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Alguien que anda por aquí

Cotidiano

La vida en el aire

Hoy que estoy en actitud contemplativa, recuerdo el eslogan del documental Carl Gustav Jung, una película "psicoanalítica" de Salomon Shang:

 

Dentro de un rayo de sol que entra por la ventana

a veces vemos la vida en el aire

y lo llamamos polvo.

Sonreír o no sonreír, he ahí la cuestión

El que es capaz de dominarse hasta sonreír en la mayor de sus dificultades, es que ha llegado a poseer la sabiduría de la vida”, dice un proverbio oriental. Yo admiro a las personas que se muestran siempre optimistas y sonrientes, pero no siempre me parece saludable. A veces esa actitud es enfermiza, de negación de la realidad. Y para poder trabajar en cambiar la realidad (con ese optimismo tan admirable y recomendable) primero hay que aceptarla, asumirla, reconocerla.

No hay que ser tan exigente con uno mismo como para esforzarse tanto en esconder los propios sentimientos. Es más sano concederse el lujo de reconocer que estás mal y que no te importe aparentarlo, saber aceptar las circunstancias adversas, en lugar de negar el inminente derrumbe pintando una sonrisa en la fachada.

Continúan los misterios

Ven, siéntate, tengo que contarte una cosa, me dice el desconocido 
en tono grave. Yo no me puedo creer que un hombre
como él me vaya
a hacer una confidencia, y más sabiendo que soy periodista, pero
precisamente por eso, me dice.


Quiero que entiendas que todo lo que te voy a contar es estrictamente
confidencial, que no puede salir
de aquí, yo nunca te he comentado
nada y menos aquí dentro. Intrigada, le sigo el juego y estoy a
punto
de cerrar la puerta, o de proponerle que nos veamos en un lugar más
discreto, pero él continúa
hablando en voz baja, sentado cerca de mí
y mirando al suelo.


Es una situación un poco embarazosa -reconoce-, me da mucha
vergüenza pero tengo que decírtelo,
no puedo dejarlo más tiempo,
esperaba que vinieras antes. Yo intento esconder una sonrisa nerviosa
porque me parece desmesurado su tono y trato de transmitirle confianza
con la mirada, le digo
“adelante” sin palabras.

Pero él continúa dando rodeos alarmantes, me pregunta quién, cómo,
cuándo,
dónde como un novio celoso y eso me desconcierta.
En cuanto empiezo a hablar, me arrepiento, pero a él no sé contestarle
con evasivas.

Pero él hace como si no tomara nota de mis comentarios, como si
sólo preguntara para ganar tiempo,
y de hecho lo gana: diez minutos
después se levanta de su sillón aliviado y aparece en la estancia
el
otro tipo, el que me da más confianza, que entra con las manos frías
y el abrigo puesto. Del bolsillo
saca un regalo. De joyería, envuelto
en rojo. Es para ti, es el primero, ábrelo, espero que te guste, creo
que es de tu estilo,
si no te lo cambio.
Sonríe. Sonrío.

Si es que todo hay que decirlo

Si es que todo hay que decirlo

Me parecía una perogrullada, pero una que trabajó en un Dunkin’ Donuts me apunta que no me hago una idea de la cantidad de escobillas de wáter que robaban. De todos modos no sé de qué le puede servir a una persona dispuesta a robar papel higiénico o escobillas de wáter de bar que le recuerden amablemente desde un folio que no debe hacerlo, es más, que está prohibido. Será para limpiar la conciencia del propietario, por su parte que no quede.

También me asegura que hoy ha visto una furgoneta con un cartel que pedía que se pusiera en contacto con un número de teléfono móvil el que le había robado la radio CD del coche, pero para darle la carcasa. Ni tú ni yo hacemos nada con estos restos, debía pensar el conductor.

Homenaje a los Fraggel

Homenaje a los Fraggel

Ésta es la imagen que me sorprendió tanto hace unos días en medio de un atasco, de un día de lluvia, viento, frío y agobios. Me hizo sonreir de puro surrealista, si hay alguien vigilando algo se supone que es valioso, que pidan respetar la "propiedad", y que esa propiedad sea una montaña de escombros. Pero quizá no lo había entendido bien.

Quizá infravaloro el poder de los escombros, el valor de las cosas que sobreviven después de la catástrofe, el valor de los restos, de las huellas, de las cosas que permanecen impertérritas y son difíciles de eliminar. Al fin y al cabo, hay gente que lee el destino en los posos del café o en las migajas de las hojas que quedan en la taza después de hacerse un té. Y sobre todo, ¿no iban los Fraggel Rock a consultar dudas existenciales con la Montaña de Basura?

Cuando se cierra una puerta...

...habrá que abrir una ventana.

"Todo final encierra un nuevo comienzo", dice el I Ching.

“Sólo lo imposible dura siempre”

Me gustó este aforismo la primera vez que lo leí porque me parece una invitación al Carpe Diem, a relativizar los golpes de la vida, a aprender a aprovechar el presente, pero pensándolo bien, es mentira: cuántas cosas se creían imposibles en el pasado y resultaron ciertas.

Encima hace un momento se me ocurre hablar de esta frase con un amigo que está sufriendo mal de amores y me dice que la estoy interpretando mal, que lo que quiere decir la frase es que es imposible encontrar a tu pareja ideal y que te dure siempre, y no se me ocurre qué contestar.

Pastillas contra el dolor ajeno

Es una idea brillante de Médicos Sin Fronteras. Se venden en farmacias por un euro y son seis pastillas de menta que te alivian el picor de garganta a ti, fortalecen tu espíritu solidario o limpian tu mala conciencia y a la vez sirven para subvencionar tratamientos a los enfermos olvidados.

http://www.msf.es/pastillascontraeldolorajeno/

En esta web puedes recetarlas o diagnosticarte tú mismo para comprobar cuánto dolor ajeno sufres. Si sufres un caso agudo, significa que las injusticias y el sufrimiento de los demás te afectan profundamente. MSF lamenta informarte entonces de que esta dolencia no tiene cura, pero sí puede mitigarse, porque las pastillas contra el dolor ajeno suavizarán los síntomas gracias a su acción activa sobre los enfermos olvidados de los países en desarrollo y tú sentirás que tu aportación tiene un efecto real sobre los demás.

Claro que también puedes resultar libre de padecer dolor ajeno tras el diagnóstico, tal vez por la distancia que te separa de estos problemas o por desconocimiento. Pero si has llegado a leer esto ya lo conoces, no está tan lejos.

El poder del "pero"

El “pero” es una palabra muy poderosa, capaz de borrar toda una frase anterior. La infravaloramos porque es una simple conjunción de cuatro letras, pero tiene un terrible poder aniquilador.

Siempre pesa más lo último que escuchamos: Es muy bonito el vestido, pero me hace gorda. La cena estuvo bien, pero me moría de sueño. Es un chico increíble, pero no me gusta.

El lenguaje sirve para pensar, hablamos como pensamos, y aquí no funcionan las leyes matemáticas. El orden de los factores sí altera el producto. No es lo mismo escuchar "te quiero mucho, pero eres insoportable" que "eres insoportable, pero te quiero mucho". Al escuchar la primera se nos quedará cara de circunstancias y la segunda dibujará inevitablemente -y como poco- una sonrisa en la cara.

Érase una vez la vida

Érase una vez la vida

Cuando sea mayor, me gustaría reunir a todos los médicos del mundo y poder darles un curso de comunicación empática con el común de los mortales. No es que yo sea una experta en comunicación, pero sí puedo afirmar sin temor a equivocarme que soy mortal. Por eso me gustaría poder entenderles cuando me hablen de las cosas que me puedan acelerar la mortandad, esto es: las enfermedades, porque lo cierto es que todos nos estamos muriendo, pero a diferentes velocidades, que escuché una vez decir a un médico.

Creo que sería una buena acción por el progreso y el bienestar de la humanidad enseñarles a hablar con personas como yo, es decir: con todos los que no somos médicos, que acudimos a ellos preocupados por eso que ellos ven tan sencillo pero que nosotros no alcanzamos siquiera a imaginar qué diablos son las adenopatías, la leucoplasia, la ascitis o siquiera las “células guía” (así, entrecomillado venía en el informe), por citar algunos términos de los que he oído hablar esta tarde.

Lo que más me fastidia es eso, no poder imaginármelo, ni siquiera recurriendo a mis máximos conocimientos en el área médica, los cuales reconozco que están fundamentados en los dibujos Érase una vez la vida. Qué gran serie, esa sí que hizo un favor a la humanidad, eso sí que era televisión educativa de servicio público, ¡y entretenida!

Ahora que lo pienso, empezaría por ahí mi reunión con los médicos del mundo: les sentaría a ver los dibujos, para después decirles: “Eso es lo que sabemos la mayoría de la gente sobre cómo funciona nuestro cuerpo, así que haced el favor de explicar vuestros diagnósticos a los pacientes de la manera más parecida a lo que acabáis de ver”. Y mirándolos a los ojos, a ser posible, tratándolos como seres humanos, como personas que están preocupadas, además. Porque, como dijo Ramón Gómez de la Serna, “lo peor de los médicos es que le miran a uno como si no fuera uno mismo”.

Desde mi castillo

Desde mi castillo

“La curiosidad es un impulso humano que oscila entre lo grosero y lo sublime: a escuchar detrás de la puertas o a descubrir América”. Lo dijo el poeta portugués Queirós, quien supongo que pensaría que soy una grosera con mis prismáticos nuevos. Pero ah, qué vistas.

Contra los desmaravilladores

"En la vida hay una sola grieta

definitivamente profunda:

es la que media entre la maravilla del hombre

y los desmaravilladores".

Afortunadamente está Benedetti (y estáis tantos otros más próximos, más cotidianos) para ayudarme a permanecer en el lado correcto de la grieta, para iluminar diariamente mi mundo, para devolverme la fe en la maravilla del hombre y enseñarme a luchar contra los desmaravilladores.

Afortunadamente, este lado es mucho más amplio, más duradero, más extenso, más verdadero.

No me explico

Ya lo decía Hemingway: “No te expliques”. Porque "tus amigos no las necesitan y tus enemigos no van a creerte de todos modos", si es que tiene más razón que un santo. Debería seguir su ejemplo siquiera en eso, porque hoy he comprobado que por lo visto, no se me da bien dar explicaciones. Lo que pasa es que a mí me gusta que me den explicaciones, cuantas más mejor, por eso intento hacer lo mismo.

Como no me gusta no contestar las llamadas, debería simplemente coger el teléfono y decir aunque solo sea “no puedo atenderte en este momento”, y no enredarse, como ha sido mi caso, en justificar por qué no puedo detenerme a hablar en ese momento en que efectivamente estoy hablando con la persona que me llama.

Parece un contrasentido, pero los ejemplos han sido claros: qué tal Elena. Pues mira, me pillas conduciendo. Ah, es que te quería contar que... Ya, pero no puedo tomar nota porque estoy en el coche. Ya, sólo era para que supieras que... Sí, pero mira es que voy a llegar tarde. No, si sólo era para que si te viene bien pues... Sí, pero es que de verdad es que ahora tengo prisa. No, pues no te entretengo, pero yo quería que si tú podías a lo mejor pues...

Total, que con la tontería no me he enterado bien y encima me he perdido dando vueltas por Móstoles. Y un rato después, lo mismo. Otro tipo que me llama cuando a él le viene bien, le pido que me llame a las cinco y media de la tarde, cuando tenga tiempo para atenderle bien, y me llama a las cinco menos cuarto. Le explico que aún no he comido, que llevo un día de locos y que por favor me llame más tarde como habíamos acordado y me responde: “ah, ¿no has comido? ¡vaya! Bueno, te puedo llamar más tarde, pero son sólo cinco minutos, mejor nos lo quitamos de encima ahora”. ¿Hola? ¿Qué parte de “son las cinco de la tarde y aún no he comido” no has entendido?

La gente va a lo suyo, así que yo voy a intentar seguir el consejo de Hemingway. Me sabe mal dejarles con la intriga, pero es más frustrante ver que ni siquiera intentas ser entendida.

Todo pasa y todo queda

La primera vez que Karim sintió frío, pensó que se iba a morir. Karim es burkinabe y en su país nunca ha tenido menos de 20 grados de temperatura. Así que para él pasar un invierno en París fue lo más cercano a estar en la antesala de la muerte.


Yo también pensé una vez que me iba a morir. Era pequeña y sufrí un cólico de madrugada, nunca antes había sentido tanto dolor. Siempre que te sucede algo terrible piensas que no puedes estar peor, que ésa es la definitiva. Pero todo se pasa, y lo que no te mata, te fortalece, que diría Nietzsche.


En esos dolores del pasado estoy pensando en este día grisáceo en que he sido atacada de repente por la fiebre. Confío en expulsar pronto a este virus de mi cuerpo y que me baje pronto la temperatura, aunque quizá no sea tan sencillo: puede que para purificarme, sea necesario que me queme en mi propia hoguera.

El día que acepté que..

Ya he aceptado aquella propuesta que me hicieron de forma tan misteriosa la semana pasada. He llegado al lugar indicado sólo cinco minutos tarde porque sabía que no tenía nada que perder, he pasado hasta el fondo de la sala, le he dado la mano a todos menos al que ya conocía, al que he saludado levantando la cabeza, me he sentado en una silla y los cuatro hombres repeinados con traje y corbata se han quedado de pie a mi alrededor, mirándome.

Nadie decía nada. “Vaya, me siento observada”, he acertado a decir para romper el hielo. “Es que queremos estar todos, también es nuevo para nosotros. Él te dice lo que tienes que hacer”, me ha respondido el de mayor edad señalando al más joven. Entonces él ha seleccionado una bolsa y la ha dejado encima de la mesa. “Para ti”. Yo no sabía si tenía que abrirla delante de todos o seguir escuchando instrucciones, pero como se me quedaron en silencio mirando me he hecho la simpática y he abierto la bolsa haciendo bromitas y he sacado los documentos y me he puesto encima de las rodillas el paquete y me ha sorprendido que tuviera un lazo.

Seguían mirando en silencio así que me he lanzado a deshacer el lazo y he roto el papel de regalo y he sacado lo que todos estaban esperando, que no era para tanto: un móvil supersónico de última generación que va a seguir mis pasos durante la próxima semana, porque soy la conejillo de indias de un proyecto piloto del departamento de innovación de Caja Madrid.



Todo está relacionado

Una minúscula gota de aceite hirviendo sobre el pulgar de mi mano derecha provoca que se me erice hasta la piel de la rodilla, o lo que es lo mismo, “una pequeña perturbación inicial, mediante un proceso de amplificación, podrá generar un efecto considerablemente grande”. El concepto del famoso “efecto mariposa” se puede llegar a entender con ejemplos domésticos, al alcance de cualquier mente de bolsillo.

Necesitamos creer

En un día asqueroso como hoy, con viento frío lluvia personas irascibles estúpidas burocracias poco tiempo mucha prisa demasiado teléfono malas noticias por correo electrónico, en medio del atasco me sobresalta una canción de Bon Jovi: “en un mundo que no te da nada, necesitamos algo en lo que creer”.

Necesitamos tener esperanza, necesitamos creer. Que llegará el fin de semana, el ingreso en la cuenta, el tiempo libre, el amor, los días de invierno soleados, el semáforo en verde, un coche que te deja pasar.

Y llega, todo eso va llegando, además con algo que te hace sonreír de puro surrealismo que te regala a veces la vida: un cartel que dice “Respeten la propiedad privada. Gitano de guardia” sobre una valla que protege una verdadera montaña de escombros. Lo he visto aquí mismo, al lado de mi casa, lo que pasa es que no puedo enseñároslo porque no me ha dado tiempo a sacar una foto: inmediatamente se han puesto todos los coches en marcha, desde que me han arrancado esa sonrisa ya todo ha empezado a fluir.

Más alta y más rara

No hablo de mí, sino de ella: más alta y más rara la música que me pide el cuerpo ahora escuchar, al compás de mis pensamientos.

Más alta para que no se escuche otra cosa, más rara para que no tenga ni tentaciones de cantarla mientras voy a 120 por la carretera, porque llega un momento en el que a una le parece que hasta las canciones de Alaska hablan de mí.

El día que me propusieron que...

Me llama por teléfono a las seis de la tarde un hombre -Miguel me dice que se llama-, me dice que me ha visto y que me quiere hacer una propuesta. Lo dice riéndose por lo bajo. Un poco rara, me dice que es la propuesta, que él tampoco sabe muy bien de qué va, pero que si estoy dispuesta. Y yo sí, bueno, adelante, me pica la curiosidad.

Me dice que me ha llamado porque cumplo los requisitos, que doy el perfil, y noto que se sonríe al otro lado de la línea. Empieza con las preguntas personales: ¿estás disponible? ¿tú te mueves mucho? ¿qué día te puedes pasar por aquí?

Es algo que no he hecho nunca pero me lanzo porque le conozco, le he visto sólo en un par de ocasiones pero siempre me ha tratado bien. Es eficaz. Siempre responde como yo espero. Hasta ahora nunca me ha decepcionado, me fío de él. Además es agradable y siempre se ríe conmigo. Aunque yo vaya a resolverlo todo lo más rápido posible, él se toma su tiempo, lo hace bien.

Me promete algo y sé que lo cumplirá, aunque estoy dispuesta a aceptar de todos modos. Lo que me promete es una recompensa, dice. No sé cuál, no puede explicármelo, yo sólo tengo que seguir unas simples indicaciones. Parece fácil, a ver si lo es.

Es algo innovador, como ir con un duende por la calle y que todo el mundo se te quede mirando, como entrar con un duende en los bares y ver que todos quieren hablar con él, algo que también he hecho por primera vez hoy.

Remedio para melancólicos

Remedio para melancólicos

Cada vez que se sentía triste, el Principito movía su silla hacia el lado de su pequeño planeta desde el que se veía la puesta de sol. El remedio para melancólicos que aconseja Ray Bradbury es tumbarse "como una maceta de lirios" a la luz de la luna, porque el plenilunio es "un color sereno, una caricia reposada que modela delicadamente el espíritu, y también el cuerpo".