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Divertimentos

Los superhéroes del siglo XXI

Los superhéroes del siglo XXI

Anoche tuve una fiesta de disfraces por el cumpleaños de un amigo. Aunque ya han pasado los Carnavales, todos teníamos que ir vestidos de algún superhéroe y, como se ve claramente en la foto por nuestras joyas y capas doradas con el oso de Tous, nosotras íbamos disfrazadas de las auténticas superheroínas de este siglo: las SUPER...FICIALES!!

Fue agotador hacer toda la noche de supertontas y superpijas, no está valorado el esfuerzo que cuesta hablar todo el rato marcando las eses e incluyendo oseas cada dos palabras, pero ése era nuestro superpoder, porque para no tener nada en el cerebro y triunfar en esta vida, realmente hay que valer.

Ojalá fuéramos superhéroes

 

Dicen que ya no se fabrican las cosas como las de antes, y es verdad. Ahora las reparaciones te cuestan casi más que el aparato nuevo, debe ser que a las empresas les sale más rentable construir de baja calidad que mantener un buen servicio técnico.

También es culpa de las modas, de nuestras costumbres consumistas y de lo rápido que avanza la tecnología, y yo en general no pongo pegas, pero digo yo... ya que avanza tan rápido la ciencia... ¿por qué no inventan una chapa retráctil para los coches, qué les cuesta? Quiero decir... una chapa que se pueda desabollar con facilidad, que cicatrice instantáneamente, como las heridas de los superhéroes.

Las compañías de seguros y los talleres de chapa igual no hacen mucho negocio, pero ¿y los disgustos que nos evitarían a los demás? ¿no importa en esta vida la felicidad más que el dinero? ¿y lo felices que seríamos todos los despistados de este mundo que, como yo hoy, nos hemos dado dos golpecitos con el coche?

 

Kit, por lo visto ya no te necesito

Hay en la Universidad de Rutgers de Nueva Jersey un equipo de científicos ocupados en hacer uno de mis sueños realidad. En mi vida he oído hablar de esa Universidad, y de hecho hasta el nombre me suena a broma, pero la noticia la publica Europa Press, y asegura que están diseñando un sensor para coches capaz de encontrar sitio para aparcar. Ahí es nada. A la altura del betún se queda el modernísimo sensor de aparcamiento, que lo único que hace es pitar cuando te acercas a un objeto, algo que obstaculiza las habilidades de los madrileños que aparcamos de oído.

Este dispositivo, según informa el Instituto Tecnológico de Massachusetts, emplea una "simple combinación" de sensores ultrasónicos, receptores de GPS y el móvil para encontrar “de forma efectiva” un espacio para aparcar el coche, tanto en la calle como en un garaje. Y por lo visto los investigadores sólo han tenido que configurar “un algoritmo que traduce la distancia de ultrasonidos en huecos de aparcamiento”. Además, combinando estos resultados con el GPS, se pueden obtener los mapas con las plazas vacías y encontrar sitio para aparcar.

Cuentan en la noticia que el 45 por ciento del tráfico de Manhattan se genera por coches que circulan en bloque para encontrar aparcamiento, gastando gasolina y generando gases de efecto invernadero, así que ahí tienen los científicos la justificación para seguir investigando hasta lanzar este dispositivo al mercado.

Yo estoy deseándolo, ellos ya dicen que lo han probado y que el algoritmo es fiable en el 95 por ciento de los casos y que se encontraron sitios para aparcar en 9 de cada 10 ensayos, pero habría que verles buscando aparcamiento en Vallecas a las 7 de la tarde o en Alcorcón a primera hora de la mañana cuando ya estás llegando tarde a una rueda de prensa.

 

A veces las máquinas me gustan más que las personas

Máquinas 1 - Personas 0

Odio reconocerlo, pero a veces las máquinas me gustan más que las personas. Sobre todo cuando se trata de hacer trámites. Lo digo porque hoy he tenido una conversación telefónica con uno de esos contestadores que tienen las empresas para atender a sus clientes y en apenas cinco minutos he resuelto tres gestiones distintas con mi banco: Rapidísimamente una voz enlatada de señor me ha ofrecido las diferentes opciones, me ha entendido a la primera al seleccionarlas, ha comprobado la veracidad de mi identidad, me ha hecho confirmar que estaba atendiendo a mis deseos y me ha enviado un e-mail resumiendo el contenido de nuestra “conversación”: ¡MAGIA!

Ahora sólo queda que el sábado efectivamente llegue el dinero de la transferencia, como me ha prometido, pero no tengo por qué desconfiar de su palabra, aunque sea la palabra de un señor que no existe.

 

Tampoco le puedes pedir a una máquina que hable tu mismo idioma

Por desgracia, la vida no siempre es tan fácil, porque este señor enlatado que me ha atendido tan eficientemente hoy no trabaja para todas las empresas con las que yo trato. Siempre recordaré ese día, cercano a mi 25 cumpleaños, en que yo quise cambiar la tarifa de mi móvil. En aquella ocasión me atendió una señorita enlatada con la que no hice muy buenas migas. Nuestros caracteres no congeniaban. Yo ya estaba informada por un panfleto y sólo quería decirle a Orange que quería cambiarme a la Tarifa Joven, pero la señorita me ofreció un montón de alternativas previas hasta llegar al punto al que queríamos llegar. Y cuando por fin llegamos, me dijo que yo eligiera, de viva voz, entre las siguientes opciones: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana, creo recordar.

Yo le dije rauda y veloz: “Tarifa Joven”. Y ella me dijo: “Disculpe, no le he entendido bien. Repita qué tipo de tarifa desea contratar: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana”. Vaya, lo he dicho demasiado rápido. Pues “Ta-ri-fa Jo-ven”. Y ella: “Perdone, no le he oído con claridad. Repita qué tipo de tarifa desea contratar: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana”. Bueno, habrá ruido de fondo: “Tarifa Joven”, dije con mi mejor voz radiofónica. Pero no: “Parece que tenemos problemas de comunicación, Repita qué tipo de tarifa desea contratar: Tarifa Mis Horas. Tarifa Ocio. Tarifa Joven o Tarifa Plana”. Ok, ok, será la cobertura, me voy a mover y lo repito lentamente, vocalizando bien cada una de las sílabas...

En fin, para qué aburriros, la señorita enlatada tenía como cinco maneras diferentes de decir que no se enteraba de lo que le estaba pidiendo, y a mí todo eso me sonaba a burla por la cercanía de mi cumpleaños. Más que no entenderme parecía que estaba dudando de que yo fuera lo suficientemente joven como para solicitar una Tarifa Joven.

 

A veces ni siquiera me entiendo con las personas que hablan mi idioma

Pero tampoco con las personas con las que he tenido que tratar por teléfono para hacer gestiones me ha ido siempre bien. Hasta en cuatro ocasiones hablé con los operadores de Telefónica para protestar porque no me llegaban las facturas a casa, y siempre me decían que estaba activado el servicio de envío y que no se observaba ninguna incidencia. Eso sí, muy solícitos, se ofrecían a enviarme un duplicado de la factura a la dirección que yo indicara en ese momento, y ésas sí llegaron a mi buzón, pero de modo milagroso, porque cada vez venía escrita en el sobre una dirección distinta: Yo vivía en la calle Illescas, pero en uno de los sobres ponía: C/ Yescas. En otro C/ Iglesia. En otro C/ Iglesias y en el último, C/ Pillescas. Ahí sí que hay que apuntarle un tanto a los carteros y sus dotes adivinatorias.

A éstos sí que no hay quién los entienda

Y éstos no son los peores malentendidos que he tenido cuando mantengo conversaciones por teléfono. Hoy me han vuelto a llamar los de la inmobiliaria para ofrecerme otros pisos. Con tres tipos distintos he hablado. Yo ya dejé claro y cristalino que mis requisitos ineludibles son, aparte del precio máximo que me puedo permitir, que el piso tenga luz y que el edificio tenga ascensor. Sólo eso. Entendiendo por luz la que da el sol y por ascensor ese aparato que sirve para no tener que subir las escaleras a pie.

Pero me llaman para ofrecerme bajos, primeras plantas en callejones estrechos o un quinto piso sin ascensor. Y son insistentes. Hasta el punto de decirme “sí, es un primero, pero cuando te asomas a la ventana parece un cuarto” (Tal cual. Sin comentarios). Uno ha llegado a preguntarme qué quiero decir con que tenga luz. Repito que en mi mundo (que a la vista está que no es el mismo en el que viven los agentes inmobiliarios) un piso con luz es aquél al que le llega la luz del sol, un piso al que podríamos calificar como luminoso.

Lo quiero con luz”, le digo, segura de que se me entiende con facilidad y de que la frase no da lugar a error, a pensar por ejemplo que lo quiero es que mi casa tenga luz eléctrica. “Sí, tiene ventanas”, me contesta, más ancho que largo. “Hombre, qué menos”, respondo con un gancho directo a su estómago. “Ventanas en todas las habitaciones”, se resiste a claudicar él. Así que finalmente he tenido que convertirme en Belén Esteban para decirle claramente que no me ofrezca bajos porque “NO QUIERO VIVIR EN UNA CUEVA, ¿ME ENTIENDES?”. Y parece que me ha entendido, porque me ha dicho que ya me llamaría cuando tuviera algo, y todos sabemos que el “ya te llamaremos” es como decir espérame sentada, bonita”.

A la búsqueda de piso

Hoy me siento vallecana del todo: he aparcado en un hueco sólo cuarenta centímetros más grande que mi coche y me he pasado la tarde recorriendo el barrio en busca de un piso para comprar. Ha sido una experiencia divertida, primero ese tipo de la entidad financiera estrafalario que reconocía que la cocina estaba “cochina” y que los azulejos y el color de las paredes eran “tristes” sin perder el entusiasmo y después esa entrada triunfal en la agencia inmobiliaria con cinco hombretones encorbatados ansiosos al ver a un cliente en su local. Me han acompañado dos a ver los pisos, uno pequeñito y nervioso con vocación frustrada de decorador de interiores y un sosainas grandullón que apostillaba todo lo que decía el nervioso con afirmaciones obvias y que me ha contado su vida a santo de no sé qué.

Han tenido la delicadeza de dejarme subir sola en el ascensor porque era un modelo “romántico” (es decir, que cabían sólo dos y abrazados) y en el rellano, me he encontrado con dos vecinas auténticas, dos señoras que de inmediato se han mostrado encantadas de que vaya a compartir el edificio con ellas porque la juventud renueva la sangre y están hartas de tanto chino que no habla.

Me han dicho que por experiencia ellos saben que el piso me tiene que gustar en los cinco primeros segundos, pero (por si acaso soy más lenta) insistían en que si tiras este tabique y pones aquí una puerta te queda un salón grande como los que a mí me gustan porque al fin y al cabo al dormitorio sólo vas para dormir, que si mira que el metro está sólo a diez minutos (compruebo que en coche), que si el parque está muy bien para sacar a pasear a los perros grandes, que si el papel de las paredes no está tan mal porque mira cómo lo sacan en Cuéntame, que si no me gusta éste tengo otro de 117 metros cuadrados por el mismo precio y hay que pensar en que vendrán niños, que si en el piso lo que tengo que ver no es el piso sino las posibilidades, mira a ver si puedes volver por la mañana porque hoy la tarde está gris y lo desluce, créeme que (en este callejón) todo lo que ves de cielo lo tienes de luz.

Alguien a quien no conozco ha dejado dos colillas en un cenicero grande de cristal, blusas floreadas con hombreras en los armarios, una sevillana encima de la televisión, dos sartenes sobre la vitrocerámica, unos cuadros espantosos, maletas abiertas y libros cerrados aún envueltos en papel de celofán. Una enciclopedia del lenguaje, un disco de Camarón, una muñeca destartalada sobre la almohada, cerillas en una cajita redonda, crucifijos, cepillos de dientes, un baúl fantástico de los que a mí me gustan, una reliquia de radio y productos de limpieza en una despensa como la que tenían mis abuelos en Cuéllar. Los tres pisos que he visitado tenían rastros de las familias que los albergaron, huellas de una vida sobre la que voy a poner la mía.

Majete

Majete

Tuve una vez un perro que estaba enamorado de mí. Majete le llamaban los de la perrera, y tardó un mes en responder a ese nombre cuando ya vivía con nosotros. En realidad, sólo era majete mientras estaba tumbado y quietecito, pero es tan guapo y te miraba con unos ojitos de perro agradecido por haberle rescatado del abandono que cómo ibas a reñirle las perrerías que nos hacía en casa. Nosotros decíamos que era como el estereotipo de rubia tonta, porque no aprendía, parecía masoquista y constantemente se daba golpes, pero se lo disculpábamos todo. Hoy le he visto y me ha reconocido, no ha dejado de morderme la mano mientras estaba en su casa y no se ha bajado de mis rodillas en toda la cena.

El día que me fui, mientras estaba llenando las últimas cajas, se puso a llorar de un modo terrible, no dejaba de aullar y notaba cómo le temblaba el corazón por debajo del pelo. Pero no es por eso por lo que digo que estaba enamorado de mí. Majete estaba enamorado de mí a la manera de las películas de humor estúpido: se chocaba con las cosas mientras me iba siguiendo embelesado por la casa, un par de veces marcó territorio en la puerta de mi habitación y se frotaba conmigo más que con nadie, hasta que un día no pudo más y decidió dejar las indirectas para decirme claramente que quería consumar: me lo encontré una tarde encima de mi cama con una caja de preservativos en la boca, mirándome fijamente mientras yo entraba en la habitación. Juro que estaba sonriendo, el muy pícaro, como quien dice: ¿con esto ya podemos?

 

Yo también

 

Yo también soy fan del ingenioso invento de Facebook para reírnos de nosotros mismos y de nuestras costumbres a veces más vergonzosas, de su capacidad para extraer opiniones comunes de las distintas realidades cotidianas de todos los internautas.

Esos grupos que se crean de fans de las señoras que cantan alto en misa, de las señoras que dicen en las noticias que el asesino de su vecino “siempre saludaba” cuando lo veían en el ascensor, de las señoras que van paseando y se paran en seco para dramatizar la conversación y de las señoras que guardan sus mejores bragas para cuando van al médico.

Yo también insulto a los aparatos cuando no funcionan, yo también me creo que soy la protagonista de un videoclip cuando voy escuchando música por la calle, yo también finjo que leo cuando estoy escuchando la conversación de los de al lado en el metro, yo también creo que Google y Hacendado dominarán el mundo, yo también hago como que saludo al infinito cuando veo que me he equivocado al saludar a una persona.

A mí mi madre también me decía “¿te crees que soy el Banco de España?”, también me gustaría salir de Ikea cuando yo quiero, y no cuando encuentre la salida, yo tampoco he visto nunca a un chino paseando a un perro, y cuando entro en Bershka parece que te dan ganas de pedirte un cubata.

Y unos grupos más que he encontrado ahora mismo dando una vuelta: “¿A ti te han llamado? pues a mí tampoco”, “Para ser tonta no eres tan guapa” y “¿Qué cojones estudió HE-MAN para tener un Master del universo?”

Descubrimientos

Siempre que pelo una piña pienso en la primera persona a la que se le ocurrió comerse una piña. O un coco. Intento imaginarme a ese ser humano primitivo que va dando un paseo, ve entre la maleza una fresa y se la come, que mira hacia arriba y en las ramas de un árbol descubre una manzana y cae en la tentación, que está jugueteando con unos tallos verdes que brotan del suelo, tira de ellos, le sale una cosa naranja y se aventura a probar qué sabor tiene esa zanahoria, pero ¿ves un coco y decides partirlo por la mitad para ver si esa cosa redonda, marrón y con pelos es comestible?

No tiene límites la curiosidad del ser humano, ni su capacidad para intentar llegar siempre más lejos. También me pasa con los artilugios en general, no dejo de maravillarme por el hecho de que sea posible escuchar, mientras camino por una calle de Madrid, a una orquesta entera y varios cantantes, que de algún modo se han metido dentro de la cajita metálica de un MP3. O por el hecho de que tú puedas estar leyendo ahora todas estas ideas que sólo están dentro de mi cabeza.

 

Un mundo feliz

Estoy contenta. Me pone de buen humor resolver gestiones, aunque odio hacerlas, porque en realidad, yo he nacido para ser marquesa. Ah, cómo sería tener a alguien que te resuelva los trámites por ejemplo con Hacienda (ya que soy autónoma y estoy sensible porque está acechándome la obligación de hacer la declaración trimestral, que dejaré para el último momento porque no sé funcionar yo sin estrés); alguien que vaya a comprarte el periódico por las mañanas para leerlo tranquilamente mientras desayunas en el balcón (el desayuno me lo haría yo, que tampoco hay que abusar); alguien que resuelva los papeleos del coche, que conduzca por mí cuando esté cansada, que me arregle la casa, el ordenador y sobre todo que vaya a la compra, porque odio aguantar colas y andar de un lado para el otro llenando el carro de las cosas que me entran por los ojos mientras olvido lo que apunté en la interminable lista que voy confeccionando a lo largo de la semana.

Alguien que haga por mí esas llamadas obligatorias (y sería genial si pudiera imitar a la perfección mi propia voz), que me dé masajes en la espalda, que revise y haga limpieza en mi correo electrónico del trabajo, que tiene ahora mismo acumula nada menos que 256 mensajes nuevos. Alguien que le quite el tic tac a los relojes, que me pone nerviosa, y que los retrase todos cuando haga falta para evitar que yo llegue tarde, porque no me gusta hacer esperar a la gente pero a menudo no puedo evitarlo.

Ya puestos, en mi marquesado yo tendría también a alguien que arregle siempre los malentendidos, que se enfrente por mí a los problemas y que me susurre al oído la mejor manera de empezar las conversaciones difíciles. En mi marquesado, existiría además la posibilidad de teletransportarse, pero sólo a veces, porque hay días luminosos en los que es una delicia llegar a los sitios dando un lento paseo, y mirar a la gente que pasa por la calle, y detenerse a inventarle formas a las nubes y aspirar el aire cuando huele a tierra mojada.

Quiero que huela siempre en mi marquesado a tierra mojada, y que haya tiempo siempre para tomarse un café con conversación, y donde la gente siempre sea amable y eficiente como los funcionarios que me encontré esta mañana cuando fui a resolver mis gestiones, los que me hicieron imaginar este mundo feliz.