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Alguien que anda por aquí

Cotidiano

Por culpa del teléfono estropeado

Por culpa del teléfono estropeado

Con estas pintas que llevaba el sábado en la fiesta de Halloween tenía que haberme presentado esta mañana en la comisaría de la Policía Nacional de Alcorcón, para que no me pasara lo que me ha pasado. Que me han hecho estar sentada en una silla incomodísima esperando, esperando, esperando, esperando mirando al suelo para volverme a ir una hora después igual que como había entrado.

A veces es verdad que se gana más por las malas que por las buenas, pero si tienes escrúpulos no te quedas igual de conforme, así que esta mañana no he protestado, no he sacado a la niña satánica de la que me disfracé el sábado.

Será que afortunadamente me estoy haciendo mayor, ya intento no sacar la katana por causas perdidas. Cultivar el arte de la paciencia, dejarlo correr. Hablando se entiende la gente, que dicen, pero precisamente eso es lo que no ha pasado hoy, que sí he estado hablando pero no ha habido ningún entendimiento. He estado jugando al teléfono estropeado sin saberlo, y malditas las ganas que tenía de ponerme a jugar, madrugar y llegar hasta Alcorcón para hacer mi reportaje, en un día de fiesta en el que todos con los que tenía que trabajar no estaban trabajando.

Lo bueno de todo esto es que me he dado cuenta, volviendo en el coche, de que no estaba enfadada. No merecía la pena estarlo; no he perdido fuerzas en protestar. Ya estaba perdida la mañana, ya no podía hacer nada para remediarlo, no valía la pena estropear además mi estado de ánimo.



Cuestión de matices

A mí me encanta hablar, pero no me gusta nada tener que hablar.

Ser bueno está infravalorado

“Ser bueno está muy sobrevalorado”, dice el lema de la película infantil Gru, mi villano favorito, pero yo creo que no, que ni siquiera está suficientemente valorado ser buena persona en esta sociedad que premia a los excesivamente competitivos, a los listillos, a los pelotas, a los que no tienen escrúpulos y las cosas les salen bien.

Tanto, que nos sorprende encontrarnos en nuestro camino con gente que haga las cosas bien porque sí, por bondad intrínseca, sin darse siquiera cuenta de ello, sin presumirlo, sin esperar nada a cambio, como debe de ser.

Tanto, que a menudo se asocia ser bueno con ser tonto, que a veces incluso tenemos miedo a definir a alguien como “buena persona” por miedo a que se malinterprete y lo suavizamos con un “es buena gente”, que eso sí lo entiende todo el mundo como una virtud.

“Tened en cuenta que el trabajo y las buenas personas, como siempre, serán premiados”, escribe quien fue mi jefa en un correo electrónico. Lo leo y me alegro de que haber trabajado para alguien que tiene esos valores, me alegro sobre todo de que siga pensando así a pesar la injusticia por la que acaban de echarla: era su mail de despedida.

No es oro todo lo que reluce

Qué mundo este, no te puedes fiar ni de los cereales. Me lleno un bol pensando que voy a tomar una cena sana y descubro que tienen casi las mismas grasas y azúcares que un donut chocolate fondant, y están menos ricos. Eso sí que son falsas apariencias. Esto me pasa por no seguir mis instintos.

Cosas que he hecho hoy

Ver amanecer sobre Madrid sin su nube de contaminación, enterarme de que Móstoles tiene un edificio "que se comporta como un organismo vivo", poner a bailar a un león y una jirafa, rescatar a un hombre del frío y el olvido, rascar una estrella azul con olor a fresa ácida, meter una y otra vez a un zorro en su madriguera, escuchar emocionada la primera palabra de tres sílabas que pronuncia mi sobrina.

Después de haber estado jugando las dos con una marioneta, me ha seguido por toda la casa, se ha plantado en el medio del pasillo, se ha quitado el chupete, ha gritado: "¡¡E-LE-NA!!" y con una sonrisa, achicando los ojos, se lo ha vuelto a poner.

Siempre que lluevas sobre mí

La verdad es que no tengo muy buena memoria para las fechas, los nombres ni los datos útiles, pero los versos se me quedan con mucha facilidad. Hay palabras que escucho una sola vez y se me quedan latiendo siempre dentro, permanecen en algún rincón oculto flotando aletargadas y salen a relucir una noche como ésta para definir en una sola frase -que escuché hace años a un contador de historias- lo que hoy estoy sintiendo:

"Cada vez que lluevas sobre mí, los paraguas de mi corazón permanecerán cerrados".

Si sol adentro, sol afuera

Lo primero que veo al entrar en casa es a Espinete saludándome desde el recibidor, como quien tiene un perrito que se sube a sus rodillas. Cómo no entrar con una sonrisa. Es uno de los encantos que, para mí, aparte de las vistas, tiene nuestro piso ya por fin definitivamente sin cajas: que todo guarda un cierto desorden estudiado, orden de objetos deliberadamente fuera de contexto, de época y lugar.

Muñequitos de Playmobil encima de la tele, Pin&Pon en el baño, un huevo encima de la TDT, sillas de terraza en el cuarto de estar, un despacho inservible en la mesa de comedor, árboles, flores y plantas dentro de la casa y ninguna fuera en terraza, tantos cojines en el sofá que parece un dormitorio. Nos gusta así.

Todo esto viene a que mis compañeras quieren poner pimientos en el salón, para seguir con nuestro improvisado fluir de desorden, y aunque no me gustan demasiado los pimientos ni sus expresiones asociadas, con esa excusa ya me parece bien.

Al fin y al cabo, hay que guardar la coherencia de las cosas, hoy justamente una amiga terapeuta acaba de decirme que es sumamente importante que nuestra alma tenga una buena ubicación exterior. Que eso de cambiarme tres veces de piso en un año me debería dejar tocada. Que influye mucho más el contexto externo en nuestra estabilidad de lo que nos creemos.

Es cierto que yo, en determinados momentos del pasado, cuando no podía ordenar mi vida, ordenaba cosas. Pero ahora, aunque me importa y me influye el contexto externo, prefiero trabajar en el interior, porque creo que es mucho más certero el dicho de que si sol adentro, sol afuera.

Una rata me enseñó a patinar

Cuánto miedo nos dan las cosas que luego se quedan en nada. Lo hablaba hoy con una amiga recordando el miedo que me daban las rotondas y el tráfico feroz de Madrid cuando empecé a conducir, aquella vez que me cerraron la M 40 de madrugada después de una jornada laboral agotadora y no supe qué hacer para volver a casa, porque era el único camino que conocía y no había nadie a quien llorar al teléfono para que me diera indicaciones.

A punto estuve de dejar el coche en cualquier lado y coger un taxi, pero me dio miedo esperar a que pasara uno sola en medio de un páramo asfaltado. Me sentía más segura perdida dentro de mi coche, tenía gasolina de sobra para dar vueltas por Madrid indefinidamente, y al final llegué, una hora más tarde, cuando conseguí apagar mi histeria preguntando a los transeúntes que había en la calle a esas horas: basureros, dependientes de gasolineras, obreros nocturnos, insomnes paseantes de perros.

Ahora soy una macarra al volante más, ya no queda prácticamente nada de aquel miedo, aunque tengo otros, los miedos siempre son renovados. A menudo de mayores nos dan miedo por ejemplo las polillas, olvidando que de pequeños cogíamos bichos con las manos, los guardábamos en cajas de cartón agujereadas o en frascos y nos pasábamos las horas muertas observándolos. Se suele decir que los miedos son irracionales, que no atienden a razones lógicas, pero no hay nadie más irracional en sus pensamientos que los niños, por estar más apegados aún a sus instintos, tener menos reflejos aprendidos y menos normas de urbanidad impustas, y ellos no tienen miedo. Son inconscientes, solemos decir.

Yo era de las que cogía grillos de pequeña, y no me daban el asco que me dan ahora. En lo que no he cambiado es en la repulsión a las ratas, a pesar de que a mí una rata me enseñó a patinar. Literalmente, en serio. Teníamos una casa con huerto por aquel entonces, y yo estaba aquella tarde en los alrededores con mis patines nuevos, pegada a la pared, moviéndome a la velocidad de un caracol lento. Debía de tener unos siete años y un miedo feroz a caerme y hacerme daño. Pero me daban más miedo las ratas, por eso, en cuanto me pareció ver un rabo largo y grisáceo que se movía entre las lechugas, me eché a correr despavorida. Fue en el momento de llegar sana y salva a casa y contarle a mi madre que había visto una rata en el huerto, cuando me di cuenta de que estaba contándoselo de pie, tranquila y triunfalmente apoyada sobre ocho ruedas.

Nos vemos en los bares

Porque en los bares nos podemos encontrar nueces que piensan, mueslis que no, besos de ardilla, pinochos, peterpanes, tristes de la vida, demasiados aspavientos al otro lado de la barra y a este lado extraterrestres que quieren llamar a casa (nach hause telefonieren). Como dice Ismael Serrano, "en los peores bares, a las peores horas, te encuentras a la mejor gente". De eso sí estoy segura, de que estaba con la mejor gente, formales o aún no.

 

No hay tiempo que perder

A veces me consuelo con aquella frase de Horacio que decía que hay que perder la mitad del tiempo para poder aprovechar la otra mitad, pero generalmente no, generalmente me da mucha rabia perder el tiempo. Por eso me maquillo en el ascensor, aprovecho los trayectos para hacer llamadas o hablo por teléfono mientras cocino o tiendo la ropa. También por eso odio los atascos, e intento aprovecharlos para pensar y escribir líneas para este blog.

 

Pero las palabras que hoy he escrito me han salido torcidas, ruidosas, violentas, rezuman mala leche por los cuatro costados. Miro la hoja garabateada en un semáforo en rojo y me doy cuenta de que no quiero publicar eso, que no puedo dejarme contagiar así por la violencia del tráfico de Madrid.

 

Ya que he conseguido no pitar a ese imbécil que está parado en doble fila mirando la vida pasar desde la ventanilla con cara de nada, tampoco voy a vociferar aquí. Los pitidos son contagiosos, pero no sirven de nada, ni siquiera de desahogo. Ya lo decían los chinos: si tiene solución, por qué te preocupas, y si no tiene solución, por qué te preocupas. Así que decido no preocuparme aunque no me guste llegar tarde a los sitios porque voy a llegar tarde de todos modos, y mejor no llegar agobiada y de mal humor. Ya van a tener que soportar mi retraso como para encima aguantar malas caras.

 

Es lo mismo que pretendo conseguir por las mañanas; soy dormilona pero me he dado cuenta de que no merece la pena quedarse remoloneando en la cama. Conseguir diez minutitos más de sueño no sirve para tener menos sueño, es mejor emplear ese tiempo en vestirme con calma, desayunar tranquilamente o no tener prisa en salir de la ducha. Así se puede empezar bien el día, sin agobios, ganando calidad de vida en esta ciudad frenética que le da la razón al filósofo estadounidense Will Durant, cuando decía: "ningún hombre con prisa puede considerarse civilizado".

El misterio del olor que viene y va

“Hueles a colonia de maromo”, me dice mi compañera de piso desde la puerta de la cocina. Yo estoy sentada a la mesa tomándome tranquilamente un café y la frase me sobresalta. Me río primero, porque me hace gracia, y luego me pongo a pensar. No he tenido a ningún maromo hoy a menos de un metro de distancia. Mi ropa no se la ha puesto ningún chico. Por supuesto, me he duchado esta mañana, pero ni siquiera me he echado colonia o crema corporal (que en cualquier caso sería femenina, de eso estoy segura).

 

“Me ha venido una ráfaga”, insiste ella todavía desde la puerta, “¿no lo hueles tú?”. Sugestionada, me quito la chaqueta que llevo puesta y al olerla de cerca no, pero al volver a ponérmela me viene, efectivamente, una ráfaga a colonia de hombre. Me la vuelvo a quitar y ya no, no huele ni siquiera a suavizante, sólo huele a chaqueta de punto azul, o sea, que no tiene olor: la colonia de maromo sólo está en nuestra cabeza.

 

Qué cosas. Será el poder de la mente, el mismo que origina el efecto placebo, el mismo que hace que veamos platillos volantes donde sólo hay luces, el mismo que vende esa filosofía de las cosas son de quien las desea con fuerza y que hay que proyectar lo que quieres que te pase, o será que yo tengo habitualmente la mente en blanco y soy transparente, porque anoche mismo un mago adivinó el animal que precisamente yo estaba pensando.

 

El que avisa no es traidor

Así que no quiero reproches. No es la crisis del escritor con pánico a la hoja en blanco. Ya dije que estaba de mudanza y que entre cajas es difícil encontrar la calma que necesito para escribir. He tenido un comienzo de otoño bastante complicado, aún tengo no sé cuántas cajas sin abrir y he perdido muchas tardes de tiendas, con lo que yo odio ir a comprar; tanto que en una de ésas, encerrada en la ratonera que es el Ikea, estuvimos a punto de comprar un escritorio como mesa de cocina, hartas ya de tanto mirar.

Los refranes siempre dicen la verdad, así que no soy una traidora. Pero sí una vaga, claro que es una vergüenza que estemos a día 12 y tenga cuatro tristes entradas, cuando mi propósito de año nuevo era escribir siquiera una línea cada día, que todos los días de este 2010 tuvieran algo que contar. Ah, pero eso sí lo he cumplido; todos los días he tenido historias que contar. Lo saben los que han estado cerca, los que quieran saber, que esperen, que en algún momento se abrirá esa puerta.

Ordeno y mando

Detesto ordenar, pero hay que ver qué gusto da ordenar. Me quita hasta el sueño. Cuando me entra la furia ordenadora, descubro feliz un lugar perfecto para cada cosa y encuentro cosas que no sabía que tenía y me doy cuenta de que hasta me sobra espacio y le doy la razón a mi madre, que siempre dice: “¿cómo no va a caber?, bien ordenado, todo cabe”.

Así voy poco a poco deshaciendo el desbarajuste de la mudanza, cogiéndole gusto al orden, retomando el mando de mi vida, quién sabe si esta es la misma base de los que le cogen el gusto al poder y la escalada de orden ya es imparable.

Cómo no levantarse de buen humor

Cómo no levantarse de buen humor

Cómo no levantarse de buen humor si esto es lo primero que veo cuando abro los ojos, porque yo nunca bajo las persianas. Mi principal requisito cuando nos pusimos a buscar piso era que la casa tuviera luz porque yo la necesito para vivir, como las plantas para hacer la fotosíntesis. A veces la realidad supera nuestros deseos. La primera vez que volví a casa después del trabajo, pensé que me había dejado la luz encendida porque no era normal la claridad que había dentro del piso, pero ¡ah, no! era el sol.

"Algo nos está pasando

desde que la gente está empeñada

en quererse amar y en poder vivir.

Algo nos está pasando

ayer apreté el interruptor de encender la luz

y encendí el sol", que cantaba Silvio.

 

Hoy es un día de esos

Hoy es uno de esos días en los que ya no tengo fuerzas ni para teclear. Me he pasado toda la tarde peleándome con la vida que había debajo del sofá, peleándome con mi ordenador que ha decidido hoy morirse, peleándome en silencio con los que se quedan mirando a las musarañas en doble fila.

He perdido la tarde también haciendo viajes con cartones para el contenedor, bolsas para la basura, cajas para la nueva casa (¿de dónde salen tantas cosas? ¿acaso se están reproduciendo de tanto esperarme en el pasillo?), preguntándome de dónde salen tantas pelusas, cómo se originan, por qué deciden reunirse todas en los rincones, de qué hablan en esas reuniones, etcétera.

He estado, como podéis suponer, muy dispersa, quizá por eso he tardado tanto en acabar de irme de la casa verde. Tanto que ni siquiera me he despedido, ya ni me da pena, soy una convencida infiel con la casa blanca. 

Así que no me quedan ya fuerzas. Tengo, eso sí, ideas de sobra dándome vueltas por la cabeza. Podría quedarme aquí un rato compartiéndolas, pero tengo a un ser humano respirando aquí a mi lado, deseando que apague la luz y que me duerma.

 

En ocasiones veo cajas

En ocasiones veo cajas

Concretamente 30 cajas rodeándome ahora mismo, 27 cerradas, cuatro maletas, siete bolsas y no sé cuántos bultos más.

Ni siquiera aún está todo dentro de la nueva casa, y aún quedan los trámites más engorrosos que conlleva todo cambio de domicilio. Y no me refiero sólo los engorros burocráticos (que ya sabéis que detesto porque yo he nacido para ser marquesa) sino a lo que para mí es más difícil de las mudanzas: encontrar un nuevo sitio para cada cosa, aprender a llegar rápidamente a la nueva casa, acostumbrarse a los nuevos vecinos (ya he conocido a dos hoy, un matrimonio muy simpático ("del 7ºA, tanto gusto") que están "para lo que se ofrezca" y un niño estúpido que me ha llamado "abuela", aunque rápidamente ha logrado evitar que comenzara a cavar su tumba, porque cuando le he preguntado me ha echado 26 años).

Pero sobre todo, lo que más me cuesta de las mudanzas, lo que me da más tristeza, es abrir un cajón y que aparezcan servilletas en lugar de cubiertos, ir a coger el azúcar y encontrarme el orégano, no saber dónde están los vasos, las medicinas, los cuadernos.

Pero a quién le importa todo esto cuando levanto la vista y veo todo Madrid a mis pies, este mar de fueguitos en misterioso silencio.

Se busca mansión

Ya está decidido. No voy a hacer lo más sensato, lo que me recomienda todo el mundo, esa tontería de aprovechar la mudanza para tirar cosas. La gente me lo dice como si fuera nueva en esto, cuando he vivido en 17 casas distintas a lo largo de mi vida. Ya perdí bastante en el camino.

 

Sé que no sirve de nada acumular recuerdos del pasado, sé que además a menudo estorban, sé que sólo serán útiles cuando tenga 70 años, cuando me servirán para traer al presente instantes de felicidad desde el pasado a través de los recuerdos, pero quizá por eso.

Los objetos a mí me sirven para viajar en el tiempo, me cuentan historias, me hacen revivir sensaciones que son sumamente reales y nítidas con el objeto delante, tienen mucho más poder que cuando las traigo al presente sólo a través de la memoria.

Hoy por ejemplo he encontrado mis primeras gafas. Las que me tuve que poner con rabia cuando me cansé de achicar los ojos para ver la pizarra en octavo de EGB. Son, por supuesto, espantosas, redondas y grandísimas. No tienen ya cristales, pero me las he puesto y juro que me he mareado, veía borroso, como cuando te pones las gafas de otra persona, con distinta graduación. Ha sido exactamente la misma sensación de cuando me las puse por primera vez y veía el mundo de otra manera, más brillante, más nítido, pero también extraño.

¿Os dais cuenta de cómo no me puedo deshacer de este tipo de cosas? Si no puedes con el enemigo, únete a él. Me resigno a convivir el resto de mi vida con mi síndrome de diógenes, pero tengo que actuar para que nos llevemos bien, hacer algo.

Por eso digo que está ya decidido: ya que no me puedo deshacer de todas mis cosas, lo que tengo que hacer es empezar a trabajar desde ya para poder vivir en una mansión en la que quepan todas mis cosas. Viendo cómo está el periodismo, creo que lo más sensato será centrar mis esfuerzos en intentar casarme con un millonario que me permita destinar todo un ala de nuestro palacio a mi museo de nostalgias.

El primer paso es reconocerlo

Y digo yo: Si puedo vivir -como estoy viviendo actualmente sin ningún apuro- con la mitad de mis cosas encerradas en cajas, ¿no será que me sobran exactamente la mitad de las cosas que tengo?

Ya sé, ya sé que la respuesta es fácil, pero a ver quién es el guapo que le da la noticia a este síndrome de diógenes que tengo (romanticismo nostálgico lo llamo yo), con el que me voy a mudar también al nuevo piso...

Cómo ganarse una propina

Ya íbamos a dejarle cinco euros de propina y el tío se ha quedado con uno más, por todo el morro. “Este eurito me lo quedo yo para tomarme una birra”, nos dice. Vale que se ha pegado una paliza tremenda haciéndonos la mudanza, pero es su trabajo, le hemos contratado para eso, él fijó el precio y encima le hemos ayudado.

Por definición, las propinas hay que ganárselas, no quedárselas ni pedirlas, y desde luego él ni siquiera se la había ganado, que han tardado casi una sospechosa hora entera en descargar el camión (sospechosa sobre todo por cómo olían a cerveza) y nos han ensuciado el sofá.

Pero qué hacer, no hemos sabido reaccionar. Lo peor es que te quedas con cara de tonta cuando te encuentras en una situación así, y de eso se aprovechan los aprovechados, dan por supuesto que nadie tendrá tanto morro como ellos.

A mí me gusta dar valor a las palabras que digo y a las cosas que hago, por eso generalmente no dejo propinas por costumbre sino cuando lo merecen.

Una amiga mía nunca deja propinas en los bares ni restaurantes porque dice que ella también es mileurista y no por eso le dan propinas, que esa es una costumbre de señoritos que agradecen con condescendencia que les están haciendo un favor por servirles el café, cuando es su trabajo, y creo que en parte tiene razón. Pero a mí sí me gusta dejar propinas cuando ha sido un encanto el camarero, que me traten bien sobre todo cuando voy a un bar sola me suele alegrar el día.

Por ejemplo a mi frutera, que es una choni de barrio, le dejaría propinas siempre, pero no hay costumbre y ni siquiera cobra ella. Le dejaría propina porque es buena gente, se le ve, hace con cariño su trabajo y trabaja muy bien, es amable sin ser empalagosa ni pesada, le sale con naturalidad. Te recomienda frutas u ofertas, y escoge las mejores piezas cada vez.

Me gusta ese tipo de personas, y el camarero de un pub que hay debajo de mi casa, que nos recibe siempre como si fuéramos sus amigas de toda la vida, se alegra de vernos y nos invita a una ronda cuando considera que nos hemos quedado poco tiempo en su bar.

También me gusta el camarero de una terraza en la que me senté el otro día, que al limpiarnos la mesa con una bayeta dijo: “A ver, un poquito de Feng-shui por aquí para que fluya la conversación”.

Ya tenemos perrito que nos ladre

Vale que mi compañera de piso y yo somos unas cotillas, pero esta vez la culpa es de los tabiques de estos edificios nuevos que ya no son como los de antes, no dejan lugar a la intimidad del hogar.

Por culpa a ellos nos enteramos de la tremenda bronca que organizaron de madrugada nuestros vecinos de rellano, una pareja joven de modernitos que nunca nos habla pero a los que solemos oír desafinar, porque les gusta cantar pasada la medianoche.

Desde cualquier lugar de nuestra casa se oyeron esa noche unos golpes terribles y después, nada. Al día siguiente ni siquiera escuchamos a su perro ladrar. Horacio se llama el pobre perro, es tan feo que parece un jabalí y ladra todo el tiempo, es pesadísimo, debe de estar amargado encerrado en esa casa.

Fue un alivio dejar de oír ladrar al pobre perro, pero también sospechoso. Quizá su desaparición estaba relacionada con los golpes de aquella noche, porque creemos que el perro era de ella y a él no le gustaba un pelo tener a ese bicho todo el día ladrando.

El caso es que nosotras estuvimos meses agradeciendo poder echar de menos sus ladridos y hoy de repente han vuelto, los llevamos oyendo todo el día y ahora acabamos de ver a la pareja paseándolo por la calle, muy acaramelados, como nunca antes los habíamos visto. De hecho, antes nunca sacaban al perro juntos, es más, ni siquiera salían a la calle juntos, y creo que por lo nervioso que estaba el perro siempre detrás de su puerta, ni lo sacaban.

Pero hoy sí que lo han sacado, lo hemos visto con nuestros ojitos, eso ya no son intuiciones de vecinas cotillas detrás de la puerta. Así que hemos concluido que no vivimos puerta con puerta con unos criminales – asesinos de perros pesadísimos, sólo con una pareja que se acaba de reconciliar. Qué bonitas las segundas oportunidades, aunque de fondo no suene música de violines sino ladridos de perro-jabalí.