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Cotidiano

Desde las alturas, una explicación

Desde las alturas, una explicación

Por culpa de esta foto he escrito tan poco estos días en el blog. Reconozco que he perdido la buena costumbre y lo lamento, pero tengo una buena excusa: he estado liada buscando el piso perfecto y ha resultado que existe, o al menos me importan poco sus defectos teniendo estas vistas desde la que será en unos días mi habitación...

Intuyo que seguiré escaqueándome de mi escritura diaria mientras dure la agónica mudanza, es difícil encontrar la paz que necesito para escribir rodeada de cajas, pero espero que dentro de poco las alturas me inspiren... al menos estaré más cerca de las musas desde mi nuevo octavo piso, claro que quizá tan cerca de ellas que será demasiado fácil desviar la vista del ordenador...

Perder las buenas costumbres

Me echa en cara una amiga que ya no le doy dos besos cuando nos encontramos. La confianza da asco, me reprocha medio en broma. Tiene razón, últimamente nos vemos mucho y he olvidado ese gesto de cariño.

Me he acostumbrado a su presencia, a que verla no sea una novedad y por eso he perdido la buena costumbre de saludarla con dos besos, que con toda la razón me reclama y echa de menos.

Pero no quiero dejar de demostrarle mi cariño, no quiero dejarme arrastrar por las prisas, el agobio del trabajo ni la rutina cuando estamos juntas. Hay que cuidar a las personas que queremos, no hay que perder las buenas costumbres.

Es como ese novio que iba a buscarla todos los días a la salida del trabajo, hasta que un día dejó de hacerlo. Se encontraban un rato después en cualquier otro sitio, no es que dejaran de verse, pero aún así es lógico que ella echara ese gesto de menos y tenía derecho a reclamarlo, era él quien la había acostumbrado.


De señales y deseos

Dice una amiga mía que hay que desear las cosas que queremos que nos pasen con fuerza, con convencimiento y con todo lujo de detalles, porque la vida no va a andar jugando a las adivinanzas. En esas estoy, aspirando a encontrar el piso de mis sueños convencida de que existe y de que está disponible, no hay por qué conformarse con menos.

Lo cierto es que encontramos ese piso que cumplía todos los requisitos (incluso los prescindibles), ese piso en el que ya nos veíamos viviendo, ese piso hacia el que apuntaban todas las señales, y lo dejamos escapar, porque tampoco creemos tan a ciegas en el destino.

Bueno, en realidad lo dejamos escapar porque los caseros iban a ser la panda de friquis de la que escribí hace unos días y pretendían jugar sucio con nosotras, pero igual fue una decisión nuestra no dejarnos llevar por lo emocional, lo que es todo un logro teniendo en cuenta lo poco racionales que somos en nuestra vida diaria. Al fin y al cabo, yo al menos creo que las señales sólo existen si crees en ellas y quieres verlas como tales. Si no les otorgas tú conscientemente un significado, son simples coincidencias, hechos accidentales que suceden a tu alrededor, cosas que pasan y no se quedan.

Pobre Alberto Pérez

    Pobre Alberto Pérez, que llamó a su puerta un día de diario a la hora de la siesta haciéndose el simpático y preguntándole qué tal. Ella dijo “bien” y él “pero no me mires con esa cara de susto”, y ella “perdona, pero es que no te conozco de nada”, y era verdad.

    No era verdad que tenía sólo 23 años y por eso no podía apuntarse a la campaña que vendía puerta a puerta el pobre Alberto Pérez sin perder la sonrisa ni el ánimo.

    Es que ya no saben ni qué inventarse los comerciales para que no les cierres la puerta en las narices, y supongo que lo tienen estudiado como una buena fórmula para enganchar clientes, porque hay mucha gente sola en esta ciudad que agradecen incluso que un desconocido comience a darles conversación preguntándoles qué tal están.



Un muerto es un escándalo

Es terrible estar de acuerdo con un monstruo como Goebbels, pero hay que reconocer que tenía razón cuando afirmaba: “un muerto es un escándalo, mil muertos una estadística”.

Leo en un reportaje que en 2009 murieron más soldados estadounidenses por suicidio que en el campo de batalla y se me ponen los pelos de punta, pero ya casi ni me escandalizo cuando a diario salen imágenes de los atentados en los que mueren decenas de civiles en Irak, lo oigo como se oye llover.

20 millones de afectados por las inundaciones en Pakistán duelen menos que un solo fallecido por la ola de calor en España, importa menos, ocupa menos en el telediario, no llegamos a imaginarnos que lo de Pakistán es como si quedara arrasada la mitad de nuestro país.

Tengo una amiga que vive en el Norte de México y entonces me interesan las terribles noticias que llegan del Norte de México. Si no la tuviera a ella, si no recordara su testimonio entre lágrimas, pasarían a mi lado sin tocarme el corazón, sin preocuparme, las noticias que salen en los medios. Qué egoístas somos los humanos, eso sí que es un escándalo.

Los friquis se crían y luego no se juntan

Lo digo porque en las últimas 24 horas se han cruzado en mi vida cuatro personas que más bien son personajes. Uno de 83 años con pintas de rockero trasnochado, pelo largo blanco con coleta deshecha y tres camisas una encima de la otra que se nos quedó mirando con la cabeza ladeada, pidió tabaco y se marchó, diciendo que volvería a lo mejor, o no.

Otro acodado eternamente en una barra con pose de galán de cine, con un traje de ejecutivo ajustado que igual podría venir de una reunión de trabajo o de hacer un striptease y mirando el panorama sin hacer absolutamente nada que no fuera beber poco a poco un mini de cerveza.

Una poetisa con camisa de seda, brillantes en el pelo, tirabuzones en las puntas y zapatos de andar por casa que juega a ser despistada, escondiendo a la arpía que lleva dentro y en un momento nos llena la mesa de papeles, carpetas, refrescos y patatas fritas.

Un señor fanático del judaísmo, descamisado de pelo en pecho que se mueve frenéticamente mientras nos cuenta que tiene la manía de plantar árboles y de no tirar muebles destartalados y que nos explica las excelentes calidades de un edificio y que nos ofrece los 38.000 libros de su biblioteca, dice.

Se me han cruzado en la vida estos cuatro personajes como digo en las últimas 24 horas y he comprobado que les gusta la gente normal. Los friquis no quieren tener competencia, quieren destacar. Podríais pensar que yo tampoco soy una muy persona normal que digamos, que si se juntan conmigo algo en común verán, pero no. A uno de ellos precisamente le gustamos mis amigas y yo por normales, por ser naturales dijo. Viva la naturalidad, la de ellos y la nuestra.

¡Existen los ángeles!

¡Existen los ángeles!

Existen los ángeles, los duendes y las hadas, claro, si ya sabéis que yo siempre he creído en eso, incluso aún me parece ver a los Diminutos (pequeños seres bondadosos que están viviendo con nosotros) asomándose por las rendijas del respiradero del baño. Pero yo, que me he acostumbrado a convivir con estas imaginaciones mías sin darles demasiada publicidad, ¡ahora tengo pruebas!

Lo digo porque hay un ángel en la Comisaría de la Policía Nacional de Coslada que me ha hecho un gran favor sonriéndome y todo, como los ángeles de verdad. El mismo favor que me han negado unos minutos antes cinco agentes fornidos y ociosos, que no se han apiadado de la mejor carita de niña buena que he conseguido poner.

Yo solo necesitaba urgentemente renovar mi DNI, y mi ángel lo ha hecho posible sin que yo tuviera que mentir (apenas) ni utilizar mis armas de mujer. Lo mejor de todo es que ahora mi DNI, un triste y gris documento oficial, tiene una historia bonita que contar, aunque para mí haya sido una odisea.

Y aunque en él yo salga ahora con una cara espantosa de fotomatón, eso es más importante que haber perdido para siempre mi anterior documento en el que (arriba tenéis la prueba), salía fenomenal. Modestia aparte, todos me lo dicen; eso sí, añadiendo que no parezco yo ni de lejos, pero juro que la foto me la hizo un chino en Aluche hace un par de años.

Bromas aparte, lo importante es que me creáis, los ángeles existen, pero van disfrazados de personas normales que se cruzan a veces en tu vida para quitarte las piedritas del camino, para ayudarte a sortear los días terribles con pequeños gestos generosos, con las palabras adecuadas que llegan a tiempo, con unas risas después de cenar.

Ay, Manolete

Lo escribo ahora, en esta madrugada insomne, para conjurar el peligro, para ahuyentar fantasmas, para romper el hechizo. Confío en no tener que volver aquí dentro de poco con el rabo entre las piernas para completar el título de este post. Soy consciente de mis limitaciones, pero no son infinitas ni perpetuas. Por qué no voy a poder. Siempre he crecido ante la adversidad. Ya lo decía Haruki Murakami, hasta que las cosas no te pasan por primera vez, no han sucedido nunca.

Adónde irán las preguntas que no hacemos

Un día, mientras estaba yo esperando al autobús en la calle, se me acercó una chica y me preguntó con acento argentino si tenía la cara sucia. Yo me quedé mirándola extrañada, porque la verdad es que la chica era guapísima e iba impecablemente maquillada, así que le dije que no se preocupara, que estaba bien, y entonces ella, con una media sonrisa, me confesó que me hacía la pregunta porque había estado llorando.

En ese momento llegó el autobús, en silencio las dos nos subimos, cada una tomó asiento en un lugar y llegamos a nuestro destino, no pasó nada más. Han pasado muchos años desde aquéllo y aún me pregunto por qué no fui capaz de decirle nada. Claro que era una desconocida, pero era una desconocida que me acababa de confesar que había estado llorando y yo no supe qué contestar.

Podría haberle ofrecido un pañuelo, preguntarle si ya se encontraba bien, si podía ayudarla en algo, si quería tomar un café... puede que entonces ella me hubiera contestado que me metiera en mis asuntos, pero quizá un gesto amable por mi parte le habría sentado bien.

Tiene que pesar más esa segunda posibilidad, la de hacer algo bueno por alguien aunque ni siquiera sea un ser querido. Está en nuestra mano, con gestos muy sencillos, hacer que se sientan bien las personas que nos rodean. Yo creo que todo en esta vida está entrelazado, que cualquier gesto tiene consecuencias.

Si yo le cedo el paso a una persona en el autobús con una sonrisa, esa persona irá dentro de lo que cabe de buen humor a trabajar y atenderá mejor sus gestiones y llegará más relajada a casa y tendrá ánimo para jugar un rato con sus hijos, por ejemplo.

Si esa persona empieza el día con una chica que de malos modos le entorpece el paso porque está pagando el mal humor que le produce madrugar, por ejemplo, empezará la jornada refunfuñando y será más fácil que a partir de ahí todo se vaya retorciendo.

Por eso tenía que haberle dicho algo amable a aquella chica argentina que me encontré en la parada del autobús. Demasiadas veces no hacemos gestos amables hacia otras personas que pueden contribuir a crear un mundo mejor. Siempre me ha gustado la canción de Víctor Manuel que se pregunta adónde irán los besos que guardamos, dónde se irá ese abrazo si no llegas nunca a darlo.

También hay que atreverse a preguntar más, perder los miedos y la vergüenza, explicarnos, abandonar misterios y absurdos pudores. A veces ni siquiera nos atrevemos a preguntar por miedo a la respuesta, por temor a incomodar, pero creo que siempre es positivo intentarlo, porque si fracasamos, lo peor que nos puede pasar es que nos quedemos igual.

Un hombre con bigote aporrea mi puerta

Hoy a las ocho y media de la mañana he entrado en un local cochambroso de tipos rudos y calendarios de tías en bolas. Estaba desesperada, parecía el único lugar donde me podían echar una mano a esas horas para cubrir mi necesidad. Y efectivamente me han echado una mano de buena gana, si es que para nada sirven los prejuicios. Era un taller de puertas, verjas y persianas, algo de cerraduras también ponía en el cartel.

 

Un hombre sucio, calvo y con bigote me ha acompañado hasta mi casa y ha estado más de media hora aporreando la puerta, haciendo temblar toda la pared del rellano, hasta que he conseguido entrar. Como un caballero me ha cedido el paso, me ha hecho un apaño en la puerta para que no volviera a encajarse la cerradura y con una sonrisa de macho satisfecho se ha marchado, después de susurrar algo sobre cómo somos las tías, que no tenemos en casa ni un destornillador.

 

A mí la verdad es que no me molesta encajar en el estereotipo de hembra débil, ni que hagan comentarios machistas cuando realmente tienen razón. Como aquél día que conseguí con cara de niña desamparada y torpe que dos policías se agacharan junto a mi coche para cambiarme una rueda. Refunfuñaban y seguro que pensaron “mujer tenías que ser”, pero me dio igual, que pensaran lo que quisieran de mí, llegaba tarde a una entrevista de trabajo y estaba formando un monumental atasco con mi coche atravesado en mitad de una calle.

 

Lo positivo de todo esto es que hay gente dispuesta a ayudar sin esperar nada a cambio en esta inhóspita ciudad. A veces a regañadientes, pero hoy de buena gana. Antes del señor con bigote, en una gasolinera, un grupo de desconocidos con prisa se ha detenido a darme consejos, uno incluso se ha ido a buscar en su coche algo que me pudiera ayudar a abrir la puerta, empeñado en que no llamara a un cerrajero porque me iba a costar muy caro, y después la camarera de un bar que nunca había pisado me ha dado un bote de 3 en 1 con una sonrisa y un “ya me lo devolverás”.


Estas cosas pasan en Madrid. Claro que también hay gente que va a lo suyo, que no se paran a echar una mano ni al que vive puerta con puerta. Lo digo porque hoy también me he dado cuenta de que vivo en un edificio rodeada de cadáveres. Porque si no están todos muertos, cómo se explica que nadie se escandalizara anoche ni esta mañana con el ruido y los golpes que hemos dado intentando abrir la puerta, cómo es posible que un señor aporree mi puerta durante más de media hora a las ocho y media de la mañana y nadie haya asomado el hocico ¡ni para cotillear! Desde luego, ahora sé que nadie va a dar la voz de alarma si algún día entran a robarme, ¡y yo preocupándome por no molestar a los vecinos cuando hemos organizado alguna fiesta!





Magia, chasco y giraluna

Hoy me encontré en la playa una piedrita blanca en medio de la arena negra. Me gusta caminar por la orilla del mar mirando al suelo y no al horizonte, sintiendo el océano a mi lado, infinito y rugiendo.

Tengo la manía de recoger piedras allá por donde voy, las colecciono a pesar de que no tengo ni idea de geología y mi amiga geóloga después siempre me dice que escojo las más feas, las que no tienen ningún valor más allá del recuerdo emotivo del momento y lugar en que las recogí.

Yo las voy guardando en una cajita de madera, donde las atesoro todas juntas aunque pasado el tiempo no soy capaz apenas de distinguirlas ni de recordar su procedencia. Pero igual me gusta vivir ese descubrimiento, encontrarme con una piedrita especial en medio del entorno y guardármela en el bolsillo como una prueba de ese instante feliz, aunque la emoción me dure lo que tardo en deshacer la maleta al volver a casa y guardarla en mi cajita.

Así que hoy recogí con ilusión mi piedrita blanca, brillante y con forma de oreja. Estaba sola en medio de la arena negra en la orilla del océano, rodeada de rocas volcánicas, de antiguos restos de lava, y pensé que era una suerte haber encontrado una piedra tan especial en la que nadie (cientos de bañistas, Tenerife hoy parecía Benidorm) había reparado. Tan rara mi piedra blanca en una playa de arena volcánica como encontrar un giraluna en un mar de girasoles. Magia, cómo no, en la tierra de los magos.

Pero cuando presento mi hallazgo a mis amigos de la zona me dicen que seguro que es un trozo de ladrillo, sin más. Que es muy habitual en Tenerife tirar escombros al mar, que en no sé qué pueblo hasta pusieron cámaras en los barrancos para que la gente se cortara de tirar incluso electrodomésticos al océano, que no hay chatarreros y que funcionan tan mal los puntos limpios y los servicios de recogida que cuando haces obras en tu casa es preferible coger un saco y deshacerte tú mismo de todo lo que te sobra.

Así que mi piedra mágica es un escombro erosionado y traído hasta mi playa por el mar, que antes fue probablemente la pared de un chalet de lujo, porque brilla mucho y tiene incrustaciones de trocitos de piedra transparentes. Pero no me importa, igual la atesoro y recordaré esta historia; pasada la desilusión inicial, yo sigo confiando y queriendo creer en mi suerte, en la de poder ver el lado mágico de las cosas, en la de encontrar un giraluna en un mar de girasoles.

Entre un mar de nubes y de pinos

Entre un mar de nubes y de pinos

A este lado del océano

A este lado del océano

En estos días vivo entre un mar de nubes, un mar de lava, un mar de pinos, un mar de luces, un mar de rocas y un espacio inmenso de peces y de agua salada que es el mar... Qué distinto es vivir por unos días en una isla, aunque esta isla parezca todo un continente.

Qué felicidad poder olvidarse de los relojes y las preocupaciones y los jefes y la burocracia y los atascos y de todo lo malo que tiene el Madrid que tanto quiero, del que tengo que alejarme un poco para oxigenarme y seguir queriéndolo. Aquí encuentro la razón para estar trabajando durante todo el año, para vivir estos momentos de felicidad, a este lado del océano.

Aún así, hay cosas que echo de menos. Incluso cuando me despierto en un acantilado junto al mar, cuando ceno sobre unas rocas a la luz de las estrellas, cuando disfruto de una conversación sobre la arena negra y brillante, cuando alguien de repente trae vasos y vino blanco e improvisamos un picnic a los pies de un volcán rodeados de lagartos, y les tiramos a los lagartos un trozo de tomate, que rodean impacientes y lo empujan entre todos, alejándose, felices del festín que se han encontrado

Cuánto hemos cambiado...

Cuánto hemos cambiado...

Quién nos lo iba a decir hace once años, cuando nos conocimos de aquella manera tan confusa, tan atropellada, que después de tantos dimes y diretes, de tantas risas, confesiones, complicidades, enfados y silencios compartidos, que volveríamos todos a reunirnos, a estrechar los cientos de kilómetros que en ocasiones nos separan, para brindar por que sean felices no hasta que la muerte los separe, sino para que sepan hacerse felices todos los días de su vida.

A menudo la vida no es para tanto

Hay una Elena que va por mis sueños y que es mucho más valiente y más decidida que yo. A veces logro sacar a esa Elena a la superficie, pero no siempre. Suele quedarse remoloneando por mis imaginaciones, dibujando un mundo de color de rosa, deshaciendo problemas y ajusticiando a los malos. Pero cuando se asoma hasta a mí me sorprende, porque lo resuelve todo de una manera sencillísima, demostrando que mi imaginación es un espejo que todo lo agranda, para bien y para mal.

 

La vida real no se parece al dibujo que hay dentro de mi cabeza. A menudo la vida no es para tanto. Ni cuando te imaginas que va a suceder una catástrofe, te pones en lo peor y tienes miedo hasta de llamar por teléfono no sea que se confirmen tus sospechas, ni cuando pintas en tu imaginación una realidad fabulosa y luego te encuentras con que no hay música de violines sonando ni estrellitas de colores pululando a tu alrededor.

 

A menudo el problema son las expectativas; ponemos demasiado empeño en ellas y se convierten en frustraciones planeadas de antemano, que decían en no sé cuál novela. Sí hay que tener esperanzas pero no tanto expectativas. Siempre esperanzas, siempre ilusiones, siempre hacia delante, siempre merece la pena al menos intentarlo.


La Elena de mis imaginaciones y yo sabemos que merece la pena no aferrarse a las ensoñaciones y centrarse en vivir dentro del mundo real, con sus choques y sus contradicciones, porque a pesar de lo dicho creemos que al doblar cualquier esquina puede empezar a sonar música de violines, porque creemos que la realidad siempre supera la ficción, incluso en lo maravilloso, en lo mágico.

Que lo peor que te pueda pasar sea vergüenza

Hay mucha gente que se muere frecuentemente de vergüenza. Yo también me he muerto muchas veces de la vergüenza, incluso de vergüenza ajena.

Pocas veces he sido capaz de poner en práctica el dicho aquél de "mejor ponerse una vez colorado que ciento amarillo" o algo así, que ni me lo sé de no ponerlo en práctica. Pero ya estoy cambiando; la pasada semana estuve a puntito de caer fulminada en dos ocasiones por culpa de la vergüenza, pero bastó con aguantar un momento quieta y calladita para que pasara todo y no pasara nada. La vergüenza siempre se pasa, y aquí estoy. Sobreviví. Y tengo incluso fuerzas para compartir mi revelación: Merece la pena arriesgarse porque de las muertes de vergüenza siempre siempre se resucita, y a veces incluso fortalecida.

"Adonde mires claro, allá podrás volar"

"Adonde mires claro, allá podrás volar"

Hay días que una sólo tiene ganas de soñar despierta

Para los que hoy no estaban alegres

Para los que hoy no estaban alegres


Hoy que todo son vítores y caras sonrientes, no me queda ya ninguna alabanza por decir a nuestros campeones, sólo que da gusto vivir en un país hoy tan feliz, más feliz que ayer, más orgulloso que ayer, más ilusionado que ayer. Fuimos a por ellos y hoy vivimos un país más optimista que por unos instantes cree que es capaz de ir a por todo. Ojalá dure el sentimiento porque ésa es la fuerza que ayuda a hacer realidad los sueños.

Cómo no contagiarse de la euforia colectiva, les digo a las dos personas que conozco que ayer no quisieron ver el partido de España. Una se fue al gimnasio y otra al cine, dicen. No importa que no te guste el fútbol, es la representación de un país y lo quieras o no, un momento histórico. Claro que sigue habiendo problemas en el mundo, claro que éste no es el fin de los males, pero no se puede ser indiferente a un triunfo así, tan sufrido y merecido. Una victoria que, aunque a ti no te afecte, hace tan feliz a tanta gente. Ni siquiera se pudieron alejar de la euforia estos dos policías nacionales que ayer estaban patrullando por la Albufera ondeando la bandera de España.


Dónde pongo lo hallado

Dónde pongo lo hallado

Hay un baile de luces blancas puestas en fila allá, a lo lejos, brillando desordenadas en lo alto de alguna parte, como estrellas irregulares. Hay aire fresco entrando por la ventana, risas y sonrisas y palabras y miradas sonoras en torno a una mesa, hay un desconocido que ya me conoce, hay un paseo que me lleva hasta Palacio, un hombre que me llama princesa, unos jardines que no marcan las horas, hay una pregunta bien hecha, un solo de saxofón ascendiendo por los frescos de una capilla, hay una alegre coincidencia, una ilusión compartida, un feliz descubrimiento, un encuentro de almas parecidas...

Lo que nos une

¿En qué se parecen un político del PP, una choni cazamaridos, un estudiante de INEF y el director de una fundación? Todos tenían esta mañana cuando los entrevisté los mismos números en la cabeza: 2-1 a favor de España. Al final ha sido 1-0 pero el sentimiento sigue siendo el mismo, ahora al menos en este país a menudo resquebrajado hay un color, un ánimo, una esperanza y un espíritu que nos une.