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Alguien que anda por aquí

Yo también

 

Yo también soy fan del ingenioso invento de Facebook para reírnos de nosotros mismos y de nuestras costumbres a veces más vergonzosas, de su capacidad para extraer opiniones comunes de las distintas realidades cotidianas de todos los internautas.

Esos grupos que se crean de fans de las señoras que cantan alto en misa, de las señoras que dicen en las noticias que el asesino de su vecino “siempre saludaba” cuando lo veían en el ascensor, de las señoras que van paseando y se paran en seco para dramatizar la conversación y de las señoras que guardan sus mejores bragas para cuando van al médico.

Yo también insulto a los aparatos cuando no funcionan, yo también me creo que soy la protagonista de un videoclip cuando voy escuchando música por la calle, yo también finjo que leo cuando estoy escuchando la conversación de los de al lado en el metro, yo también creo que Google y Hacendado dominarán el mundo, yo también hago como que saludo al infinito cuando veo que me he equivocado al saludar a una persona.

A mí mi madre también me decía “¿te crees que soy el Banco de España?”, también me gustaría salir de Ikea cuando yo quiero, y no cuando encuentre la salida, yo tampoco he visto nunca a un chino paseando a un perro, y cuando entro en Bershka parece que te dan ganas de pedirte un cubata.

Y unos grupos más que he encontrado ahora mismo dando una vuelta: “¿A ti te han llamado? pues a mí tampoco”, “Para ser tonta no eres tan guapa” y “¿Qué cojones estudió HE-MAN para tener un Master del universo?”

Pregunta

Unos te invitan a soñar, se atreven a prometerte incluso la felicidad ("el nuevo Chevrolet te hará feliz o te devolvemos el dinero")  y otros dan la sensación de que los han grabado una panda de amiguetes en el cuarto de estar de su casa para presentarlo a un examen del instituto.

¿Por qué hacen los anuncios tan buenos y las telepromociones tan malas?

Descubrimientos

Siempre que pelo una piña pienso en la primera persona a la que se le ocurrió comerse una piña. O un coco. Intento imaginarme a ese ser humano primitivo que va dando un paseo, ve entre la maleza una fresa y se la come, que mira hacia arriba y en las ramas de un árbol descubre una manzana y cae en la tentación, que está jugueteando con unos tallos verdes que brotan del suelo, tira de ellos, le sale una cosa naranja y se aventura a probar qué sabor tiene esa zanahoria, pero ¿ves un coco y decides partirlo por la mitad para ver si esa cosa redonda, marrón y con pelos es comestible?

No tiene límites la curiosidad del ser humano, ni su capacidad para intentar llegar siempre más lejos. También me pasa con los artilugios en general, no dejo de maravillarme por el hecho de que sea posible escuchar, mientras camino por una calle de Madrid, a una orquesta entera y varios cantantes, que de algún modo se han metido dentro de la cajita metálica de un MP3. O por el hecho de que tú puedas estar leyendo ahora todas estas ideas que sólo están dentro de mi cabeza.

 

Ensayo. Poema

 

Hay exactamente 1.852 metros

andando entre tu casa y la mía

Hay diez años de distancia

entre tú y yo

Hay un gato equilibrista

desafiando el vértigo de los tejados

Hay una sola estrella

en este cielo invernal

 

Hay una chispa de hielo

entre nuestras miradas

Un mensaje de amor en una botella

que ha llegado a puerto una sola vez

Más de un malentendido,

una muralla intangible

hasta en los momentos de placer

 

Hay una rubia estúpida tapándote

a esta hora sonriente los ojos

Hay un te quiero no dicho

que se ha quedado tirado

a las puertas de un bar

 

Cómo hablar mucho sin decir nada

No es magia. Los periodistas somos testigos muy a menudo de que es perfectamente posible rellenar una rueda de prensa sólamente de palabras. Sin ideas ni proyectos ni datos, sólo palabras que suenan bien, palabras que contestan incluso a preguntas concretas. Cuando no se tiene absolutamente nada que decir, supongo que es mejor no quedarse callado, porque las palabras lo disimulan y el silencio es mucho más elocuente.

Pero esta habilidad engañosa no es patrimonio exclusivo de los políticos, por mucho que sean los que la manejen con más descaro, también los periodistas a menudo tenemos que hablar mucho sin saber. Porque nos mandan rellenar o porque queremos parecer más listos que nadie.

Decía una compañera del gremio que el periodismo es el arte de ocultar lo que no sabes con estilo, y yo, sin llegar a tanto, coincido en que lo mejor que nos enseñaron en la facultad de Periodismo es a rellenar un folio en blanco. Sin ironías; es muy útil para la vida profesional. Si llegas cuarto de carrera y no sabes qué poner en un examen, mejor retírate, porque siempre hay algo que puedes poner, algo que te suene y que deberías saber escribir bien, aunque sólo sea por la cantidad de veces que repiten los mismos conceptos a lo largo de los cinco años de licenciatura y que siempre tienen que ver unos con otros.

Para muestra, un botón. No voy a confesar aquí las veces que yo he tenido que rellenar unos minutos de programación o unos párrafos echándole imaginación al asunto, que al fin y al cabo es mi trabajo, sino que voy a dejaros este cuadro que circula por internet. Empezando por el "queridos compañeros" de la primera casilla, probad a leer, al azar, una frase de la columna 1, luego otra de la columna 2, después otra de la columna 3 y por último una cualquiera de la columna 4, y así sucesivamente, sin que tengan que ser de la misma línea. Veréis cómo resulta un discurso grandilocuente y válido para casi cualquier tema que tratan nuestros políticos.

 

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Queridos compañeros

la realización de las premisas del programa

nos obliga a un exhaustivo análisis

de las condiciones financieras y administrativas existentes.

Por otra parte,y dados los condicionamientos actuales

la complejidad de los estudios de los dirigentes

cumple un rol escencial en la formación

de las directivas de desarrollo para el futuro.

Asimismo,

el aumento constante, en cantidad y en extensión, de nuestra actividad

exige la precisión y la determinación

del sistema de participación general.

Sin embargo no hemos de olvidar que

la estructura actual de la organización

ayuda a la preparación y a la realización

de las actitudes de los miembros hacia sus deberes ineludibles.

De igual manera,

el nuevo modelo de actividad de la organización,

garantiza la participación de un grupo importante en la formación

de las nuevas proposiciones.

La práctica de la vida cotidiana prueba que

el desarrollo continuo de distintas formas de actividad

cumple deberes importantes en la determinación

de las direcciones educativas en el sentido del progreso.

No es indispensable argumentar el peso y la significación de estos problemas ya que

nuestra actividad de información y propaganda

facilita la creación

del sistema de formación de cuadros que corresponda a las necesidades.

Las experiencias ricas y diversas muestran que

el reforzamiento y desarrollo de las estructuras

obstaculiza la apreciación de la importancia

de las condiciones de las actividades apropiadas.

El afán de organización, pero sobre todo

la consulta con los numerosos militantes

ofrece un ensayo interesante de verificación

del modelo de desarrollo.

Los superiores principios ideológicos, condicionan que

el inicio de la acción general de formación de las actitudes

implica el proceso de reestructuración y modernización

de las formas de acción.

Incluso, bien pudiéramos atrevernos a sugerir que

un relanzamiento específico de todos los sectores implicados

habrá de significar un auténtico y eficaz punto de partida

de las básicas premisas adoptadas.

Es obvio señalar que

la superación de experiencias periclitadas

permite en todo caso explicitar las razones fundamentales

de toda una casuística de amplio espectro.

Pero pecaríamos de insinceros si soslayásemos que

una aplicación indiscriminada de los factores concluyentes

asegura, en todo caso, un proceso muy sensible de inversión

de los elementos generadores.

Por último, y como definitivo elemento esclarecedor, cabe añadir que

el proceso consensuado de unas y otras aplicaciones concurrentes

deriva de una indirecta incidencia superadora

de toda una serie de criterios ideológicamente sistematizados en un frente común de actuación regeneradora.

La memoria es el perro más tonto...

...Porque le tiras un palo y te trae cualquier cosa, que decía Ray Loriga. Yo hoy he estado tirando unos cuantos palos, rescatando demasiados recuerdos, pensando en muchas cosas y haciendo muchas menos de las que me había propuesto, hasta que me paro y admito que hay días así, días en los que la mente decide irse a pasear por su cuenta, sin esperar a nadie y sin atender a razones, como una niña caprichosa.

 

En días así lo mejor es anotar todos esos proyectos que no han llegado a nacer y consolarse recordando a aquel filósofo que decía que hay que perder la mitad del tiempo para poder aprovechar la otra mitad. Porque a mí me preocupa mucho la ocupación del tiempo, a ratos llega incluso a obsesionarme, hasta que dejo de exigirme metas recordando que incluso Superman era Clark Kent la mayor parte del tiempo.

 

Enterrar fantasmas

Por lo visto, tengo facilidad para desempolvar fantasmas del pasado. Fantasmas que me obligan a poner dos puntos suspensivos al punto que yo marqué como final. Será que no sé cerrar bien las historias. Será que no se me dan bien los finales. Será que confío demasiado en mi suerte y que afortunadamente olvido lo que quiero olvidar. Será que ando por la vida sin tener en cuenta que existe una probabilidad de encontrarse frente a frente en el mejor momento de la noche con una persona a la que tuve que sacar de mi vida hace siete años (y dos meses).

Me gustan los recuerdos y los atesoro, pero no que me obliguen a recordar (“del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón”). A veces es necesario enterrar el pasado para seguir construyendo el futuro; aceptar que “al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos”.

 

 

De qué estará hecho el amor

En el cuento infantil Enamorados, de Rebeca Dautremer, la protagonista intenta averiguar qué es estar enamorada, pero sus amigos tampoco saben “qué es esa cosa morada”. Sé reconocer el amor y diferenciarlo de otros sentimientos, pero no alcanzo a entender por qué no sientes esa cosa morada por alguien a quien te unen muchas afinidades y en cambio no puedes evitar sentirlo por quien tienes mil motivos para alejarte. El corazón tiene razones que la razón no entiende, que dicen. Razones de las que no se pueden negociar.

 

Yo lo reconozco, me enamoro de todas las personas a las que admiro. No puedo evitarlo, dure la admiración cuatro meses o el tiempo que tarda en acabarse una canción. La cosa es cómo conseguir que se prorrogue en el tiempo y que se mantenga intacto tras el choque con la cotidianeidad, pero ahí volvemos a lo mismo, a las razones que no entiende la cabeza, ésas que hacen posible que un mal gesto fortalezca el sentimiento y te reafirme en el amor en lugar de comenzar a desmoronarlo. Pero estoy con Sabina, cometemos un error si aspiramos a encontrar la relación perfecta: “que no te vendan amor sin espinas”.

Las desgracias que no suceden lejos

Son las diez de la noche de un día de diario. Estás en casa, supongamos que en pijama. Oyes un crujido, miras una grieta, llaman a la puerta, coges el abrigo, bajas a la calle, de repente todos los vecinos están fuera del edificio y en diez minutos te has quedado sin casa. Te quedas en la acera de enfrente viendo cómo se caen los techos, viendo cómo se abren las paredes, esquivando quizá las piedras de lo que fue tu casa. Estás en la calle con lo puesto rodeado de todos esos con los que te cruzabas en el ascensor sin saber de qué hablar.

Anoche se derrumbó un edificio de viviendas en Madrid y fue tal cual, dicen los propietarios que nunca habían tenido problemas. No hay víctimas gracias a que un vecino se dio cuenta pronto de que eran extraños esos crujidos y fue avisando a todo el bloque: "bajad, que el edificio se hunde", les decía. La causa, dicen, podría estar en las lluvias, que habrían afectado a los cimientos (de un edificio que ha estado en pie cincuenta años, como si no hubiera llovido nunca antes) o las obras en el edificio contiguo (a más de uno se le tendría que caer el pelo por las consecuencias de sus chapuzas).

El caso es que 28 personas se han quedado en la calle con lo puesto, y a ver qué hacen. Yo me pongo en su lugar y tiemblo. Claro que es insignificante e incluso obsceno comparado con lo que están sufriendo en Haití y con los cientos de desgracias cotidianas que padece el planeta, pero así somos, egoístas y egocéntricos, siempre nos preocupa más lo que sentimos más cerca. Lo que podemos reconocer con nuestros ojos porque hemos pisado esa calle, lo que creemos que podría habernos pasado a nosotros, de lo que sentimos que podríamos no habernos librado.

Los otros cataclismos suceden lejos, y no conocemos a nadie que estuviera allí. Ni siquiera cuando hay periodistas en la zona del desastre que nos traen imágenes y testimonios de la barbarie a casa conseguimos indignarnos más allá de unos breves minutos en el mejor de los casos, no lo sufrimos porque no somos capaces de ponernos en su lugar.

 

Cuestión de talla

Todo es tan relativo que a veces no te puedes fiar ni de las matemáticas. Porque yo, con mi metro ochenta y medio, soy objetivamente alta, pero hoy he entrevistado a Fernando Romay y ha sido una sensación extraña tener que levantar tanto la vista y el micrófono para llegar hasta él. Esa perspectiva me ha hecho menospreciar el tiempo en que me quedaban pesqueros todos los pantalones, a las dependientas de las zapaterías que se asustaban de que les pidiera un cuarenta y las atracciones infantiles que ya no estaban hechas para mí porque sobrepasaba la talla.

También queda atrás el tiempo en que no me pedían el carné en las discotecas aunque tuviera quince años, y más lejos aún queda el tiempo en que mi abuelo me llamaba “canija” porque parecía que no iba a llegar a ser tan alta como mis hermanas. Ahora llego a tocar, sin estar de puntillas, el techo del cuarto de baño, soy útil para coger cosas de los altillos cuando no hay una banqueta a mano y me quedan bien los pantalones desde que se empezó a llevar ir pisándose los bajos. Pero nunca me gustó jugar al baloncesto, prefería ocupar mi tiempo conociendo otros mundos a través de los libros, desaprovechando mi estatura para buscar altura de miras.

 

La política del dejarse ver

La política del dejarse ver

Tengo una amiga que dice que en este mundo, los trabajadores se dividen en dos: los que se lo montan bien y todos los demás. Casi todos los que están ahí arriba son de los que se lo han montado realmente bien. Y si no, que alguien me explique qué hace toda esa gente ahí, pasando la mañana al fresco. Y digo casi todos porque en la foto hay también unos cuantos periodistas, que han tenido que ir a cubrir el acto en cuestión, a saber: la visita de un ministro a un centro cívico a medio hacer. Por eso están ahí todos haciendo paseíllo, esperando a que llegue el coche oficial del representante del Gobierno que ha financiado su construcción.

 

Al margen del motivo puramente propagandístico de la visita, porque ya me diréis qué pinta un ministro mirando cómo van las obras (¡ni siquiera iba a inaugurar el edificio! ¿no tendrá mejores cosas que hacer?), de toda esa gente, a mi modo de ver, sólo hacen falta como mucho cuatro: el ministro, el alcalde como anfitrión y sus jefes de prensa respectivos para atender a los medios. Todos los demás, a trabajar en sus cosas. Podrían estar atendiendo otros asuntos en esos momentos los seis alcaldes de municipios vecinos -a los que no influye la infraestructura-, los varios responsables de prensa de los correspondientes gabinetes, los concejales de todas las áreas de gobierno -implicadas o no en la construcción del centro- y demás personal asalariado con dinero público.

 

Y ésta no es de las peores visitas a las que he asistido, ni la más concurrida, ni la más extravagante, hay actos de este tipo en los que los políticos se visten como para ir de boda, se ponen sus mejores galas para salir en la foto. Y actos en los que hay hasta seis asesores acompañando a la política de turno, más una encargada sólo de arreglarle el vestido. En esta visita de hoy, al menos conocía a la mayoría de los presentes, todos escaleras para arriba-escaleras para abajo detrás del ministro, todos mirando en la azotea hacia donde mira el ministro, todos atendiendo las explicaciones del arquitecto que está escuchando el ministro.


Me consta que muchos de los que están en la foto trabajan y bien e incluso mucho por los ciudadanos, pero su trabajo de esta mañana consistía simplemente en estar ahí, haciendo bulto. Cada vez con más frecuencia, el trabajo de los políticos consiste en dejarse ver, y se pasan la vida de visita en visita. A veces me pregunto cuándo sacan tiempo para trabajar en lo que tienen que trabajar (y que luego inauguran con sus correspondientes testigos mediáticos y vecinos sonrientes), pero en seguida me respondo cuando pienso en la cantidad de asesores y cargos de confianza que tienen a su disposición.

 

Bandas sonoras

Menos mal que está Pedro Guerra para acompañarme en este día gris en el que me he quedado castigada en casa para arreglar mis asuntos pendientes con Hacienda.

Con la música suelo funcionar a modo de bucle, cuando cojo un disco no lo suelto hasta que me harta y dejan de emocionarme sus canciones, y sospecho que Pedro Guerra tardará en cansarme. No sólo estoy deslumbrada por la poesía de sus letras, sino porque no puedo evitar sorprenderme a cada frase y admirar cómo utiliza la voz, cómo susurra, cómo enfatiza para dar más brillo a una frase en concreto, cómo puede quebrar la voz hasta conseguir que te duela escuchar esa palabra.

Cada etapa significativa de mi vida ha tenido una banda sonora que he escuchado insistentemente, a veces incluso a modo de terapia. Como cuando me prohibí escuchar música lenta que invitara a la reflexión (yo, que soy de cantautores) y conseguí rallar el disco de los Delincuentes. O como cuando descubrí, en el momento más oportuno, a Mamá Ladilla, y su canción sobre las "bombas nucleares que están cogiendo polvo" y la que aboga por que "se mueran todos los que no son yo" se convirtieron en una suerte de amuleto para los días terribles, un escudo contra los desmaravilladores que me provocaba inevitablemente la risa que descargaba tensiones.

Credo

Creo en el poder de la palabra. Creo en la fuerza de los sentimientos. Creo en el valor (cuantitativo y cualitativo) de los gestos. Creo en la capacidad de adaptación y de superación del ser humano. Creo en el viento que sopla haciendo que la vida fluya. Creo en los peces que nadan a contracorriente.  Creo en aquél que dijo que sólo tenemos una boca y dos orejas para hablar menos y escuchar más. Creo en el poder, la fuerza y el valor de la palabra, que vale más que la milésima parte de una imagen.

Hay días en los que digo exactamente lo que quiero decir, sin que lo diga todo.

El camino más corto entre dos puntos es la línea recta

Me cuentan que en una discoteca, un grupo de chicos se acercó a uno de chicas para preguntar: "¿alguna de vosotras quiere rollo con alguno de nosotros?". Me siento muy poco joven escribiendo esto, pero de verdad me he quedado impactada, por lo visto es algo habitual. Yo me quedé en cuando un chico se te acercaba sin mediar palabra para preguntarte "¿quieres rollo?". Ya me parecía una vulgaridad, pero al menos ese "interés" era personalizado. Y no es que esté en contra de los líos de una noche, qué va, es sólo que creo que se puede hacer con un poco más de... elegancia quizá.

Pero tampoco me gustan los que marean la perdiz, los que van de intensos y se creen que tienen más probabilidades de éxito disfrazándolo de lo que no es, ésos que se te acercan diciendo que se han enamorado al verte pasar, ¿por quién te toman? y ¿qué se creen que es el amor? o ¿por qué necesitan invocar al amor para decirte sencillamente lo que pasa: que te ha visto y le has gustado? A cada cosa por su nombre, sin perder de vista que lo que tienes delante es una persona, con la que te apetece pasar un rato, sin más.

Qué pueden hacer los periodistas por Haití

En días como éstos, echo de menos el tiempo en que nos advertían desde los telediarios que las imágenes que nos iban a mostrar a continuación podían herir nuestra sensibilidad. Ya casi nunca lo hacen. Será que nos hemos acostumbrado, será que ahora aguantamos más. Será, como dice un poema de Ángel González, que nos hemos vuelto "invulnerables / de tanto vulnerados / insensibles / de haber sentido tanto".

Será que necesitamos ver esa crudeza desde el salón de nuestra casa, que se nos atragante la comida y que se nos quiten las ganas de seguir comiendo, para solidarizarnos durante unos minutos antes de seguir con nuestra vida y, en el mejor de los casos, enviar ayuda. Y qué otra cosa vamos a hacer. Decía una mujer que tiene apadrinada una niña haitiana que está preocupada porque, de entre toda la gente que está deambulando por los escombros de lo que fue Puerto Príncipe, ella conoce a una que tiene nombre y apellidos, y una fotografía guardada en el álbum familiar.

¿Cuánto tardarán en dejar de impresionarnos las imágenes que estamos viendo del terremoto que ha asolado Haití en los informativos? Y entonces, cuando llegue ese momento, ¿qué?

 

Un mundo feliz

Estoy contenta. Me pone de buen humor resolver gestiones, aunque odio hacerlas, porque en realidad, yo he nacido para ser marquesa. Ah, cómo sería tener a alguien que te resuelva los trámites por ejemplo con Hacienda (ya que soy autónoma y estoy sensible porque está acechándome la obligación de hacer la declaración trimestral, que dejaré para el último momento porque no sé funcionar yo sin estrés); alguien que vaya a comprarte el periódico por las mañanas para leerlo tranquilamente mientras desayunas en el balcón (el desayuno me lo haría yo, que tampoco hay que abusar); alguien que resuelva los papeleos del coche, que conduzca por mí cuando esté cansada, que me arregle la casa, el ordenador y sobre todo que vaya a la compra, porque odio aguantar colas y andar de un lado para el otro llenando el carro de las cosas que me entran por los ojos mientras olvido lo que apunté en la interminable lista que voy confeccionando a lo largo de la semana.

Alguien que haga por mí esas llamadas obligatorias (y sería genial si pudiera imitar a la perfección mi propia voz), que me dé masajes en la espalda, que revise y haga limpieza en mi correo electrónico del trabajo, que tiene ahora mismo acumula nada menos que 256 mensajes nuevos. Alguien que le quite el tic tac a los relojes, que me pone nerviosa, y que los retrase todos cuando haga falta para evitar que yo llegue tarde, porque no me gusta hacer esperar a la gente pero a menudo no puedo evitarlo.

Ya puestos, en mi marquesado yo tendría también a alguien que arregle siempre los malentendidos, que se enfrente por mí a los problemas y que me susurre al oído la mejor manera de empezar las conversaciones difíciles. En mi marquesado, existiría además la posibilidad de teletransportarse, pero sólo a veces, porque hay días luminosos en los que es una delicia llegar a los sitios dando un lento paseo, y mirar a la gente que pasa por la calle, y detenerse a inventarle formas a las nubes y aspirar el aire cuando huele a tierra mojada.

Quiero que huela siempre en mi marquesado a tierra mojada, y que haya tiempo siempre para tomarse un café con conversación, y donde la gente siempre sea amable y eficiente como los funcionarios que me encontré esta mañana cuando fui a resolver mis gestiones, los que me hicieron imaginar este mundo feliz.

Hay amigos que están lejos

Es curioso cómo se construyen los afectos. A menudo el roce hace el cariño, pero también hay gente a la que ves mucho y no quieres nada. Sin embargo, se puede sentir muy cercano a alguien que está al otro lado del océano. Se puede querer a alguien que apenas se ha cruzado unos días en tu camino, de quien sabes cuatro cosas sueltas, pero de quien presientes muchas más afinidades que estrechan las distancias físicas y los interrogantes del pasado.

Yo soy de las que piensan que las relaciones se forjan a diario, se construyen en base a los momentos compartidos buenos y malos, y que son precisamente los malos los que la fortalecen; la superación de los desencuentros hacen crecer la relación. Pero me contradigo cuando quiero a una persona con la que no he tenido desencuentros, o cuando el desencuentro quiebra la relación que creía sólidamente construida y se lleva por delante la confianza.

Hay que ser consciente de lo que se tiene y saber cuidarlo. Relativizar. Valorar. Tener un gesto de vez en cuando, estar en la vida de la otra persona a pesar de las lejanías y decir te quiero a la gente a la que quieres, aunque no esté presente en tu día a día más allá del espacio que hay entre tus manos y la pantalla del ordenador.

La Dictadura del Arte

La sorpresa que esperaba ha llegado a mi buzón de correo en forma de tarjeta postal. Es la primera carta que recibo en mi nueva casa y viene desde Alemania, es la fotografía de un señor asomado al balcón de un edificio feísimo, mastodóntico, de adoquines grises, con una pequeña puerta cerrada y sin ventanas, sólo unos respiraderos con rejas en el desconchado piso inferior. El sello presenta una imagen mucho más positiva, un enorme ventanal transparente con vistas panorámicas de la ciudad de Bonn. Pero eso está por detrás, por delante el edificio feísimo se alza sobre un cielo azul y limpio, y en rojo, aparece una frase: "Diktatur der Kunst", la Dictadura del Arte.

La postal la firma un poeta que se pregunta si el horrible sistema de poder, de control y de pensamiento unidireccional de las dictaduras sería también una locura y una barbarie, estando el Arte abierto a infinitas miras.

Me cuesta, pero intento imaginar un mundo ordenado así. La vida en una Dictadura del Arte. La primera obligación de cada uno de sus habitantes sería ser artista. Sacar talento y demostrarlo a diario. Al principio, cada uno el suyo, esforzándose por perfeccionarlo a cada paso para la perpetuación del sistema. El dictador tendría que dominar todas las artes para que su autoridad fuera admirada por todos y fuente de inspiración. Quiero imaginar un mundo en el que por ejemplo la música se filtrara con el aire; un mundo armónico y melodioso, en equilibrio, con pintores escultores actores dramaturgos bailarines poetas diseñadores cineastas contadores de cuentos en todas las esquinas.

Pero el Arte tendría que infiltrarse en todas las facetas de la vida cotidiana y para comunicarte, tendrías que elegir entre dirigir una conversación en prosa o en verso. Los poetas obligarían a las doncellas a ser sus musas, invitándoles a hacer cosas que provocasen su inspiración, con la que emborronarían miles y miles de folios subvencionados por el Estado. Pero cómo elegir el criterio artístico de la Dictadura, si la finalidad del arte es expresar o comunicar nuestra propia visión del mundo, nuestras ideas y emociones desde un punto de vista estético. Los artistas clásicos competirían con los contemporáneos, los ortodoxos con los innovadores, los pintores figurativos con los abstractos, etcétera. Aunque no hubiera críticos de arte para explicarlo y criticarlo todo en esta dictadura de artistas, igualmente sería un mundo que chocaría interminablemente con la eterna pregunta: ¿pero esto es arte?

De cómo el periodismo te embrutece

No te puedes echar a llorar por un par de muertos desconocidos, por unos muertos por los que seguramente nadie ha llorado. Aunque los muertos se presenten ante tus ojos en medio de un descampado en un día de lluvia, tumbados juntos en una misma cama, carbonizados e intactos sobre la montaña minúscula de cenizas de lo que fue su casa. No te vas a poner a llorar.

Esta pasada madrugada dos personas han fallecido mientras dormían en el interior de una chabola de Leganés a causa de un incendio. Según apuntan los testigos, el origen del fuego pudo ser una vela que las víctimas utilizaban para alumbrar y calentar la estancia. Unos diez habitantes de las chabolas vecinas intentaron sofocar las llamas echando paladas de nieve pero murieron asfixiados por el humo antes de que pudieran llegar los bomberos. En pocos minutos, la infravivienda quedó completamente reducida a cenizas, ya que estaba construida a base de puertas viejas de madera, telas y cartones. Los fallecidos eran una mujer de 29 años y un hombre de 38 que según el Ayuntamiento, habían rechazado en varias ocasiones la ayuda de los servicios sociales.

Alguien me dijo una vez que cómo éramos tan brutos los periodistas, que ni siquiera nos molestábamos en decir "fallecidos". Que si no nos dábamos cuenta de que era ofensivo para los familiares escuchar en todos los medios que uno de los suyos está "muerto". Es verdad que cuando tienes que informar sobre un suceso con víctimas mortales muchas veces no te paras a pensar en la gravedad de los hechos desde un punto de vista puramente humano, no sientes el drama sino que informas y punto: cuentas lo que estás viendo y punto, hablas de lo que te han contado que ha sucedido y punto, interrogas (a menudo con poco tacto) a los testigos y punto: esperas en la calle o en el bar de enfrente a que el juez levante el cadáver y punto, coges el coche y te vas.

A veces ni siquiera eso. Ponemos el micrófono al primero que pasaba por allí y tenga algo que decir, o a los típicos vecinos que se arremolinan en medio de la calle en cuanto ven policía y cámaras, esos que siempre, sepan lo que sepan de las víctimas, quieren hablar. Si con suerte hemos llegado con tiempo al lugar del siniestro, tendremos al menos la oportunidad de utilizar el criterio y la sentatez para desechar esas declaraciones hechas por puro afán de protagonismo de los falsos testigos. Si con suerte tenemos criterio.

 

El día "horrible"...

El día "horrible"...

... no ha sido para tanto, como era de esperar. Si en el fondo me gusta dormir cuatro horas, comenzar el día rascando el hielo del parabrisas de mi coche, circular a 40 por las autopistas, ver amanecer mientras cojo declaraciones a conductores cabreados que patinan sobre una placa de nieve helada porque no han echado sal, que se me note el frío en la voz porque estoy respirando puro hielo y quedarme en medio de una rotonda esperando una llamada, mientras le hago fotos a mi sombra en la nieve, que se ve preciosa y radiante atravesada por los primeros rayos de sol.

Es verdad que disfruto de mi trabajo, trotando de un lado para otro durante toda la mañana a pesar del frío. Pero al kit de supervivencia de la guantera de mi coche tengo que añadirle una cámara de fotos y otros guantes con dedos de repuesto para cuando las manos se convierten en bloques de hielo con las que no hay manera de escribir.