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Muy seriamente, sin ningún pero

No tendría más de 20 años el chico que se sentó delante de mí en el tren. Camiseta negra desgastada, vaqueros anchos, pelo pincho, cara de no haber dormido mucho ayer. “Te lo juro tío, en serio”, iba diciendo por su teléfono móvil: “Le he pedido a mi novia muy seriamente que se case conmigo y ella muy seriamente me ha dicho que sí”.

 

Lo decía contento, convencido, triunfante. Hablaba con toda la seriedad de los 20 años; es decir: ninguna. Y toda a la vez. Sólo se puede estar tan convencido de algo a los 20 años. Cuando no tienes miedo de nada y todo son certezas. La vida es así y así. Muy seriamente, nos vamos a casar. El felices para siempre se sobreentiende, esos rollos que les pasan a los otros a mí no me van a pasar.

 

Miro a ese chico de 20 años con superioridad, con indulgencia, como si yo supiera algo que él no sabe. Desde la treintena se conocen muchos más grises, no estás tan seguro de nada. Pero igual soy yo la que ha olvidado algo importante. Que con esa mochila cargada de matices no se llega a ninguna parte, que con tantos peros no es posible avanzar. Hay que ir soltando lastre, tomarse la vida tan en serio como ese chico de 20 años, con esa aplastante seguridad: eso es lo que queremos y así va a pasar.

Contra las perdices III: Acabar comiendo pájaros no es un buen final

Esas cosas no solo pasan en las películas. También en la vida real a veces te sacan a bailar. En un parque, sobre el césped, detrás de un violinista que toca para ganarse el pan. Y desafina, pero no os importa: es mejor, os reís y se nota menos que no sabéis llevar el compás.

La vida real se convierte a veces en un mundo azucarado, en el que todos los camareros son amables y si no tienes suelto deja, ya me pagarás. Atardece sobre los tejados de la Gran Vía descorchando un vino, se abren paso las confidencias frente a la Puerta de Toledo, en la plaza de Ópera hay un hombre dibujando pompas de jabón: nacen redondas como nuestros sueños, quieren ser indomables, pero se van deformando hasta el silencioso estallido que deja en el aire un arcoiris efímero y ganas de volver a empezar.

Es así como vivís cada minuto: con el asombro del descubrimiento. Dijisteis -aun inconscientemente- que volveríais a veros y aquí estáis: viviendo sin cansaros 120 horas juntos, flotando por las calles en lugar de andar.

Lo que es distinto es la despedida en el aeropuerto: nos han mentido todas las películas románticas. No es posible convencer a las azafatas para detener el avión. De hecho, ni siquiera te dejan llegar a la puerta de embarque. Las despedidas reales en los aeropuertos se enredan en el laberinto de cintas y postes frente a los arcos de seguridad.

No tienen nada de romántico, estás ahí haciendo cola, otros pasajeros empujan, tropiezas con los contenedores para tirar los líquidos, te obligan a vaciar los bolsillos y a medio deshacer la maleta, pasas con las manos en alto, descalzo y sin cinturón. Esa es la última imagen de la película, así es como tú te entregas: a descubierto, le hacemos paso al corazón.  

23/11/2015 01:13 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.

Que no te vendan amor sin espinas

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Dicen que los rinocerontes están emparentados con los unicornios. El rinoceronte sería el primo feo, podríamos decir. Más gordo, más torpe, definitivamente más feo... pero es el que está aquí. Allá el unicornio en su mundo mágico, cabalgando entre las flores, saltando de nube en nube, dejando con su trote destellos de luz.

 

Al rinoceronte le decimos: mira tu primo qué guapo, qué atlético, qué grácil, qué alegre... pero es fácil ser todo eso en un mundo de fantasía. Baja al unicornio a este planeta, y se convierte en un rinoceronte. Hay que tener cuatro patas gruesas para pisar el barro de este mundo real.

 

A veces el rinoceronte no puede con el peso de las comparaciones y se esfuerza por adelgazar. Pero escucha, nunca serás un unicornio. Eres así de feo. Eres hermoso. Nadie puede cabalgar entre las nubes. Bájate de la cinta, chapotea alegre entre nosotros. Necesitamos al unicornio para colorear nuestros sueños y al rinoceronte aquí para avanzar.

Me preguntaba por qué

 

Por qué te atrae quien te atrae. Cuando me vine a vivir a Madrid, compartía habitación con una chica en una residencia de estudiantes. Con una completa desconocida, y ni siquiera tenía un rincón solo para mí, ningún espacio para la intimidad. Se llamaba igual que yo, pero el nombre era lo único que teníamos en común.

 

No podía haber nadie más opuesto a mí en forma de ser y en cuestiones prácticas: ella era terriblemente madrugadora y yo una noctámbula empedernida, ella adoraba la música que yo detestaba... pero es que Elena, además, odiaba leer. No es que no tuviera el hábito de la lectura, es que no daba crédito cuando me veía con un libro entre las manos, me preguntaba por qué. ¿Por qué lees?, me decía.

 

Yo lo que me preguntaba y aún me pregunto es cómo pudimos vivir dos años juntas y llevarnos tan bien. Jamás tuvimos una discusión, ningún problema. Nunca pensamos en cambiarnos de habitación, en probar a convivir con otras compañeras de las que nos habíamos hecho amigas. Nos teníamos mucho cariño, de alguna manera extraña, estábamos a gusto juntas. Tan separadas pero juntas. Viéndonos la una a la otra como bichos raros, pero juntas.

 

No echábamos de menos escuchar música sin los cascos. Nos acostumbramos sin pesar a ser sigilosas para no despertar a la otra, ella por las mañanas y yo por las noches. Ella se perfumaba en el pasillo, fuera de la habitación, y lo hacía riéndose de que a mí me pareciera apestosa una colonia tan cara.

 

Me acuerdo de ella ahora, tantos años después, no porque obviamente me haya hecho con el paso del tiempo más ermitaña, sino pensando en lo difíciles que somos de prever. No hay manera de averiguar por qué te gusta lo que te gusta. Por qué te atrae quien te atrae. No puedes elegir.

 

Pensaba en los prejuicios que tenemos, también. Hoy se han sentado a mi lado en el Metro dos chavales con los que a simple vista tampoco tengo absolutamente nada en común. Aspecto de pandilleros, quinquis con ganas de marcha. Uno iba con la música en el móvil a todo volumen, pero al verme con un libro, enseguida el otro le ha dicho: “baja eso, tío, ¿no ves que hay gente intentando leer?”. De inmediato ha bajado el volumen: “Es que como nos pasamos todo el día en el Metro me creo que es mi casa”.

Es más fácil en las películas

En las películas resuelven mejor este tipo de asuntos.

 

Siempre hay beso cuando sobreviene un silencio

y el chico y la chica se miran,

se sonríen y están cerca, cada vez más cerca

 

Nadie tiene miedo de lo que pueda pasar después

 

A ella siempre se le ocurre una frase fulminante

que deja paralizado al malo de la película

mientras huye hacia la secuencia final, triunfal y victoriosa

 

Y cuando ella se encuentra con su ex

sabe perfectamente qué decirle,

qué sonrisa escoger,

cómo taladrarle con la mirada

si lleva colgando una nueva novia

con la que -oh, sí- parece

que sabrá mantener una relación seria.

 

Normal que la vida sea más fácil en las películas

las puñaladas no duelen, la sangre es de mentira

los actores siempre saben lo que va a pasar a continuación

hay cámaras que enfocan siempre al lugar adecuado

un ejército de guionistas se encarga de llenar los silencios.

Reflexiones espacio-temporales

Todos sabemos que el tiempo y el espacio son dos cosas diferentes, y vivimos con esos dos conceptos bien diferenciados en nuestras cabecitas, ajenos a la existencia de una Sociedad Internacional de físicos y filósofos para el estudio de la naturaleza espacio-temporal (Spacetime Society).


Quizá nos preocuparíamos por conocer las conclusiones de los miembros de esta Sociedad si ellos se ocuparan de resolver los verdaderos momentos en que la conjunción del espacio y el tiempo nos crean conflictos en la vida cotidiana: cuando estamos en un atasco en Madrid capital a las diez menos cuarto de la mañana y nuestro jefe cree que llegaremos a las diez en punto a Aranjuez.


También se difuminan los contornos del tiempo y el espacio en las relaciones personales. Cuando eres adolescente, insistes en crear tu propio espacio, cuando lo que realmente necesitas es que pase rápidamente el tiempo para llegar a ser tan mayor como tú te crees.

 

Los jefes y los adolescentes no saben diferenciar el tiempo del espacio, pero en realidad todos en alguna ocasión los hemos confundido a propósito. Cuando se trata de romper una relación de pareja asfixiante, pedimos tiempo cuando en realidad lo que queremos es recuperar nuestro propio espacio, y todo el mundo acepta que pedir “tiempo para pensar” es en realidad un eufemismo para poner tierra de por medio.

 

Estos novios de usar y tirar

Siempre queremos lo que no tenemos, siempre queremos otra cosa. A mí que tengo el pelo liso, me encanta que se me rice cuando viajo a una ciudad de clima húmedo.

Tenemos un móvil que funciona bien pero queremos uno más moderno que tenga más funciones aunque no vayamos a utilizar ni la mitad de ellas. Se nos estropea el DVD y ni siquiera nos molestamos en ver si se ha cumplido la garantía para llevarlo a reparar, nos compramos uno nuevo y mejor, aprovechamos que ya teníamos ganas de cambiarlo.

Es esta sociedad de consumo que nos empuja a tener cada vez más coas, cada vez más nuevas. También porque ahora las cosas no se hacen para que duren, es más barato comprarlas nuevas que repararlas, y sobre todo es más rentable para el mercado crear cada poco tiempo una necesidad nueva, inventar una moda nueva que haga inservible la anterior.

Todos, en mayor o menor medida, aunque queramos escaparnos, nos dejamos llevar por esta sociedad de consumo, por el ansia de lo nuevo, por la costumbre o la moda del usar y tirar: algo mejor vendrá o ya ha venido y yo aún no lo tengo.

A la vista de lo que sucede a mi alrededor, parece que eso mismo pasa con las relaciones. Ya no nos esforzamos por mantenerlas, por cuidarlas, por arreglarlas cuando se estropean, cuando surge un problema entre los dos. Esto falla, ya no me sirve, algo mejor vendrá.

Como si una pareja lo fuera solo para los buenos momentos, cuando precisamente si tienes una pareja es porque has decidido compartir con ella tu vida, que no será siempre de color de rosa. Y es en esos momentos cuando la pareja tiene que ayudarte a ver la vida de otro modo, con su apoyo explícito o con su silencio, acompañándote y no huyendo ante la primera dificultad, construyendo juntos o reconstruyendo la vida en rosa a nuestro alrededor.

Tampoco te pregunté si tenías decencia

Hay que ver cómo está el patio. (La historia que voy a relatar a continuación está estricta y textualmente basada en hechos reales)

Él y ella viven un fugaz pero apasionado romance y mantienen viva la llama a pesar de la distancia durante semanas con largas llamadas telefónicas y correos electrónicos a diario. Él le dice que la quiere. Ella también lo quiere a él. Planean con ilusión un segundo encuentro. A punto de comprar los billetes de avión, él considera que es el momento oportuno para informarle de que tiene novia.

Ante la evidente sorpresa-estupor-indignación-enfado monumental de ella, la respuesta de él es simplemente demoledora:

- ¡Es que no me preguntaste si tenía novia!

Estos novios de ahora

Son muy pesados estos novios de ahora. Acabamos de empezar a salir y ya me ha mandado tres mensajes. También son muy raros estos novios de ahora. El que me acabo de echar, ya se ha asegurado de que vamos a estar juntos más de un año, ¡hasta le he tenido que dar el “sí quiero” para que se quedara tranquilo!


Ya no son como los de antes, que empezabas la relación con las típicas dudas, sin saber si le estabas agobiando por querer hablar con él a todas horas, y sobre la marcha ibas viendo. Antes, si pasado un tiempo no lo veías claro, empezaba el ritual de súplicas y carantoñas, como era lógico y de esperar, pero ahora no. Los de ahora quieren comprobar que te comprometes antes de empezar nada.

Supongo que así al menos no te llevas desilusiones, te ahorras disgustos, pero dónde quedan aquellos románticos que se tiraban a la piscina sin saber si había agua pero para asegurarse un golpe mullido llenaban la piscina de flores.


Hoy no ha habido flores ni nada que se le parezca, pero desde luego, lo mío con Orange es lo más parecido a tener un novio. Ya os digo que hasta le he tenido que dar el “sí quiero”, y además ha grabado la conversación. Supongo que para echármelo en cara si algún día me arrepiento de haberme casado con él, como devuelven las novias despechadas un cristalito en forma de corazón, como se reprochan las cartas que juran amor eterno cuando la eternidad se vuelve efímera.


Al menos mi nuevo novio se lo está currando, se le ve que tiene intención de cuidarme. Ya digo que me ha mandado tres mensajes al móvil en menos de dos horas. Pero no eran románticos, más bien eran como los sms de un novio celoso que sólo quiere recordarte que está ahí, y encima lo ha hecho en cuanto se ha dado cuenta de que me estaba poniendo guapa para salir.



21/12/2010 01:00 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.

No te creas donjuan

“Los hombres pueden dividirse en tres clases: los que creen ser donjuanes, los que creen haberlo sido y los que creen haberlo podido ser pero no quisieron”.


Lo dijo nada menos que el ilustre José Ortega y Gasset, a quien por cierto cogí un poco de distancia desde que me enteré de que no le gustaba la poesía, pero eso son manías mías que ni siquiera están fundamentadas.

Pero esta frase merece como poco su momento de reflexión, y aunque al principio eché en falta a los verdaderos donjuanes y otras tipologías de hombres en esta clasificación, es cierto que lo importante en un donjuan no es tanto su condición de tal sino cómo maneje su amor propio, cómo es su actitud frente a las conquistas y cómo las airean, y ahí sí que entráis todos, majos.

Todas somos lesbianas

Es bastante habitual que una chica piense, aunque sea en broma, en hacerse lesbiana cuando un chico la decepciona. Las tías no hacemos esas cosas, con una chica no tendría estos problemas, una chica no se agobia por estas tonterías, los tíos no saben lo que quieren, no dan más que preocupaciones, no hay quién los entienda, etcétera.


Sin embargo, no creo que haya muchos chicos heterosexuales que piensen, cuando se porta mal con ellos una chica, “son todas unas zorras, me voy a hacer gay”. Ni siquiera reconocen en voz alta que un chico es guapo o tiene atractivo. “Yo no sé de esas cosas”, dicen, como si no tuvieran ojos en la cara.


Nosotras sí tenemos ojos en la cara para todas las personas, y no me refiero sólo a los ’repasos’ de arriba a abajo que hacemos a otras mujeres con admiración o con envidia. Nos podemos quedar embobadas mirando a una chica guapísima e incluso a su escote, puede incluso que nos pase una idea sexual por la cabeza sin que ello nos haga replantearnos nuestra condición. O sí, pero no nos alarmamos por ello.


Será que todas somos “un poco bolleras”, como decía Cecilia Roth en Todo sobre mi madre. Será que nuestros gustos son más ilimitados, aunque tengamos claro hacia quién nos sentimos más atraídas. Será que el cuerpo de la mujer es más bonito, como dicen los chicos heterosexuales que rechazan la visión de dos hombres besándose pero aplauden las manifestaciones de cariño de dos lesbianas.

Será que en nuestra cultura nos han enseñado que las mujeres pueden expresar abiertamente sus pasiones y los hombres tienen que esconderlas para perpetuar el instinto del macho protector.

Receta para descubrir si a una de verdad la aman

Ya está, la he encontrado, es mágica, funciona siempre. Garantizado. Sin trucos y sin matices, en esta receta se explica todo clarísimamente. Y vale tanto para chicos como para chicas, lo he comprobado, sólo hay que cambiar el género de las palabras. La receta me la ha dado un gran maestro de la palabra y viene del lugar donde todo es verdad: la poesía.

 

RECETA PARA DESCUBRIR SI A UNO DE VERDAD LO AMAN

Si te amo

no te amaré

como me amo a mí mismo

porque eso

no sería suficiente

-tú eres algo más

que mi prójimo-

 

No te amaré menos

de lo que me amo

no sólo porque eso es

demasiado poco

sino porque no sería amor

 

Si te amo, te amaré más

que a mí mismo, más que a todo

y entonces, únicamente entonces

descubriré si me amas:

de lo contrario

casi de inmediato

mi amor se te volvería

insoportable.

(Francisco Garzón Céspedes)

Atrévete

Ella estaba mirando por la ventana y tomando un café sentada en la mesa de un bar cuando notó que un chico, desde la barra, la estaba mirando. Era guapo, tenía cara de buena gente, parecía simpático y muy interesado. Al poco rato él se levantó de su taburete, se acercó hasta ella y le preguntó la hora, mirándola fijamente a los ojos y tocándole el brazo. No hablaron de nada más, pero a ella le había gustado, tanto, que antes de marcharse de la cafetería le hizo llegar un papel con su número de teléfono anotado.

En realidad, fue ya en la calle, al sentir el frío y el ajetreo de desconocidos que pasaban por la acera, cuando se dio cuenta de que no quería dejar pasar esa oportunidad, y se dio la vuelta para pedirle a la camarera que le diera el papel al chico, que seguía acodado en la barra. Al poco tiempo ella recibió un mensaje al móvil y era él; le decía que muchas gracias pero que no iba a quedar con ella porque era gay.

¡Horror! ¡vaya vergüenza!” Pensó más de uno al conocer esta historia. Pero yo sigo apoyando a esa chica y creyendo que hizo muy bien, que ojalá no se le hayan quitado las ganas de seguir intentándolo. Porque al fin y al cabo, qué importa que ese chico pensara que ella era una presumida por haber creído que la miraba con deseo, si no le va a volver a ver ni tiene que darle explicaciones.

Ella se habrá quedado igual después de intentarlo, es decir, sin cita, sin la oportunidad de conocer a ese chico que creía interesante, pero no ha perdido nada, podía haber ganado mucho y seguro que el chico se sintió halagado. Ella sólo ha pasado un minuto de desilusión o de vergüenza y en cambio al chico le alegró la tarde, le entretuvo la espera en la cafetería y le dio, como poco, una buena anécdota para contar.



Coco nunca llegó tan lejos

En Barrio Sésamo, Coco se esforzaba en enseñarnos la diferencia entre 
lo que es arriba y lo que es abajo, lo que está cerca y lo que está lejos,
conceptos muy útiles incluso para valorar nuestros estados de ánimo y
nuestras relaciones interpersonales ya de adultos.


Todo eso estuvo muy bien, pero Barrio Sésamo debería haber tenido
más altura de miras, para dejar bien asentados desde pequeños los
fundamentos que originan la toma de decisiones y los intentos de
acercamiento. Lo voy a hacer yo, humildemente, para intentar suplir ese
vacío doctrinal de nuestra infancia.


Un ejemplo claro y eficaz de acercamiento con otra persona es tener
una cita
. Para que dicha cita tenga lugar, es indispensable que las dos
personas implicadas se pongan de acuerdo en estar a la misma hora en
el mismo lugar. Aquí se abre un universo de posibilidades, pero el mejor
modo de tener éxito en este primer paso es hablar por teléfono: que
una persona llame a la otra para quedar.


Llamar para quedar implica que la persona que telefonea propone
un plan
, o al menos expresa abiertamente su voluntad de buscar un
plan conjunto. Hay múltiples modos de llevar a cabo esta empresa, con
sencillas frases del tipo: ¿Quedamos este puente? ¿te apetece que nos
veamos? O bien ¿y si tomamos un café?. Por consiguiente, llamar a la
otra persona para comentar hay que ver el frío que hace en la calle,
madre mía, o decir “te llamaba para ver qué te cuentas” NO puede
entenderse como propuesta de cita, al menos entre nosotras las
terrícolas.


En cuanto a la toma de decisiones, los límites están más desdibujados,
pero hay ejemplos paradigmáticos en la vida cotidiana. Cuando una
persona dice a otra: “me voy”, es porque está tomando la decisión
de irse. A raíz de esta elección, su interlocutor podrá tomar la decisión
de quedarse en el sitio echando raíces y aprendiendo a hacer la
fotosíntesis o por el contrario, irse también, pero eso ya será una
decisión secundaria, los efectos colaterales de la primitiva decisión.


De ello se deduce que, al menos en mi planeta, dejar que el tiempo
pase
no implica una voluntad de decidir, por mucho que los silencios
sean elocuentes y que sea cierto que el que no se decanta, en realidad
decide no tomar una decisión.


De este modo, si yo te advierto que no quiero volver a verte si haces
ese viaje y tú no viajas porque la huelga de controladores te deja en
tierra, no puedes volver a mi lado presumiendo de que te has decidido
por mí, porque eso es trampa, ya no me sirve, estará justificado
que entremos en estado de alarma.

Lo mejor es ser sal y pimienta

Tenemos la solución para evitar los suicidios sentimentales de los que hablaba el otro día, para que aprendamos a huir del masoquismo en las relaciones de pareja: los hombres deberían venir con etiqueta.

Una etiqueta que precise, en primer lugar, si el tipo en cuestión está soltero o no (para evitar sorpresas desagradables a veces meses después). Si no está soltero, la etiqueta debería indicar el nivel de consolidación de su relación actual (esto es, si hace aguas o no hay armas de mujer que la derriben).

Claro que si está soltero, la etiqueta tendría que ser larguísima, que explicite todo tipo de propiedades del sujeto: nivel de tolerancia al agobio, grado de valoración de su libertad individual e intransferible, número de pasos conjuntos máximos antes de agobiarse, etcétera.

Y por supuesto, sus contraindicaciones. Por ejemplo: abstenerse histéricas del matrimonio. O bien: Acaba de salir de una relación, en cuyo caso, debería indicar la fecha de caducidad del duelo y el número de tiritas previas o necesarias para superarlo.

Etiquetas, sí, como los alimentos, para saber cuándo debemos consumirlos y el modo de preparación. Para saber si hacer un guiso elaborado, a fuego lento, meterlo directamente en el micro o mejor consumirlo frío.

Porque hay hombres que se te caducan mientras los cocinas, otros que te repiten y llaman insistentemente sin que quieras volver a saber nada de ellos y otros que no sabes si una vez elaborado el guiso es conveniente guardarlo en un tupper y congelar para otro día, tirar los restos a la basura o reciclarlo para tus amigas.

Las etiquetas deberían venir de serie para los hombres que son como esos productos que tienen muchos más ingredientes de los que te esperas, frascos que no tienen caducidad pero luego están podridos por dentro, paquetes como los de los caramelos que dice que son de todos los colores y después de venderte ese universo multicolor de sabores cítricos excitantes no hay más que caramelos de aburrida naranja, y también hay hombres que son como las bolsas de patatas fritas, que cerradas parece que están a rebosar pero luego se desinflan enseguida y ves que hay la mitad de lo que te esperas.

Con estas sencillas indicaciones, sabríamos a qué atenernos para que luego nosotras decidamos si vale la pena entregarse o no. Nos ayudaría también a saber, por ejemplo, cuándo es el momento adecuado para presentárselo a nuestros amigos (para evitar que le cojan cariño innecesariamente) o cuánto debemos molestarnos en preparar su regalo de cumpleaños.

Así podríamos desterrar la típica frase para ligar de si estudias o trabajas, porque lo interesante sería saber cuándo caducas. Porque las personas, en cuanto a relación de pareja se refiere, podemos ser huevos, que duran 20 días, latas de fabada, que caducan a los dos años, o especias, que duran para toda la vida: lo mejor es ser sal y pimienta.

“Si te rallas, empapela”

Él y ella se conocieron una noche, y como aquél que dice, surgió el amor. Es una historia verídica, me la ha contado la protagonista tomando unas cañas. Él estaba recién llegado a Madrid, buscaba piso y ella no se lo pensó demasiado: le ofreció una habitación de su casa hasta que encontrara algo. Vivieron juntos y felices unos días muy intensos, subidos en la habitual nube de color rosa que envuelve a los enamorados, hasta que él encontró su propio piso en la calle Pez, le dijo a ella, que justo se marchaba al día siguiente una temporada de vacaciones.

Toda historia de amor tiene su momento trágico para que sea una buena historia y el amor pueda consolidarse o no, y en ésta el problema fue que ella, chan tatachaaaaaaaaaán... perdió el móvil. Con el número de teléfono de él, obviamente. La única forma de comunicarse con él, sus únicas señas.

Aquí se viven los momentos más tensos de la historia: ella que no come ni duerme ni ríe ni vive la vida pensando en él, lamentándose por su mala suerte, maldiciendo no haber memorizado el número, no haberle acompañado a ver la casa, no saber sus apellidos, llorando por las cuatro esquinas esa manera tan tonta de perder el amor.

Ella continúa llorando la pérdida de su amor a su regreso a Madrid, él no aparece por ninguna parte. Hasta que a ella se le ocurre intentar encontrarle con el único dato que él le dio al marcharse: se iba a vivir a la calle Pez. Ni corta ni perezosa, reunió a unos cuantos amigos, compró cartulinas y se pusieron a pintar decenas de carteles de todos los colores, con diferentes estilos, dibujos, tipografías y tamaños con un único mensaje para él: que ella le estaba buscando.

La tarde que se pusieron todos los amigos a pegar los carteles por la calle Pez, la gente se les quedaba mirando y les preguntaba qué estaban haciendo, asombrados, curiosos. Algunos se unieron a ayudarles a pegar carteles, otros querían llevárselos a casa porque realmente habían quedado bonitos y eran un buen recuerdo de una bonita historia.

Consiguieron empapelar la calle de arriba a abajo para que no hubiera modo de que Él no los viera al salir o al entrar en su casa, viviera donde viviera. Ella estuvo esperando todos los días a todas las horas que sonara su teléfono y fuera Él, reaparecido, pero no reapareció.

Aún así ella no se dio por vencida, siguió esperándolo muchas noches de insomnio hasta que en una de ésas, se le encendió una lucecita y repentinamente recordó algunas palabras de la dirección de correo electrónico de él, que era una frase muy característica. Así que escribió un mail a todas las variantes que se le ocurrieron con esas palabras que recordaba y ahí sí que le encontró. Él también la había estado buscando. No se podía creer que no le hubiera cogido el teléfono en todo ese tiempo que ella estuvo de vacaciones. Y no, qué va, no había visto los carteles porque se pasó una semana con gripe sin salir de casa.

Se reencontraron y estuvieron enamorados algún tiempo más, es una historia bonita aunque no tuvo un final feliz. Ella sigue pensando que mereció la pena, aunque matiza que lo de empapelar toda la calle Pez con carteles no lo hizo por él, sino por ella, porque era una idea tan buena que si tenía la excusa, no podía dejar de hacerlo. “No hay que rallarse", es su lema, "y si te rallas, empapela”.

2 no es igual a 1+1

Aunque a menudo nos gustaría tenerlo todo atado y bien atado, saber qué nos depara el futuro, predecir con precisión las actitudes, reacciones y comportamientos de los otros para evitar desilusiones y enfrentamientos, la vida no es cuadriculada.  Las matemáticas no sirven para explicar demasiadas cosas de nuestra vida. Por ejemplo algo en lo que yo creo a fe ciega: por qué dos no es igual a uno más uno.

Una de despedidas

Me enternecen los adolescentes, con sus inofensivos quebraderos de cabeza. Esta mañana iba en el cercanías (“porque en Madrid no hay lejanías, hay Cercanías”, me encanta ese irónico eslógan) escuchándome el audio de una entrevista y se me han sentado en frente dos adolescentes con problemas, como todos los adolescentes. No me he quitado los cascos para disimular, pero estaba entregadísima a su conversación.

Resulta que una de ellas estaba “sssupertriste tía porque le había dejado su chico, ¿sabesss? Y encima por mail, tía, ssssuperfuerte, ¿tú te crees? joder, es que no sé, es que no me lo explico, o ssea, pero ¿de qué va? es que ni que tuviéramos 13 años tía, ¡que ya tenemos 17, joder!”, lloraba ella altamente indignada.

- ¿Pero qué me estásss contando tía, pero qué ffffuerte, o sea, pero essse tío de qué va? ¿por mail? O sssea, es que no me lo creo: NO me lo creo.

- Ya vesss, tía, sssuperfuerte, joder, es que essstoy fatal, o sea, ess que no me lo esperaba para nada, para nada, o ssea, para nada, ¡es que aún estoy flipando!

- ¿Peroooo y qué te dice, tía, o ssseaaaaaa... qué explicación te ha dado?

- Pues nada, yo qué sé, tía, lo de sssiempre, o sssea, que está fataaaaal, bueno, que me pide un tiempo porque está hecho un lío, ¿ssabes? ¿Pero tiempo de qué? ¿para qué, sabesss? Si total, eso es lo que dicen todos, o ssea que no es por mí, ¿sabesss? Que es que yo siempre le he tratado superbien, tía, y es verdad, que es que yo me he entregado mazo, ¿sssabes? Que siempre ahí a muerte con él, con sus paranoias, ¿sabesss? O ssea yo ahí ssiempre ssuper maja ¿sabesss? para que me haga esto, fatal, tía, una mierda, o sseaa... fatal, que ya no te puedes fiar de nada para nada.

- ¡Pues eso es lo que te pasa! Que es que no hay que ir de buena, tía, que te lo tengo dicho, ¿sabess? Que eso está más que comprobado, que a los tíos lo que les mola es que les den caña, ¿sabess? O ssea.. sí, yo qué sé, es lo que les va, ahí que te portes fatal y entonces están ahí comiendo de tu mano, ¿sabess? mira la Jenny, joder, que es una zorra y tiene al Peter assí, ¿sabess? Pero asssí, que esstá que no caga por la Jenny. Pero tú, nada, puess aprendes de ésta, ¿sabesss? Y que le jodan, ¿sabesss? O ssseaa... que él se lo pierde, joder, ¡con lo que tú vales! ¿dónde va a encontrar a otra piba como tú? ¡vamos hombre, que le den!

Entretenidísima he estado todo el viaje, ya os digo. A puntito de meterme en su conversación recordando esos otros casos conocidos de aquél que se fue un barco y no volvió (pero está vivo), o el de aquél que destruyó su “amor” de la noche a la mañana, pero de-la-noche-a-la-mañana, es decir, por la noche ellos estaban presuntamente enamorados y por la mañana él cogió la puerta, dijo: "perdona" con cara de pena y se fue.

En el mismo saco están todos aquellos que cortan la relación por sms, dejando sonar el teléfono indefinidamente y lo que te rondaré morena, seguro que hay alguna que se ha enterado de su soltería porque le ha llegado un mensaje de la compañía telefónica informándola de que ya no está duada con el número de su novio.

Aún no he conocido ningún caso real de uno que termine una relación dejando una despedida en un posh-it, como en ese capítulo de Sexo en Nueva York, pero sí me han contado algo más escandaloso: el caso de una chica que se enteró de que ya no tenía novio porque vio que él cambió su estado de Facebook de “en una relación” a “estoy soltero”.

Mujeres suicidas

Tenemos que amar más la vida, aprender a huir del masoquismo en las relaciones de pareja. Parece una perogrullada, pero no es fácil llevarlo a la práctica. Hay que evitar los casos claros de suicidio, y para eso nada mejor que tenerlos identificados. Después de una larga sesión nocturna lamiendo y hurgando heridas entre risas en la cocina, mis amigas y yo hemos concluido que es suicida enamorarse de:


Hombres casados, bohemios que pisan las nubes, homosexuales, chicos con síndroma de Peter Pan que tienen miedo al compromiso, exnovios de los que salimos escarmentadas, egocéntricos que no ven más allá de su propio ombligo, picaflores que nunca apostarán por una relación seria.

 

Hay que alejarse también (amorosamente hablando) de ése que quiere ser tu amigo, porque va a poner todo su empeño, como su propia clasificación indica, en ser tu amigo. Y nada más, ahí es donde viene el batacazo, la relación no va a evolucionar hacia otra cosa. No eres su tipo, asúmelo. Terminarás siendo una pagafantas, un hombro en el que llorar o su compañera favorita para ir de compras y probablemente además le acabe gustando una de tus amigas, sobre la que encima le tendrás que aconsejar.

 

Tampoco hay que fijarse en alguien que acaba de terminar una relación, porque lo que necesita no es otra novia sino una tirita, el famoso e injusto clavo que saca a otro clavo. Si te gusta de verdad, deberás alejarte y esperar a que otra sea la tirita o lo pasarás mal. Sobre todo si ha sido él el dejado, hay que respetar los tiempos de duelo.

 

Tenemos que procurar huir también de los atormentados. Este caso es raro, porque con ellos nos suele salir un imparable afán de protección, cuando supuestamente son ellos los protectores. Con los atormentados, nosotras siempre creemos que vamos a ayudarles a salir del bache, que con nosotras estarán felices y cambiarán.

 

En realidad ése es el problema de todas las relaciones abocadas al fracaso, que siempre creemos que con nosotras van a cambiar. Que no nos gusta cómo son y tienen que cambiar. Parece que nos encanta suicidarnos, no podemos evitar pensar que con nosotras va a ser distinto. Aunque todos los de alrededor nos lo adviertan, aunque nosotras mismas tengamos ya experiencia en suicidios.

 

Porque, claro, ¿qué pasa con estos tipos de hombres? Los atormentados, los bohemios, los picaflores, los peterpanes ¿nunca van a poder tener una pareja, nunca van a cambiar? Ah, sí, tarde o temprano cambiarán porque les cazará una lagarta, y entonces los sentimientos del cazado serán lo suficientemente fuertes como para provocar el cambio sin que se den cuenta. Y nosotras querríamos ser -siempre nos vamos a ver- como la que fue capaz de domesticarlos.

 

La solución, me apuntan por aquí, es ir con el cianuro por delante, ser nosotras las que llevemos la iniciativa y darles caña para que beban los vientos por nosotras, porque es eso lo que les gusta. Pero la que me lo apunta no sabe ser así. Es una suicida convencida que no tiene aptitudes de lagarta.

 

La solución no es entrar en ese juego dañino que criticamos, sino ir poniéndole límites a nuestra parte suicida para dedicarle tiempo y esfuerzo a los que de verdad lo merecen y no a quien nos va a hacer sufrir. Pero claro, el corazón tiene razones que la razón no entiende, no eliges de quién te enamoras, no es fácil decidir de quién es bueno enamorarse y de quién no.

El amor dura tres años

Siempre que comienzas una relación, crees que has encontrado al amor de tu vida, la horma de tu zapato, tu media naranja, la persona con la que vas a envejecer, etcétera. Aunque dicen que el amor sólo dura tres años, yo de verdad pensaba que eso no me iba a pasar a mí, que esta vez iba a ser la definitiva, que lo mío con Antonio iba a ser para siempre.

Es cierto que nosotros nos necesitábamos más de lo que nos queríamos, y eso no es sano para ninguna relación. Las parejas tienen que elegirse conscientemente y con el corazón, no por la necesidad de estar juntos, de no poder estar solos.

Quizá dejamos de cuidarnos el uno al otro suponiendo que íbamos a estar juntos siempre, y ahora me encuentro de repente con que lo nuestro se ha acabado, sin previo aviso y yo no sé qué hacer, ya no sé vivir sin él.

Estamos en las últimas, y lo peor es que seguimos alargando la agonía final, no sabemos poner un punto final definitivo. Como los malos novios, mi Antonio va y viene: a veces me hace mucho caso, parece que se reaviva la llama y estamos felices juntos como en los mejores tiempos, pero otras veces, sin previo aviso, sin que medie ninguna discusión, ni siquiera se digna a dirigirme la palabra.

 

Esta situación me deja confusa, paralizada. Quiero romper este círculo vicioso en el que hemos entrado, zanjar nuestra relación y por eso trato de apartar a un lado sus cosas buenas para pensar sólo en sus defectos: su cabezonería, su intransigencia, sus celos.

Antonio es muy celoso y no le gusta que mire a otros. Menos aún que les haga caso. Ni siquiera para preguntar por una calle, porque como a todos los hombres, a mi Antonio no le gusta preguntar, se cree que lo sabe todo. Incluso se enfadaba si seguía las indicaciones que me habían dado otros, se quedaba callado un buen rato, sin hablar, pensando en sus cosas, disipando sus celos.

 

Pero como en todas las parejas, aprendimos a domesticarnos el uno al otro, conseguimos llegar a un punto en común. Yo le soportaba estos defectos y él toleraba los míos, mis torpezas, mis inseguridades, mis nervios. Él no se ponía nunca nervioso. Siempre sabía lo que había que hacer. No dudaba, no me daba falsas esperanzas. Si acaso se quedaba un rato pensando en silencio hasta encontrar la solución perfecta.

Tenía una voz preciosa mi Antonio, muy varonil, cualquier frase que pronunciaba parecía una orden dulce, dictada con el tono del macho que guía a la hembra, y yo encantada de dejarme guiar.

Pero ya no vamos juntos a ningún lado ni parece que podamos volver a hacerlo en el futuro. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que exactamente han pasado tres años desde que nos conocimos en esa tienda de productos informáticos. Yo buscaba precisamente a alguien como él y él estaba de oferta.

Su empresa había sacado otros navegadores GPS más modernos, de pantalla alargada y él, que había sido lo más preciado del mercado, se encontraba de repente en liquidación. Normal que nos cogiéramos con tantas ganas, que la chispa entre nosotros saltara tan rápido.

Él, mi Antonio, mi GPS que ahora está agonizando, necesitaba a alguien que reconociera su talento y yo, que acababa de aceptar un nuevo trabajo de corresponsal, a alguien que me guiara por los pueblos del Sur. Pero en fin, fue bonito mientras duró, ahora estoy de nuevo soltera. Como después de cualquier ruptura, tendré que buscarme a otro que cubra su ausencia o aprender a viajar sin copiloto.

Contra los príncipes azules

Existe la creencia entre las chicas de mi edad de que los cuentos infantiles nos han hecho mucho daño, que por su culpa andamos ahora buscando entre la multitud a nuestro príncipe azul con el que seamos felices y comamos perdices. Ah, pero las cosas no son tan fáciles. Los príncipes azules de hoy en día no es como aquél que en caballo con alas hacia nosotras se encamina, más brillante que el alba, más hermoso que abril, como relataba el poema de Rubén Darío. Es más, a menudo ni siquiera son príncipes, pueden incluso ser sapos y en nosotras está saber ver su sangre azul. El amor puede pintarlo todo de azul; el azul del cielo que todo lo envuelve, el azul del mar que se derrama. Algo así quise decir cuando escribí el cuento hiperbreve que se titula “Cásting”:

Ella tuvo que besar a muchos príncipes antes de encontrar a su sapo azul.



28/08/2010 20:03 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.

Tener pareja reduce el estrés

Leo por ahí que tener pareja estable mitiga el estrés. Nos ha fastidiado, si lo que estresa es no tener una pareja, sino andar en su búsqueda y estar todo el día pendiente del móvil y dándole todo el rato a F5, F5, F5 en el ordenador para actualizar la página y que llegue de una vez el correo electrónico esperado.

Claro que tener una pareja estable mitiga el estrés. No hace falta un estudio científico y ensayos clínicos sobre 500 voluntarios para saber que cuando uno está enamorado vive en una nube desde la que se sobrevuelan alegremente los problemas...

www.20minutos.es/noticia/792506/0/pareja/estable/estres/

De novios y correas

El día que cumplí 18 años una de mis tías me regaló un bolso. El bolso más feo que os podáis imaginar. Espantoso. Estaba todo hecho de bolitas negras poliédricas de plástico brillante. También la correa estaba hecha de esas bolitas, que se te clavaban en el hombro. Una correa larguísima y el bolso pequeñísimo, totalmente inútil, con la de cosas que yo suelo llevar en el bolso. Además pesaba mucho el bolso, se ve que las bolitas de plástico estaban rellenas de más plástico.

 

Era un horror. Pero también era un regalo, y a mí me gusta ser agradecida, de verdad que yo quería agradecerle el detalle, pero tampoco me gusta mentir. Así que ahí me veis, rodeada de mi familia el día de mi cumpleaños, todos mirándome, y yo intentando decir algo que sonara agradable y que no fuera mentira.

 

Lo primero que se me ocurrió fue decir: “anda, mira, ¡un bolso!”. Claro, pero había que decir algo más. Qué bonito... no. Qué práctico... no. Qué elegante... no. Qué curioso... tampoco era el adjetivo que estaban esperando escuchar. Queeeeeeé... ¡bien me va a venir este bolso cuando salga en Nochevieja!, logré decir. Y tampoco era mentira del todo, podría utilizarlo en Nochevieja si saliera de Cotillón, lo que no era el caso, pero eso mi tía no lo tenía que saber y así se quedaría a gusto pensando que le iba a dar uso.

 

Así pensaba yo que había salido del paso, pero mi tía entonces me contestó: “¿para Nochevieja? Nooo... ¡si es un bolso de boda!” Y después dijo lo más catastrófico de todo: “Es que como ya cumples 18 años y se te empezarán a casar las amigas....”

 

¿Que se me empezarán a CASAR las amigas? ¿con 18 años? ¿En qué mundo vive mi tía? Pero no, mi tía no estaba tan alejada de la realidad, ese comentario fue sólo una excusa para lanzar su pregunta favorita: “Bueno, y ahora que hablamos de esto, ¿tú de novios qué tal?

 

A ver, primero, nadie está hablando de esto. Eres tú sola la que estás sacando el tema, que te gusta a ti meter las narices en todo. Después, ¿cómo que novios, así, en plural? Muchos, variados, distintos novios. A ver, ya es bastante difícil echarle el lazo a uno, ya es bastante difícil domesticar a uno, ¡¡como para tener una ristra de novios detrás!! Como dice la canción: el que tenga un amor... que lo cuide, que lo cuide.

Todos somos ex

Tengo una amiga que es su propia ex novia. Es decir, que la única novia que ha tenido su actual novio es ella misma, años atrás.


Cuando me lo dijo, su situación me pareció envidiable, porque a veces mis amigas y yo hablamos de lo perversas y dañinas que son las ex novias que no se quitan del medio. Siempre queremos mandarlas a todas a una hoguera, para asegurarnos de que no dejen huella y de que no se podrán entrometer en las relaciones futuras de sus antiguos novios, una vez puestos de nuevo en circulación.


Por eso me pareció fascinante la libertad de mi amiga, sentir que no tiene a nadie detrás con quien inevitablemente la comparen, no tener un fantasma que planee sobre esa relación presente. Pero ella me dijo que era horrible no tener a nadie a quien echarle en cara los problemas de su relación de pareja, sentir que ella misma era la culpable de no haberlo domesticado a tiempo.

 

En fin, es inevitable, todos somos ex, incluso de nosotros mismos. Las personas que fuimos y formaron una relación en el pasado a veces ni siquiera se parecen a las que quieren construir una pareja en el presente o en el futuro.


Todos traemos equipaje de nuestras relaciones anteriores. Temores, pedestales y rutinas, cosas a las que estábamos acostumbrados. Hay que aprender a manejar distintos códigos, a comprender los de la otra persona y acoplar los ritmos. Aunque difícil, también es fascinante aprender a construir un nuevo amor en cada impulso.

Gano el color del trigo

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El zorro del Principito no comía pan, así que los campos de trigo eran inútiles para él. Hasta que conoció al Principito y se hizo su amigo, entonces empezaron los campos de trigo a tener significado, porque su color dorado le recordaba al cabello del Principito, y le agradaba escuchar el ruido del viento entre las espigas. Por eso no le importaba llorar al despedirse del Principito: sentía menos la pérdida porque había ganado el color del trigo.

29/07/2010 00:25 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.

Diez de corazones

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A mí que me gusta creer en el destino

aunque no creo que estemos predestinados

Creo también que en este mundo todo está compensado

que el Universo guarda una serie de equilibrios

que la vida fluye de acuerdo a ciclos

que todo ocurre por alguna razón

que hay leyes de causa-efecto que rigen hasta las casualidades

que como dice el dicho cubano: “lo que sucede, conviene”.

Lo creo aunque a veces tienes un as de copas en la manga y pintan bastos

Lo creo porque a veces la vida te regala un diez de corazones.

Ese tipo que me llama "mi amor"

Ese tipo que me llama mi amor tiene el aspecto de haber pasado la infancia en un orfanato de la Europa del Este. Tiene los ojos hundidos y de un azul insípido. Tiene un rostro anguloso de facciones picudas y la piel pálida como si nunca la hubiera tocado el sol. Tiene voz de pajarito. Tiene las manos muy grandes y los dedos muy gruesos pero sus movimientos son delicados. Es extremadamente delgado pero es vivaz. Su aspecto no es amable aunque sus maneras sí. Seguramente me daría miedo si me lo encontrara de noche en un callejón oscuro, pero me gusta encontrármelo cada día a la hora de comer.

 

Trabaja de camarero en un hotel y pone muchísima pasión en todo lo que hace. Se mueve el doble que los demás. Es rápido, eficiente, impecable, atento y siempre dispuesto. Cuando le pides algo te mira profundamente a los ojos, y el otro día al dejar una botella de agua sobre mi mesa me dijo: “aquí tienes, mi amor”.

 

Lo dijo en un susurro y enseguida se dio la vuelta, no hace nunca ningún gesto más. Pero desde aquél día, va cambiando los adjetivos, y me pregunta si no quiero comer más del segundo plato, mi vida, o me ofrece ¿café con leche, corazón?.

 

Yo ya he dejado aquí una vez escrito que me incomoda la gente que a cualquiera le llama “cariño” porque a mí me gusta utilizar esos términos sólo cuando me explotan por dentro, pero esta vez la molestia fue sólo sorpresa; no daba crédito a que alguien llamara mi amor tan a ligera a un desconocido.


Claro que yo no soy su amor, pero tampoco él lo dice con esa intención. Sólo deja caer esas palabras de su boca como si le rebosaran y tuviera que descargarse de ese modo de ternura, como si lo empujara la fuerza de la costumbre, la necesidad o el deseo de utilizar a diario palabras de amor.

Conexión

"Desde la otra punta de la ciudad, él quiso hacerle cosquillas, y ella, pensando en él, sonrió".

Rescato este cuento hiperbreve que escribí hace tiempo para dejar clara mi posición respecto al post anterior. Yo creo en este tipo de conexiones, en la existencia de estas complicidades.

Lo maravilloso de nuestra contradictoria condición humana es que a pesar de que a menudo los malentendidos provoquen desencuentros frustrantes, también a menudo somos capaces de entenderlo todo con una sola mirada, de traspasar con empatía incluso las fronteras del idioma, de sentir lo mismo que el otro siente aún estando lejos, e incluso de ver lo mismo mirando hacia distintos lados.

Y por supuesto, yo sigo creyendo que es el amor el que mueve el mundo, y que los dos personajes del dibujo de mi mechero van a volar muy alto y van a ser muy felices juntos si se dejan llevar por los latidos de su corazón.

 


No vemos lo mismo aunque miremos hacia un mismo lado

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Nunca he sabido qué armas usar para luchar contra los malentendidos. Me desmoralizan, me acobardan, no sé afrontarlos. Cuando me choco con uno (nunca me los encuentro ni los veo venir) sólo siento ansia por trasladar por arte de magia a la otra persona la nítida imagen o el razonamiento perfecto que hay dentro de mi cabeza.

Pero no hay magia que pueda con los malentendidos, sólo se destruyen o se atraviesan con voluntad de acuerdo, porque cada persona es un mundo aunque pertenezcamos a la misma especie y compartamos un mismo idioma. Somos distintos, pensamos distinto, tenemos un pasado, una formación y unas expectativas de futuro distintas, y es inevitable que eso nos distancie.

 

Ni siquiera vemos lo mismo al mirar hacia un mismo lado. Un ejemplo que me pusieron una vez para ayudarme a comprender lo distinta que puede ser la visión del otro: la escena es sencilla, varias personas están mirando un coche negro aparcado en una calle. Una quizá sólo verá el reflejo de sí misma en el cristal y en la carrocería. Otra sólo verá el negro como color de luto. Otra recordará que una vez condujo un coche parecido y quizá sonría con los recuerdos de aquél viaje. Otra soñará con ir dentro de un coche como ése. A otra el coche le será indiferente y sólo lo verá como un estorbo para la circulación. Otro se fijará en los detalles y calculará la velocidad que pueda alcanzar... y así hasta el infinito.


Esto mismo me ha pasado el dibujo de este mechero. Yo lo miraba y tenía claro que era una imagen preciosa, un gesto de amor, pero quizá el chico se está yendo y la chica lo retiene, quizá ella acabe de bajarse y se están despidiendo, quizá el globo amoroso no tiene suficiente fuerza para elevar a los dos.

No se puede estar soltero

Alucino. Acabo de rellenar una encuesta por internet sobre mi situación laboral que me han remitido desde la Asociación de la Prensa de Madrid, con la intención de que luego no anden diciendo que los periodistas somos unos vividores que ganamos más de 30.000 euros anuales (aunque yo estoy muy satisfecha con mi trabajo, me encanta y sé que soy una privilegiada) cuando me encuentro con una pregunta sobre mi estado civil.

Lo escandaloso no es eso, sino encontrarme con que la soltería no es una opción válida. Sólo podías estar a) casado b) viudo c) divorciado o, por último, reconocer que, tristemente, como si fuera una tara o desde siempre lo estuviera esperando: d) nunca me he casado.

El juego de la seducción

Debería estar regulado por ley, para que sepamos de una vez a qué atenernos. Y al que se salte las reglas, sanción. Es duro, sí, pero acabaríamos con las dudas y los equívocos y las interminables conversaciones en espiral sobre cómo debemos actuar cuando nos gusta una persona. Así sabríamos si es necesario esperar tres días, como dicen algunos, para mandar un simple mensaje al móvil, sabríamos si es verdad que hay que hacerse los interesantes y parecer siempre ocupadísimo, resistirse para que la otra persona no piense que estás desesperado, si es verdad que les gusta que se lo pongamos difícil, que a ellos les gusta tener la sartén por el mango...

No sé, yo no entiendo nada, todo debería ser más fácil, más claro, menos complicado. Ya es bastante difícil encontrar entre la multitud a una persona que merezca la pena y ser correspondida como para andarse con jueguitos. Pero no es así de simple, lo hemos hecho complicado y tienes que entrar en el juego y hacerte la interesante pero no demasiado, que tampoco crea que estás desinteresada... claro que a veces aunque consigas mantener el equilibrio, nada te asegura que de repente pierda todo el interés por ti, quién sabe por qué.

Por eso digo que nos harían falta unas normas por escrito, un código de circulación, quizá incluso pasar por la autoescuela... sí, una autoescuela obligatoria para todos menos para los curas, los frailes y las monjas. También para los que tengan pareja, para que aprendan a mantener viva la llama o para prepararse para el futuro, que como dice una amiga mía... “ya cortarán”.

Así que sí, somos muchas (la idea ni siquiera es mía, yo sólo la lanzo a navegantes) las que creemos que éste es el negocio del futuro, ponerse a dar clases para enseñar los códigos que rigen las relaciones, que al fin y al cabo no son tan distintos de los códigos de circulación, ni de las reglas básicas de la mecánica. Por eso digo que sería como una autoescuela.

Es necesario aprender dónde poner el freno, qué hacer cuando quieres aparcar pero no te dejan sitio, cómo reaccionar cuando falla el embrague, a qué velocidad hay que ir en cada tipo de vía (si estamos circulando por tramo urbano o en autopista, con adversidades atmosféricas, de noche), reconocer cuándo hay que parar o disminuir la velocidad según las señales... aunque reconozco que un carné teórico no te da garantías para solventar los problemas de circulación, por los ritmos y velocidades que alcanza cada coche y sus circunstancias... y sobre todo, creo que no hay nada que hacer cuando te encuentras con el triste “cuando tú vas, yo vengo”.

Un lugar mejor para vivir

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Todas las personas deberíamos estar enamoradas todo el tiempo. Así el mundo sería más luminoso, un lugar mejor donde vivir. Porque la gente enamorada es más feliz y desprende felicidad, la gente enamorada quiere contagiar sus sentimientos positivos.

Es el amor el que mueve el mundo. Y cuando digo amor me refiero al tipo de amor que a cada uno le salga de dentro, el amor por la familia, los amigos, la pareja, las buenas causas... También por el trabajo, porque si uno ama su trabajo, trabaja mejor y con más ganas, hace las cosas bien y hace sentirse bien.

Lo dice La Cabra Mecánica en una canción: “cuando vuelve el amor, como por encanto, todo el mundo parece más guapo y mejor”, aunque también “es más difícil distinguir al enemigo”.

La prueba es esta pintada que me he encontrado en la rotonda para coger la M 501 desde la M 40, la que ha hecho este tipo enamorado que se ha esforzado en pintar de rojo un corazón en el que dentro escribe “siempre juntos” y a su lado un "te quiero" y un "siempre estarás en mi corazón" (¡repetitivo el tipo! bueno, no iba a ser perfecto) y aún le quedan fuerzas para desear "que tengan un maravilloso día" a todos los conductores que se han molestado, en medio del atasco, en leer su muestra de amor.



29/06/2010 01:28 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.

Como si un nombre fuera una pista

Nos miramos a las afueras del parque una vez, dos veces; como dudando, casi a hurtadillas, hasta que me dices “yo te conozco” a través de la lluvia. “Yo te conozco” y me sonríes y me das dos besos y me informas de que te llamas Álex y te quedas tan ancho. Como si decir un nombre fuera una pista. Podría seguir haciéndome la despistada, disculpar mi falta de memoria, confiar en que tú tampoco sepas bien de qué me recuerdas, pero elijo el disimulo, vagamente creo que te conozco y te doy dos besos y también sonrío y te pregunto qué tal.

 

Habría sido más fácil confesar mi torpeza y pedir más pistas con disculpas, pero por no sé qué normas de urbanidad impuestas, finjo y espero a que me digas algo que me saque del laberinto. Sin embargo sólo respondes “bien, ¿y tú?”, así que antes de que nos quedemos en silencio me lanzo a contarte qué estoy haciendo a esas horas en el parque para llenar el suspense de palabras, para que no nos quedemos los dos mirándonos a los ojos y sonriéndonos como si acabáramos de descubrirnos y nos gustáramos, porque ahora comienzan a ponerse en marcha los recuerdos y ya sé de qué te conozco, claro que te conozco aunque sólo sea de una vez, de una noche y algunas conversaciones que no salen en esta conversación.

 

Entonces me dices que podría haberme pasado a ver a tu hermano, como si yo supiera quién es tu hermano y a qué se dedica, qué diablos, como si yo supiera acaso que tienes un hermano, que por lo visto no ha parado de firmar libros en toda la mañana en la Feria y me lo dices tan orgulloso, tan natural, dando por supuestos los sobreentendidos, y yo simplemente sonrío, la verdad es que me habría gustado conocerlo o al menos atreverme a preguntarte más, pero igual me alegro por él, por ti, nos damos dos besos, ha sido bonito habernos encontrado y nos despedimos y tú también sonríes, todo el tiempo sonríes y yo también te sonrío a ti.

Nunca es tarde para alejarte de lo que te hace infeliz

Leo sorprendida que durante el 2008 se divorciaron casi 13.000 españoles con edades cercanas a los 70 años y no puedo dejar de pensar en lo terriblemente infelices que debían ser esos ancianos para decidir acabar con su vida en pareja estando ya jubilados, aunque señala la estadística que precisamente ése es el motivo, que han descubierto que no se soportan ahora que pasan tantas horas juntos.

 

Dice el estudio que, en general, las mujeres buscan tranquilidad y los hombres, alegría para el cuerpo, pero en cualquier caso, admiro esa valentía de romper con el peso de la tradición y las costumbres a pesar de la cercanía de la muerte acechando en solitario, sobre todo porque conozco gente de mi edad que aguantan con sus parejas a pesar de no estar enamorados por rutina o porque no saben estar solas. Para mí, esa resignación sí que es triste, aunque muchos ni lo saben.

Aprendizajes de un viernes por la noche

Yo siempre he sido de las que piensan que un móvil tiene que servir básicamente para llamar por teléfono, pero ya que estoy dejándome llevar por el trepidante avance de las nuevas tecnologías y hasta me confieso usuaria de las nuevas funciones de radio, mp3, cámara de fotos, internet, televisión, GPS y juegos que traen incorporadas, digo yo: qué les costaría inventarse un dispositivo más. Reclamo la invención de los móviles con alcoholímetro incorporado.

 

Una función con la que tus amigos puedan restringir ciertos números de teléfono para que cuando pretendas utilizarlos para llamar o mandar un sms a altas horas de la noche, el móvil te diga: sí, bonita, pero primero SOPLA.

 

Sería de gran utilidad para evitar los arrepentimientos del día después, en los que ya es bastante difícil sobrevivir a la resaca. Se evitaría así que, en el calor de la noche que todo lo confunde, hagas una llamada intempestiva o mandes un sms digamos... inapropiado a tu ex, a ese amigo con el que quieres algo más o incluso a tu jefe (basado en hechos reales).

 

Y cuando se extienda su uso y avance la tecnología del dispositivo, también podría servir para evitar que le dieras tu número de teléfono a alguien con quien no vas a querer hablar con luz de día.

Cómo tratar a las princesas

Tras una tarde de café entre chicas, en nombre de mis amigas quiero mandar un mensaje claro y rotundo a los chicos: Si sois unos capullos, comportaos como tales. No nos tratéis como princesas para luego no volver a llamarnos, porque nos encariñamos y nos hacemos ilusiones, no lo podemos evitar. No nos importa que seáis unos capullos, pero no nos gustan los disfraces, nos gusta saber a qué atenernos.

Claro que entre nosotras también hay muchas lagartas despreciables que encima nos crean fama a las demás, pero el verdadero problema (para nosotras) no es que haya lagartas, sino que las lagartas siempre se quedan con los buenazos. Parece que a los buenazos les gusta que les traten mal, necesitan a una castigadora para tener el aliciente de seguir detrás de ella, lo deben ver como un reto divertido.

Admito que todo esto no son más que reflexiones superfluas y prejuiciosas, pero me quedé de piedra cuando, después de hablar de todo esto entre risas, nos ponemos a ver la película Orgullo y Prejuicio y me doy cuenta de que ya en el siglo XVIII el cortejo funcionaba igual, que el bueno de la película se pasa toda la cinta persiguiendo a una castigadora (aunque tenga buenas razones). Para bien o para mal, en el fondo del asunto, no hemos evolucionado nada.

27/02/2010 19:02 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.

El amor y la literatura

En algunas estaciones de trenes de cercanías de Madrid hay unas máquinas que venden libros envueltos en papel de plástico, como los sándwiches. Toda idea para acercar la literatura a todos los públicos y fomentar el placer de la lectura me parece loable por principios, pero el material que ofrecen al alcance de todos los públicos deja un poco que desear. Aquí va una muestra de los títulos que he ido apuntando en diferentes viajes:

 

  • Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes

  • Las 211 cosas que una chica lista debe saber: Consejos para el día a día. Éste debo confesar que lo hojeé días más tarde en una librería, porque me gustaría llegar a ser considerada una “chica lista” y los capítulos del libro no tienen desperdicio:

      • Cómo saber si un hombre te encuentra atractiva

      • Cómo hacer que parezca tuya una comida preparada

      • Cómo bailar con un hombre más bajo que tú

      • Cómo hacer café para un albañil

      • Cómo bajarte de un coche sin enseñar las bragas. (¡Pero el primer consejo que te dan en este capítulo es que deberías llevar ropa interior bonita siempre por si no funciona!)

  • Cupido es un pájaro borracho

  • Amores imperfectos: Cómo querer a los hombres tal y como son (que es como decir... ¡animalitos!)

  • Las cosas absolutamente predecibles que hacen los hombres infieles (¡todo en un libro por 8 euros!)

  • Mi novia: Manual de Instrucciones. Pero este libro ya está condenado al fracaso, porque en el subtítulo añadía: Cómo recuperar a tu ex novia o cómo recuperarte de ella.

  • Sexo para gente con poco tiempo y muchas ganas. Y por si no te has enterado de lo que va el libro, el subtítulo despeja dudas: El aquí te pillo aquí te mato de manera eficaz

  • La perfecta cabrona y los hombres

  • Yo te manipulo ¿y tú qué haces?

  • Cómo follar con todas

 

Lo peor es que la máquina tenía escrito un mensaje junto a la bandeja en la que se recogen los libros: “GRACIAS POR DEJARNOS ALIMENTAR TU MENTE”. Éso explica lo mal que está el mercado. Me espanta que éstas sean las ideas de las que se alimenta la mente de las personas con las que me cruzo por la calle, porque yo no creo en ese tipo de relaciones, yo no creo en ese tipo de amor.

Yo creo más bien en la filosofía que queda manifiesta en la frase que escuché en una película, en la que la protagonista había sufrido un desengaño y su amigo estaba consolándola, diciéndole que no merecía la pena sufrir porque no iba a ser feliz con un hombre que no veía en ella a una persona excepcional: “¿Cómo vas a ser feliz con un hombre que insiste en tratarte como si fueras un ser humano normal?”, de decía el amigo a la chica. Ése es el amor en el que yo creo.

Creo también en el amor que se tienen dos amigos míos, que llevan casados unos años y están esperando su segundo hijo. Creo en su amor sobre todo cuando ella le exige a él que la trate como a una reina, y él lo hace porque sabe que ella le trata a él como si fuera un rey.

19/02/2010 01:49 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.

“Mientras busco a mi media naranja voy comiendo mandarinas”

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Juro que no me pagan comisión, ha sido una casualidad que hoy me haya enterado de que se ha creado un grupo en Facebook de los que van comiendo mandarinas mientras buscan a su media naranja. El grupo no es nada desdeñable: hay más de 200.000 personas que se reconocen mandarinas a lo largo y ancho del mundo. Y me ha hecho gracia, quién no ha sido mandarina alguna vez, y no sólo para entretener la búsqueda de la media naranja, sino porque a veces es una sola mandarina lo que quieres.

Yo creo en los efectos beneficiosos que tienen las mandarinas, del mismo modo que creo en los efectos nocivos que puede provocar la búsqueda de la media naranja. Porque yo no creo en las medias naranjas y mucho menos en la existencia de una única media naranja que nos completa. Yo creo en las naranjas enteras, creo que todos somos (deberíamos ser) naranjas completas.

Si no estoy de acuerdo con la búsqueda de una media naranja es porque me parece que eso implicaría renunciar a la mitad de mí misma, no percibirme como una persona completa si no es en compañía de la otra persona. No quiero decir que nunca lo haya pensado, ni que nunca haya creído que la he encontrado, por supuesto que sí. Pero estoy racionalmente en contra de las medias naranjas, porque me parece que es lo mismo que darles la razón a todos los que, si dices que no tienes pareja:

a) te miran con pena

b) creen que eres homosexual y no te atreves a reconocerlo

c) piensan que has fracasado en la vida

Por eso me parece dañino creer que sólo estaremos completos, que sólo seremos felices, con esa otra media naranja, porque cuando confiamos en su aparición de entre la multitud, estamos depositando nuestra felicidad en esa otra mitad que está fuera de nosotros.

Yo creo en el amor que ilumina, que todo lo inunda, en el amor que te desborda, en un amor que añade para sumar, no en un amor que sirva para rellenar huecos. No creo que tenga que venir nadie de fuera a darte las cosas que te faltan, es un error buscar la felicidad en los otros, hacer que nuestra felicidad dependa de otros, porque además si no estás feliz contigo misma probablemente tampoco eres capaz de la entrega y la generosidad que precisa el amor.

 

En lo que yo creo es en las naranjas completas que ruedan a la par. En la pareja de naranjas distintas que en medio del camino, afortunadamente, se buscan, se encuentran y deciden avanzar juntas acompasando su paso, porque siempre es mejor la vida compartida.

 

Confidencias de tocador

Voy a dejarlo escrito de una vez por todas para que los chicos del mundo dejen de bromear y fantasear con un asunto tan serio: Es rotundamente cierto que las chicas no somos capaces de ir al baño de una discoteca si no es al menos de dos en dos. Tenemos múltiples motivos para ello que paso a detallar a continuación:

Primero (la razón que nos atrevemos a confesaros cada vez que nos preguntáis) porque siempre hay una cola espantosa de chicas esperando para entrar en el baño y necesitamos entretenimiento.

Segundo (también os daremos esta razón si no os convence la anterior respuesta) por motivos puramente prácticos: a priori, necesitamos a alguien de confianza al lado para que nos sujete el bolso y la copa, para que nos preste kleenex o para que haga guardia en la puerta si no cierra, y a posteriori, para que nos diga qué tal nos queda el vestido, nos arregle el maquillaje, nos preste el pintalabios, etcétera.

Tercero (lo que nunca nos atreveremos a confesar en voz alta) porque de camino al baño aprovechamos para observar cómo está el mercado para hacer fichajes y es conveniente a altas horas de la noche tener una segunda e incluso tercera opinión.

Ahora viene la razón más importante, que voy a soltar a bocajarro aún a riesgo de ganarme enemigas: la mayoría de las veces es mentira que nos entren ganas de ir al baño a la vez. Es sólo una excusa para cotillear sin tanto ruido y sin chicos cerca. O una huida para dar esquinazo al ligón de turno. O un complot de todas las que se han ido al baño para dejar a solas a la amiga con el chico que le gusta, al que lleva un rato (o meses) rondando esperando a que se tercie la Ocasión, con mayúsculas. Claro que si finalmente se conjugan favorablemente los astros y la Ocasión se tercia, será necesaria una segunda expedición al baño con la susodicha para que se desahogue ella y nuestra curiosidad, que un sábado por la noche no tiene límites.

Dichas todas estas verdades, ha llegado el momento de reconocer también públicamente que se han dado casos de especímenes del universo femenino que han sido capaces de ir solas al baño de una discoteca, pero en la mayoría de los casos de estudio se ha observado una tendencia a entablar relaciones interpersonales en el propio baño, fuera del ámbito de amistades con el que comenzó la noche. Está demostrada la capacidad de las féminas para entablar relaciones de amistad lejos de la manada. Prueba de ello son las miradas y sonrisas cómplices de las que esperan, las conversaciones banales que se mantienen en los instantes previos a alcanzar la puerta de nuestros deseos y la generosidad con la que responden a las que se atreven a pedir a una desconocida un pañuelo de papel, entre otros gestos observados destacables.

Pero siempre hay mujeres que se salen de la norma, seres excepcionales que han sido capaces de llegar más allá. Ayer sábado, sin ir más lejos, fui testigo presencial de un prodigioso enaltecimiento de la amistad. Desde sus orígenes hasta sus más altas cumbres, observé que es posible pasar de 0 a 100 en el tiempo que tardan tres chicas en entrar en el baño.

El surgimiento y desarrollo de una amistad a veces experimenta procesos insospechados. Comprobé que mi objeto de estudio fue capaz realizar una transición de pensamiento a una velocidad inaudita, pasando de pensar “esa chica que está detrás de la puerta es una completa desconocida, su cara no me suena absolutamente de nada y creo que ni siquiera mañana seré capaz de recordarla” hasta llegar a decir “tía, pero qué maja eres, te quiero un montón, me has salvado la vida, ven que te doy un abrazo”.

La abrazada en cuestión era una chica que mientras estaba detrás de la puerta del baño porque ya le había llegado su turno, escuchó los lamentos de la que posteriormente sería su abrazadora y, en un arranque de solidaridad femenina con pocos precedentes, se dispuso a obligarla a dejar de llorar, ofreciéndose a presentarle a siete chicos que estaban pululando junto a su grupo de amigas, porque seguro que alguno de los siete conseguía que ella se olvidara del que le provocó las lágrimas. La efectividad de la vieja técnica del clavo que quita a otro clavo quedó fuera del objeto de este estudio.

De qué estará hecho el amor

En el cuento infantil Enamorados, de Rebeca Dautremer, la protagonista intenta averiguar qué es estar enamorada, pero sus amigos tampoco saben “qué es esa cosa morada”. Sé reconocer el amor y diferenciarlo de otros sentimientos, pero no alcanzo a entender por qué no sientes esa cosa morada por alguien a quien te unen muchas afinidades y en cambio no puedes evitar sentirlo por quien tienes mil motivos para alejarte. El corazón tiene razones que la razón no entiende, que dicen. Razones de las que no se pueden negociar.

 

Yo lo reconozco, me enamoro de todas las personas a las que admiro. No puedo evitarlo, dure la admiración cuatro meses o el tiempo que tarda en acabarse una canción. La cosa es cómo conseguir que se prorrogue en el tiempo y que se mantenga intacto tras el choque con la cotidianeidad, pero ahí volvemos a lo mismo, a las razones que no entiende la cabeza, ésas que hacen posible que un mal gesto fortalezca el sentimiento y te reafirme en el amor en lugar de comenzar a desmoronarlo. Pero estoy con Sabina, cometemos un error si aspiramos a encontrar la relación perfecta: “que no te vendan amor sin espinas”.

El camino más corto entre dos puntos es la línea recta

Me cuentan que en una discoteca, un grupo de chicos se acercó a uno de chicas para preguntar: "¿alguna de vosotras quiere rollo con alguno de nosotros?". Me siento muy poco joven escribiendo esto, pero de verdad me he quedado impactada, por lo visto es algo habitual. Yo me quedé en cuando un chico se te acercaba sin mediar palabra para preguntarte "¿quieres rollo?". Ya me parecía una vulgaridad, pero al menos ese "interés" era personalizado. Y no es que esté en contra de los líos de una noche, qué va, es sólo que creo que se puede hacer con un poco más de... elegancia quizá.

Pero tampoco me gustan los que marean la perdiz, los que van de intensos y se creen que tienen más probabilidades de éxito disfrazándolo de lo que no es, ésos que se te acercan diciendo que se han enamorado al verte pasar, ¿por quién te toman? y ¿qué se creen que es el amor? o ¿por qué necesitan invocar al amor para decirte sencillamente lo que pasa: que te ha visto y le has gustado? A cada cosa por su nombre, sin perder de vista que lo que tienes delante es una persona, con la que te apetece pasar un rato, sin más.



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