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Alguien que anda por aquí

Madrid desde Vallecas

Madrid desde Vallecas

En un atardecer triste en el que los malos pensamientos se pierden en el horizonte...

La Cabina

 

Me molesta que los críticos y los que van de intelectuales se empeñen en ver metáforas en todas partes; que se esfuercen tanto en inventar significados ocultos en las obras de arte. Hoy he visto La Cabina y me ha entusiasmado, pero no creo que sea, como dice su realizador Antonio Mercero, que sea una metáfora de los miedos y ataduras que tenemos las personas.

Dice en la presentación de la película que cada uno tiene que averiguar en qué cabinas está metido (morales, educativas, económicas... que nos aprisionan) para intentar liberarse, que ése es nuestro destino. Claro que todos tenemos nuestras ataduras (de acuerdo si las quiere llamar cabinas) de las que tenemos que liberarnos para ser felices y completos, pero no me ha transmitido eso la película, ni creo que ése sea el significado de su argumento.

La Cabina me ha parecido una película excepcional en sí misma, y punto, sin tener que llegar más allá. Me ha parecido de hecho una película de miedo, no sólo trágica o dramática. Es excepcional la inquietud que provoca en el espectador, el terrible final que se presiente, cómo te involucras con los sentimientos que transmite a la perfección un genial López Vázquez. Es excepcional que lo espeluznante del argumento se perciba tan cotidiano, que sea un terror tan de andar por casa, con la estupidez de quedarse encerrado en una cabina cuando vas a llamar por teléfono.

Lo que pone los pelos de punta es pensar que puedes malograr tu vida de una manera tan tonta, y que no hay remedio ni nadie que te ayude, y que encima tengas que pasar por la impotencia de que nadie quiere (al principio, y luego tampoco pueden) hacer nada, por el agobio de la claustrofobia, por la incertidumbre de tu destino y sobre todo, pasar por la vergüenza de los vecinos que te ven como un mono de circo y montan otro circo a tu alrededor, con esos vendedores y limpiabotas que surgen del tumulto, las vecinas haciendo calceta en un banco del parque y chillándoles a los que no les dejan ver, y la señorona que se pone en primera fila en mitad del patio, sentada en un sillón que le trae un lacayo. Éso sí que es un gran acierto, qué bien está reflejada esta sociedad nuestra que se entromete en todo y se aprovecha siempre de la ocasión.

El amor y la literatura

En algunas estaciones de trenes de cercanías de Madrid hay unas máquinas que venden libros envueltos en papel de plástico, como los sándwiches. Toda idea para acercar la literatura a todos los públicos y fomentar el placer de la lectura me parece loable por principios, pero el material que ofrecen al alcance de todos los públicos deja un poco que desear. Aquí va una muestra de los títulos que he ido apuntando en diferentes viajes:

 

  • Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes

  • Las 211 cosas que una chica lista debe saber: Consejos para el día a día. Éste debo confesar que lo hojeé días más tarde en una librería, porque me gustaría llegar a ser considerada una “chica lista” y los capítulos del libro no tienen desperdicio:

      • Cómo saber si un hombre te encuentra atractiva

      • Cómo hacer que parezca tuya una comida preparada

      • Cómo bailar con un hombre más bajo que tú

      • Cómo hacer café para un albañil

      • Cómo bajarte de un coche sin enseñar las bragas. (¡Pero el primer consejo que te dan en este capítulo es que deberías llevar ropa interior bonita siempre por si no funciona!)

  • Cupido es un pájaro borracho

  • Amores imperfectos: Cómo querer a los hombres tal y como son (que es como decir... ¡animalitos!)

  • Las cosas absolutamente predecibles que hacen los hombres infieles (¡todo en un libro por 8 euros!)

  • Mi novia: Manual de Instrucciones. Pero este libro ya está condenado al fracaso, porque en el subtítulo añadía: Cómo recuperar a tu ex novia o cómo recuperarte de ella.

  • Sexo para gente con poco tiempo y muchas ganas. Y por si no te has enterado de lo que va el libro, el subtítulo despeja dudas: El aquí te pillo aquí te mato de manera eficaz

  • La perfecta cabrona y los hombres

  • Yo te manipulo ¿y tú qué haces?

  • Cómo follar con todas

 

Lo peor es que la máquina tenía escrito un mensaje junto a la bandeja en la que se recogen los libros: “GRACIAS POR DEJARNOS ALIMENTAR TU MENTE”. Éso explica lo mal que está el mercado. Me espanta que éstas sean las ideas de las que se alimenta la mente de las personas con las que me cruzo por la calle, porque yo no creo en ese tipo de relaciones, yo no creo en ese tipo de amor.

Yo creo más bien en la filosofía que queda manifiesta en la frase que escuché en una película, en la que la protagonista había sufrido un desengaño y su amigo estaba consolándola, diciéndole que no merecía la pena sufrir porque no iba a ser feliz con un hombre que no veía en ella a una persona excepcional: “¿Cómo vas a ser feliz con un hombre que insiste en tratarte como si fueras un ser humano normal?”, de decía el amigo a la chica. Ése es el amor en el que yo creo.

Creo también en el amor que se tienen dos amigos míos, que llevan casados unos años y están esperando su segundo hijo. Creo en su amor sobre todo cuando ella le exige a él que la trate como a una reina, y él lo hace porque sabe que ella le trata a él como si fuera un rey.

Kit, por lo visto ya no te necesito

Hay en la Universidad de Rutgers de Nueva Jersey un equipo de científicos ocupados en hacer uno de mis sueños realidad. En mi vida he oído hablar de esa Universidad, y de hecho hasta el nombre me suena a broma, pero la noticia la publica Europa Press, y asegura que están diseñando un sensor para coches capaz de encontrar sitio para aparcar. Ahí es nada. A la altura del betún se queda el modernísimo sensor de aparcamiento, que lo único que hace es pitar cuando te acercas a un objeto, algo que obstaculiza las habilidades de los madrileños que aparcamos de oído.

Este dispositivo, según informa el Instituto Tecnológico de Massachusetts, emplea una "simple combinación" de sensores ultrasónicos, receptores de GPS y el móvil para encontrar “de forma efectiva” un espacio para aparcar el coche, tanto en la calle como en un garaje. Y por lo visto los investigadores sólo han tenido que configurar “un algoritmo que traduce la distancia de ultrasonidos en huecos de aparcamiento”. Además, combinando estos resultados con el GPS, se pueden obtener los mapas con las plazas vacías y encontrar sitio para aparcar.

Cuentan en la noticia que el 45 por ciento del tráfico de Manhattan se genera por coches que circulan en bloque para encontrar aparcamiento, gastando gasolina y generando gases de efecto invernadero, así que ahí tienen los científicos la justificación para seguir investigando hasta lanzar este dispositivo al mercado.

Yo estoy deseándolo, ellos ya dicen que lo han probado y que el algoritmo es fiable en el 95 por ciento de los casos y que se encontraron sitios para aparcar en 9 de cada 10 ensayos, pero habría que verles buscando aparcamiento en Vallecas a las 7 de la tarde o en Alcorcón a primera hora de la mañana cuando ya estás llegando tarde a una rueda de prensa.

 

Trazos y puntadas para el recuerdo

Trazos y puntadas para el recuerdo

Ayer fui a ver la exposición sobre el 11-M Trazos y Puntadas para el recuerdo que está hasta el 7 de marzo en el Centro de Arte Tomás y Valiente de Fuenlabrada. Es la primera vez que se expone en la Comunidad de Madrid, y han tenido que pasar casi seis años de la masacre, qué vergüenza que se politice con este asunto. La muestra contiene casi un centenar de cuadros, fotografías, vídeos, textos y tapices que han donado artistas de todo el mundo o personas anónimas, hay pinturas de bosques y de atardeceres, andenes de cercanías y móviles a los que ya nadie contesta, testimonios documentales de las instituciones, un tapiz gigante lleno de corazones de colores y otro repleto de árboles.

Pero lo que me congeló el corazón fue el extenso dossier con las portadas de los periódicos de todo el mundo del 12 de marzo, con fotografías que no recordaba de la tragedia: un bombero derrotado sentado en un bordillo rodeado de escombros; las mantas que bajaba la gente de sus casas para tapar a las víctimas y ocultar la barbarie; y sobre todo, la imagen de la hilera de cuerpos tendidos en el suelo, dentro de las bolsas negras funerarias, cada uno inmóvil en una postura diferente.

La Asociación 11 M Afectados del Terrorismo afirma que quieren con esta muestra “transformar el dolor en bandera de paz”, y en sus folletos aparece un texto firmado por Jorge Luis Borges:

"Y uno aprende que los besos no son contratos y los regalos no son promesas, y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos, y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para hacer planes...”

No hay tiempo que perder

Cuánto tiempo pierde una a veces quejándose... para nada, porque aunque tengas razón no sirve muchas veces ni siquiera de alivio o desahogo... Ya lo dice la sabiduría china, que más que preocuparse hay que ocuparse.

Carnavales

Carnavales

Hoy no estoy para ponerme a filosofar sobre los disfraces que elegimos llevar cada uno en fechas como éstas en comparación con el resto del año... Sólo expongo el documento gráfico de cómo empezó la noche y dejo una pista, por si no lo dejan claro esos cables en la cabeza: no voy de Alaska ni de hija gótica de Zapatero...

Estos tiempos que corren

Leo en mi cuadernito en el que apunto frases célebres que un banquero es aquél señor que te presta el paraguas cuando hace sol y exige que se lo devuelvas cuando empieza a llover.

Para gustos, los colores

Para gustos, los colores

 

Ya sé, ya sé que soy rara, pero no puedo evitarlo, me ENCANTAN estos edificios que hay en Alcorcón. Me entusiasman, me dan buen rollo desde la primera vez que los vi y siempre que paso por ahí. Me gustan más que las esculturas que hay en las rotondas cercanas, que también me gustan, pero a éstos no me canso de mirarlos y en las esculturas ya ni me fijo. Claro que me gustan más desde que vi un espectáculo de teatro de calle en los jardines que hay en el centro de la U que forman los tres bloques, pero no es por ese recuerdo por lo que me transmiten buenas sensaciones. Sé que son una mole, sé que parecen un enjambre de casas pequeñitas e incómodas, pero quizá es precisamente eso lo que me gusta: tanta vida junta, tanto balcón soleado y los trastos que se ven en todas las terrazas, el hecho de que parezca que están vivos. No sé cómo explicarlo, pero el otro día llamé emocionada a uno que estaba en venta y el mercado me da la razón: 270.000 inaccesibles eurazos.

 

 

A veces las máquinas me gustan más que las personas

Máquinas 1 - Personas 0

Odio reconocerlo, pero a veces las máquinas me gustan más que las personas. Sobre todo cuando se trata de hacer trámites. Lo digo porque hoy he tenido una conversación telefónica con uno de esos contestadores que tienen las empresas para atender a sus clientes y en apenas cinco minutos he resuelto tres gestiones distintas con mi banco: Rapidísimamente una voz enlatada de señor me ha ofrecido las diferentes opciones, me ha entendido a la primera al seleccionarlas, ha comprobado la veracidad de mi identidad, me ha hecho confirmar que estaba atendiendo a mis deseos y me ha enviado un e-mail resumiendo el contenido de nuestra “conversación”: ¡MAGIA!

Ahora sólo queda que el sábado efectivamente llegue el dinero de la transferencia, como me ha prometido, pero no tengo por qué desconfiar de su palabra, aunque sea la palabra de un señor que no existe.

 

Tampoco le puedes pedir a una máquina que hable tu mismo idioma

Por desgracia, la vida no siempre es tan fácil, porque este señor enlatado que me ha atendido tan eficientemente hoy no trabaja para todas las empresas con las que yo trato. Siempre recordaré ese día, cercano a mi 25 cumpleaños, en que yo quise cambiar la tarifa de mi móvil. En aquella ocasión me atendió una señorita enlatada con la que no hice muy buenas migas. Nuestros caracteres no congeniaban. Yo ya estaba informada por un panfleto y sólo quería decirle a Orange que quería cambiarme a la Tarifa Joven, pero la señorita me ofreció un montón de alternativas previas hasta llegar al punto al que queríamos llegar. Y cuando por fin llegamos, me dijo que yo eligiera, de viva voz, entre las siguientes opciones: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana, creo recordar.

Yo le dije rauda y veloz: “Tarifa Joven”. Y ella me dijo: “Disculpe, no le he entendido bien. Repita qué tipo de tarifa desea contratar: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana”. Vaya, lo he dicho demasiado rápido. Pues “Ta-ri-fa Jo-ven”. Y ella: “Perdone, no le he oído con claridad. Repita qué tipo de tarifa desea contratar: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana”. Bueno, habrá ruido de fondo: “Tarifa Joven”, dije con mi mejor voz radiofónica. Pero no: “Parece que tenemos problemas de comunicación, Repita qué tipo de tarifa desea contratar: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana”. Ok, ok, será la cobertura, me voy a mover y lo repito lentamente, vocalizando bien cada una de las sílabas...

En fin, para qué aburriros, la señorita enlatada tenía como cinco maneras diferentes de decir que no se enteraba de lo que le estaba pidiendo, y a mí todo eso me sonaba a burla por la cercanía de mi cumpleaños. Más que no entenderme parecía que estaba dudando de que yo fuera lo suficientemente joven como para solicitar una Tarifa Joven.

 

A veces ni siquiera me entiendo con las personas que hablan mi idioma

Pero tampoco con las personas con las que he tenido que tratar por teléfono para hacer gestiones me ha ido siempre bien. Hasta en cuatro ocasiones hablé con los operadores de Telefónica para protestar porque no me llegaban las facturas a casa, y siempre me decían que estaba activado el servicio de envío y que no se observaba ninguna incidencia. Eso sí, muy solícitos, se ofrecían a enviarme un duplicado de la factura a la dirección que yo indicara en ese momento, y ésas sí llegaron a mi buzón, pero de modo milagroso, porque cada vez venía escrita en el sobre una dirección distinta: Yo vivía en la calle Illescas, pero en uno de los sobres ponía: C/ Yescas. En otro C/ Iglesia. En otro C/ Iglesias y en el último, C/ Pillescas. Ahí sí que hay que apuntarle un tanto a los carteros y sus dotes adivinatorias.

A éstos sí que no hay quién los entienda

Y éstos no son los peores malentendidos que he tenido cuando mantengo conversaciones por teléfono. Hoy me han vuelto a llamar los de la inmobiliaria para ofrecerme otros pisos. Con tres tipos distintos he hablado. Yo ya dejé claro y cristalino que mis requisitos ineludibles son, aparte del precio máximo que me puedo permitir, que el piso tenga luz y que el edificio tenga ascensor. Sólo eso. Entendiendo por luz la que da el sol y por ascensor ese aparato que sirve para no tener que subir las escaleras a pie.

Pero me llaman para ofrecerme bajos, primeras plantas en callejones estrechos o un quinto piso sin ascensor. Y son insistentes. Hasta el punto de decirme “sí, es un primero, pero cuando te asomas a la ventana parece un cuarto” (Tal cual. Sin comentarios). Uno ha llegado a preguntarme qué quiero decir con que tenga luz. Repito que en mi mundo (que a la vista está que no es el mismo en el que viven los agentes inmobiliarios) un piso con luz es aquél al que le llega la luz del sol, un piso al que podríamos calificar como luminoso.

Lo quiero con luz”, le digo, segura de que se me entiende con facilidad y de que la frase no da lugar a error, a pensar por ejemplo que lo quiero es que mi casa tenga luz eléctrica. “Sí, tiene ventanas”, me contesta, más ancho que largo. “Hombre, qué menos”, respondo con un gancho directo a su estómago. “Ventanas en todas las habitaciones”, se resiste a claudicar él. Así que finalmente he tenido que convertirme en Belén Esteban para decirle claramente que no me ofrezca bajos porque “NO QUIERO VIVIR EN UNA CUEVA, ¿ME ENTIENDES?”. Y parece que me ha entendido, porque me ha dicho que ya me llamaría cuando tuviera algo, y todos sabemos que el “ya te llamaremos” es como decir espérame sentada, bonita”.

Lo que se puede perdonar y lo que no

“Lo hago para que no me lo perdones. Para que no puedas perdonarme. Lo hago para que, si intentas perdonarme, yo no pueda permitir que me perdones”.

¿A alguien le suena esto de algo? Me lleva rondando por la cabeza desde hace varios días y no recuerdo dónde he escuchado esta frase tan brutal. Qué terrible tiene que ser lo que ha hecho esa persona para llegar a decir algo así. Y qué honesto también. Me da la impresión de que el agresor, por llamarlo de alguna manera, debió querer mucho a esa otra persona a la que ahora está ofendiendo tanto, para que no quiera ser merecedor de su perdón. Pero cómo puede entonces haberle causado un daño tan grave...

Pero estoy conjeturando; sólo sé que cuando me asaltó de repente esta frase, yo andaba pensando en las cosas que se pueden perdonar y las que no, los daños que se pueden olvidar y los que no, los que se deben tolerar y los que no, siempre según mi punto de vista, claro, porque siempre dependen de uno mismo, de los límites y principios que tiene cada persona.

Y he recordado que alguna vez yo me dije “esto no se lo perdono”. Pero no soy capaz de recordar qué ni a quién. Ni me importa, una buena señal.


A la búsqueda de piso

Hoy me siento vallecana del todo: he aparcado en un hueco sólo cuarenta centímetros más grande que mi coche y me he pasado la tarde recorriendo el barrio en busca de un piso para comprar. Ha sido una experiencia divertida, primero ese tipo de la entidad financiera estrafalario que reconocía que la cocina estaba “cochina” y que los azulejos y el color de las paredes eran “tristes” sin perder el entusiasmo y después esa entrada triunfal en la agencia inmobiliaria con cinco hombretones encorbatados ansiosos al ver a un cliente en su local. Me han acompañado dos a ver los pisos, uno pequeñito y nervioso con vocación frustrada de decorador de interiores y un sosainas grandullón que apostillaba todo lo que decía el nervioso con afirmaciones obvias y que me ha contado su vida a santo de no sé qué.

Han tenido la delicadeza de dejarme subir sola en el ascensor porque era un modelo “romántico” (es decir, que cabían sólo dos y abrazados) y en el rellano, me he encontrado con dos vecinas auténticas, dos señoras que de inmediato se han mostrado encantadas de que vaya a compartir el edificio con ellas porque la juventud renueva la sangre y están hartas de tanto chino que no habla.

Me han dicho que por experiencia ellos saben que el piso me tiene que gustar en los cinco primeros segundos, pero (por si acaso soy más lenta) insistían en que si tiras este tabique y pones aquí una puerta te queda un salón grande como los que a mí me gustan porque al fin y al cabo al dormitorio sólo vas para dormir, que si mira que el metro está sólo a diez minutos (compruebo que en coche), que si el parque está muy bien para sacar a pasear a los perros grandes, que si el papel de las paredes no está tan mal porque mira cómo lo sacan en Cuéntame, que si no me gusta éste tengo otro de 117 metros cuadrados por el mismo precio y hay que pensar en que vendrán niños, que si en el piso lo que tengo que ver no es el piso sino las posibilidades, mira a ver si puedes volver por la mañana porque hoy la tarde está gris y lo desluce, créeme que (en este callejón) todo lo que ves de cielo lo tienes de luz.

Alguien a quien no conozco ha dejado dos colillas en un cenicero grande de cristal, blusas floreadas con hombreras en los armarios, una sevillana encima de la televisión, dos sartenes sobre la vitrocerámica, unos cuadros espantosos, maletas abiertas y libros cerrados aún envueltos en papel de celofán. Una enciclopedia del lenguaje, un disco de Camarón, una muñeca destartalada sobre la almohada, cerillas en una cajita redonda, crucifijos, cepillos de dientes, un baúl fantástico de los que a mí me gustan, una reliquia de radio y productos de limpieza en una despensa como la que tenían mis abuelos en Cuéllar. Los tres pisos que he visitado tenían rastros de las familias que los albergaron, huellas de una vida sobre la que voy a poner la mía.

Los borrachos no tienen por qué decir la verdad

 

En el mundo que él se ha creado, la luz viaja más rápido que el sonido, por eso no necesita que ella abra la boca para saber qué siente, qué es lo esconden sus medias verdades, su cara de niña buena. Nunca haría nada que pudiera dañarla, pero le gusta jugar al misterio, se hace el encontradizo, disimula tarareando una canción de los Ronaldos y pide otra cerveza para que se aleje del todo el pudor. Empuja las palabras fuera de su cuerpo mirando hacia otro lado, hacia la luz anaranjada de un foco que estalla sobre una mesa de madera vacía en el fondo del bar.

En el mundo de ella, cuando está él, no hay nervios ni corazas ni miedos ni vergüenza, lo que hace inevitables los malentendidos. Hay también una canción en el ambiente que le trae buenos recuerdos y un reloj que avanza de madrugada sin que le entre sueño.

A ella le gusta guardar secretos, y a él averiguarlos sin que se dé cuenta, por eso insiste tanto en buscar a escondidas pequeñas grietas para dejarlos escapar. Por eso también le pone trampas, pequeños cebos para que sucumba su curiosidad, como esas cartas que ha dejado descubiertas y como olvidadas sobre la mesa situada en el fondo del bar.

El mundo de ella es más lento y sensitivo, y sabe que él siempre ha viajado, queriendo o no, a la velocidad de la luz. Por eso él puede verla venir cuando aún no se está acercando, y aún sentarse a esperarla y extrañarse de que tarde tanto. Sin embargo, cuando avanzan juntos, no les cuesta ajustar velocidades; giran los dos a la vez, cada uno en su propio mundo, sin que sus satélites colisionen, sin que pase lo que pase, se hagan daño, porque a estas alturas del partido hay pocas cosas ya que les puedan dañar.

No dejes para luego lo que puedes hacer ahora

Nunca me he alegrado tanto de pisar el territorio de la Comunidad de Madrid como hoy, que me he tenido que recorrer toda la provincia de Segovia con ganas de ir al baño. Desde Cuéllar, al límite con Valladolid, hasta Villalba, ya en territorio madrileño, porque en ese intervalo de hora y media a 120 por la autopista no hay una sola estación de servicio abierta pasadas las once de la noche. "No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy", me iba lamentando todo el camino, mientras avanzaba a oscuras por una carretera desierta, esperanzada cada vez que divisaba una hilera de luces naranjas a lo lejos, pero nada. Qué terrible es no poder satisfacer las necesidades básicas del ser humano. Tan terrible, que cuando me ha parado la Guardia Civil para hacerme un control de alcoholemia he estado a punto de pedirles que me esperaran por favor un momento de espaldas mientras yo iba detrás de su Nissan Patrol a resolver una gestión urgente.

 

Los buenos periodistas y las buenas personas

 

Tuve una vez una jefa que pensaba que para ser buen periodista había que ser buena persona. Y en días como ayer, que fui a cubrir la noticia de un parricidio, sólo pienso: Ojalá.

Si fuera obligatorio ser buena persona para ejercer el periodismo, estaría prohibido que algún periodista se ponga a aporrear todas las puertas del rellano a la vez con la intención de “crear ambientillo de vecinos indignados”, que les enchufe el micro y la cámara según abren la puerta y que les interrogue con muy malos modos, nervioso porque no consigue las declaraciones que quiere para darle más morbo a la noticia, porque para algunos no es suficiente tragedia que un hombre asesine a su madre y después se suicide.

Ojalá esa clase de periodistas entendiera al menos que se consigue más intentando empatizar con la gente, ganándose su confianza. Claro que con este método obtienes menos entrevistados porque estás más tiempo con cada uno de ellos, y las declaraciones serán menos impactantes y morbosas que las que se pueden provocar con un par de preguntas malintencionadas bien hechas, así que sería deseable que hubiera más jefes afines al método de la confianza, como esa jefa partidaria de las buenas personas que tuve yo una vez. Quizá el resultado no es mayor, pero seguro que será más verdadero.


Ayudar a los "pobres vergonzantes"

 

Alguien se podría preguntar que para qué sirven los marqueses, las marquesas, los condes y las condesas hoy en día. El Ministerio de Sanidad y Política Social responde: “para atender a los pobres vergonzantes y ancianos solitarios venidos a menos que vivan solos o en condiciones precarias, con su familia o con personas a quienes también estorban, o en residencias que tienen deficientes condiciones de higiene y en donde además les traten mal”.

Ése es el fin con el que se ha constituido la Fundación Marquesa de Balboa, inscrita en el Registro de Fundaciones del Ministerio de Sanidad y Política Social, y que pretende atender “primero a las mujeres, y preferentemente a las que tuvieron una buena posición, con preferencia a las personas de la condición social que tuvo la  Excma. Sra. Marquesa de Balboa, que necesitan ayuda y no se atreven a solicitarla o no lo consiguen".

A mí esta noticia me ha sonado a esperpento, y cruel por el lenguaje que emplean para justificar sus fines solidarios. Me da que la decisión de crear esta Fundación la han tomado unas señoronas que quieren salvar su conciencia social ayudando a los que fueron de los suyos mientras remueven con sus dedos ensortijados una taza de té, pero es cierto que es un drama real de nuestra sociedad y que no soy yo nadie para opinar sobre lo que cada persona quiere hacer con su dinero.

Por eso me he dado una vuelta por los centenares de comentarios que han dejado los cibernautas sobre esta noticia en los periódicos digitales, y la verdad es que la gente es muy ingeniosa, sus opiniones no tienen desperdicio.

Una lectora apunta que esta situación ya quedaba patente en el tercer amo del Lazarillo de Tormes, con el hidalgo que se ponía migas de pan en la barba para aparentar que había comido.

Hay quienes defienden esta causa porque saben que los que fueron ricos prefieren morirse de hambre antes de reconocer que necesitan ayuda, porque si es duro estar abajo, más duro todavía es caer al suelo desde arriba y “la vanidad y el orgullo no dan de comer”; incluso hay quien contraataca a los “progres de oficio” diciendo que es mejor gastarse el dinero en ayudar a los que tuvieron mala fortuna que en cremas antiedad o en defender la causa de las chinchillas martirizadas.

Pero la mayoría son críticas a esa aristocracia rancia que podría protagonizar una película de Berlanga o un libro de Galdós, denunciando que alguien “anteriormente rico tenga más derecho que un pobre de toda la vida porque ha sido rico”. Hay también a quien le surge el humor para animarnos a colaborar con la causa: “Ponga un ex-rico en su mesa. Sabe usar mejor los cubiertos”.


A veces me gustan los atascos

A veces me gustan los atascos

A veces me gustan los atascos, ese río de peces disciplinados que suben lentamente una colina; luces blancas por la margen izquierda, luces rojas por delante, varias decenas de pares de ojos amarillos que me siguen por detrás y la luna en todo lo alto. Cuando a ratos conseguimos inexplicablemente remontar rápido la corriente, hay caras que respiran aliviadas a mi alrededor, con una esperanza que dura sólo hasta el siguiente parón con su orgía de luces rojas.

Hay entonces tiempo para mirar a ese chico del seat ibiza que va cantando una canción y la vive, tamborileando en el volante, a los niños que no paran quietos en el asiento de atrás, a la mujer que habla por los codos con su manos libres, al señor que parece que acaba de salir de una reunión preocupante y a la chica que guarda todavía en su rostro una media sonrisa de vete a saber qué cosa graciosa que le pasó antes.

Me gustan los atascos cuando voy con buena música y sin prisa, me hace recordar que la Humanidad a veces puede ponerse de acuerdo, aunque sólo sea para ir hacia el mismo sitio a la misma hora.

Majete

Majete

Tuve una vez un perro que estaba enamorado de mí. Majete le llamaban los de la perrera, y tardó un mes en responder a ese nombre cuando ya vivía con nosotros. En realidad, sólo era majete mientras estaba tumbado y quietecito, pero es tan guapo y te miraba con unos ojitos de perro agradecido por haberle rescatado del abandono que cómo ibas a reñirle las perrerías que nos hacía en casa. Nosotros decíamos que era como el estereotipo de rubia tonta, porque no aprendía, parecía masoquista y constantemente se daba golpes, pero se lo disculpábamos todo. Hoy le he visto y me ha reconocido, no ha dejado de morderme la mano mientras estaba en su casa y no se ha bajado de mis rodillas en toda la cena.

El día que me fui, mientras estaba llenando las últimas cajas, se puso a llorar de un modo terrible, no dejaba de aullar y notaba cómo le temblaba el corazón por debajo del pelo. Pero no es por eso por lo que digo que estaba enamorado de mí. Majete estaba enamorado de mí a la manera de las películas de humor estúpido: se chocaba con las cosas mientras me iba siguiendo embelesado por la casa, un par de veces marcó territorio en la puerta de mi habitación y se frotaba conmigo más que con nadie, hasta que un día no pudo más y decidió dejar las indirectas para decirme claramente que quería consumar: me lo encontré una tarde encima de mi cama con una caja de preservativos en la boca, mirándome fijamente mientras yo entraba en la habitación. Juro que estaba sonriendo, el muy pícaro, como quien dice: ¿con esto ya podemos?

 

“Mientras busco a mi media naranja voy comiendo mandarinas”

“Mientras busco a mi media naranja voy comiendo mandarinas”

Juro que no me pagan comisión, ha sido una casualidad que hoy me haya enterado de que se ha creado un grupo en Facebook de los que van comiendo mandarinas mientras buscan a su media naranja. El grupo no es nada desdeñable: hay más de 200.000 personas que se reconocen mandarinas a lo largo y ancho del mundo. Y me ha hecho gracia, quién no ha sido mandarina alguna vez, y no sólo para entretener la búsqueda de la media naranja, sino porque a veces es una sola mandarina lo que quieres.

Yo creo en los efectos beneficiosos que tienen las mandarinas, del mismo modo que creo en los efectos nocivos que puede provocar la búsqueda de la media naranja. Porque yo no creo en las medias naranjas y mucho menos en la existencia de una única media naranja que nos completa. Yo creo en las naranjas enteras, creo que todos somos (deberíamos ser) naranjas completas.

Si no estoy de acuerdo con la búsqueda de una media naranja es porque me parece que eso implicaría renunciar a la mitad de mí misma, no percibirme como una persona completa si no es en compañía de la otra persona. No quiero decir que nunca lo haya pensado, ni que nunca haya creído que la he encontrado, por supuesto que sí. Pero estoy racionalmente en contra de las medias naranjas, porque me parece que es lo mismo que darles la razón a todos los que, si dices que no tienes pareja:

a) te miran con pena

b) creen que eres homosexual y no te atreves a reconocerlo

c) piensan que has fracasado en la vida

Por eso me parece dañino creer que sólo estaremos completos, que sólo seremos felices, con esa otra media naranja, porque cuando confiamos en su aparición de entre la multitud, estamos depositando nuestra felicidad en esa otra mitad que está fuera de nosotros.

Yo creo en el amor que ilumina, que todo lo inunda, en el amor que te desborda, en un amor que añade para sumar, no en un amor que sirva para rellenar huecos. No creo que tenga que venir nadie de fuera a darte las cosas que te faltan, es un error buscar la felicidad en los otros, hacer que nuestra felicidad dependa de otros, porque además si no estás feliz contigo misma probablemente tampoco eres capaz de la entrega y la generosidad que precisa el amor.

 

En lo que yo creo es en las naranjas completas que ruedan a la par. En la pareja de naranjas distintas que en medio del camino, afortunadamente, se buscan, se encuentran y deciden avanzar juntas acompasando su paso, porque siempre es mejor la vida compartida.

 

Confidencias de tocador

Voy a dejarlo escrito de una vez por todas para que los chicos del mundo dejen de bromear y fantasear con un asunto tan serio: Es rotundamente cierto que las chicas no somos capaces de ir al baño de una discoteca si no es al menos de dos en dos. Tenemos múltiples motivos para ello que paso a detallar a continuación:

Primero (la razón que nos atrevemos a confesaros cada vez que nos preguntáis) porque siempre hay una cola espantosa de chicas esperando para entrar en el baño y necesitamos entretenimiento.

Segundo (también os daremos esta razón si no os convence la anterior respuesta) por motivos puramente prácticos: a priori, necesitamos a alguien de confianza al lado para que nos sujete el bolso y la copa, para que nos preste kleenex o para que haga guardia en la puerta si no cierra, y a posteriori, para que nos diga qué tal nos queda el vestido, nos arregle el maquillaje, nos preste el pintalabios, etcétera.

Tercero (lo que nunca nos atreveremos a confesar en voz alta) porque de camino al baño aprovechamos para observar cómo está el mercado para hacer fichajes y es conveniente a altas horas de la noche tener una segunda e incluso tercera opinión.

Ahora viene la razón más importante, que voy a soltar a bocajarro aún a riesgo de ganarme enemigas: la mayoría de las veces es mentira que nos entren ganas de ir al baño a la vez. Es sólo una excusa para cotillear sin tanto ruido y sin chicos cerca. O una huida para dar esquinazo al ligón de turno. O un complot de todas las que se han ido al baño para dejar a solas a la amiga con el chico que le gusta, al que lleva un rato (o meses) rondando esperando a que se tercie la Ocasión, con mayúsculas. Claro que si finalmente se conjugan favorablemente los astros y la Ocasión se tercia, será necesaria una segunda expedición al baño con la susodicha para que se desahogue ella y nuestra curiosidad, que un sábado por la noche no tiene límites.

Dichas todas estas verdades, ha llegado el momento de reconocer también públicamente que se han dado casos de especímenes del universo femenino que han sido capaces de ir solas al baño de una discoteca, pero en la mayoría de los casos de estudio se ha observado una tendencia a entablar relaciones interpersonales en el propio baño, fuera del ámbito de amistades con el que comenzó la noche. Está demostrada la capacidad de las féminas para entablar relaciones de amistad lejos de la manada. Prueba de ello son las miradas y sonrisas cómplices de las que esperan, las conversaciones banales que se mantienen en los instantes previos a alcanzar la puerta de nuestros deseos y la generosidad con la que responden a las que se atreven a pedir a una desconocida un pañuelo de papel, entre otros gestos observados destacables.

Pero siempre hay mujeres que se salen de la norma, seres excepcionales que han sido capaces de llegar más allá. Ayer sábado, sin ir más lejos, fui testigo presencial de un prodigioso enaltecimiento de la amistad. Desde sus orígenes hasta sus más altas cumbres, observé que es posible pasar de 0 a 100 en el tiempo que tardan tres chicas en entrar en el baño.

El surgimiento y desarrollo de una amistad a veces experimenta procesos insospechados. Comprobé que mi objeto de estudio fue capaz realizar una transición de pensamiento a una velocidad inaudita, pasando de pensar “esa chica que está detrás de la puerta es una completa desconocida, su cara no me suena absolutamente de nada y creo que ni siquiera mañana seré capaz de recordarla” hasta llegar a decir “tía, pero qué maja eres, te quiero un montón, me has salvado la vida, ven que te doy un abrazo”.

La abrazada en cuestión era una chica que mientras estaba detrás de la puerta del baño porque ya le había llegado su turno, escuchó los lamentos de la que posteriormente sería su abrazadora y, en un arranque de solidaridad femenina con pocos precedentes, se dispuso a obligarla a dejar de llorar, ofreciéndose a presentarle a siete chicos que estaban pululando junto a su grupo de amigas, porque seguro que alguno de los siete conseguía que ella se olvidara del que le provocó las lágrimas. La efectividad de la vieja técnica del clavo que quita a otro clavo quedó fuera del objeto de este estudio.