está hirviendo la sangre. Por eso no me gusta la gente que a cualquiera le llama “cariño”, por ejemplo.

 

Me gusta la sinceridad y apuesto siempre por ella, confío en sus efectos beneficiosos, aunque también creo que a veces, para soportar las verdades inamovibles de este mundo, necesitamos escuchar las “mentiras piadosas” que cantaba Sabina. Aunque sólo sea por mantener viva la llama del misterio que atrae y seduce, aunque sólo sea cuando esas verdades duelen y nadie nos las ha pedido.


Me ha dado por pensar en todo esto al leer la frase diaria que me ha mandado hoy una amiga al correo electrónico, la dijo Ernesto Sábato: “Yo creo que la verdad es perfecta para las matemáticas, la química, la filosofía, pero no para la vida. En la vida, la ilusión, la imaginación, el deseo, la esperanza cuentan más”.

De cómo una vez iba camino a Valladolid y aparecí en Bilbao

De cómo una vez iba camino a Valladolid y aparecí en Bilbao

No sé, mis amigos dicen que es gracioso lo que yo viví como una tragedia, ten amigos para esto. Son insaciables y quieren que cuente más detalles de la historia que empecé el otro día de cómo una vez iba camino a Valladolid y aparecí en Bilbao. Así que les daré el capricho aunque sólo sea para que no me roben protagonismo, porque encima es que andan por ahí contando mi triste historia entre carcajadas.

 

Dicen que las cosas graciosas empiezan dentro del tren, cuando una voz metálica me despertó diciendo que habíamos llegado a Llodio y a mí la verdad es que ese nombre no me sonaba que estuviera en tierra de campos, pero no le di demasiada importancia, no sé qué gracia tiene que con quince años fuera tan mala en geografía. Llodio ni siquiera me sonaba a nombre real de pueblo, y mis sospechas se confirmaron cuando abrí un ojo y vi a un señor que me pareció un muñeco de Playmobil. El revisor era, o el guardagujas, qué mas daba, yo seguí durmiendo.

 

Es verdad también que poco antes de llegar miré por la ventanilla y vi demasiadas luces para ser mi ciudad, pero oye, de noche todos los gatos son pardos, y en movimiento más. Luego llegó el momento trágico de escuchar otra vez la voz metálica anunciando “próxima estación Bilbao Abando” y ahí sí que le doy la razón a los refranes: no hay más ciego que el que no quiere ver. A mí siempre me ha gustado confundir la realidad con la fantasía y estaba segura de que al poner un pie en tierra esa estación rara que veía por la ventanilla se iba a transformar en la que yo conocía, la que venía escrita en mi billete.

 

Pero no no no no no no. Mierda. Estaba en Bilbao. Mierda. Un domingo a las once de la noche. Mierda. ¿Conocía a alguien que viviera en Bilbao? No. ¿Conocía a alguien que viviera cerca de Bilbao? No. ¿Conocía a alguien que tuviera algún amigo que viviera cerca de Bilbao? No. ¿Y si le pegaba una patada a un guardia? ¿Sería capaz de cometer algún delito para al menos pasar la noche en comisaría? Joder. ¿Cuánto dinero tenía en la cartera? Tranquilidad. No sé cómo había en mi bolso de quinceañera que acaba de pasar un fin de semana con unos amigos 4.000 pesetas.

 

Lo primero que se me ocurrió fue contarle mi historia a un segurata. Se quiso reír de mí, se le notaba a leguas, pero cuando pongo una sincera cara de pena doy mucha pena, así que me dirigió a la taquilla, que aún estaba abierta y tenía una cola de mil demonios. Luego vino el susto del estallido y toda la gente corriendo para ver los fuegos artificiales desde la cristalera. Casi se me para el corazón, me parecían una burla las lucecitas de colores y el ambiente de fiesta. Pero yo a lo mío.

 

Le volví a contar mi historia al de la taquilla, que fue algo así como “mire, es que yo me acabo de bajar del tren de Calahorra, iba a Valladolid y he aparecido en Bilbao, pero no sé qué ha pasado, mire, aquí tengo el billete, pone Valladolid, el revisor me lo ha picado”. Nada. Parecía un pescado muerto el taquillero, ajeno a mi drama. Pregunté con pocas esperanzas si había algún tren de vuelta. Lo miró con desgana y me dijo que sí pero que estaba lleno. ¡Me da igual viajar de pie, no me puedo quedar aquí!, le dije. Pero el pescado muerto no hizo nada. ¿Y no hay más trenes? Ah, sí, hay un tren cama dentro de dos horas. Bien, dame uno. Son 4.100. ¡Tengo 4.000 pesetas! Y el taquillero: ¿no tienes tarjeta de crédito? ¡¡¡NO tengo tarjeta de crédito, tengo 15 años!!! Nada, pescado muerto otra vez. Pescados muertos todos los de la cola, que lo debían estar oyendo y nadie dijo nada.

 

Ya me veía pidiendo como una yonki por la estación, pero de repente se me encendió la bombilla que salva a los protagonistas de los dibujos animados y me acordé de que llevaba encima el libro de familia numerosa, por el que te aplican un 20 por ciento de descuento en transportes. Me gasté el resto del dinero en cocacolas, porque el tren iba hasta Madrid y no podía permitirme el lujo de pasar de largo mi destino y volver a andar con idas y vueltas como si Valladolid fuera un agujero negro espacio temporal.

 

Antes de bajarme del tren en lo que anunciaron que era Valladolid robé la estúpida almohada que te ponen en los trenes cama como recuerdo de la odisea. Es ridículamente pequeña, no vale para nada, pero fue lo mejor que pude abrazar aquella noche.

"No hay armonía si todos tocan la misma nota"

"No hay armonía si todos tocan la misma nota"

La foto la tomé en una calle comercial de Lisboa, pero podría haber sido en Cuenca, Copenhague, Bogotá, Nueva York o Madrid. Será la globalización de la que tanto se habla. Casi tan escandalosa como la botella de Coca Cola que aparecía en la imagen que vi en una exposición de un ritual que hacían los indígenas de Brasil. Contra ella, un proverbio chino (aunque los chinos también estén llenando el mundo de fotocopias): "No hay armonía si todos tocan la misma nota".

De noche en una ciudad extraña

De noche en una ciudad extraña

De repente me vi sola en medio de la noche en una ciudad extraña. Yo tenía por aquel entonces quince años y ni idea de cómo había llegado hasta allí. No conocía a nadie en ese lugar, ni se me ocurría a quién podía acudir para pedir ayuda. Pensé en amigos de amigos, familiares recónditos, conocidos, vecinos de conocidos... todos estaban lejos. No había móviles en aquella época. No era prudente llamar a ninguna casa pasadas las once de la noche. Pensé en acudir a la policía, lo aparqué como último recurso. Calculé las posibilidades reales de que alguien viniera a rescatarme a esas horas de la noche a esa ciudad extraña. Y cuánto tiempo tardaría en hacerlo. Y qué hacer mientras tanto. Y cómo explicarlo. De repente un estallido y toda la gente de mi alrededor corriendo. Comprendí entonces que debía reaccionar, moverme yo también hacia algún sitio, hacer algo para salir de allí.

 

Y me fui directa a las ventanillas de la estación de trenes para comprar un billete que me sacara de Bilbao. Yo había subido horas antes en un tren desde Calahorra destino Valladolid, y me había quedado dormida en Miranda de Ebro, cuando la mitad del tren tomó el camino de tierras de Castilla y la otra mitad se fue rumbo al País Vasco, conmigo dentro. El estallido era el comienzo de los fuegos artificiales del día grande de las fiestas, y todo el mundo corría para verlos desde una cristalera de la estación. Este fin de semana iré por primera vez (conscientemente) a Bilbao para reescribir los recuerdos de aquella noche.

Estamos aquí para llegar juntos

Llevo desde que volví de Lisboa dándole vueltas a dos versos del poeta Vasco Gato que vi escritos en un callejón y quiero sacármelos de dentro pidiendo la colaboración del público:

nós estamos aquí para fugir

nós estamos aquí para chegar de vez

 

Pertenecen al poema “Estar aquí, quedarse aquí” y creo que la traducción más correcta del portugués es:

Estamos aquí para huir

estamos aquí para llegar juntos

 

Aunque también “fugir” por lo visto se puede traducir como “llegar lejos”, si la pintada me impactó tanto es por el hecho de que alguien esté huyendo y a la vez se preocupe de no terminar su huida en solitario. Me parecía contradictoria la idea de la huida con la llegada compartida a una meta. Quizá en la meta confluyen los caminos de los que huyen al mismo tiempo, quizá los que huyen no están hablando desde el punto de partida, quizá llevan huyendo durante años, quizá no estén huyendo de algo sino de ellos mismos y en esa búsqueda persiguen converger en el mismo punto. Quiero pensar que, a pesar de la necesidad de huir, no lo dan todo por perdido, no están tan desencantados.

No, antes no éramos más felices

Aunque hoy Madrid se presente hecho un asco por la lluvia y me haya tenido que echar a las calles toda la tarde para huir de la melancolía de este lunes gris, sigo pensando que soy más feliz ahora, aunque antes me lo pasara tan bien.

 

La época de la Universidad por ejemplo fue feliz, claro, y provechosa, pero siempre quedaba ese asomo de angustia por la incertidumbre del futuro y el agobio de pensar que debería estar estudiando cada vez que salía por ahí.

 

Antes tenía más tiempo de ocio, pero ahora lo disfruto y lo aprovecho más. Aunque ahora a veces tenga sueño a las dos de la mañana de un sábado, algo impensable en aquella época. Aunque ahora tenga ’problemas de mayores’, de algún modo he aprendido a relativizar y a ocuparme de ellos más que a preocuparme por ellos. Afortunadamente los años no han pasado por mi cabeza sólo para poner canas (y mira que de eso se han ocupado a conciencia, tengo tantas canas que parezco cinco años mayor). Los problemas siempre nos parecen inmensos e imbatibles en el momento, pero llega un momento en que te das cuenta de que todo pasa y empiezas a hacerle caso a los refranes.

 

 

Miro el camino recorrido hasta ahora y lo veo torcido pero me gusta, no volvería sobre mis pasos. Sobre todo no volvería a la adolescencia, esa época en la que te ahogas porque tu hermana mayor no te presta la camisa negra de cuadritos para ir a una fiesta, esa época en la que te sientes incomprendida y extraña hasta dentro de tu propio cuerpo y tampoco haces las cosas bien del cuerpo hacia afuera, esa época que, como dice una amiga, todos deberíamos hibernar por el bien de la humanidad.

 

Como si un nombre fuera una pista

Nos miramos a las afueras del parque una vez, dos veces; como dudando, casi a hurtadillas, hasta que me dices “yo te conozco” a través de la lluvia. “Yo te conozco” y me sonríes y me das dos besos y me informas de que te llamas Álex y te quedas tan ancho. Como si decir un nombre fuera una pista. Podría seguir haciéndome la despistada, disculpar mi falta de memoria, confiar en que tú tampoco sepas bien de qué me recuerdas, pero elijo el disimulo, vagamente creo que te conozco y te doy dos besos y también sonrío y te pregunto qué tal.

 

Habría sido más fácil confesar mi torpeza y pedir más pistas con disculpas, pero por no sé qué normas de urbanidad impuestas, finjo y espero a que me digas algo que me saque del laberinto. Sin embargo sólo respondes “bien, ¿y tú?”, así que antes de que nos quedemos en silencio me lanzo a contarte qué estoy haciendo a esas horas en el parque para llenar el suspense de palabras, para que no nos quedemos los dos mirándonos a los ojos y sonriéndonos como si acabáramos de descubrirnos y nos gustáramos, porque ahora comienzan a ponerse en marcha los recuerdos y ya sé de qué te conozco, claro que te conozco aunque sólo sea de una vez, de una noche y algunas conversaciones que no salen en esta conversación.

 

Entonces me dices que podría haberme pasado a ver a tu hermano, como si yo supiera quién es tu hermano y a qué se dedica, qué diablos, como si yo supiera acaso que tienes un hermano, que por lo visto no ha parado de firmar libros en toda la mañana en la Feria y me lo dices tan orgulloso, tan natural, dando por supuestos los sobreentendidos, y yo simplemente sonrío, la verdad es que me habría gustado conocerlo o al menos atreverme a preguntarte más, pero igual me alegro por él, por ti, nos damos dos besos, ha sido bonito habernos encontrado y nos despedimos y tú también sonríes, todo el tiempo sonríes y yo también te sonrío a ti.

Si la persona fuera un personaje

Cuando en una película aparece una calle desierta, el vacío de la calle parece un presagio. Sospechamos del silencio, tememos un asesinato, un rapto, un encuentro amoroso, alguien que se esconde o que llega, una catástrofe. Algo va a suceder.

En otra escena la protagonista se encuentra atrapada en un atasco, repentinamente se pone a mirar las espigas del campo a través de la ventana. La cámara sigue el recorrido de sus ojos, se detiene en su rostro y ella tendría una actitud melancólica o alegre o furiosa, las espigas deben de tener algún significado.

Pero yo estoy en un atasco y a mí esas espigas al borde del camino no me dicen nada, las miro mecerse al viento con la mente en blanco; la calle aparece desierta sin ningún presagio, no espero ver a nadie cruzar la esquina ni caminar por este lado de la acera ni tocar a mi puerta.

Si esto fuera una película, seguramente me habría dado la vuelta después de despedirme de ti. Para ver cómo abandonas la calle en la lejanía, para imaginar cómo te subes al coche y te sonríes... o mejor, habría una cámara encargada de seguirte, de registrar la lentitud de tus pasos, el gesto de boca, la duda en tu mirada... pero no somos personajes, aquí no hay guión ni cámaras y no es posible saber qué has hecho y pensado cuando me he dado la vuelta.

 

Colocar en su sitio los recuerdos, acotar las sensaciones

Colocar en su sitio los recuerdos, acotar las sensaciones

Voy a ver si puedo salir un rato de mi vida para volver a entrar pausadamente. A estas horas ya no hay nada prioritario que obstaculice el paso. Llevo todo el día pisando charcos reales y metafóricos, todo el día arrastrando sueño y torpezas, pantalones mojados y zapatos como barcos naufragando. El agua estancada no me deja avanzar sino a trompicones. Echo a un lado los recuerdos para seguir avanzando, pero pesan incluso arrinconados.

Estúpida historia con final infeliz

Hubo una vez por lo visto un hombre que dedicó gran parte de su tiempo a idear una forma más rápida y cómoda de tomarse el café. En un alarde de ingenio, inventó un buen día los azucarillos alargados, que a su entender eran más prácticos para endulzar la bebida si los abrías por la mitad y dejabas caer todo el azúcar desde cada uno de los lados.

 

Pero, quién sabe por qué, nadie hacía caso de su invento, los seres humanos somos animales de costumbres y a veces tan reacios a las modernidades que, cuando nos encontrábamos con uno de esos azucarillos alargados, insensiblemente los abríamos por uno de los extremos y, limitándonos a girar 90 grados la muñeca, dejábamos caer todo el azúcar de golpe. Al parecer, ese sencillo y retrógrado gesto de volcar el azucarillo ponía de los nervios al inventor, que acabó suicidándose, frustrado e incomprendido porque todo el mundo ignoraba su creación.

 

Tengo un amigo al que le gusta contar de vez en cuando esta historia cuando estamos en una cafetería de azucarillos alargados y a mí me gusta creérmela sea verdad o leyenda. Siempre que la escucho primero pienso: “pobre tipo” y me arrepiento de no haberme acordado a tiempo de él para hacerle ese sencillo homenaje, aunque sólo sea para comprobar si de verdad es más cómodo abrirlos por el medio.

 

Primero pienso: “pobre tipo incomprendido” e inmediatamente después: “¡pero qué idiota!” ¿Qué clase de loco es capaz de suicidarse porque la gente no haga caso a su manía?. A él qué más le daba cómo se eche la gente el azúcar a su café, y qué si nuestro modo es menos cómodo, y qué si tardamos más tiempo, si precisamente nos vamos a tomar un café para disfrutar de ese pequeño tiempo de ocio.

Todo el que va a Lisboa regresa

Todo el que va a Lisboa regresa

Estamos aquí para huir, decía una pintada en un callejón de Lisboa, estamos aquí para llegar a la vez, juntos. Y al doblar una esquina me sorprende un fuerte olor a flores que no veo por ninguna parte, hay ropa limpia tendida y tejas rojas sobre fondo azul, un desorden de ladrillos y almenas reflejadas en los espejos y flores de plástico y guirnaldas en los balcones, un escándalo de cables surcando el cielo, olor a pesacadito y a carne a la brasa aunque para mí sea la hora del café, hay un atardecer sobre el Tajo visto desde un lugar que se hace llamar el Ponto Final y que parece un presagio aunque puede ser sólo el principio y pintadas de colores en todas las tapias, también frases reivindicativas: “No seas como ellas” al lado de un escaparate de Mango, “Cómete el dinero” a la puerta de la Western Union.

En Lisboa hay muchos edificios en ruinas milagrosa y orgullosamente en pie, casas desconchadas que no esconden sus vergüenzas y quizá por eso consiguen desprender un encanto que no es el eco del esplendor pasado. Dicen todos que es una ciudad decadente pero con orgullo, incluso presumida diría yo.

Esta ciudad la habitan señoras sonrientes que se asoman a ver la vida pasar frente a sus casas, millares de turistas que no son escandalosos, el conejo de Alicia en el País de las Maravillas que llega tarde y va corriendo por una estación de metro, un hombre con aspecto de bruja que fuma mirando por la ventana y sobre él se posa un ángel desde una esquina del barrio Alto...

Esta ciudad la habita también el fantasma de Pessoa poeta que es un fingidor, Pessoa pidiéndonos desde uno de sus poemas que no tengamos nada en las manos para que nada se caiga al abrirlas, Pessoa que no quiere rosas cuando haya rosas, Pessoa obligándonos a sentarnos al sol, Pessoa que quiere que abdiques para que comiences a ser el rey de ti mismo.

 

Yo tenía que haber sido Teresa

 

Como iba a nacer en Ávila, durante los nueve meses de embarazo todos me estuvieron llamando Teresita, algunos Maritere. Dicen que los principios marcan, así que imaginaos el trauma de estar nueve meses creyéndome Teresita y luego ver que en mi partida de nacimiento pone Elena. Eso puede ser el germen de un trastorno de personalidad por lo menos. Fue un repente de mi padre, a quien nunca le gustaron los nombres compuestos y no quiso discutir con el resto de mi familia durante todo el embarazo. Cuando fue a inscribirme en el registro civil, directamente le preguntó a mi madre: “¿cómo le pongo, Elena o Cristina?” “¡Maritere!”, tenía que haber contestado mi madre, pero con la sorpresa sólo acertó a decir “Elena”, y así me quedé. Y yo contenta, no creáis, un alivio no haber tenido unos padres hippies que me pusieran de nombre por ejemplo Nube o Río, eso crea demasiadas expectativas. Es fenomenal si sales artista y ya tienes un nombre que vuela o que fluye como el agua, un nombre que viene del verbo reír, pero resulta contraproducente si a la larga llevas una vida de funcionario.

Luego todo depende de las personas concretas que conozcas, a mí por ejemplo me gusta la palabra Rocío y me parece un bonito nombre pero una Rocío no me trae buenos recuerdos. Aunque al final todo es acostumbrar al oído, aún nos suenan exóticos y musicales nombres como Lluvia pero nadie piensa en el océano cuando conoce a una chica que se llama Mar. El nombre Sol para mí todavía mantiene su brillo, pero me sigue sonando cursi que alguien se llame Celeste, me parecen rotundas e intransigentes las que se llaman Montaña, enigmáticas las que responden al nombre de Camino.....

El desorden de los trasteros

Dice mi compañera de piso que es síndrome de diógenes, pero yo más bien diría que soy una romántica. Claro que seguramente todos los locos tengan una excusa. No necesito demasiado para vivir, pero paradójicamente lo guardo todo, soy incapaz de tirar nada.

Cómo no voy a guardar las dos cajas llenas de postales de los lugares que he visitado y de los lugares en los que nunca he estado. Gracias a ellas tengo el recuerdo de los paisajes que no he visto aún pero espero ver.

Cómo voy a tirar la colección de sellos que heredé de mi madre y que hice con tanta ilusión en algún momento de mi vida, no recuerdo ahora cuál (de hecho, ni siquiera me acordaba de que coleccionara sellos).

Qué clase de desalmada sería si me desprendiera de las montañas de cartas manuscritas que guardo, de amores infantiles y de amigos de cada pueblo en el que viví, las amistades esporádicas de cada lugar donde veraneé, aunque ahora lea algún remite y no sea capaz de ponerle fecha ni cara.

Cómo no atesorar ese pendiente desparejado que te regaló alguien que fue tu pareja, esa pulsera idéntica a la que tenía tu mejor amiga del pasado, esa corteza del árbol centenario bajo el que perdiste tantas tardes a su sombra, esa foto de carné muy seria de una persona que siempre se estaba riendo, ese diario insulso con espantosas faltas de ortografía, esos pétalos secos de mi primer ramo de flores, el llavero hortera que me trajeron de Nueva York y que parecía en su momento el colmo de la modernidad, ese pisapapeles de escayola que me regalaron cuando participé en un certamen de cuentos en Argentina, ese dibujo de una sirena con la caricatura de mi cara, esa corona de princesa con luces de neón de una noche en un karaoke decadente, mi primer carné de una biblioteca, ese cuaderno de notas de mi profesor favorito, esos apuntes tan interesantes que me hicieron sufrir tanto durante la carrera, esas horribles fotos de la adolescencia, esas margaritas de plástico de una fiesta hawaiana, el trozo de pancarta que una vez llevé al aeropuerto...

Nadie dijo que fuera necesario mantener el orden en los trasteros... Eso sí, a este ritmo de acumulación, soy consciente de que no conseguiré ayuda de amigos para mi siguiente mudanza...

"Un libro es el único aparato que te permite volar incluso entre cenizas volcánicas"

"Un libro es el único aparato que te permite volar incluso entre cenizas volcánicas"

Genial. O, para que nos entendamos todos, :O)

"Quiero ponerme en riesgo de alegría"

Ahora que empieza el fin de semana, voy a echarme a las calles con un pensamiento robado, otra brillante idea del poeta que no quiere "escribir versos sino llenarlos de caballos" y que se hace llamar Neorrabioso:

"Quiero ponerme en riesgo de alegría"

La vida continúa a pesar de

Yo tengo que ponerme a pensar para saber si alguna vez en mi vida he oído un disparo y la amiga que está sentada frente a mí los escucha a cualquier hora, tanto que ha aprendido a distinguir por el sonido el tipo y la procedencia de las balas. Ella es mexicana y vive en Chihuahua, una ciudad de un millón de habitantes que oficialmente no está en guerra aunque desde hace tres años tiene trece muertos diarios por el narcotráfico.

Yo vuelvo a mi casa caminando a las dos de la madrugada y la verdad es que no tengo miedo, ella tampoco ahora que está en Madrid. Allí todo el mundo llama a sus familiares si van a retrasarse en la vuelta a casa, y casi nadie anda por las calles más allá de las siete de la tarde, se ha marcado un toque de queda implícito. Al hermano de su amiga lo obligaron a correr para acribillarle a balazos, porque lo confundieron con otro tipo. En el maletero de su coche hay una mancha de sangre de un día que se lo robaron. Una vez tuvo que echarse al suelo para protegerse de las balas por un ajuste de cuentas en un restaurante. La policía llegó media hora más tarde y sólo a levantar el cadáver y contar casquillos, dice que haría mejor servicio una funeraria.

Hay días que sale de su casa y piensa que quizá no va a volver. Y yo, sentada frente a ella, me siento estúpidamente afortunada por vivir aquí. Pienso que no sería capaz de resistirlo, que huiría de esa ciudad, y que si tuviera que quedarme preferiría la ignoranca que se confunde con la resignación, salir a las calles como si no pasara nada.

Pero ella no quiere que su país se acostumbre a la violencia, quiere dejar constancia de cada crimen pintando un mural en cada esquina en la que se produzca un asesinato. Extender sábanas con poemas donde los narcos pintan amenazas. Puede parecer una denuncia ingenua pero es una rebeldía y un acto de fe. Al menos cada muerto no será sólo un número más en la lista, al menos los poemas y los dibujos denunciarán la impunidad, al menos los versos y los colores harán feliz por un instante al que pasee en medio de la violencia que desborda la ciudad.

Ella lo escribe mejor que yo en un artículo que se llama "Los registros del miedo" dentro del blog Chihuahua sin temor

http://chihuahuasintemor.blogspot.com/2010/03/los-registros-del-miedo-un-texto-de.html

 

Metáfora espontánea

Hablando con un taxista de política, de hay que ver cómo corrompe a algunas personas el poder, de repente me dice: "Es que hay gente que no está preparada para tocar las estrellas", y me quedo con esa imagen, ya no quiero oír nada más.