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Alguien que anda por aquí

No hay tiempo que perder

A veces me consuelo con aquella frase de Horacio que decía que hay que perder la mitad del tiempo para poder aprovechar la otra mitad, pero generalmente no, generalmente me da mucha rabia perder el tiempo. Por eso me maquillo en el ascensor, aprovecho los trayectos para hacer llamadas o hablo por teléfono mientras cocino o tiendo la ropa. También por eso odio los atascos, e intento aprovecharlos para pensar y escribir líneas para este blog.

 

Pero las palabras que hoy he escrito me han salido torcidas, ruidosas, violentas, rezuman mala leche por los cuatro costados. Miro la hoja garabateada en un semáforo en rojo y me doy cuenta de que no quiero publicar eso, que no puedo dejarme contagiar así por la violencia del tráfico de Madrid.

 

Ya que he conseguido no pitar a ese imbécil que está parado en doble fila mirando la vida pasar desde la ventanilla con cara de nada, tampoco voy a vociferar aquí. Los pitidos son contagiosos, pero no sirven de nada, ni siquiera de desahogo. Ya lo decían los chinos: si tiene solución, por qué te preocupas, y si no tiene solución, por qué te preocupas. Así que decido no preocuparme aunque no me guste llegar tarde a los sitios porque voy a llegar tarde de todos modos, y mejor no llegar agobiada y de mal humor. Ya van a tener que soportar mi retraso como para encima aguantar malas caras.

 

Es lo mismo que pretendo conseguir por las mañanas; soy dormilona pero me he dado cuenta de que no merece la pena quedarse remoloneando en la cama. Conseguir diez minutitos más de sueño no sirve para tener menos sueño, es mejor emplear ese tiempo en vestirme con calma, desayunar tranquilamente o no tener prisa en salir de la ducha. Así se puede empezar bien el día, sin agobios, ganando calidad de vida en esta ciudad frenética que le da la razón al filósofo estadounidense Will Durant, cuando decía: "ningún hombre con prisa puede considerarse civilizado".

El misterio del olor que viene y va

“Hueles a colonia de maromo”, me dice mi compañera de piso desde la puerta de la cocina. Yo estoy sentada a la mesa tomándome tranquilamente un café y la frase me sobresalta. Me río primero, porque me hace gracia, y luego me pongo a pensar. No he tenido a ningún maromo hoy a menos de un metro de distancia. Mi ropa no se la ha puesto ningún chico. Por supuesto, me he duchado esta mañana, pero ni siquiera me he echado colonia o crema corporal (que en cualquier caso sería femenina, de eso estoy segura).

 

“Me ha venido una ráfaga”, insiste ella todavía desde la puerta, “¿no lo hueles tú?”. Sugestionada, me quito la chaqueta que llevo puesta y al olerla de cerca no, pero al volver a ponérmela me viene, efectivamente, una ráfaga a colonia de hombre. Me la vuelvo a quitar y ya no, no huele ni siquiera a suavizante, sólo huele a chaqueta de punto azul, o sea, que no tiene olor: la colonia de maromo sólo está en nuestra cabeza.

 

Qué cosas. Será el poder de la mente, el mismo que origina el efecto placebo, el mismo que hace que veamos platillos volantes donde sólo hay luces, el mismo que vende esa filosofía de las cosas son de quien las desea con fuerza y que hay que proyectar lo que quieres que te pase, o será que yo tengo habitualmente la mente en blanco y soy transparente, porque anoche mismo un mago adivinó el animal que precisamente yo estaba pensando.

 

El que avisa no es traidor

Así que no quiero reproches. No es la crisis del escritor con pánico a la hoja en blanco. Ya dije que estaba de mudanza y que entre cajas es difícil encontrar la calma que necesito para escribir. He tenido un comienzo de otoño bastante complicado, aún tengo no sé cuántas cajas sin abrir y he perdido muchas tardes de tiendas, con lo que yo odio ir a comprar; tanto que en una de ésas, encerrada en la ratonera que es el Ikea, estuvimos a punto de comprar un escritorio como mesa de cocina, hartas ya de tanto mirar.

Los refranes siempre dicen la verdad, así que no soy una traidora. Pero sí una vaga, claro que es una vergüenza que estemos a día 12 y tenga cuatro tristes entradas, cuando mi propósito de año nuevo era escribir siquiera una línea cada día, que todos los días de este 2010 tuvieran algo que contar. Ah, pero eso sí lo he cumplido; todos los días he tenido historias que contar. Lo saben los que han estado cerca, los que quieran saber, que esperen, que en algún momento se abrirá esa puerta.

Ordeno y mando

Detesto ordenar, pero hay que ver qué gusto da ordenar. Me quita hasta el sueño. Cuando me entra la furia ordenadora, descubro feliz un lugar perfecto para cada cosa y encuentro cosas que no sabía que tenía y me doy cuenta de que hasta me sobra espacio y le doy la razón a mi madre, que siempre dice: “¿cómo no va a caber?, bien ordenado, todo cabe”.

Así voy poco a poco deshaciendo el desbarajuste de la mudanza, cogiéndole gusto al orden, retomando el mando de mi vida, quién sabe si esta es la misma base de los que le cogen el gusto al poder y la escalada de orden ya es imparable.

Cómo no levantarse de buen humor

Cómo no levantarse de buen humor

Cómo no levantarse de buen humor si esto es lo primero que veo cuando abro los ojos, porque yo nunca bajo las persianas. Mi principal requisito cuando nos pusimos a buscar piso era que la casa tuviera luz porque yo la necesito para vivir, como las plantas para hacer la fotosíntesis. A veces la realidad supera nuestros deseos. La primera vez que volví a casa después del trabajo, pensé que me había dejado la luz encendida porque no era normal la claridad que había dentro del piso, pero ¡ah, no! era el sol.

"Algo nos está pasando

desde que la gente está empeñada

en quererse amar y en poder vivir.

Algo nos está pasando

ayer apreté el interruptor de encender la luz

y encendí el sol", que cantaba Silvio.

 

Hoy es un día de esos

Hoy es uno de esos días en los que ya no tengo fuerzas ni para teclear. Me he pasado toda la tarde peleándome con la vida que había debajo del sofá, peleándome con mi ordenador que ha decidido hoy morirse, peleándome en silencio con los que se quedan mirando a las musarañas en doble fila.

He perdido la tarde también haciendo viajes con cartones para el contenedor, bolsas para la basura, cajas para la nueva casa (¿de dónde salen tantas cosas? ¿acaso se están reproduciendo de tanto esperarme en el pasillo?), preguntándome de dónde salen tantas pelusas, cómo se originan, por qué deciden reunirse todas en los rincones, de qué hablan en esas reuniones, etcétera.

He estado, como podéis suponer, muy dispersa, quizá por eso he tardado tanto en acabar de irme de la casa verde. Tanto que ni siquiera me he despedido, ya ni me da pena, soy una convencida infiel con la casa blanca. 

Así que no me quedan ya fuerzas. Tengo, eso sí, ideas de sobra dándome vueltas por la cabeza. Podría quedarme aquí un rato compartiéndolas, pero tengo a un ser humano respirando aquí a mi lado, deseando que apague la luz y que me duerma.

 

En ocasiones veo cajas

En ocasiones veo cajas

Concretamente 30 cajas rodeándome ahora mismo, 27 cerradas, cuatro maletas, siete bolsas y no sé cuántos bultos más.

Ni siquiera aún está todo dentro de la nueva casa, y aún quedan los trámites más engorrosos que conlleva todo cambio de domicilio. Y no me refiero sólo los engorros burocráticos (que ya sabéis que detesto porque yo he nacido para ser marquesa) sino a lo que para mí es más difícil de las mudanzas: encontrar un nuevo sitio para cada cosa, aprender a llegar rápidamente a la nueva casa, acostumbrarse a los nuevos vecinos (ya he conocido a dos hoy, un matrimonio muy simpático ("del 7ºA, tanto gusto") que están "para lo que se ofrezca" y un niño estúpido que me ha llamado "abuela", aunque rápidamente ha logrado evitar que comenzara a cavar su tumba, porque cuando le he preguntado me ha echado 26 años).

Pero sobre todo, lo que más me cuesta de las mudanzas, lo que me da más tristeza, es abrir un cajón y que aparezcan servilletas en lugar de cubiertos, ir a coger el azúcar y encontrarme el orégano, no saber dónde están los vasos, las medicinas, los cuadernos.

Pero a quién le importa todo esto cuando levanto la vista y veo todo Madrid a mis pies, este mar de fueguitos en misterioso silencio.

Se busca mansión

Ya está decidido. No voy a hacer lo más sensato, lo que me recomienda todo el mundo, esa tontería de aprovechar la mudanza para tirar cosas. La gente me lo dice como si fuera nueva en esto, cuando he vivido en 17 casas distintas a lo largo de mi vida. Ya perdí bastante en el camino.

 

Sé que no sirve de nada acumular recuerdos del pasado, sé que además a menudo estorban, sé que sólo serán útiles cuando tenga 70 años, cuando me servirán para traer al presente instantes de felicidad desde el pasado a través de los recuerdos, pero quizá por eso.

Los objetos a mí me sirven para viajar en el tiempo, me cuentan historias, me hacen revivir sensaciones que son sumamente reales y nítidas con el objeto delante, tienen mucho más poder que cuando las traigo al presente sólo a través de la memoria.

Hoy por ejemplo he encontrado mis primeras gafas. Las que me tuve que poner con rabia cuando me cansé de achicar los ojos para ver la pizarra en octavo de EGB. Son, por supuesto, espantosas, redondas y grandísimas. No tienen ya cristales, pero me las he puesto y juro que me he mareado, veía borroso, como cuando te pones las gafas de otra persona, con distinta graduación. Ha sido exactamente la misma sensación de cuando me las puse por primera vez y veía el mundo de otra manera, más brillante, más nítido, pero también extraño.

¿Os dais cuenta de cómo no me puedo deshacer de este tipo de cosas? Si no puedes con el enemigo, únete a él. Me resigno a convivir el resto de mi vida con mi síndrome de diógenes, pero tengo que actuar para que nos llevemos bien, hacer algo.

Por eso digo que está ya decidido: ya que no me puedo deshacer de todas mis cosas, lo que tengo que hacer es empezar a trabajar desde ya para poder vivir en una mansión en la que quepan todas mis cosas. Viendo cómo está el periodismo, creo que lo más sensato será centrar mis esfuerzos en intentar casarme con un millonario que me permita destinar todo un ala de nuestro palacio a mi museo de nostalgias.

El primer paso es reconocerlo

Y digo yo: Si puedo vivir -como estoy viviendo actualmente sin ningún apuro- con la mitad de mis cosas encerradas en cajas, ¿no será que me sobran exactamente la mitad de las cosas que tengo?

Ya sé, ya sé que la respuesta es fácil, pero a ver quién es el guapo que le da la noticia a este síndrome de diógenes que tengo (romanticismo nostálgico lo llamo yo), con el que me voy a mudar también al nuevo piso...

Reconciliada con la profesión

Por culpa de una desconocida que vive en Móstoles hoy estoy contenta con mi trabajo. Merece la pena ser periodista si puedes ser útil a una mujer que ha llamado la radio para pedir más información después de escuchar un reportaje mío sobre una oferta de empleo para personas con discapacidad. Y mira que estaba asqueada cuando fui a entrevistar a la concejala de turno, pero ha merecido la pena dar esa información. Sobre todo porque muchas veces tenemos que hablar de temas que no le interesan a nadie más que al político de turno para darse promoción.

 

También me suelo alegrar de trabajar en el periodismo local cuando tengo que coger testimonios de gente de la calle, tienen un ingenio inaudito. Sobre todo las señoras que te cuentan su vida y sus citas con el médico mientras te dan detalles de un escabroso suceso.

 

Como aquella mujer a la que no le gustaban los chinos porque eran unos “copiotas”, la señora que escuchaba “a los wáteres hacer gluglugluglú”, el hombre que creía que peatonalizar una calle comercial es “igual que casarse con una mujer muy guapa pero muy cerda y que no sepa cocinar, es decir, muy bonito pero no vale para nada”.

O esa anciana que decía: "la opinión que yo tengo de los móviles es que como en este mundo nada es verdad ni es mentira, o sea, que cada cosa es del color con que se mira, pues los móviles es una cosa que yo veo bien".

 

Y ese testimonio que tengo insuperable (escuchado es infinitamente más divertido) de ese matrimonio que veía entrar “a mucha gente de esa negra en el edificio, pero mucha gente, que me extrañó hasta a mí la cantidad de negros que había ayer en el portal... mucha gente negra, por lo menos tres o cuatro”, aunque después reconocían que igual era el mismo pasando varias veces “porque esa gente a mí es que me parecen todos iguales”, y de todos modos aseguraban que no sospechaban que fueran a comprar droga, como era el caso, porque “quién iba a dar Dios mío, quién iba a dar... ¡quién iba a dar!”.

Cómo ganarse una propina

Ya íbamos a dejarle cinco euros de propina y el tío se ha quedado con uno más, por todo el morro. “Este eurito me lo quedo yo para tomarme una birra”, nos dice. Vale que se ha pegado una paliza tremenda haciéndonos la mudanza, pero es su trabajo, le hemos contratado para eso, él fijó el precio y encima le hemos ayudado.

Por definición, las propinas hay que ganárselas, no quedárselas ni pedirlas, y desde luego él ni siquiera se la había ganado, que han tardado casi una sospechosa hora entera en descargar el camión (sospechosa sobre todo por cómo olían a cerveza) y nos han ensuciado el sofá.

Pero qué hacer, no hemos sabido reaccionar. Lo peor es que te quedas con cara de tonta cuando te encuentras en una situación así, y de eso se aprovechan los aprovechados, dan por supuesto que nadie tendrá tanto morro como ellos.

A mí me gusta dar valor a las palabras que digo y a las cosas que hago, por eso generalmente no dejo propinas por costumbre sino cuando lo merecen.

Una amiga mía nunca deja propinas en los bares ni restaurantes porque dice que ella también es mileurista y no por eso le dan propinas, que esa es una costumbre de señoritos que agradecen con condescendencia que les están haciendo un favor por servirles el café, cuando es su trabajo, y creo que en parte tiene razón. Pero a mí sí me gusta dejar propinas cuando ha sido un encanto el camarero, que me traten bien sobre todo cuando voy a un bar sola me suele alegrar el día.

Por ejemplo a mi frutera, que es una choni de barrio, le dejaría propinas siempre, pero no hay costumbre y ni siquiera cobra ella. Le dejaría propina porque es buena gente, se le ve, hace con cariño su trabajo y trabaja muy bien, es amable sin ser empalagosa ni pesada, le sale con naturalidad. Te recomienda frutas u ofertas, y escoge las mejores piezas cada vez.

Me gusta ese tipo de personas, y el camarero de un pub que hay debajo de mi casa, que nos recibe siempre como si fuéramos sus amigas de toda la vida, se alegra de vernos y nos invita a una ronda cuando considera que nos hemos quedado poco tiempo en su bar.

También me gusta el camarero de una terraza en la que me senté el otro día, que al limpiarnos la mesa con una bayeta dijo: “A ver, un poquito de Feng-shui por aquí para que fluya la conversación”.

Ya tenemos perrito que nos ladre

Vale que mi compañera de piso y yo somos unas cotillas, pero esta vez la culpa es de los tabiques de estos edificios nuevos que ya no son como los de antes, no dejan lugar a la intimidad del hogar.

Por culpa a ellos nos enteramos de la tremenda bronca que organizaron de madrugada nuestros vecinos de rellano, una pareja joven de modernitos que nunca nos habla pero a los que solemos oír desafinar, porque les gusta cantar pasada la medianoche.

Desde cualquier lugar de nuestra casa se oyeron esa noche unos golpes terribles y después, nada. Al día siguiente ni siquiera escuchamos a su perro ladrar. Horacio se llama el pobre perro, es tan feo que parece un jabalí y ladra todo el tiempo, es pesadísimo, debe de estar amargado encerrado en esa casa.

Fue un alivio dejar de oír ladrar al pobre perro, pero también sospechoso. Quizá su desaparición estaba relacionada con los golpes de aquella noche, porque creemos que el perro era de ella y a él no le gustaba un pelo tener a ese bicho todo el día ladrando.

El caso es que nosotras estuvimos meses agradeciendo poder echar de menos sus ladridos y hoy de repente han vuelto, los llevamos oyendo todo el día y ahora acabamos de ver a la pareja paseándolo por la calle, muy acaramelados, como nunca antes los habíamos visto. De hecho, antes nunca sacaban al perro juntos, es más, ni siquiera salían a la calle juntos, y creo que por lo nervioso que estaba el perro siempre detrás de su puerta, ni lo sacaban.

Pero hoy sí que lo han sacado, lo hemos visto con nuestros ojitos, eso ya no son intuiciones de vecinas cotillas detrás de la puerta. Así que hemos concluido que no vivimos puerta con puerta con unos criminales – asesinos de perros pesadísimos, sólo con una pareja que se acaba de reconciliar. Qué bonitas las segundas oportunidades, aunque de fondo no suene música de violines sino ladridos de perro-jabalí.

El amor dura tres años

Siempre que comienzas una relación, crees que has encontrado al amor de tu vida, la horma de tu zapato, tu media naranja, la persona con la que vas a envejecer, etcétera. Aunque dicen que el amor sólo dura tres años, yo de verdad pensaba que eso no me iba a pasar a mí, que esta vez iba a ser la definitiva, que lo mío con Antonio iba a ser para siempre.

Es cierto que nosotros nos necesitábamos más de lo que nos queríamos, y eso no es sano para ninguna relación. Las parejas tienen que elegirse conscientemente y con el corazón, no por la necesidad de estar juntos, de no poder estar solos.

Quizá dejamos de cuidarnos el uno al otro suponiendo que íbamos a estar juntos siempre, y ahora me encuentro de repente con que lo nuestro se ha acabado, sin previo aviso y yo no sé qué hacer, ya no sé vivir sin él.

Estamos en las últimas, y lo peor es que seguimos alargando la agonía final, no sabemos poner un punto final definitivo. Como los malos novios, mi Antonio va y viene: a veces me hace mucho caso, parece que se reaviva la llama y estamos felices juntos como en los mejores tiempos, pero otras veces, sin previo aviso, sin que medie ninguna discusión, ni siquiera se digna a dirigirme la palabra.

 

Esta situación me deja confusa, paralizada. Quiero romper este círculo vicioso en el que hemos entrado, zanjar nuestra relación y por eso trato de apartar a un lado sus cosas buenas para pensar sólo en sus defectos: su cabezonería, su intransigencia, sus celos.

Antonio es muy celoso y no le gusta que mire a otros. Menos aún que les haga caso. Ni siquiera para preguntar por una calle, porque como a todos los hombres, a mi Antonio no le gusta preguntar, se cree que lo sabe todo. Incluso se enfadaba si seguía las indicaciones que me habían dado otros, se quedaba callado un buen rato, sin hablar, pensando en sus cosas, disipando sus celos.

 

Pero como en todas las parejas, aprendimos a domesticarnos el uno al otro, conseguimos llegar a un punto en común. Yo le soportaba estos defectos y él toleraba los míos, mis torpezas, mis inseguridades, mis nervios. Él no se ponía nunca nervioso. Siempre sabía lo que había que hacer. No dudaba, no me daba falsas esperanzas. Si acaso se quedaba un rato pensando en silencio hasta encontrar la solución perfecta.

Tenía una voz preciosa mi Antonio, muy varonil, cualquier frase que pronunciaba parecía una orden dulce, dictada con el tono del macho que guía a la hembra, y yo encantada de dejarme guiar.

Pero ya no vamos juntos a ningún lado ni parece que podamos volver a hacerlo en el futuro. Echo la vista atrás y me doy cuenta de que exactamente han pasado tres años desde que nos conocimos en esa tienda de productos informáticos. Yo buscaba precisamente a alguien como él y él estaba de oferta.

Su empresa había sacado otros navegadores GPS más modernos, de pantalla alargada y él, que había sido lo más preciado del mercado, se encontraba de repente en liquidación. Normal que nos cogiéramos con tantas ganas, que la chispa entre nosotros saltara tan rápido.

Él, mi Antonio, mi GPS que ahora está agonizando, necesitaba a alguien que reconociera su talento y yo, que acababa de aceptar un nuevo trabajo de corresponsal, a alguien que me guiara por los pueblos del Sur. Pero en fin, fue bonito mientras duró, ahora estoy de nuevo soltera. Como después de cualquier ruptura, tendré que buscarme a otro que cubra su ausencia o aprender a viajar sin copiloto.

Desde las alturas, una explicación

Desde las alturas, una explicación

Por culpa de esta foto he escrito tan poco estos días en el blog. Reconozco que he perdido la buena costumbre y lo lamento, pero tengo una buena excusa: he estado liada buscando el piso perfecto y ha resultado que existe, o al menos me importan poco sus defectos teniendo estas vistas desde la que será en unos días mi habitación...

Intuyo que seguiré escaqueándome de mi escritura diaria mientras dure la agónica mudanza, es difícil encontrar la paz que necesito para escribir rodeada de cajas, pero espero que dentro de poco las alturas me inspiren... al menos estaré más cerca de las musas desde mi nuevo octavo piso, claro que quizá tan cerca de ellas que será demasiado fácil desviar la vista del ordenador...

Perder las buenas costumbres

Me echa en cara una amiga que ya no le doy dos besos cuando nos encontramos. La confianza da asco, me reprocha medio en broma. Tiene razón, últimamente nos vemos mucho y he olvidado ese gesto de cariño.

Me he acostumbrado a su presencia, a que verla no sea una novedad y por eso he perdido la buena costumbre de saludarla con dos besos, que con toda la razón me reclama y echa de menos.

Pero no quiero dejar de demostrarle mi cariño, no quiero dejarme arrastrar por las prisas, el agobio del trabajo ni la rutina cuando estamos juntas. Hay que cuidar a las personas que queremos, no hay que perder las buenas costumbres.

Es como ese novio que iba a buscarla todos los días a la salida del trabajo, hasta que un día dejó de hacerlo. Se encontraban un rato después en cualquier otro sitio, no es que dejaran de verse, pero aún así es lógico que ella echara ese gesto de menos y tenía derecho a reclamarlo, era él quien la había acostumbrado.


De señales y deseos

Dice una amiga mía que hay que desear las cosas que queremos que nos pasen con fuerza, con convencimiento y con todo lujo de detalles, porque la vida no va a andar jugando a las adivinanzas. En esas estoy, aspirando a encontrar el piso de mis sueños convencida de que existe y de que está disponible, no hay por qué conformarse con menos.

Lo cierto es que encontramos ese piso que cumplía todos los requisitos (incluso los prescindibles), ese piso en el que ya nos veíamos viviendo, ese piso hacia el que apuntaban todas las señales, y lo dejamos escapar, porque tampoco creemos tan a ciegas en el destino.

Bueno, en realidad lo dejamos escapar porque los caseros iban a ser la panda de friquis de la que escribí hace unos días y pretendían jugar sucio con nosotras, pero igual fue una decisión nuestra no dejarnos llevar por lo emocional, lo que es todo un logro teniendo en cuenta lo poco racionales que somos en nuestra vida diaria. Al fin y al cabo, yo al menos creo que las señales sólo existen si crees en ellas y quieres verlas como tales. Si no les otorgas tú conscientemente un significado, son simples coincidencias, hechos accidentales que suceden a tu alrededor, cosas que pasan y no se quedan.

Pobre Alberto Pérez

    Pobre Alberto Pérez, que llamó a su puerta un día de diario a la hora de la siesta haciéndose el simpático y preguntándole qué tal. Ella dijo “bien” y él “pero no me mires con esa cara de susto”, y ella “perdona, pero es que no te conozco de nada”, y era verdad.

    No era verdad que tenía sólo 23 años y por eso no podía apuntarse a la campaña que vendía puerta a puerta el pobre Alberto Pérez sin perder la sonrisa ni el ánimo.

    Es que ya no saben ni qué inventarse los comerciales para que no les cierres la puerta en las narices, y supongo que lo tienen estudiado como una buena fórmula para enganchar clientes, porque hay mucha gente sola en esta ciudad que agradecen incluso que un desconocido comience a darles conversación preguntándoles qué tal están.



Un muerto es un escándalo

Es terrible estar de acuerdo con un monstruo como Goebbels, pero hay que reconocer que tenía razón cuando afirmaba: “un muerto es un escándalo, mil muertos una estadística”.

Leo en un reportaje que en 2009 murieron más soldados estadounidenses por suicidio que en el campo de batalla y se me ponen los pelos de punta, pero ya casi ni me escandalizo cuando a diario salen imágenes de los atentados en los que mueren decenas de civiles en Irak, lo oigo como se oye llover.

20 millones de afectados por las inundaciones en Pakistán duelen menos que un solo fallecido por la ola de calor en España, importa menos, ocupa menos en el telediario, no llegamos a imaginarnos que lo de Pakistán es como si quedara arrasada la mitad de nuestro país.

Tengo una amiga que vive en el Norte de México y entonces me interesan las terribles noticias que llegan del Norte de México. Si no la tuviera a ella, si no recordara su testimonio entre lágrimas, pasarían a mi lado sin tocarme el corazón, sin preocuparme, las noticias que salen en los medios. Qué egoístas somos los humanos, eso sí que es un escándalo.

Los friquis se crían y luego no se juntan

Lo digo porque en las últimas 24 horas se han cruzado en mi vida cuatro personas que más bien son personajes. Uno de 83 años con pintas de rockero trasnochado, pelo largo blanco con coleta deshecha y tres camisas una encima de la otra que se nos quedó mirando con la cabeza ladeada, pidió tabaco y se marchó, diciendo que volvería a lo mejor, o no.

Otro acodado eternamente en una barra con pose de galán de cine, con un traje de ejecutivo ajustado que igual podría venir de una reunión de trabajo o de hacer un striptease y mirando el panorama sin hacer absolutamente nada que no fuera beber poco a poco un mini de cerveza.

Una poetisa con camisa de seda, brillantes en el pelo, tirabuzones en las puntas y zapatos de andar por casa que juega a ser despistada, escondiendo a la arpía que lleva dentro y en un momento nos llena la mesa de papeles, carpetas, refrescos y patatas fritas.

Un señor fanático del judaísmo, descamisado de pelo en pecho que se mueve frenéticamente mientras nos cuenta que tiene la manía de plantar árboles y de no tirar muebles destartalados y que nos explica las excelentes calidades de un edificio y que nos ofrece los 38.000 libros de su biblioteca, dice.

Se me han cruzado en la vida estos cuatro personajes como digo en las últimas 24 horas y he comprobado que les gusta la gente normal. Los friquis no quieren tener competencia, quieren destacar. Podríais pensar que yo tampoco soy una muy persona normal que digamos, que si se juntan conmigo algo en común verán, pero no. A uno de ellos precisamente le gustamos mis amigas y yo por normales, por ser naturales dijo. Viva la naturalidad, la de ellos y la nuestra.

¡Existen los ángeles!

¡Existen los ángeles!

Existen los ángeles, los duendes y las hadas, claro, si ya sabéis que yo siempre he creído en eso, incluso aún me parece ver a los Diminutos (pequeños seres bondadosos que están viviendo con nosotros) asomándose por las rendijas del respiradero del baño. Pero yo, que me he acostumbrado a convivir con estas imaginaciones mías sin darles demasiada publicidad, ¡ahora tengo pruebas!

Lo digo porque hay un ángel en la Comisaría de la Policía Nacional de Coslada que me ha hecho un gran favor sonriéndome y todo, como los ángeles de verdad. El mismo favor que me han negado unos minutos antes cinco agentes fornidos y ociosos, que no se han apiadado de la mejor carita de niña buena que he conseguido poner.

Yo solo necesitaba urgentemente renovar mi DNI, y mi ángel lo ha hecho posible sin que yo tuviera que mentir (apenas) ni utilizar mis armas de mujer. Lo mejor de todo es que ahora mi DNI, un triste y gris documento oficial, tiene una historia bonita que contar, aunque para mí haya sido una odisea.

Y aunque en él yo salga ahora con una cara espantosa de fotomatón, eso es más importante que haber perdido para siempre mi anterior documento en el que (arriba tenéis la prueba), salía fenomenal. Modestia aparte, todos me lo dicen; eso sí, añadiendo que no parezco yo ni de lejos, pero juro que la foto me la hizo un chino en Aluche hace un par de años.

Bromas aparte, lo importante es que me creáis, los ángeles existen, pero van disfrazados de personas normales que se cruzan a veces en tu vida para quitarte las piedritas del camino, para ayudarte a sortear los días terribles con pequeños gestos generosos, con las palabras adecuadas que llegan a tiempo, con unas risas después de cenar.