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Alguien que anda por aquí

Cotidiano

Mujer de poca fe

Mujer de poca fe

Dejadme que presuma por esta vez. La ocasión lo merece. Se ve que vivir en Vallecas ha dado buenos resultados en lo que a mi capacidad para maniobrar se refiere. Yo que siempre he tenido un nulo sentido de la orientación y una mala percepción del espacio, yo que siempre sido bastante torpe en general, yo que siempre me tropiezo porque no sé calcular las distancias que hay entre mi cuerpo y los objetos que me rodean, hoy he conseguido una hazaña. No me digáis que no es una proeza aparcar en una plaza sólo seis centímetros (a la vista está) más ancha que mi coche. Y lo he metido bien a la primera, y sin calcular siquiera, porque estaba convencida de que no me iba a caber.

La hazaña es mayor porque además he conseguido sitio a la primera, prácticamente en la misma puerta de la casa en la que iba a cenar, un viernes a las once de la noche y en todo el centro de Madrid en plenas fiestas del Orgullo. Otros viernes cualesquiera he llegado a estar casi una hora buscando aparcamiento por ese mismo barrio. Pero los milagros sólo existen si crees firmemente en ellos. Ésta va a ser mi nueva táctica para convocar a la buena suerte; hay que dirigirse directamente al lugar en el que hemos quedado con la confianza plena de que vamos a encontrar aparcamiento, porque desde luego, no es posible encontrar sitio en la puerta si no pasas por delante de ella.



Magia en la vida cotidiana

Magia en la vida cotidiana

Luego dirán que soy yo la que tiene pájaros en la cabeza, la que sueña más despierta que dormida, la que encuentra fantasmas donde no los hay, la que ve figuras que cobran vida en las nubes o en las manchas de la pared... pero es que realmente a veces la vida te juega esas buenas pasadas.

No es que yo me lo invente, es que la fantasía surge, brota a mi alrededor. Hasta en los lugares aparentemente más serios, rodeada de personas mayores y respetables. Y si no mirad otra vez la foto y creedme que la he tomado a escondidas dentro del edificio de la embajada de México en Madrid.



"No hay armonía si todos tocan la misma nota"

"No hay armonía si todos tocan la misma nota"

La foto la tomé en una calle comercial de Lisboa, pero podría haber sido en Cuenca, Copenhague, Bogotá, Nueva York o Madrid. Será la globalización de la que tanto se habla. Casi tan escandalosa como la botella de Coca Cola que aparecía en la imagen que vi en una exposición de un ritual que hacían los indígenas de Brasil. Contra ella, un proverbio chino (aunque los chinos también estén llenando el mundo de fotocopias): "No hay armonía si todos tocan la misma nota".

No, antes no éramos más felices

Aunque hoy Madrid se presente hecho un asco por la lluvia y me haya tenido que echar a las calles toda la tarde para huir de la melancolía de este lunes gris, sigo pensando que soy más feliz ahora, aunque antes me lo pasara tan bien.

 

La época de la Universidad por ejemplo fue feliz, claro, y provechosa, pero siempre quedaba ese asomo de angustia por la incertidumbre del futuro y el agobio de pensar que debería estar estudiando cada vez que salía por ahí.

 

Antes tenía más tiempo de ocio, pero ahora lo disfruto y lo aprovecho más. Aunque ahora a veces tenga sueño a las dos de la mañana de un sábado, algo impensable en aquella época. Aunque ahora tenga ’problemas de mayores’, de algún modo he aprendido a relativizar y a ocuparme de ellos más que a preocuparme por ellos. Afortunadamente los años no han pasado por mi cabeza sólo para poner canas (y mira que de eso se han ocupado a conciencia, tengo tantas canas que parezco cinco años mayor). Los problemas siempre nos parecen inmensos e imbatibles en el momento, pero llega un momento en que te das cuenta de que todo pasa y empiezas a hacerle caso a los refranes.

 

 

Miro el camino recorrido hasta ahora y lo veo torcido pero me gusta, no volvería sobre mis pasos. Sobre todo no volvería a la adolescencia, esa época en la que te ahogas porque tu hermana mayor no te presta la camisa negra de cuadritos para ir a una fiesta, esa época en la que te sientes incomprendida y extraña hasta dentro de tu propio cuerpo y tampoco haces las cosas bien del cuerpo hacia afuera, esa época que, como dice una amiga, todos deberíamos hibernar por el bien de la humanidad.

 

Colocar en su sitio los recuerdos, acotar las sensaciones

Colocar en su sitio los recuerdos, acotar las sensaciones

Voy a ver si puedo salir un rato de mi vida para volver a entrar pausadamente. A estas horas ya no hay nada prioritario que obstaculice el paso. Llevo todo el día pisando charcos reales y metafóricos, todo el día arrastrando sueño y torpezas, pantalones mojados y zapatos como barcos naufragando. El agua estancada no me deja avanzar sino a trompicones. Echo a un lado los recuerdos para seguir avanzando, pero pesan incluso arrinconados.

Yo tenía que haber sido Teresa

 

Como iba a nacer en Ávila, durante los nueve meses de embarazo todos me estuvieron llamando Teresita, algunos Maritere. Dicen que los principios marcan, así que imaginaos el trauma de estar nueve meses creyéndome Teresita y luego ver que en mi partida de nacimiento pone Elena. Eso puede ser el germen de un trastorno de personalidad por lo menos. Fue un repente de mi padre, a quien nunca le gustaron los nombres compuestos y no quiso discutir con el resto de mi familia durante todo el embarazo. Cuando fue a inscribirme en el registro civil, directamente le preguntó a mi madre: “¿cómo le pongo, Elena o Cristina?” “¡Maritere!”, tenía que haber contestado mi madre, pero con la sorpresa sólo acertó a decir “Elena”, y así me quedé. Y yo contenta, no creáis, un alivio no haber tenido unos padres hippies que me pusieran de nombre por ejemplo Nube o Río, eso crea demasiadas expectativas. Es fenomenal si sales artista y ya tienes un nombre que vuela o que fluye como el agua, un nombre que viene del verbo reír, pero resulta contraproducente si a la larga llevas una vida de funcionario.

Luego todo depende de las personas concretas que conozcas, a mí por ejemplo me gusta la palabra Rocío y me parece un bonito nombre pero una Rocío no me trae buenos recuerdos. Aunque al final todo es acostumbrar al oído, aún nos suenan exóticos y musicales nombres como Lluvia pero nadie piensa en el océano cuando conoce a una chica que se llama Mar. El nombre Sol para mí todavía mantiene su brillo, pero me sigue sonando cursi que alguien se llame Celeste, me parecen rotundas e intransigentes las que se llaman Montaña, enigmáticas las que responden al nombre de Camino.....

El desorden de los trasteros

Dice mi compañera de piso que es síndrome de diógenes, pero yo más bien diría que soy una romántica. Claro que seguramente todos los locos tengan una excusa. No necesito demasiado para vivir, pero paradójicamente lo guardo todo, soy incapaz de tirar nada.

Cómo no voy a guardar las dos cajas llenas de postales de los lugares que he visitado y de los lugares en los que nunca he estado. Gracias a ellas tengo el recuerdo de los paisajes que no he visto aún pero espero ver.

Cómo voy a tirar la colección de sellos que heredé de mi madre y que hice con tanta ilusión en algún momento de mi vida, no recuerdo ahora cuál (de hecho, ni siquiera me acordaba de que coleccionara sellos).

Qué clase de desalmada sería si me desprendiera de las montañas de cartas manuscritas que guardo, de amores infantiles y de amigos de cada pueblo en el que viví, las amistades esporádicas de cada lugar donde veraneé, aunque ahora lea algún remite y no sea capaz de ponerle fecha ni cara.

Cómo no atesorar ese pendiente desparejado que te regaló alguien que fue tu pareja, esa pulsera idéntica a la que tenía tu mejor amiga del pasado, esa corteza del árbol centenario bajo el que perdiste tantas tardes a su sombra, esa foto de carné muy seria de una persona que siempre se estaba riendo, ese diario insulso con espantosas faltas de ortografía, esos pétalos secos de mi primer ramo de flores, el llavero hortera que me trajeron de Nueva York y que parecía en su momento el colmo de la modernidad, ese pisapapeles de escayola que me regalaron cuando participé en un certamen de cuentos en Argentina, ese dibujo de una sirena con la caricatura de mi cara, esa corona de princesa con luces de neón de una noche en un karaoke decadente, mi primer carné de una biblioteca, ese cuaderno de notas de mi profesor favorito, esos apuntes tan interesantes que me hicieron sufrir tanto durante la carrera, esas horribles fotos de la adolescencia, esas margaritas de plástico de una fiesta hawaiana, el trozo de pancarta que una vez llevé al aeropuerto...

Nadie dijo que fuera necesario mantener el orden en los trasteros... Eso sí, a este ritmo de acumulación, soy consciente de que no conseguiré ayuda de amigos para mi siguiente mudanza...

El que se aburre es porque quiere

El que se aburre es porque quiere

Hace tiempo conocí a una persona que me dijo que se aburría si no estaba en compañía, y me pareció triste que no supiera siquiera entretenerse en soledad, que no le gustara estar consigo mismo y encontrar aficiones sin necesidad de alguien más, porque por mucho que sea mejor la vida compartida (que lo es, yo tampoco soy una solitaria) es con nosotros mismos con quien seguro vamos a pasar el resto de la vida.

Me acuerdo de esto viendo las fotos del primer cumpleaños de mi sobrina ayer, porque desde luego los niños sí que saben divertirse con cualquier cosa, mirad qué feliz es ella simplemente sacando los libros de una estantería, tirándolos al suelo, subiéndose encima. Se divierte tanto que ni siquiera es consciente de que está manteniéndose en pie sola, sin miedo, ella que sólo sabe gatear.

Qué pena que lo olvidemos de mayores, que nos hagan falta tantas cosas para ser felices, que estemos siempre a la búsqueda de tantos entretenimientos. Y que nos empeñemos en desbordar sus habitaciones de juguetes cada vez más sofisticados, si muchas veces cuando les hacemos un regalo se quedan jugando con el cartón, o con el papel. Tengo unos primos trillizos a quienes les regalamos un futbolín y antes de ponerse a montar el futbolín, que era lo que habían pedido, se quedaron jugando más de media hora con la caja, que era muy grande y ofrecía muchas posibilidades, así nos desborda de pequeños la imaginación.

Es mejor hacer bien las cosas

Me gusta la gente apasionada hasta por su trabajo, la gente empeñada en hacer las cosas bien. Me gusta la frutera del supermercado más cercano a mi casa, que escoge con delicadeza cada pieza de fruta y te hace sugerencias sin conocerte de nada; me gusta el pinchadiscos de una discoteca de música ochentera que baila y canta entregado cada canción contagiando su entusiasmo; me gusta el chico que se saca un pañuelo del bolsillo para limpiar una minúscula mancha después de haber terminado de abrillantar un gran escaparate.

 

Así dan ganas de comerse las hortalizas, dan ganas de bailar, dan ganas de asomarse a ver qué venden en esa tienda.Tal vez no nos hayamos elegido pero aquí estamos juntos, así que intentemos sacar lo mejor de cada uno”, que decían en la película Sol de Otoño.

 

Sacar lo mejor de uno mismo, esforzarse siempre por hacer las cosas bien, aunque sean a priori malas. Como robar,por ejemplo. Si vas a robar al menos roba bien, con cuidado de hacer el menor daño posible. Eso debió pensar el chico que estuvo el otro día hurgando en el bolso que había dejado una amiga mía apoyado en la barra de un bar, al que pilló in fraganti seleccionando tranquilamente el botín, escogiendo cuidadosamente qué quería llevarse y qué no, qué le hacía falta y qué iba a ser inútil. Así, abrió el monedero y sacó sólo los billetes y monedas grandes, miró el móvil y lo dejó a un lado, encontró la PDA y se la quedó en la mano, justo cuando mi amiga le gritó “¡¿PERO QUÉ HACES?!”

 

Habría sido mucho más rápido llevárselo todo y tirarlo si acaso luego a una papelera, habría pasado seguramente inadvertido, pero también el daño habría sido mayor, las molestias de cancelar tarjetas y renovar carnés, la pérdida de esos objetos sentimentales que siempre tienen cabida en un bolso... Es lo malo de ser un ladrón honrado.

Vemos lo que queremos ver

Vemos lo que queremos ver

La ventana o su reflejo, la madera vieja o los colores, el histórico pasado de este edificio de Alcalá o el árbol que cada año crece.

El eterno dilema del color del cristal con que se mira. La moneda siempre tendrá dos caras. La realidad siempre nos devolverá lo que proyecte nuestra mirada.

El indeciso decide no decidir

Y es que también tomas una decisión cuando no te decides, cuando no te decantas, cuando no te implicas, cuando te quedas parado al borde del camino, que diría Benedetti. Lo ha dejado escrito con otras palabras un tal Neorrabioso en la fachada de la parroquia de mi barrio:

"El punto medio es el punto miedo"

El pensamiento circular

Yo no soy de las que se arrepienten después de haber hecho algo. A veces sí, claro, pero por inconsciencia o ignorancia, no porque no lo haya pensado lo suficiente, con eso soy bastante pesada. Suelo pensar antes de hablar y de actuar, aunque eso tampoco garantiza que no me equivoque, es muy fácil tomar decisiones a toro pasado. Y aunque dé más rabia equivocarse habiendo reflexionado previamente sobre un tema, al menos tienes la certeza de que no has podido hacerlo mejor en ese momento y con esas circunstancias, sencillamente porque no se te ha ocurrido. Hay que conocer las propias limitaciones.

 

Tengo la manía por ejemplo de mantener interminables conversaciones imaginarias. Seguramente le doy demasiadas vueltas, pero eso me prepara psicológicamente para el enfrentamiento verbal. Después la vida siempre te sorprende y las personas más, de modo que suele suceder que en la conversación real nunca aparezca la frase que da pie al argumento que yo había preparado, pero no importa, de eso sirve el ensayo imaginario: le has dado tantas vueltas al tema que las frases contundentes revolotean a tu alrededor y acaban encontrando la forma de salir por tu boca, aunque sea revoloteando torpemente y no a la manera de la flecha directa e incisiva que tú habías imaginado.

 

Yo sé que no es sano darle tantas vueltas a las cosas, a menudo ni siquiera útil, pero no puedo evitarlo, soy una persona de pensamiento circular tendente a concéntrico. Y cómo me voy a quitar el vicio si la experiencia me dice que a veces se obtienen resultados positivos: el otro día estuvimos tres cabezas pensando durante una hora para escribir las dos líneas de un sms, ¡y con el mensaje obtuvimos el resultado esperado! Claro que la frase brillante vino sola, lo mejor fue lo más directo y sincero que se nos ocurrió, lo que demuestra la veracidad de una metáfora que he escuchado en la sesión de cuentos de hoy:

No sirve de nada dar tantas vueltas. Si no le echas azúcar, por muchas vueltas que le des al café, va a seguir estando amargo”.

Rodeada de personas felices

Rodeada de personas felices

Está visto que a este país sólo lo levanta el fútbol. Era un día repleto de malas noticias y jamás me he encontrado con tantas personas felices. A mí no es que no me guste, es que siempre me ha sido indiferente el fútbol, y nunca me ha entrado en la cabeza que una persona diga seriamente que el día que peor lo ha pasado en su vida es el que casi vio perder a su equipo. Pero hoy me ha poseído una atlética, me he bajado a un bar a ver el partido y he gritado los goles y me ha dado rabia el empate y me han dolido las faltas y me he puesto nerviosa cuando nos íbamos a la prórroga y al final Neptuno ponte guapo, que vamos para allá.

 

Yo que nunca había visto un partido de fútbol entero (excepto alguno de la Selección), me he ido a la plaza de Neptuno a cruzarme con personas felices, a contagiarme de alegría y a corear el trocito que me sabía de las canciones. Todo el mundo estaba contento por el centro de Madrid y no era para menos, fue un triunfo merecido e histórico, sufrido como sólo saben sufrir los del Atleti. Daba gusto volver caminando a casa sonriéndole a tantos desconocidos con camisa rojiblanca, recibiendo tanta alegría porque sí. "Hijo: por esto somos del Atleti", decía una pancarta. Me alegro por ellos pero comparto desde lejos la alegría, incapaz de sentir esa pasión pero sabiendo, como decía Rousseau, que “todas las pasiones son buenas mientras uno es dueño de ellas, y todas malas cuando nos esclavizan”.

Licencia para soñar

Sobre todo despierta y sobre todo ahora que he perdido mis poderes. No voy a parar de soñar al menos hasta que me detengan los agentes de la autoridad porque, como decía George Lucas, "los sueños son sumamente importantes. Nada se hace sin que antes se imagine".

 

Sorpresas te da la vida

Esta obsesión mía por guardarlo todo da al cabo de los años sus frutos. Tengo la manía de no tirar nada, de darle quizá demasiado valor simbólico a los objetos. La preocupación por no desprenderme de los recuerdos físicos y de guardar todo lo que en el momento tiene significado a veces me juega malas pasadas, cuando me encuentro al cabo del tiempo con objetos que ya son sólo cosas, a las que no consigo asociarles el recuerdo de una persona o de un momento especial.

 

Ahora entiendo a quien una vez me dijo que no quería convertirse en un recuerdo guardado en una de mis cajitas y no me dio su teléfono ni su dirección. Claro que en este mundo nadie es invisible si te empeñas en buscarlo; al cabo del tiempo me encontró y nos reconocimos y volvimos a barajar las cartas hasta que volvió a convertirse de nuevo en un recuerdo encerrado en una de mis cajitas, una de las que hoy abro con asombro mientras busco complementos para un disfraz.

No queda ni rastro del sentimiento pero está su huella, distante y fría. Tan lejana y remota que no consigue ni calentarme en la cara una sonrisa que sea el eco de aquella felicidad.

Mi Lucho ya es mayor

Parece que fue ayer. Fue un parto con ayuda, porque hacía años que no tocaba un coche y me dio miedo sacarlo sola del concesionario, con ese suelo tan brillante y esa cuesta tan empinada que daba a una calle con tanto tráfico. En sus papeles ponía que era un coche de color 'azul lucía', así que decidí llamarle Lucho como femenino de Lucía, porque obviamente era un macho (el coche, el vehículo, el automóvil), y acerté, resultó ser además todo un Luchador, que no se amedrentaba ante los camiones de la Carretera de Andalucía que cogía todos los días por aquel entonces para ir a trabajar.

Echo ahora la vista atrás y me siento vieja de repente, como si mi bebé tuviera que hacer ya la primera comunión. Tengo que llevarle esta semana a pasar la ITV, que a mí siempre me ha sonado a algo que tienen que revisarle a los viejos, ¡si el mío está hecho un chaval! Sé que es ley de vida, que es inevitable que pase el tiempo y deje su huella... sólo espero que no llegue pronto el momento de que abandone el nido.

Elegir el silencio

 

No sé quién dijo: “si lo que tienes que decir no es más bello que el silencio, no digas nada”. Quizá por eso a veces rompo mi propósito de año nuevo no escribiendo en este blog. Reconozco que hay veces que me dejo llevar por la pereza, que llego al final del día atropellada por la vorágine de la jornada y no encuentro el silencio para escuchar las palabras que lo describan y al final no tengo nada que (quiera) contar.

Otros días el silencio es fruto de una decisión consciente: esquivo encender el ordenador en mi día libre porque sé que inevitablemente leeré el correo del trabajo. También hay días en que elijo el silencio porque prefiero morderme la lengua, y días en que no escribo porque simplemente estoy ocupando mi tiempo en vivir.

Sonata de una noche de verano

Hace una noche de verano en pleno mes de abril. En mi casa ha estado todo el día circulando el aire por las ventanas abiertas y ahora se respira silencio, la calma feliz tras un día excesivamente ajetreado. Es el mejor momento de una jornada que no ha sido mala, aunque no pase nada más.

Ahora no suenan los teléfonos, no llegan correos electrónicos, no hay atascos, no hay visitas, y en mitad de la noche disfruto parándome a pensar, aunque mi cabeza lleve todo el día funcionando sin tregua. Tenía para esta noche dos planes estupendos que se han caído por el propio peso del ajetreo diario, pero no importa porque la calle huele a noche de verano, alguien ha encendido una luz en la azotea de enfrente y me siento acompañada por ese trasnochador anónimo que intuyo leyendo desde mi balcón. No pasa nada más.

Me siento en un estado parecido al del día que me reconcilié con Madrid después de regresar del paraíso de unas vacaciones en la playa. Llevaba dos días lejos del mar y seguía detestando esta ciudad febril y ruidosa, pero se me pasaron todos los males mientras me tomaba un tazón de frostis en la terraza: Me reconcilié con Madrid en el mismo instante en que vi atravesando el cielo en mitad de la noche una estrella fugaz.

Desde mi casa nueva no alcanzo a ver las estrellas pero me llega el brillo. Hay una novela que habla de amor esperándome en la cama y no quiero que pase (ahora por mi cabeza) nada más.

 

Quizá sea éste el secreto

Hasta en los lugares más insospechados puede encenderse de repente una lucecita. La frase me sobresaltó ayer viendo una serie española (Los Protegidos, que de todos modos me entusiasma su argumento) y eso que no soy yo de series, ni siquiera suelo ver la televisión más allá de las noticias y alguna película (sobre todo las malas, dónde si no voy yo a encontrar un lugar mejor para dejar la mente en blanco en las sobremesas de los domingos).

La frase en cuestión se la dice el personaje de Mario (el padre de uno de los niños con poderes) al Culebra (el adolescente problemático que se hace invisible y siempre se ha ganado la vida como delincuente). Hablando de líos de faldas, le suelta una frase que despeja todas sus preocupaciones: "A las mujeres no hay que entenderlas, hay que quererlas".

Mensaje en una botella

¿Ése era yo? Dices en voz alta y yo me pregunto cómo es posible que te hayas olvidado.