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Alguien que anda por aquí

Si es que todo hay que decirlo

Si es que todo hay que decirlo

Me parecía una perogrullada, pero una que trabajó en un Dunkin’ Donuts me apunta que no me hago una idea de la cantidad de escobillas de wáter que robaban. De todos modos no sé de qué le puede servir a una persona dispuesta a robar papel higiénico o escobillas de wáter de bar que le recuerden amablemente desde un folio que no debe hacerlo, es más, que está prohibido. Será para limpiar la conciencia del propietario, por su parte que no quede.

También me asegura que hoy ha visto una furgoneta con un cartel que pedía que se pusiera en contacto con un número de teléfono móvil el que le había robado la radio CD del coche, pero para darle la carcasa. Ni tú ni yo hacemos nada con estos restos, debía pensar el conductor.

Homenaje a los Fraggel

Homenaje a los Fraggel

Ésta es la imagen que me sorprendió tanto hace unos días en medio de un atasco, de un día de lluvia, viento, frío y agobios. Me hizo sonreir de puro surrealista, si hay alguien vigilando algo se supone que es valioso, que pidan respetar la "propiedad", y que esa propiedad sea una montaña de escombros. Pero quizá no lo había entendido bien.

Quizá infravaloro el poder de los escombros, el valor de las cosas que sobreviven después de la catástrofe, el valor de los restos, de las huellas, de las cosas que permanecen impertérritas y son difíciles de eliminar. Al fin y al cabo, hay gente que lee el destino en los posos del café o en las migajas de las hojas que quedan en la taza después de hacerse un té. Y sobre todo, ¿no iban los Fraggel Rock a consultar dudas existenciales con la Montaña de Basura?

Cuando se cierra una puerta...

...habrá que abrir una ventana.

"Todo final encierra un nuevo comienzo", dice el I Ching.

Lo mejor es ser sal y pimienta

Tenemos la solución para evitar los suicidios sentimentales de los que hablaba el otro día, para que aprendamos a huir del masoquismo en las relaciones de pareja: los hombres deberían venir con etiqueta.

Una etiqueta que precise, en primer lugar, si el tipo en cuestión está soltero o no (para evitar sorpresas desagradables a veces meses después). Si no está soltero, la etiqueta debería indicar el nivel de consolidación de su relación actual (esto es, si hace aguas o no hay armas de mujer que la derriben).

Claro que si está soltero, la etiqueta tendría que ser larguísima, que explicite todo tipo de propiedades del sujeto: nivel de tolerancia al agobio, grado de valoración de su libertad individual e intransferible, número de pasos conjuntos máximos antes de agobiarse, etcétera.

Y por supuesto, sus contraindicaciones. Por ejemplo: abstenerse histéricas del matrimonio. O bien: Acaba de salir de una relación, en cuyo caso, debería indicar la fecha de caducidad del duelo y el número de tiritas previas o necesarias para superarlo.

Etiquetas, sí, como los alimentos, para saber cuándo debemos consumirlos y el modo de preparación. Para saber si hacer un guiso elaborado, a fuego lento, meterlo directamente en el micro o mejor consumirlo frío.

Porque hay hombres que se te caducan mientras los cocinas, otros que te repiten y llaman insistentemente sin que quieras volver a saber nada de ellos y otros que no sabes si una vez elaborado el guiso es conveniente guardarlo en un tupper y congelar para otro día, tirar los restos a la basura o reciclarlo para tus amigas.

Las etiquetas deberían venir de serie para los hombres que son como esos productos que tienen muchos más ingredientes de los que te esperas, frascos que no tienen caducidad pero luego están podridos por dentro, paquetes como los de los caramelos que dice que son de todos los colores y después de venderte ese universo multicolor de sabores cítricos excitantes no hay más que caramelos de aburrida naranja, y también hay hombres que son como las bolsas de patatas fritas, que cerradas parece que están a rebosar pero luego se desinflan enseguida y ves que hay la mitad de lo que te esperas.

Con estas sencillas indicaciones, sabríamos a qué atenernos para que luego nosotras decidamos si vale la pena entregarse o no. Nos ayudaría también a saber, por ejemplo, cuándo es el momento adecuado para presentárselo a nuestros amigos (para evitar que le cojan cariño innecesariamente) o cuánto debemos molestarnos en preparar su regalo de cumpleaños.

Así podríamos desterrar la típica frase para ligar de si estudias o trabajas, porque lo interesante sería saber cuándo caducas. Porque las personas, en cuanto a relación de pareja se refiere, podemos ser huevos, que duran 20 días, latas de fabada, que caducan a los dos años, o especias, que duran para toda la vida: lo mejor es ser sal y pimienta.

“Sólo lo imposible dura siempre”

Me gustó este aforismo la primera vez que lo leí porque me parece una invitación al Carpe Diem, a relativizar los golpes de la vida, a aprender a aprovechar el presente, pero pensándolo bien, es mentira: cuántas cosas se creían imposibles en el pasado y resultaron ciertas.

Encima hace un momento se me ocurre hablar de esta frase con un amigo que está sufriendo mal de amores y me dice que la estoy interpretando mal, que lo que quiere decir la frase es que es imposible encontrar a tu pareja ideal y que te dure siempre, y no se me ocurre qué contestar.

Pastillas contra el dolor ajeno

Es una idea brillante de Médicos Sin Fronteras. Se venden en farmacias por un euro y son seis pastillas de menta que te alivian el picor de garganta a ti, fortalecen tu espíritu solidario o limpian tu mala conciencia y a la vez sirven para subvencionar tratamientos a los enfermos olvidados.

http://www.msf.es/pastillascontraeldolorajeno/

En esta web puedes recetarlas o diagnosticarte tú mismo para comprobar cuánto dolor ajeno sufres. Si sufres un caso agudo, significa que las injusticias y el sufrimiento de los demás te afectan profundamente. MSF lamenta informarte entonces de que esta dolencia no tiene cura, pero sí puede mitigarse, porque las pastillas contra el dolor ajeno suavizarán los síntomas gracias a su acción activa sobre los enfermos olvidados de los países en desarrollo y tú sentirás que tu aportación tiene un efecto real sobre los demás.

Claro que también puedes resultar libre de padecer dolor ajeno tras el diagnóstico, tal vez por la distancia que te separa de estos problemas o por desconocimiento. Pero si has llegado a leer esto ya lo conoces, no está tan lejos.

El poder del "pero"

El “pero” es una palabra muy poderosa, capaz de borrar toda una frase anterior. La infravaloramos porque es una simple conjunción de cuatro letras, pero tiene un terrible poder aniquilador.

Siempre pesa más lo último que escuchamos: Es muy bonito el vestido, pero me hace gorda. La cena estuvo bien, pero me moría de sueño. Es un chico increíble, pero no me gusta.

El lenguaje sirve para pensar, hablamos como pensamos, y aquí no funcionan las leyes matemáticas. El orden de los factores sí altera el producto. No es lo mismo escuchar "te quiero mucho, pero eres insoportable" que "eres insoportable, pero te quiero mucho". Al escuchar la primera se nos quedará cara de circunstancias y la segunda dibujará inevitablemente -y como poco- una sonrisa en la cara.

Érase una vez la vida

Érase una vez la vida

Cuando sea mayor, me gustaría reunir a todos los médicos del mundo y poder darles un curso de comunicación empática con el común de los mortales. No es que yo sea una experta en comunicación, pero sí puedo afirmar sin temor a equivocarme que soy mortal. Por eso me gustaría poder entenderles cuando me hablen de las cosas que me puedan acelerar la mortandad, esto es: las enfermedades, porque lo cierto es que todos nos estamos muriendo, pero a diferentes velocidades, que escuché una vez decir a un médico.

Creo que sería una buena acción por el progreso y el bienestar de la humanidad enseñarles a hablar con personas como yo, es decir: con todos los que no somos médicos, que acudimos a ellos preocupados por eso que ellos ven tan sencillo pero que nosotros no alcanzamos siquiera a imaginar qué diablos son las adenopatías, la leucoplasia, la ascitis o siquiera las “células guía” (así, entrecomillado venía en el informe), por citar algunos términos de los que he oído hablar esta tarde.

Lo que más me fastidia es eso, no poder imaginármelo, ni siquiera recurriendo a mis máximos conocimientos en el área médica, los cuales reconozco que están fundamentados en los dibujos Érase una vez la vida. Qué gran serie, esa sí que hizo un favor a la humanidad, eso sí que era televisión educativa de servicio público, ¡y entretenida!

Ahora que lo pienso, empezaría por ahí mi reunión con los médicos del mundo: les sentaría a ver los dibujos, para después decirles: “Eso es lo que sabemos la mayoría de la gente sobre cómo funciona nuestro cuerpo, así que haced el favor de explicar vuestros diagnósticos a los pacientes de la manera más parecida a lo que acabáis de ver”. Y mirándolos a los ojos, a ser posible, tratándolos como seres humanos, como personas que están preocupadas, además. Porque, como dijo Ramón Gómez de la Serna, “lo peor de los médicos es que le miran a uno como si no fuera uno mismo”.

“Si te rallas, empapela”

Él y ella se conocieron una noche, y como aquél que dice, surgió el amor. Es una historia verídica, me la ha contado la protagonista tomando unas cañas. Él estaba recién llegado a Madrid, buscaba piso y ella no se lo pensó demasiado: le ofreció una habitación de su casa hasta que encontrara algo. Vivieron juntos y felices unos días muy intensos, subidos en la habitual nube de color rosa que envuelve a los enamorados, hasta que él encontró su propio piso en la calle Pez, le dijo a ella, que justo se marchaba al día siguiente una temporada de vacaciones.

Toda historia de amor tiene su momento trágico para que sea una buena historia y el amor pueda consolidarse o no, y en ésta el problema fue que ella, chan tatachaaaaaaaaaán... perdió el móvil. Con el número de teléfono de él, obviamente. La única forma de comunicarse con él, sus únicas señas.

Aquí se viven los momentos más tensos de la historia: ella que no come ni duerme ni ríe ni vive la vida pensando en él, lamentándose por su mala suerte, maldiciendo no haber memorizado el número, no haberle acompañado a ver la casa, no saber sus apellidos, llorando por las cuatro esquinas esa manera tan tonta de perder el amor.

Ella continúa llorando la pérdida de su amor a su regreso a Madrid, él no aparece por ninguna parte. Hasta que a ella se le ocurre intentar encontrarle con el único dato que él le dio al marcharse: se iba a vivir a la calle Pez. Ni corta ni perezosa, reunió a unos cuantos amigos, compró cartulinas y se pusieron a pintar decenas de carteles de todos los colores, con diferentes estilos, dibujos, tipografías y tamaños con un único mensaje para él: que ella le estaba buscando.

La tarde que se pusieron todos los amigos a pegar los carteles por la calle Pez, la gente se les quedaba mirando y les preguntaba qué estaban haciendo, asombrados, curiosos. Algunos se unieron a ayudarles a pegar carteles, otros querían llevárselos a casa porque realmente habían quedado bonitos y eran un buen recuerdo de una bonita historia.

Consiguieron empapelar la calle de arriba a abajo para que no hubiera modo de que Él no los viera al salir o al entrar en su casa, viviera donde viviera. Ella estuvo esperando todos los días a todas las horas que sonara su teléfono y fuera Él, reaparecido, pero no reapareció.

Aún así ella no se dio por vencida, siguió esperándolo muchas noches de insomnio hasta que en una de ésas, se le encendió una lucecita y repentinamente recordó algunas palabras de la dirección de correo electrónico de él, que era una frase muy característica. Así que escribió un mail a todas las variantes que se le ocurrieron con esas palabras que recordaba y ahí sí que le encontró. Él también la había estado buscando. No se podía creer que no le hubiera cogido el teléfono en todo ese tiempo que ella estuvo de vacaciones. Y no, qué va, no había visto los carteles porque se pasó una semana con gripe sin salir de casa.

Se reencontraron y estuvieron enamorados algún tiempo más, es una historia bonita aunque no tuvo un final feliz. Ella sigue pensando que mereció la pena, aunque matiza que lo de empapelar toda la calle Pez con carteles no lo hizo por él, sino por ella, porque era una idea tan buena que si tenía la excusa, no podía dejar de hacerlo. “No hay que rallarse", es su lema, "y si te rallas, empapela”.

Desde mi castillo

Desde mi castillo

“La curiosidad es un impulso humano que oscila entre lo grosero y lo sublime: a escuchar detrás de la puertas o a descubrir América”. Lo dijo el poeta portugués Queirós, quien supongo que pensaría que soy una grosera con mis prismáticos nuevos. Pero ah, qué vistas.

Contra los desmaravilladores

"En la vida hay una sola grieta

definitivamente profunda:

es la que media entre la maravilla del hombre

y los desmaravilladores".

Afortunadamente está Benedetti (y estáis tantos otros más próximos, más cotidianos) para ayudarme a permanecer en el lado correcto de la grieta, para iluminar diariamente mi mundo, para devolverme la fe en la maravilla del hombre y enseñarme a luchar contra los desmaravilladores.

Afortunadamente, este lado es mucho más amplio, más duradero, más extenso, más verdadero.

No me explico

Ya lo decía Hemingway: “No te expliques”. Porque "tus amigos no las necesitan y tus enemigos no van a creerte de todos modos", si es que tiene más razón que un santo. Debería seguir su ejemplo siquiera en eso, porque hoy he comprobado que por lo visto, no se me da bien dar explicaciones. Lo que pasa es que a mí me gusta que me den explicaciones, cuantas más mejor, por eso intento hacer lo mismo.

Como no me gusta no contestar las llamadas, debería simplemente coger el teléfono y decir aunque solo sea “no puedo atenderte en este momento”, y no enredarse, como ha sido mi caso, en justificar por qué no puedo detenerme a hablar en ese momento en que efectivamente estoy hablando con la persona que me llama.

Parece un contrasentido, pero los ejemplos han sido claros: qué tal Elena. Pues mira, me pillas conduciendo. Ah, es que te quería contar que... Ya, pero no puedo tomar nota porque estoy en el coche. Ya, sólo era para que supieras que... Sí, pero mira es que voy a llegar tarde. No, si sólo era para que si te viene bien pues... Sí, pero es que de verdad es que ahora tengo prisa. No, pues no te entretengo, pero yo quería que si tú podías a lo mejor pues...

Total, que con la tontería no me he enterado bien y encima me he perdido dando vueltas por Móstoles. Y un rato después, lo mismo. Otro tipo que me llama cuando a él le viene bien, le pido que me llame a las cinco y media de la tarde, cuando tenga tiempo para atenderle bien, y me llama a las cinco menos cuarto. Le explico que aún no he comido, que llevo un día de locos y que por favor me llame más tarde como habíamos acordado y me responde: “ah, ¿no has comido? ¡vaya! Bueno, te puedo llamar más tarde, pero son sólo cinco minutos, mejor nos lo quitamos de encima ahora”. ¿Hola? ¿Qué parte de “son las cinco de la tarde y aún no he comido” no has entendido?

La gente va a lo suyo, así que yo voy a intentar seguir el consejo de Hemingway. Me sabe mal dejarles con la intriga, pero es más frustrante ver que ni siquiera intentas ser entendida.

Escaleras de subida o bajada

Ya he bajado más veces por esa escalera

He visto que abajo del todo no hay apenas luz

Sé que ahí abajo no hay más que escombros,

y una siente que está caminando sobre las ruinas de su propia vida.

Todo aparece apagado, difuso, ruidoso, caótico, en desorden

De nada sirve obstinarse en permanecer ahí.

Hay que esforzarse en salir cuanto antes,

a cualquier sitio, pero querer salir.

Dibujar nuevos paisajes, encontrar un refugio

del que no haya que huir.

Está comprobado que de ese viaje de descenso

no se muere nadie:

las escaleras también sirven para subir.

Quebraderos masoquistas

Estoy empezando a pensar que mi ordenador me conoce bastante bien. Son ya tres años juntos, y el hecho de que lleve meses pensando en jubilarlo ha disparado sus recelos. Como conoce mis puntos débiles, ha empezado a hacerme jugarretas a través del procesador de textos.

El problema es que está jugando sucio: voy a escribir la palabra “más” y mientras la tecleo, me completa: “masoquista”. Voy a poner “pero” y me sugiere “perogrullada”. Quiero escribir “persona” y me propone “personaje”. Estoy terminando de teclear la palabra "sal" y autocompleta "salvajada".

Tecleo la conjunción “que” y me la pretende transformar en “quebraderos”, quiero escribir “sonido” y me recomienda “sonrojarse”. No he terminado de escribir “quizá” y de inmediato quiere poner en su lugar “quisiéramos”. Yo quiero hacer una “propuesta” y él con indiferencia me contesta: “probablemente”.

No son alucinaciones de la fiebre, aunque con el malestar generalizado sí que estoy que hecho chispas, por lo visto él me lo ha notado: cuando he ido a escribir mi nombre, en seguida ha propuesto: “Electricidad”.

Todo pasa y todo queda

La primera vez que Karim sintió frío, pensó que se iba a morir. Karim es burkinabe y en su país nunca ha tenido menos de 20 grados de temperatura. Así que para él pasar un invierno en París fue lo más cercano a estar en la antesala de la muerte.


Yo también pensé una vez que me iba a morir. Era pequeña y sufrí un cólico de madrugada, nunca antes había sentido tanto dolor. Siempre que te sucede algo terrible piensas que no puedes estar peor, que ésa es la definitiva. Pero todo se pasa, y lo que no te mata, te fortalece, que diría Nietzsche.


En esos dolores del pasado estoy pensando en este día grisáceo en que he sido atacada de repente por la fiebre. Confío en expulsar pronto a este virus de mi cuerpo y que me baje pronto la temperatura, aunque quizá no sea tan sencillo: puede que para purificarme, sea necesario que me queme en mi propia hoguera.

2 no es igual a 1+1

Aunque a menudo nos gustaría tenerlo todo atado y bien atado, saber qué nos depara el futuro, predecir con precisión las actitudes, reacciones y comportamientos de los otros para evitar desilusiones y enfrentamientos, la vida no es cuadriculada.  Las matemáticas no sirven para explicar demasiadas cosas de nuestra vida. Por ejemplo algo en lo que yo creo a fe ciega: por qué dos no es igual a uno más uno.

El día que acepté que..

Ya he aceptado aquella propuesta que me hicieron de forma tan misteriosa la semana pasada. He llegado al lugar indicado sólo cinco minutos tarde porque sabía que no tenía nada que perder, he pasado hasta el fondo de la sala, le he dado la mano a todos menos al que ya conocía, al que he saludado levantando la cabeza, me he sentado en una silla y los cuatro hombres repeinados con traje y corbata se han quedado de pie a mi alrededor, mirándome.

Nadie decía nada. “Vaya, me siento observada”, he acertado a decir para romper el hielo. “Es que queremos estar todos, también es nuevo para nosotros. Él te dice lo que tienes que hacer”, me ha respondido el de mayor edad señalando al más joven. Entonces él ha seleccionado una bolsa y la ha dejado encima de la mesa. “Para ti”. Yo no sabía si tenía que abrirla delante de todos o seguir escuchando instrucciones, pero como se me quedaron en silencio mirando me he hecho la simpática y he abierto la bolsa haciendo bromitas y he sacado los documentos y me he puesto encima de las rodillas el paquete y me ha sorprendido que tuviera un lazo.

Seguían mirando en silencio así que me he lanzado a deshacer el lazo y he roto el papel de regalo y he sacado lo que todos estaban esperando, que no era para tanto: un móvil supersónico de última generación que va a seguir mis pasos durante la próxima semana, porque soy la conejillo de indias de un proyecto piloto del departamento de innovación de Caja Madrid.



Todo está relacionado

Una minúscula gota de aceite hirviendo sobre el pulgar de mi mano derecha provoca que se me erice hasta la piel de la rodilla, o lo que es lo mismo, “una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande”. El concepto del famoso “efecto mariposa” se puede llegar a entender con ejemplos domésticos, al alcance de cualquier mente de bolsillo.

Caballeros mercantes

“Te voy a subir a la luna para que tomes el sol o si quieres te bajo aquí las estrellas para que las tengas a tu lado”, me dice con voz melosa. Yo no le creo pero me gusta oírlo, tomo nota, le dejo continuar.

También me dice que ya le puedo considerar "su amigo" y que siempre se va a comportar conmigo "como un caballero". Que me está hablando "con sinceridad". Yo sigo desconfiando, no porque sea una descreída resabiada sino porque me está llamando del servicio de atención al cliente de Movistar.

Está empeñado, como me ha confesado cuando le he cortado la cháchara, en hacerme cliente y quiere asegurarse de que no voy a aceptar la contraoferta de mi actual compañía telefónica. Ve que no me engatusa ofreciéndome el dichoso iphone4 (la luna y las estrellas según él) y me confiesa (como ya somos amigos) que de mi aceptación depende la comida de su familia, y que si sus jefes le piden que me venda “un patito amarillo” no va a parar hasta que lo consiga. Ahí sí que le creo, ahí sí que cumple su anunciada sinceridad.

Necesitamos creer

En un día asqueroso como hoy, con viento frío lluvia personas irascibles estúpidas burocracias poco tiempo mucha prisa demasiado teléfono malas noticias por correo electrónico, en medio del atasco me sobresalta una canción de Bon Jovi: “en un mundo que no te da nada, necesitamos algo en lo que creer”.

Necesitamos tener esperanza, necesitamos creer. Que llegará el fin de semana, el ingreso en la cuenta, el tiempo libre, el amor, los días de invierno soleados, el semáforo en verde, un coche que te deja pasar.

Y llega, todo eso va llegando, además con algo que te hace sonreír de puro surrealismo que te regala a veces la vida: un cartel que dice “Respeten la propiedad privada. Gitano de guardia” sobre una valla que protege una verdadera montaña de escombros. Lo he visto aquí mismo, al lado de mi casa, lo que pasa es que no puedo enseñároslo porque no me ha dado tiempo a sacar una foto: inmediatamente se han puesto todos los coches en marcha, desde que me han arrancado esa sonrisa ya todo ha empezado a fluir.