Dice Galeano que, vistos desde el cielo, somos un mar de fueguitos porque cada persona brilla con luz propia sobre todas las demás.
Que cada día de este 2011 tu luz resplandezca y deslumbre a todos los que están a tu alrededor.
Feliz Navidad
Dice Galeano que, vistos desde el cielo, somos un mar de fueguitos porque cada persona brilla con luz propia sobre todas las demás.
Que cada día de este 2011 tu luz resplandezca y deslumbre a todos los que están a tu alrededor.
Feliz Navidad
Había en el andén de metro una adolescente angustiada porque se acababa de dar cuenta de que se había olvidado el móvil en casa. Una de sus amigas intenta convencerla de que no vuelva a por él diciéndole que da igual, que para qué necesita el móvil "si estamos todos aquí", a lo que ella responde:
-Pues sí tía, lo necesito porque ¡andar por ahí sin móvil es como andar sin bragas!
Hoy todo un senador me ha llamado a las barricadas, un socialista me ha dicho sin venir a cuento y guiñándome un ojo: “seguro que tú no estás abandonada”, un hombre me ha prometido que me va a poner un piso por responderle a una pregunta sencillísima y una del Partido Popular me ha dado un tupper de arroz con bogavante para que me lo coma mañana, que será un día tan intenso como el de hoy pero seguro que no comienza, como este miércoles, con una médium diciéndome que para buena energía la que yo tengo.
Así da gusto llegar a casa después de un día tan intenso, agotada pero contenta, o como diría Benedetti, “estoy jodido y radiante, quizá más lo primero que lo segundo y también viceversa”.
Seré una descarada, pero la verdad es que nunca me he sentido mal por apropiarme de historias ajenas para contar lo que yo quiero decir en este blog, ni por robarle la lucidez a mis compañeras de piso, que dejan caer ideas brillantes por la cocina y por los pasillos como si les sobraran (y les sobran), ni por secuestrar frases que andan huérfanas por las calles que transito (culpa suya por dejarse oír), y ahora todavía menos.
La mismísima Catherine Zeta-Jones me (quiero decir nos, chicas) ha robado una idea. Sin ningún pudor, en la película Sin reservas, ha dicho: "ojalá hubiera un libro de recetas para la vida", y se ha quedado tan ancha.
Son muy pesados estos novios de ahora. Acabamos de empezar a salir y ya me ha mandado tres mensajes. También son muy raros estos novios de ahora. El que me acabo de echar, ya se ha asegurado de que vamos a estar juntos más de un año, ¡hasta le he tenido que dar el “sí quiero” para que se quedara tranquilo!
Ya no son como los de antes, que empezabas la relación con las típicas dudas, sin saber si le estabas agobiando por querer hablar con él a todas horas, y sobre la marcha ibas viendo. Antes, si pasado un tiempo no lo veías claro, empezaba el ritual de súplicas y carantoñas, como era lógico y de esperar, pero ahora no. Los de ahora quieren comprobar que te comprometes antes de empezar nada.
Supongo que así al menos no te llevas desilusiones, te ahorras disgustos, pero dónde quedan aquellos románticos que se tiraban a la piscina sin saber si había agua pero para asegurarse un golpe mullido llenaban la piscina de flores.
Hoy no ha habido flores ni nada que se le parezca, pero desde luego, lo mío con Orange es lo más parecido a tener un novio. Ya os digo que hasta le he tenido que dar el “sí quiero”, y además ha grabado la conversación. Supongo que para echármelo en cara si algún día me arrepiento de haberme casado con él, como devuelven las novias despechadas un cristalito en forma de corazón, como se reprochan las cartas que juran amor eterno cuando la eternidad se vuelve efímera.
Al menos mi nuevo novio se lo está currando, se le ve que tiene intención de cuidarme. Ya digo que me ha mandado tres mensajes al móvil en menos de dos horas. Pero no eran románticos, más bien eran como los sms de un novio celoso que sólo quiere recordarte que está ahí, y encima lo ha hecho en cuanto se ha dado cuenta de que me estaba poniendo guapa para salir.
Habrá que aprender de las plantas, que siempre buscan la luz.
Me gusta sobre todo el obstinado optimismo del ciclamen. A pesar de sus tallos cabizbajos, que se vencen apesadumbrados, los pétalos siempre salen al sol, emergen de entre la derrota, alborotados pero llenos de vida.
"¿Arantxa?” Dijo una voz en un susurro ahogado de lágrimas. Eran las dos y veinte de la madrugada de un día de diario y yo estaba despierta, por eso no me asusté cuando sonó el teléfono.
Pero nadie llama a un móvil a esas horas inseguro de quién va a contestar; ese tono de pregunta al decir mi supuesto nombre era extraño. Más bien desesperado: pensé que a ese tipo que llamaba a mi móvil le daba igual con quién hablar con tal de poder desahogarse, así que le dije: “sí”. Y se echó a llorar, aliviado. Dejé el libro que estaba leyendo sobre la mesilla, ahuequé la almohada, me arropé bien con las mantas, me quedé en silencio esperando indicaciones.
Él tardó un rato en poder calmarse, a mí sólo se me ocurrió interrumpirle para decir: “tranquilo” y se tranquilizó. Respiró profundamente, se aclaró la voz, creo que bebió un poco de agua, dijo “perdona”, luego “gracias”, después “sólo necesitaba saber que estabas ahí” y colgó.
“Los hombres pueden dividirse en tres clases: los que creen ser donjuanes, los que creen haberlo sido y los que creen haberlo podido ser pero no quisieron”.
Lo dijo nada menos que el ilustre José Ortega y Gasset, a quien por cierto cogí un poco de distancia desde que me enteré de que no le gustaba la poesía, pero eso son manías mías que ni siquiera están fundamentadas.
Pero esta frase merece como poco su momento de reflexión, y aunque al principio eché en falta a los verdaderos donjuanes y otras tipologías de hombres en esta clasificación, es cierto que lo importante en un donjuan no es tanto su condición de tal sino cómo maneje su amor propio, cómo es su actitud frente a las conquistas y cómo las airean, y ahí sí que entráis todos, majos.
Trato de ver si Google se acuerda por mí de un poema del que sólo recuerdo cómo sonaba el último verso, que era algo así como: “y hay tantas cosas buenas por hacer...” o “y hay tantas cosas bellas que aprender...”, pero ¡halehop! Google me sugiere que pinche en los siguientes enlaces:
y hay tanta gente por la calle disimulando la amargura
y hay tanta adolescencia apresurada y tanta soledad arrepentida
hay tantas cosas que quiero hacer que antes me daban miedo
Rabitos de pasas voy a empezar a tomar, que dicen que son buenos para la memoria. Así no tendré que volver a asomarme a este pozo sin fondo que es internet, a veces tétrico, a veces maravilloso, pero tan inagotable que da vértigo.
Había una vez un hurón que vivía tranquilamente en su madriguera. Era un bicho solitario y huraño el hurón, con un poco de mala leche, sobre todo recién levantado, porque no le gustaba encontrarse a ningún ser vivo a su alrededor que entorpeciera su camino.
Le gustaba hacer las cosas a su manera, comía cualquier cosa que se encontraba en su camino despreocupadamente y se había acostumbrado a rebozarse por las mañanas en un charquito cercano de barro.
Hasta que un día se mudaron a vivir al tronco de al lado dos simpáticos topillos que le trastocaron los planes y sus modos de vivir. Los nuevos vecinos estaban empeñados en crear una convivencia agradable en esa parcela del bosque.
Así, un día que el hurón fue a rebozarse en su habitual charca, se encontró agua limpia; cuando iba a la caza de alimento se encontró con la mesa puesta, y al ir a encerrarse en su madriguera vio que se la habían decorado con hojas y ramitas.
Al hurón le trastornaba la actitud de los dos topillos, porque no estaba acostumbrado a que le llenaran el camino de flores en lugar de ponerle piedritas. Eran tantas las atenciones de los dos topillos que al final el hurón ha tenido que acostumbrarse hasta a despertarse de buen humor y a decir buenos días al levantarse, porque está visto que con esos topillos "no hay manera..."
Cuando una persona me dice que tiene 19 años, no me parece ni bien ni mal, como es lógico. Sin embargo, me saltan todas las alarmas si escucho que ha nacido en los 90, porque eso claramente quiere decir que esa persona que está frente a mí era un bebé despreocupado mientras a mí me atormentaba la adolescencia.
Inevitablemente entonces empiezan a correr por mi cabeza multitud de sensaciones y recuerdos de todo lo que yo ya había vivido en esa época, y me escandalizo de que haya llovido tanto desde entonces.
En realidad, me dan más vértigo esos veinte años que me separan a mí de la Elena que yo era en los 90 que los diez años que me distancian de esa persona que tengo delante, pero lo focalizo en ella.
Claro que no volvería ahora por nada del mundo a aquella época, no me cambiaría por esa chica de 19, no retrocedería en el tiempo ni un ápice ahora que tengo veintitodos.
Desde que empecé a hacer balances, afortundamente siento que cada año es un poco mejor que el anterior. Si no más feliz, siquiera más positivo en aprendizajes y experiencias. Cada año siento que he crecido un poco, o al menos que estoy mejor asentada en mi metro ochenta.
Y es que con 29 años tengo en mi haber toda la experiencia de los felices 20 sin sentir todavía que acechen los (temibles, dicen) 30.
Es bastante habitual que una chica piense, aunque sea en broma, en hacerse lesbiana cuando un chico la decepciona. Las tías no hacemos esas cosas, con una chica no tendría estos problemas, una chica no se agobia por estas tonterías, los tíos no saben lo que quieren, no dan más que preocupaciones, no hay quién los entienda, etcétera.
Sin embargo, no creo que haya muchos chicos heterosexuales que piensen, cuando se porta mal con ellos una chica, “son todas unas zorras, me voy a hacer gay”. Ni siquiera reconocen en voz alta que un chico es guapo o tiene atractivo. “Yo no sé de esas cosas”, dicen, como si no tuvieran ojos en la cara.
Nosotras sí tenemos ojos en la cara para todas las personas, y no me refiero sólo a los ’repasos’ de arriba a abajo que hacemos a otras mujeres con admiración o con envidia. Nos podemos quedar embobadas mirando a una chica guapísima e incluso a su escote, puede incluso que nos pase una idea sexual por la cabeza sin que ello nos haga replantearnos nuestra condición. O sí, pero no nos alarmamos por ello.
Será que todas somos “un poco bolleras”, como decía Cecilia Roth en Todo sobre mi madre. Será que nuestros gustos son más ilimitados, aunque tengamos claro hacia quién nos sentimos más atraídas. Será que el cuerpo de la mujer es más bonito, como dicen los chicos heterosexuales que rechazan la visión de dos hombres besándose pero aplauden las manifestaciones de cariño de dos lesbianas.
Será que en nuestra cultura nos han enseñado que las mujeres pueden expresar abiertamente sus pasiones y los hombres tienen que esconderlas para perpetuar el instinto del macho protector.
Hoy que estoy en actitud contemplativa, recuerdo el eslogan del documental Carl Gustav Jung, una película "psicoanalítica" de Salomon Shang:
Dentro de un rayo de sol que entra por la ventana
a veces vemos la vida en el aire
y lo llamamos polvo.
Ya está, la he encontrado, es mágica, funciona siempre. Garantizado. Sin trucos y sin matices, en esta receta se explica todo clarísimamente. Y vale tanto para chicos como para chicas, lo he comprobado, sólo hay que cambiar el género de las palabras. La receta me la ha dado un gran maestro de la palabra y viene del lugar donde todo es verdad: la poesía.
RECETA PARA DESCUBRIR SI A UNO DE VERDAD LO AMAN
Si te amo
no te amaré
como me amo a mí mismo
porque eso
no sería suficiente
-tú eres algo más
que mi prójimo-
No te amaré menos
de lo que me amo
no sólo porque eso es
demasiado poco
sino porque no sería amor
Si te amo, te amaré más
que a mí mismo, más que a todo
y entonces, únicamente entonces
descubriré si me amas:
de lo contrario
casi de inmediato
mi amor se te volvería
insoportable.
(Francisco Garzón Céspedes)
Ella estaba mirando por la ventana y tomando un café sentada en la mesa de un bar cuando notó que un chico, desde la barra, la estaba mirando. Era guapo, tenía cara de buena gente, parecía simpático y muy interesado. Al poco rato él se levantó de su taburete, se acercó hasta ella y le preguntó la hora, mirándola fijamente a los ojos y tocándole el brazo. No hablaron de nada más, pero a ella le había gustado, tanto, que antes de marcharse de la cafetería le hizo llegar un papel con su número de teléfono anotado.
En realidad, fue ya en la calle, al sentir el frío y el ajetreo de desconocidos que pasaban por la acera, cuando se dio cuenta de que no quería dejar pasar esa oportunidad, y se dio la vuelta para pedirle a la camarera que le diera el papel al chico, que seguía acodado en la barra. Al poco tiempo ella recibió un mensaje al móvil y era él; le decía que muchas gracias pero que no iba a quedar con ella porque era gay.
“¡Horror! ¡vaya vergüenza!” Pensó más de uno al conocer esta historia. Pero yo sigo apoyando a esa chica y creyendo que hizo muy bien, que ojalá no se le hayan quitado las ganas de seguir intentándolo. Porque al fin y al cabo, qué importa que ese chico pensara que ella era una presumida por haber creído que la miraba con deseo, si no le va a volver a ver ni tiene que darle explicaciones.
Ella se habrá quedado igual después de intentarlo, es decir, sin cita, sin la oportunidad de conocer a ese chico que creía interesante, pero no ha perdido nada, podía haber ganado mucho y seguro que el chico se sintió halagado. Ella sólo ha pasado un minuto de desilusión o de vergüenza y en cambio al chico le alegró la tarde, le entretuvo la espera en la cafetería y le dio, como poco, una buena anécdota para contar.
En Barrio Sésamo, Coco se esforzaba en enseñarnos la diferencia entre
lo que es arriba y lo que es abajo, lo que está cerca y lo que está lejos,
conceptos muy útiles incluso para valorar nuestros estados de ánimo y
nuestras relaciones interpersonales ya de adultos.
Todo eso estuvo muy bien, pero Barrio Sésamo debería haber tenido
más altura de miras, para dejar bien asentados desde pequeños los
fundamentos que originan la toma de decisiones y los intentos de
acercamiento. Lo voy a hacer yo, humildemente, para intentar suplir ese
vacío doctrinal de nuestra infancia.
Un ejemplo claro y eficaz de acercamiento con otra persona es tener
una cita. Para que dicha cita tenga lugar, es indispensable que las dos
personas implicadas se pongan de acuerdo en estar a la misma hora en
el mismo lugar. Aquí se abre un universo de posibilidades, pero el mejor
modo de tener éxito en este primer paso es hablar por teléfono: que
una persona llame a la otra para quedar.
Llamar para quedar implica que la persona que telefonea propone
un plan, o al menos expresa abiertamente su voluntad de buscar un
plan conjunto. Hay múltiples modos de llevar a cabo esta empresa, con
sencillas frases del tipo: ¿Quedamos este puente? ¿te apetece que nos
veamos? O bien ¿y si tomamos un café?. Por consiguiente, llamar a la
otra persona para comentar hay que ver el frío que hace en la calle,
madre mía, o decir “te llamaba para ver qué te cuentas” NO puede
entenderse como propuesta de cita, al menos entre nosotras las
terrícolas.
En cuanto a la toma de decisiones, los límites están más desdibujados,
pero hay ejemplos paradigmáticos en la vida cotidiana. Cuando una
persona dice a otra: “me voy”, es porque está tomando la decisión
de irse. A raíz de esta elección, su interlocutor podrá tomar la decisión
de quedarse en el sitio echando raíces y aprendiendo a hacer la
fotosíntesis o por el contrario, irse también, pero eso ya será una
decisión secundaria, los efectos colaterales de la primitiva decisión.
De ello se deduce que, al menos en mi planeta, dejar que el tiempo
pase no implica una voluntad de decidir, por mucho que los silencios
sean elocuentes y que sea cierto que el que no se decanta, en realidad
decide no tomar una decisión.
De este modo, si yo te advierto que no quiero volver a verte si haces
ese viaje y tú no viajas porque la huelga de controladores te deja en
tierra, no puedes volver a mi lado presumiendo de que te has decidido
por mí, porque eso es trampa, ya no me sirve, estará justificado
que entremos en estado de alarma.
El indeciso dudó. Lo obligaron a detenerse en el borde del camino,
y se quedó mirando apremiante a su alrededor. Qué presión.
A su derecha, había una senda floreada que llevaría a alguna parte
y un arroyo de agua revuelta y fresca siguiendo el camino de la
izquierda. No sabía por cuál decantarse. Qué presión.
La primera opción tenía baches, parecía escarpada a lo lejos;
si seguía el segundo camino podría mojarse. Qué presión.
Tanta, que no pudo soportarla: al final decidió no tomar
ninguna decisión.
"NO TE SALVES" (Mario Benedetti)
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer lo párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo
“El que es capaz de dominarse hasta sonreír en la mayor de sus dificultades, es que ha llegado a poseer la sabiduría de la vida”, dice un proverbio oriental. Yo admiro a las personas que se muestran siempre optimistas y sonrientes, pero no siempre me parece saludable. A veces esa actitud es enfermiza, de negación de la realidad. Y para poder trabajar en cambiar la realidad (con ese optimismo tan admirable y recomendable) primero hay que aceptarla, asumirla, reconocerla.
No hay que ser tan exigente con uno mismo como para esforzarse tanto en esconder los propios sentimientos. Es más sano concederse el lujo de reconocer que estás mal y que no te importe aparentarlo, saber aceptar las circunstancias adversas, en lugar de negar el inminente derrumbe pintando una sonrisa en la fachada.
Ven, siéntate, tengo que contarte una cosa, me dice el desconocido
en tono grave. Yo no me puedo creer que un hombre como él me vaya
a hacer una confidencia, y más sabiendo que soy periodista, pero
precisamente por eso, me dice.
Quiero que entiendas que todo lo que te voy a contar es estrictamente
confidencial, que no puede salir de aquí, yo nunca te he comentado
nada y menos aquí dentro. Intrigada, le sigo el juego y estoy a punto
de cerrar la puerta, o de proponerle que nos veamos en un lugar más
discreto, pero él continúa hablando en voz baja, sentado cerca de mí
y mirando al suelo.
Es una situación un poco embarazosa -reconoce-, me da mucha
vergüenza pero tengo que decírtelo, no puedo dejarlo más tiempo,
esperaba que vinieras antes. Yo intento esconder una sonrisa nerviosa
porque me parece desmesurado su tono y trato de transmitirle confianza
con la mirada, le digo “adelante” sin palabras.
Pero él continúa dando rodeos alarmantes, me pregunta quién, cómo,
cuándo, dónde como un novio celoso y eso me desconcierta.
En cuanto empiezo a hablar, me arrepiento, pero a él no sé contestarle
con evasivas.
Pero él hace como si no tomara nota de mis comentarios, como si
sólo preguntara para ganar tiempo, y de hecho lo gana: diez minutos
después se levanta de su sillón aliviado y aparece en la estancia
el otro tipo, el que me da más confianza, que entra con las manos frías
y el abrigo puesto. Del bolsillo saca un regalo. De joyería, envuelto
en rojo. Es para ti, es el primero, ábrelo, espero que te guste, creo
que es de tu estilo, si no te lo cambio.
Sonríe. Sonrío.