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Alguien que anda por aquí

Más alta y más rara

No hablo de mí, sino de ella: más alta y más rara la música que me pide el cuerpo ahora escuchar, al compás de mis pensamientos.

Más alta para que no se escuche otra cosa, más rara para que no tenga ni tentaciones de cantarla mientras voy a 120 por la carretera, porque llega un momento en el que a una le parece que hasta las canciones de Alaska hablan de mí.

Una de despedidas

Me enternecen los adolescentes, con sus inofensivos quebraderos de cabeza. Esta mañana iba en el cercanías (“porque en Madrid no hay lejanías, hay Cercanías”, me encanta ese irónico eslógan) escuchándome el audio de una entrevista y se me han sentado en frente dos adolescentes con problemas, como todos los adolescentes. No me he quitado los cascos para disimular, pero estaba entregadísima a su conversación.

Resulta que una de ellas estaba “sssupertriste tía porque le había dejado su chico, ¿sabesss? Y encima por mail, tía, ssssuperfuerte, ¿tú te crees? joder, es que no sé, es que no me lo explico, o ssea, pero ¿de qué va? es que ni que tuviéramos 13 años tía, ¡que ya tenemos 17, joder!”, lloraba ella altamente indignada.

- ¿Pero qué me estásss contando tía, pero qué ffffuerte, o sea, pero essse tío de qué va? ¿por mail? O sssea, es que no me lo creo: NO me lo creo.

- Ya vesss, tía, sssuperfuerte, joder, es que essstoy fatal, o sea, ess que no me lo esperaba para nada, para nada, o ssea, para nada, ¡es que aún estoy flipando!

- ¿Peroooo y qué te dice, tía, o ssseaaaaaa... qué explicación te ha dado?

- Pues nada, yo qué sé, tía, lo de sssiempre, o sssea, que está fataaaaal, bueno, que me pide un tiempo porque está hecho un lío, ¿ssabes? ¿Pero tiempo de qué? ¿para qué, sabesss? Si total, eso es lo que dicen todos, o ssea que no es por mí, ¿sabesss? Que es que yo siempre le he tratado superbien, tía, y es verdad, que es que yo me he entregado mazo, ¿sssabes? Que siempre ahí a muerte con él, con sus paranoias, ¿sabesss? O ssea yo ahí ssiempre ssuper maja ¿sabesss? para que me haga esto, fatal, tía, una mierda, o sseaa... fatal, que ya no te puedes fiar de nada para nada.

- ¡Pues eso es lo que te pasa! Que es que no hay que ir de buena, tía, que te lo tengo dicho, ¿sabess? Que eso está más que comprobado, que a los tíos lo que les mola es que les den caña, ¿sabess? O ssea.. sí, yo qué sé, es lo que les va, ahí que te portes fatal y entonces están ahí comiendo de tu mano, ¿sabess? mira la Jenny, joder, que es una zorra y tiene al Peter assí, ¿sabess? Pero asssí, que esstá que no caga por la Jenny. Pero tú, nada, puess aprendes de ésta, ¿sabesss? Y que le jodan, ¿sabesss? O ssseaa... que él se lo pierde, joder, ¡con lo que tú vales! ¿dónde va a encontrar a otra piba como tú? ¡vamos hombre, que le den!

Entretenidísima he estado todo el viaje, ya os digo. A puntito de meterme en su conversación recordando esos otros casos conocidos de aquél que se fue un barco y no volvió (pero está vivo), o el de aquél que destruyó su “amor” de la noche a la mañana, pero de-la-noche-a-la-mañana, es decir, por la noche ellos estaban presuntamente enamorados y por la mañana él cogió la puerta, dijo: "perdona" con cara de pena y se fue.

En el mismo saco están todos aquellos que cortan la relación por sms, dejando sonar el teléfono indefinidamente y lo que te rondaré morena, seguro que hay alguna que se ha enterado de su soltería porque le ha llegado un mensaje de la compañía telefónica informándola de que ya no está duada con el número de su novio.

Aún no he conocido ningún caso real de uno que termine una relación dejando una despedida en un posh-it, como en ese capítulo de Sexo en Nueva York, pero sí me han contado algo más escandaloso: el caso de una chica que se enteró de que ya no tenía novio porque vio que él cambió su estado de Facebook de “en una relación” a “estoy soltero”.

El día que me propusieron que...

Me llama por teléfono a las seis de la tarde un hombre -Miguel me dice que se llama-, me dice que me ha visto y que me quiere hacer una propuesta. Lo dice riéndose por lo bajo. Un poco rara, me dice que es la propuesta, que él tampoco sabe muy bien de qué va, pero que si estoy dispuesta. Y yo sí, bueno, adelante, me pica la curiosidad.

Me dice que me ha llamado porque cumplo los requisitos, que doy el perfil, y noto que se sonríe al otro lado de la línea. Empieza con las preguntas personales: ¿estás disponible? ¿tú te mueves mucho? ¿qué día te puedes pasar por aquí?

Es algo que no he hecho nunca pero me lanzo porque le conozco, le he visto sólo en un par de ocasiones pero siempre me ha tratado bien. Es eficaz. Siempre responde como yo espero. Hasta ahora nunca me ha decepcionado, me fío de él. Además es agradable y siempre se ríe conmigo. Aunque yo vaya a resolverlo todo lo más rápido posible, él se toma su tiempo, lo hace bien.

Me promete algo y sé que lo cumplirá, aunque estoy dispuesta a aceptar de todos modos. Lo que me promete es una recompensa, dice. No sé cuál, no puede explicármelo, yo sólo tengo que seguir unas simples indicaciones. Parece fácil, a ver si lo es.

Es algo innovador, como ir con un duende por la calle y que todo el mundo se te quede mirando, como entrar con un duende en los bares y ver que todos quieren hablar con él, algo que también he hecho por primera vez hoy.

Frente al olvido, el silencio

En el tiempo que yo tardo en encender el ordenador, teclear la dirección de este blog, meter mi contraseña y escribir estas líneas, en algún lugar del mundo, un niño se ha muerto de malaria.

En un año, más de un millón de personas se mueren de olvido. Porque sufren enfermedades en las que nadie investiga, porque nadie llega a sus aldeas con los tratamientos, porque a menudo la distribución de medicamentos genéricos se bloquea por acuerdos comerciales, me cuentan en la exposición “Voces contra el olvido” que Médicos sin Fronteras ha instalado en el Centro Municipal de las Artes de Alcorcón.

Los funerales en África son muy ruidosos. La gente canta, baila y llora a gritos durante varias noches. Desde que los cooperantes distribuyen pastillas contra la malaria, han conseguido que en las noches africanas reine el silencio.

Remedio para melancólicos

Remedio para melancólicos

Cada vez que se sentía triste, el Principito movía su silla hacia el lado de su pequeño planeta desde el que se veía la puesta de sol. El remedio para melancólicos que aconseja Ray Bradbury es tumbarse "como una maceta de lirios" a la luz de la luna, porque el plenilunio es "un color sereno, una caricia reposada que modela delicadamente el espíritu, y también el cuerpo".

Por culpa del teléfono estropeado

Por culpa del teléfono estropeado

Con estas pintas que llevaba el sábado en la fiesta de Halloween tenía que haberme presentado esta mañana en la comisaría de la Policía Nacional de Alcorcón, para que no me pasara lo que me ha pasado. Que me han hecho estar sentada en una silla incomodísima esperando, esperando, esperando, esperando mirando al suelo para volverme a ir una hora después igual que como había entrado.

A veces es verdad que se gana más por las malas que por las buenas, pero si tienes escrúpulos no te quedas igual de conforme, así que esta mañana no he protestado, no he sacado a la niña satánica de la que me disfracé el sábado.

Será que afortunadamente me estoy haciendo mayor, ya intento no sacar la katana por causas perdidas. Cultivar el arte de la paciencia, dejarlo correr. Hablando se entiende la gente, que dicen, pero precisamente eso es lo que no ha pasado hoy, que sí he estado hablando pero no ha habido ningún entendimiento. He estado jugando al teléfono estropeado sin saberlo, y malditas las ganas que tenía de ponerme a jugar, madrugar y llegar hasta Alcorcón para hacer mi reportaje, en un día de fiesta en el que todos con los que tenía que trabajar no estaban trabajando.

Lo bueno de todo esto es que me he dado cuenta, volviendo en el coche, de que no estaba enfadada. No merecía la pena estarlo; no he perdido fuerzas en protestar. Ya estaba perdida la mañana, ya no podía hacer nada para remediarlo, no valía la pena estropear además mi estado de ánimo.



Cuestión de matices

A mí me encanta hablar, pero no me gusta nada tener que hablar.

Ser bueno está infravalorado

“Ser bueno está muy sobrevalorado”, dice el lema de la película infantil Gru, mi villano favorito, pero yo creo que no, que ni siquiera está suficientemente valorado ser buena persona en esta sociedad que premia a los excesivamente competitivos, a los listillos, a los pelotas, a los que no tienen escrúpulos y las cosas les salen bien.

Tanto, que nos sorprende encontrarnos en nuestro camino con gente que haga las cosas bien porque sí, por bondad intrínseca, sin darse siquiera cuenta de ello, sin presumirlo, sin esperar nada a cambio, como debe de ser.

Tanto, que a menudo se asocia ser bueno con ser tonto, que a veces incluso tenemos miedo a definir a alguien como “buena persona” por miedo a que se malinterprete y lo suavizamos con un “es buena gente”, que eso sí lo entiende todo el mundo como una virtud.

“Tened en cuenta que el trabajo y las buenas personas, como siempre, serán premiados”, escribe quien fue mi jefa en un correo electrónico. Lo leo y me alegro de que haber trabajado para alguien que tiene esos valores, me alegro sobre todo de que siga pensando así a pesar la injusticia por la que acaban de echarla: era su mail de despedida.

No es oro todo lo que reluce

Qué mundo este, no te puedes fiar ni de los cereales. Me lleno un bol pensando que voy a tomar una cena sana y descubro que tienen casi las mismas grasas y azúcares que un donut chocolate fondant, y están menos ricos. Eso sí que son falsas apariencias. Esto me pasa por no seguir mis instintos.

Cosas que he hecho hoy

Ver amanecer sobre Madrid sin su nube de contaminación, enterarme de que Móstoles tiene un edificio "que se comporta como un organismo vivo", poner a bailar a un león y una jirafa, rescatar a un hombre del frío y el olvido, rascar una estrella azul con olor a fresa ácida, meter una y otra vez a un zorro en su madriguera, escuchar emocionada la primera palabra de tres sílabas que pronuncia mi sobrina.

Después de haber estado jugando las dos con una marioneta, me ha seguido por toda la casa, se ha plantado en el medio del pasillo, se ha quitado el chupete, ha gritado: "¡¡E-LE-NA!!" y con una sonrisa, achicando los ojos, se lo ha vuelto a poner.

Siempre que lluevas sobre mí

La verdad es que no tengo muy buena memoria para las fechas, los nombres ni los datos útiles, pero los versos se me quedan con mucha facilidad. Hay palabras que escucho una sola vez y se me quedan latiendo siempre dentro, permanecen en algún rincón oculto flotando aletargadas y salen a relucir una noche como ésta para definir en una sola frase -que escuché hace años a un contador de historias- lo que hoy estoy sintiendo:

"Cada vez que lluevas sobre mí, los paraguas de mi corazón permanecerán cerrados".

Mujeres suicidas

Tenemos que amar más la vida, aprender a huir del masoquismo en las relaciones de pareja. Parece una perogrullada, pero no es fácil llevarlo a la práctica. Hay que evitar los casos claros de suicidio, y para eso nada mejor que tenerlos identificados. Después de una larga sesión nocturna lamiendo y hurgando heridas entre risas en la cocina, mis amigas y yo hemos concluido que es suicida enamorarse de:


Hombres casados, bohemios que pisan las nubes, homosexuales, chicos con síndroma de Peter Pan que tienen miedo al compromiso, exnovios de los que salimos escarmentadas, egocéntricos que no ven más allá de su propio ombligo, picaflores que nunca apostarán por una relación seria.

 

Hay que alejarse también (amorosamente hablando) de ése que quiere ser tu amigo, porque va a poner todo su empeño, como su propia clasificación indica, en ser tu amigo. Y nada más, ahí es donde viene el batacazo, la relación no va a evolucionar hacia otra cosa. No eres su tipo, asúmelo. Terminarás siendo una pagafantas, un hombro en el que llorar o su compañera favorita para ir de compras y probablemente además le acabe gustando una de tus amigas, sobre la que encima le tendrás que aconsejar.

 

Tampoco hay que fijarse en alguien que acaba de terminar una relación, porque lo que necesita no es otra novia sino una tirita, el famoso e injusto clavo que saca a otro clavo. Si te gusta de verdad, deberás alejarte y esperar a que otra sea la tirita o lo pasarás mal. Sobre todo si ha sido él el dejado, hay que respetar los tiempos de duelo.

 

Tenemos que procurar huir también de los atormentados. Este caso es raro, porque con ellos nos suele salir un imparable afán de protección, cuando supuestamente son ellos los protectores. Con los atormentados, nosotras siempre creemos que vamos a ayudarles a salir del bache, que con nosotras estarán felices y cambiarán.

 

En realidad ése es el problema de todas las relaciones abocadas al fracaso, que siempre creemos que con nosotras van a cambiar. Que no nos gusta cómo son y tienen que cambiar. Parece que nos encanta suicidarnos, no podemos evitar pensar que con nosotras va a ser distinto. Aunque todos los de alrededor nos lo adviertan, aunque nosotras mismas tengamos ya experiencia en suicidios.

 

Porque, claro, ¿qué pasa con estos tipos de hombres? Los atormentados, los bohemios, los picaflores, los peterpanes ¿nunca van a poder tener una pareja, nunca van a cambiar? Ah, sí, tarde o temprano cambiarán porque les cazará una lagarta, y entonces los sentimientos del cazado serán lo suficientemente fuertes como para provocar el cambio sin que se den cuenta. Y nosotras querríamos ser -siempre nos vamos a ver- como la que fue capaz de domesticarlos.

 

La solución, me apuntan por aquí, es ir con el cianuro por delante, ser nosotras las que llevemos la iniciativa y darles caña para que beban los vientos por nosotras, porque es eso lo que les gusta. Pero la que me lo apunta no sabe ser así. Es una suicida convencida que no tiene aptitudes de lagarta.

 

La solución no es entrar en ese juego dañino que criticamos, sino ir poniéndole límites a nuestra parte suicida para dedicarle tiempo y esfuerzo a los que de verdad lo merecen y no a quien nos va a hacer sufrir. Pero claro, el corazón tiene razones que la razón no entiende, no eliges de quién te enamoras, no es fácil decidir de quién es bueno enamorarse y de quién no.

Que la realidad no corrija la imaginación

Que la realidad no corrija la imaginación

Me dice un amigo que está en Canadá de vacaciones que las famosas casas de azúcar que ha ido a visitar, contra todo pronóstico, no están construidas a base de terroncitos de azúcar, sino que el nombre se debe a que en ellas se fabrica el jarabe de arce. Por qué tendría que decírmelo. Es como desmentir que las nubes tienen formas de elefantes o de cocodrilos.

Cada mañana

"Cada día

me convierto en mis ojos

soy las cosas que escucho

como el hombre que tiembla es

una parte del frío"

(Benjamín Prado: Todos Nosotros)

Si sol adentro, sol afuera

Lo primero que veo al entrar en casa es a Espinete saludándome desde el recibidor, como quien tiene un perrito que se sube a sus rodillas. Cómo no entrar con una sonrisa. Es uno de los encantos que, para mí, aparte de las vistas, tiene nuestro piso ya por fin definitivamente sin cajas: que todo guarda un cierto desorden estudiado, orden de objetos deliberadamente fuera de contexto, de época y lugar.

Muñequitos de Playmobil encima de la tele, Pin&Pon en el baño, un huevo encima de la TDT, sillas de terraza en el cuarto de estar, un despacho inservible en la mesa de comedor, árboles, flores y plantas dentro de la casa y ninguna fuera en terraza, tantos cojines en el sofá que parece un dormitorio. Nos gusta así.

Todo esto viene a que mis compañeras quieren poner pimientos en el salón, para seguir con nuestro improvisado fluir de desorden, y aunque no me gustan demasiado los pimientos ni sus expresiones asociadas, con esa excusa ya me parece bien.

Al fin y al cabo, hay que guardar la coherencia de las cosas, hoy justamente una amiga terapeuta acaba de decirme que es sumamente importante que nuestra alma tenga una buena ubicación exterior. Que eso de cambiarme tres veces de piso en un año me debería dejar tocada. Que influye mucho más el contexto externo en nuestra estabilidad de lo que nos creemos.

Es cierto que yo, en determinados momentos del pasado, cuando no podía ordenar mi vida, ordenaba cosas. Pero ahora, aunque me importa y me influye el contexto externo, prefiero trabajar en el interior, porque creo que es mucho más certero el dicho de que si sol adentro, sol afuera.

Una rata me enseñó a patinar

Cuánto miedo nos dan las cosas que luego se quedan en nada. Lo hablaba hoy con una amiga recordando el miedo que me daban las rotondas y el tráfico feroz de Madrid cuando empecé a conducir, aquella vez que me cerraron la M 40 de madrugada después de una jornada laboral agotadora y no supe qué hacer para volver a casa, porque era el único camino que conocía y no había nadie a quien llorar al teléfono para que me diera indicaciones.

A punto estuve de dejar el coche en cualquier lado y coger un taxi, pero me dio miedo esperar a que pasara uno sola en medio de un páramo asfaltado. Me sentía más segura perdida dentro de mi coche, tenía gasolina de sobra para dar vueltas por Madrid indefinidamente, y al final llegué, una hora más tarde, cuando conseguí apagar mi histeria preguntando a los transeúntes que había en la calle a esas horas: basureros, dependientes de gasolineras, obreros nocturnos, insomnes paseantes de perros.

Ahora soy una macarra al volante más, ya no queda prácticamente nada de aquel miedo, aunque tengo otros, los miedos siempre son renovados. A menudo de mayores nos dan miedo por ejemplo las polillas, olvidando que de pequeños cogíamos bichos con las manos, los guardábamos en cajas de cartón agujereadas o en frascos y nos pasábamos las horas muertas observándolos. Se suele decir que los miedos son irracionales, que no atienden a razones lógicas, pero no hay nadie más irracional en sus pensamientos que los niños, por estar más apegados aún a sus instintos, tener menos reflejos aprendidos y menos normas de urbanidad impustas, y ellos no tienen miedo. Son inconscientes, solemos decir.

Yo era de las que cogía grillos de pequeña, y no me daban el asco que me dan ahora. En lo que no he cambiado es en la repulsión a las ratas, a pesar de que a mí una rata me enseñó a patinar. Literalmente, en serio. Teníamos una casa con huerto por aquel entonces, y yo estaba aquella tarde en los alrededores con mis patines nuevos, pegada a la pared, moviéndome a la velocidad de un caracol lento. Debía de tener unos siete años y un miedo feroz a caerme y hacerme daño. Pero me daban más miedo las ratas, por eso, en cuanto me pareció ver un rabo largo y grisáceo que se movía entre las lechugas, me eché a correr despavorida. Fue en el momento de llegar sana y salva a casa y contarle a mi madre que había visto una rata en el huerto, cuando me di cuenta de que estaba contándoselo de pie, tranquila y triunfalmente apoyada sobre ocho ruedas.

Nos vemos en los bares

Porque en los bares nos podemos encontrar nueces que piensan, mueslis que no, besos de ardilla, pinochos, peterpanes, tristes de la vida, demasiados aspavientos al otro lado de la barra y a este lado extraterrestres que quieren llamar a casa (nach hause telefonieren). Como dice Ismael Serrano, "en los peores bares, a las peores horas, te encuentras a la mejor gente". De eso sí estoy segura, de que estaba con la mejor gente, formales o aún no.

 

Falsas apariencias

Así se llama la película infame que me ha hecho perder quince minutos de mi vida este fin de semana. Un bodrio abominable con Bruce Willis, Matthew Perry y Rosanna Arquette.

Vale que la cosa no prometía demasiado desde el reparto, pero estábamos en día tonto y buscábamos algo ligero como alternativa a la finalización definitiva de la mudanza.

Mira que yo soy de las que creen que cualquier película, cualquier libro puede valer la pena, que de todo se puede aprender algo, aunque sólo sea cómo no se deben hacer las cosas, pero a esta película no le di más de 15 minutos de oportunidad. No había necesidad de seguir sufriendo.

Hay demasiadas películas en este mundo que aún no he visto o que merece la pena volver a ver como para perder el tiempo viendo a Rosanna Arquette burlándose estúpidamente de Matthew Perry, que tiene miedo del capo de la mafia refugiado en su vecindario que es Bruce Willis. A la hoguera con ellos.

Apagamos el dvd y afortunadamente salió en la televisión Incautos. Llevaba tiempo queriendo volver a ver esa película, así que fue un regalo encontrármela de pronto en televisión. Brillantes los actores, la dirección, el montaje, la trama. Incautos sí que es un peliculón que requiere varios visionados, Incautos sí que es una excelente película sobre las falsas apariencias, y no esa americanada que encima tiene una segunda parte: “Más falsas apariencias”.

Y yo me pregunto: ¿Los que hacen películas malas saben que están gastando una pasta indecente en hacer películas malas? Con el mismo tiempo, personal y dinero se puede hacer algo mejor, seguro. ¿No se dan cuenta? Me estoy refiriendo a las películas realmente muy malas, las insípidas; no es que vaya de intelectual y quiera ver cine de culto a todas horas, creo que hay momentos para cada cosa e incluso me gustan las películas pastel, también a menudo las tontas y las previsibles. Son, creo, necesarias para los días que tienes el encefalograma plano, definitivamente cumplen una labor social.

Mucho más grave

No es ya el trauma de tener el carné joven jubilado desde hace años y canas prácticamente desde que alcancé la veintena; dependientas que quieren venderte cremas contra las "líneas de expresión" (a mí, que estoy a favor de las arrugas) o ver que prefieres salir de cañas a entrar en discotecas; ni siquiera es que los niños ya siempre me traten de usted. No, la cosa es mucho más grave. Esta mañana una señora se ha dirigido a mí llamándome SEÑORA, y esto ya es insuperable, no hay nada que te pueda echar más años encima que el hecho de que una señora te llame "señora", que las señoras te reconozcan como una de las suyas.

¡Viva Montesquieu!

Si la política está mediatizada porque los políticos gobiernan a golpe de titular y han convertido los medios de comunicación en su campo de batalla, si los medios de comunicación están politizados porque ya ni se molestan en disimular de qué pie cojean, si muchos se empeñan en judicializar la vida política y ahora todo el mundo habla también de la politización de la vida judicial pero en realidad todos sabemos que al final el que manda es el poder económico, ¿podemos decir ya que ha quedado obsoleta la separación de poderes que pregonaban los antiguos pensadores de la Ilustración?