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Alguien que anda por aquí

No deja de nevar

No deja de nevar

Hoy más que ser alguien que anda por aquí he sido alguien que intenta no resbalarse por aquí. Es increíble cómo está Madrid. Lleva nevando toda la tarde y acabo de retirar de mi coche por lo menos diez centímetros de nieve para tener diez centímetros menos que retirar mañana temprano, cuando tenga que echarme a las carreteras para contar a los oyentes cómo está la situación en mi zona. Ya llevo en mi bolso galletas, agua, baterías cargadas para los móviles, pilas y calcetines de repuesto. Mañana, como ha dicho el concejal de movilidad del Ayuntamiento de Madrid, va a ser un día "horrible".

Ola de frío polar

Ola de frío polar

Da frío oír hablar tanto del frío.

Sangre fría Guerra fría Gota fría Salva fría Tubo de luz fría me sugieren desde el diccionario; ser indiferente al placer sexual, color que produce efectos sedantes como el azul o el verde, no tener gracia, espíritu ni agudeza, no causar la menor impresión.

Será por eso por lo que hoy la inspiración no viene, porque el frío paraliza las iniciativas y está congelando el movimiento de la ciudad. El frío invita a la confidencia, la lectura y el cine. El frío me ha cancelado todos los planes para este sábado, que se ha quedado reducido al salón de una casa, con una cálida conversación de a dos.

Espero una sorpresa

Espero una sorpresa

Creo que se me da aceptablemente bien fingirme sorprendida. Supongo que tiene que ver con que soy una tremenda ingenua y con que a veces tengo una memoria de pez, se me olvida que me han advertido. Me preparé para hacerme la sorprendida una vez que me organizaron una fiesta sorpresa que yo ya me olía, y de verdad me sorprendí de la cantidad de gente que había en el salón de mi casa a oscuras, e incluso grité emocionada, pero eso fue porque me asustaron mis propios amigos, que estaban desaforados gritando "¡¡SOPRESA!!" y lanzando serpentinas y globos de colores, el año que me fui de Valladolid para estudiar en la Universidad.

 

También me preparé para poner cara de sorprendida y de culpable en aquella ocasión en que me compinché con mi jefe para darle un escarmiento a una compañera de trabajo. Fue él quien lo tramó todo, y me avisó de que nos iba a echar una bronca conjunta para protegerme, ya que fui yo quien le puso sobre aviso de que nos estaba toreando, porque yo era la coordinadora de redacción y la responsable por tanto de lo que ella firmaba. Así que me aguanté la sonrisa maléfica cuando nos llamó a su despacho, me senté muy formalita frente a su mesa observando con el rabillo del ojo la actitud de mi compañera, que parecía estar fastidiada por tener que tragarse una ’chapa’ del jefe, y al final fui yo la que salí más asustada de la reunión, porque ella tenía más cara que espalda y a mí realmente me impresionó ver bramar así a mi jefe, ¡aunque estuviera adverdida! Eso sí, yo fingí y pasé el mal trago pero el escarmiento realmente funcionó...

 

Rescato ahora estos recuerdos porque espero una sorpresa y quiero enterarme... no puedo con la incertidumbre y quiero sonsacar al menos pistas, convencida como estoy de que sabré sorprenderme llegado el momento para no delatar a la compinche, pero a la vez quiero mantener la cautela porque me gustan las sorpresas... en cualquier caso, el objetivo ya está cumplido, me hace igual ilusión saber que hay alguien que quiere y que está planeando sorprenderme, la ilusión es igual de válida aunque luego se quedara en nada.

Qué habría sido de mi vida si...

Qué habría sido de mi vida si...

Le echaré la culpa a la nieve de las ganas que tengo hoy de hundirme en la nostalgia. Será porque llevo todo el día en casa trabajando frente a la ventana, viendo los copos caer. Caen más rápido de lo que me gustaría, desordenados y pequeños, revoltosos, y me traen recuerdos de cuando mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí a jugar con la nieve en los Picos de Urbión, de cuando el viento helado no nos dejaba doblar la esquina para ir al colegio en Soria...


Pienso también en los lugares en los que nieva durante todo el invierno, en cómo será convivir con la molestia de tener que abrirte camino a paladas... de ahí viajo en saltos al futuro desde el pasado, proyecto las imágenes vividas en la imaginación sin propósito claro, y recuerdo que de pequeña, leía a escondidas la sección de una revista para mujeres que se llamaba “Qué habría sido de mi vida si...” Ahora, sabiendo cómo funcionan los medios, supongo que los propios redactores se inventaban la mitad de esas cartas que me impresionaban tanto, seguramente porque siempre he sido una indecisa y me aterrorizaba imaginarme teniendo que tomar una determinación tan drástica que te hiciera arrepentirte años después, o siquiera tener que estar dándole vueltas a la cabeza para tratar de averiguar si acertaste o no.

Pero toda decisión es acertada en su momento, porque es muy fácil decidir a toro pasado, con la información y los sentimientos que se tienen en el futuro. Por eso yo hasta ahora, afortunadamente y a pesar de los ataques de nostalgia, estoy con Edith Piaf, je ne regrette rien, y en cualquier caso, soy de las que piensan que es mejor arrepentirse de haber tomado una decisión que quedarse siempre con la duda, con la espina clavada que no haberlo intentado siquiera, porque de todos modos, quien se queda al borde del camino, paralizado frente a una encrucijada, también decide: decide quedarse parado y no tomar ninguna decisión.

A menudo, las palabras son el mejor regalo

A menudo, las palabras son el mejor regalo

Me despierto sola en casa después de dos llamadas de trabajo que sientan peor por ser el día de Reyes y por haber trasnochado. La radio habla de niños felices, juguetes y roscones; salgo al balcón y la calle aparece desierta, ni siquiera me llega el olor de las dos pastelerías cercanas. Pero es un día luminoso, un día frío que de inmediato tiemplan las palabras que llegan por correo electrónico de alguien que ni siquiera es muy cercano.

Me escribe que todos los comienzos de año recuerda un cuento que yo conté en un café teatro hace ya casi dos años. Me emociona redescubrir así y ahora la utilidad social y emocional de los cuentos, la utilidad de sus palabras de ahora y de mis palabras de entonces, sobre una mujer que se invita a tomar un té consigo misma.

Me doy cuenta de que es un buen propósito de año nuevo, empezar el año recordando ese cuento que nos empuja a cuidar más de nosotros mismos. Ni siquiera conozco a la autora de aquel cuento. Era una mujer que se presentó a un concurso literario, y me da pena que ella ni siquiera sepa hasta dónde ha llegado su cuento, cuánto curan sus palabras.

Noche de Reyes

Noche de Reyes

Hoy parece que todo es posible en Madrid. Hay ocas jirafas asnos elefantes dragones geishas bereberes muchachas bailando el charlestón y barcos remontando la Castellana; bullicio en cualquier barrio de la ciudad, la gente se ha echado a la calle y en el mío familias enteras se han salido de la norma, se han salido de las aceras y caminan por la carretera como por su casa. Hay atascos, claro, pero nadie pita. Seguro que hay gente agobiada todavía a esta hora apurando compras pero todos con los que yo me encuentro parecen despreocupados risueños felices.

Hace veinte y más años, tal día como hoy, a estas horas, yo estaba dando vueltas en la cama sin poder dormir. Ése es el insomnio más placentero, el que no te deja parar de las ganas que tienes de que llegue el día siguiente. Ni siquiera pudo detener mi ilusión infantil el choque con la certeza de que los Reyes Magos eran los padres, aquella tarde en que se me cayó el betún con el que iba a limpiar mis zapatos para ponerlos bajo el árbol. El betún rodó hasta debajo de la cama de mis padres, y ahí me encontré ¡con un montón de regalos envueltos! Recuerdo que tuve un momento de impacto en el que todos los rumores que había estado oyendo en el colegio encajaron en una sola y fatídica idea: evidentemente, los Reyes eran los padres. Pero no quise creérmelo, y segundos después de un denso silencio, a solas en la habitación, grité: "¡¡¡ya han venido los Reyes!!!". No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen. Por supuesto, hubo disculpas y ajetreo en la casa y hermanas sacándome a rastras de la habitación y personas mayores que me decían que habían tenido que dejar los regalos antes de tiempo porque iban muy cargados (y éso explicaba que pudieran recorrer todas las casas del mundo en una sola noche) y otras personas mayores a la vez que me negaban que hubiera visto nada mientras que otras sacaban a toda velocidad los regalos de debajo de la cama para mostrarme de nuevo el suelo, tras la colcha, sólo con algunas inocentes pelusas.

Me lo creí todo, me lo quise creer todo, mientras pude mantener la ilusión. Porque aún hoy creo que ése es el sentimiento que da sentido a la vida, son las ganas las que mueven el mundo, es la ilusión de cada uno la que consigue que cada día, la Tierra gire.

Feliz noche de ilusión.

Llueve

Llueve

Ayer un tal Roberto no me dejó escribir, un completo desconocido me impidió cumplir mi propósito de año nuevo. Me molesta porque ¡sólo llevamos tres días del mes de enero! Pero le disculpo las molestias de haber desactivado la administración del blog mientras llevaba a cabo tareas de mantenimiento porque lo que quería contar ayer lo puedo contar también hoy: ayer en Valladolid y hoy en Madrid llueve.

Llueve. Pero no es esa lluvia melancólica que mojaba los zapatos de la Maga en Rayuela, ni la lluvia de gotas persistentes que se agarraban en aquel cuento con uñas y dientes al marco de madera de las ventanas. No es la lluvia insistente de Macondo, que después de estar una semana entera lloviendo a todas horas, llegó a convertir un jueves “en una cosa física y gelatinosa que habría podido apartarse con las manos para asomarse al viernes". No es tampoco la lluvia que pone el punto y final a las películas románticas, ésa que parece que no está ni fría ni húmeda porque no molesta a los protagonistas que se paran a besarse en medio de la calle mientras llueve.

Llueve, pero no es la misma lluvia que soporté en París una hora debajo del toldo de una tienda de juguetes, de noche, frente a un puente del Sena; ni la lluvia que caía a chorros en Burkina Faso, esa cortina densa de agua que en unos minutos había inundado las calles de barro y que casi impedía ver el patio de enfrente; ni la lluvia de un octubre en Buenos Aires que me disimulaba las lágrimas; ni el calabobos de Suiza, esas gotas finísimas pero incesantes que te quitaban las ganas hasta de agarrar el paraguas.

Llueve y es una típica lluvia de invierno en una ciudad castellana, llueve como llueve en la meseta. Ayer llovía como llueve los domingos largos y aburridos; hoy llueve con ausencia de significado, enturbiando el ajetreo de la ciudad con sus paraguas abiertos en aceras estrechas y sus charcos en el asfalto, acelera el ritmo del parabrisas y no te deja ver. Llueve, y la lluvia deja en el alma un frío que no se debe sólo al clima.

El paso de los años

Decía Graham Green “En el fondo de nosotros mismos siempre tenemos la misma edad”. Quizá por eso no siento que mi yo concuerde con la idea que yo tengo de las personas que tienen 28 años. Me dicen que Fulanito tiene 28 años y me lo imagino mayor que yo. Oigo en las noticias lo que ha hecho una mujer de 28 años y no me la imagino como yo, incluso un resorte dentro de mí me impulsa a pensar en que será una joven de 28 años y no una mujer.

No es que esté en desacuerdo con mi vida presente ni pasada, en absoluto, no es que esté sintiendo con urgencia la llamada del reloj biológico que marca la sociedad, tampoco soy de las que matan antes de decir su edad en alto, ni de las que quieren aparentar menos años (de hecho, me gustan mis canas) pero es inevitable que algo se te retuerza dentro cuando lees que el asesor de Obama tiene un año menos que tú (¿qué ha estado él haciendo con su tiempo mientras tú simplemente vivías?) y también es inevitable que la sonrisa se te salga de la boca cuando en el banco el tipo que te atiende te quiere abrir una cuenta para menores de 26.

 

 

Feliz 2010

Año nuevo, vida nueva, blog como nuevo y por delante 365 días nuevitos y limpios por estrenar... Presiento que este año va a ser redondo, y yo al menos intentaré que cada día sea luminoso, que cada día tenga algo que contar, aunque sólo sea una frase, siquiera una palabra llena de significado. No debería ser difícil, al fin y al cabo mi oficio es contar, comunicar algo nuevo todos los días... Ya lo decía el maestro Cortázar en el cuento "Las babas del diablo":

“... Lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa... siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago”.

 

¿Pero qué es la Noche en Blanco?

¿Pero qué es la Noche en Blanco?

Pensábamos que estaban tomándonos el pelo, o que se nos acercaban para ligar. Cómo si no era posible que, después del despliegue mediático, aquellos dos chicos nos asaltaran en plena Gran Vía para preguntarnos: “¿Qué es la Noche en Blanco?”. Pero acababan de llegar, uno de Brasil y el otro de Uruguay, según nos dijeron, y nos miraban seriamente, esperando una respuesta, una definición que ni mis amigos ni yo alcanzábamos a encontrar. 

Miramos a nuestro alrededor, como intentando abarcar con la mirada lo que estaba sucediendo para que se tradujera en palabras. Lo cierto es que el panorama era bastante desconcertante. Si yo de repente aterrizara en Madrid y me soltaran en plena Gran Vía aquel sábado de madrugada, seguramente me habría asustado. En la esquina con Montera había varias patrullas de Policía, subían y bajaban las ambulancias o los coches de bomberos; algunos taxis, autobuses y coches despistados intentaban abrirse paso entre la marabunta.  

Porque todo sucedía en la calle, y a la vez. La gente se había echado a la calle como si hubieran desalojado todos los edificios y los bares, sobre todo los bares; la gente bebía en la calle con vasos de plástico como en las fiestas de un pueblo, había corrillos de gente sentados en las aceras, colas quilométricas frente a los museos y las instituciones, multitudes frente a los edificios iluminados de arte. 

Pero esa aglomeración fue también, para mí, lo maravilloso de la Noche en Blanco. Esa multitud expectante y asombrada que miraba su ciudad como si fuera la primera vez, que descubría la belleza de unos edificios que siempre habían estado ahí pero que fue esa noche cuando los miraron, porque proyectaban un juego de luces o de palabras sobre ellos, o porque una nube blanca ascendía frente a la Puerta de Alcalá, que por primera vez pudo ser cruzada entre sus arcos. 

Claro que había también multitudes expectantes y decepcionadas. Desencantadas por el “fiasco” de un arte demasiado “conceptual”, de unas esperas insoportables, del caos de transporte y los fallos de organización. Muchas actuaciones supieron a poco, no se entendieron, no tenían gracia y no eran ni siquiera bonitas, que es lo que cabe esperar del Arte. 

A mí me encantó disfrutar de un Madrid distinto, volcado hacia fuera. Claro que siempre me ha gustado Madrid. Me gustan sus edificios, sus calles abarrotadas, sus múltiples ofertas culturales, su gente abierta y desenfadada, su barullo de tráfico incluso (visto desde fuera, claro, cuando no tienes prisa por llegar a algún lugar), la vida palpitando a cualquier hora del día o de la noche.

Soy consciente de que mi mirada es la de una chica “de provincias”, pero llevo ya más años viviendo en Madrid que en cualquier otro sitio, así que me he concedido yo misma el título de madrileña, y a mí, la Noche en Blanco, lo que me pareció fue una fiesta. Una fiesta de la cultura, claro, pero participativa, abierta a todos. Yo creo que sí se cumplió con creces el objetivo de “acercar el arte a la gente”. Aunque defraudaran o no gustaran todas las iniciativas, eso es inevitable en toda manifestación artística, y por lo menos, la convocatoria a nadie dejó indiferente.

Francisco Garzón Céspedes (poeta, escritor, periodista y creador de la Narración Oral Escénica) tiene unas brillantes definiciones de la Soledad que es un regalo para compartir con todos los que, como él, "están seguros de que existe un eco":

 

La soledad es un caracol que atraviesa por la garganta

la soledad es la contraseña para que aparezca el espejo

la soledad es un insobornable corsario de la memoria

la soledad es el blanco para el tiro ajeno

la soledad es un toque de queda

la soledad es imponerle gaviotas al silencio

la soledad es el naufragio de todos los puentes

la soledad es el límite de la recta

la soledad es una red de anzuelos en el viento

amor

no hay soledad total

amor

no hay soledad

La memoria es el perro más tonto

Ray Loriga escribía en uno de sus libros: "La memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier cosa". Es cierto. Paso todos los días por el mismo descampado cuando regreso a casa, y de repente, el otro día se me apareció lleno de amapolas. Repleto de amapolas silvestres y flores amarillas como las de mi infancia, de esas que nos decían que no podíamos cortar porque nos orinaríamos en la cama de noche, y que yo nunca me atreví a cortar por miedo a que la advertencia se hiciera realidad. Pero lo que más me ha sobrecogido han sido las amapolas, altas y rojas como las que había al lado de mi casa de Soria, en un campito que llevaba hasta una caseta que se veía desde la ventana de mi salón, donde un día un chico se suicidó, metiéndose en la boca la pistola de su padre, porque su novia le había dejado. Yo sabía poco de esa historia, sólo lo que lograba rescatar de las conversaciones de los mayores. Decían que se había oído un disparo en la caseta, y todo el mundo subió corriendo por el camino de polvo, entre las amapolas. Yo tenía menos de diez años y pensaba en aquella chica, me la imaginaba igual que yo pero más alta, con el uniforme de las Escolapias, azul marino con la falda plisada, de tablas, y gritando de desesperación en el patio del colegio al enterarse.

Yo ni siquiera conocía a aquella chica, nunca se habló del tema en mi casa, y tampoco recuerdo que se comentara en el colegio. Hace ya más de quince años, y desde aquella tarde, nada. ¿Cómo es posible que la visión de un campo florido de amapolas, una visión alegre y despreocupada de regreso a casa, me traiga este recuerdo que ni siquiera sé si sucedió de verdad?

La primera vez

"Hasta que las cosas no ocurren por primera vez, no han ocurrido nunca". 

Encontré esta frase entre las páginas de la novela Kafka en la orilla, del japonés Haruki Murakami. Claro que es una obviedad, pero me sobresaltó leer una verdad tan simple, encendió un resorte nuevo dentro de mí. Esta frase invita a probar cosas diferentes, en mi caso, un nuevo modo de comunicar. Lo entendí como una provocación. Me obliga a atreverme con otros métodos que, aunque ya estén explorados, son nuevos para mí.

También era nuevo para mí el lenguaje del periodismo la primera vez que me propuse contar lo que había visto y escuchado en forma de noticia. También hubo una -temblorosa, equívoca, emocionada- primera vez que me subí a un escenario para contar un cuento y tratar de emocionar al público, con las únicas armas que te dan la voz, el gesto y la palabra. Desde aquéllas, ha habido muchas veces, pero la ilusión es siempre la misma, se trata de comunicar. Sumidos en este mundo saturado de estímulos y de mensajes de todo tipo, todos intentan hacerse un hueco en el que se escuche su voz. De eso se trata, ésa es mi pasión y mi oficio: la comunicación.