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Muy seriamente, sin ningún pero

No tendría más de 20 años el chico que se sentó delante de mí en el tren. Camiseta negra desgastada, vaqueros anchos, pelo pincho, cara de no haber dormido mucho ayer. “Te lo juro tío, en serio”, iba diciendo por su teléfono móvil: “Le he pedido a mi novia muy seriamente que se case conmigo y ella muy seriamente me ha dicho que sí”.

 

Lo decía contento, convencido, triunfante. Hablaba con toda la seriedad de los 20 años; es decir: ninguna. Y toda a la vez. Sólo se puede estar tan convencido de algo a los 20 años. Cuando no tienes miedo de nada y todo son certezas. La vida es así y así. Muy seriamente, nos vamos a casar. El felices para siempre se sobreentiende, esos rollos que les pasan a los otros a mí no me van a pasar.

 

Miro a ese chico de 20 años con superioridad, con indulgencia, como si yo supiera algo que él no sabe. Desde la treintena se conocen muchos más grises, no estás tan seguro de nada. Pero igual soy yo la que ha olvidado algo importante. Que con esa mochila cargada de matices no se llega a ninguna parte, que con tantos peros no es posible avanzar. Hay que ir soltando lastre, tomarse la vida tan en serio como ese chico de 20 años, con esa aplastante seguridad: eso es lo que queremos y así va a pasar.

Contra las perdices III: Acabar comiendo pájaros no es un buen final

Esas cosas no solo pasan en las películas. También en la vida real a veces te sacan a bailar. En un parque, sobre el césped, detrás de un violinista que toca para ganarse el pan. Y desafina, pero no os importa: es mejor, os reís y se nota menos que no sabéis llevar el compás.

La vida real se convierte a veces en un mundo azucarado, en el que todos los camareros son amables y si no tienes suelto deja, ya me pagarás. Atardece sobre los tejados de la Gran Vía descorchando un vino, se abren paso las confidencias frente a la Puerta de Toledo, en la plaza de Ópera hay un hombre dibujando pompas de jabón: nacen redondas como nuestros sueños, quieren ser indomables, pero se van deformando hasta el silencioso estallido que deja en el aire un arcoiris efímero y ganas de volver a empezar.

Es así como vivís cada minuto: con el asombro del descubrimiento. Dijisteis -aun inconscientemente- que volveríais a veros y aquí estáis: viviendo sin cansaros 120 horas juntos, flotando por las calles en lugar de andar.

Lo que es distinto es la despedida en el aeropuerto: nos han mentido todas las películas románticas. No es posible convencer a las azafatas para detener el avión. De hecho, ni siquiera te dejan llegar a la puerta de embarque. Las despedidas reales en los aeropuertos se enredan en el laberinto de cintas y postes frente a los arcos de seguridad.

No tienen nada de romántico, estás ahí haciendo cola, otros pasajeros empujan, tropiezas con los contenedores para tirar los líquidos, te obligan a vaciar los bolsillos y a medio deshacer la maleta, pasas con las manos en alto, descalzo y sin cinturón. Esa es la última imagen de la película, así es como tú te entregas: a descubierto, le hacemos paso al corazón.  

23/11/2015 01:13 Elena #. De Príncipes y Princesas No hay comentarios. Comentar.


Me falta, no me falta

Estuve meses olvidándome de que se había muerto mi madre. Se me olvidaba de verdad. Volvía a menudo a casa pensando: Ahora llamo a mi madre para contarle esto; y al minuto: Ah, pero si no está.

 

Hoy le llevo flores a un rectángulo de mármol en el cementerio, pero ahí sí que sé que no está. Esa lápida no es mi madre, tampoco es la que dejé en el hospital.

 

Mi madre es la que iba a despertarme susurrando mi nombre cuatro veces seguidas, pero le daba pena arrancarme del sueño y me dejaba dormir siempre un ratito más.

 

Mi madre es la que nos ha dejado la manía de contar todo siempre desde el principio: después de un viaje, quería saber qué había pasado a partir del momento en que cogimos la maleta y salimos del portal. Una agotadora exigencia de detalles que ahora nos pedimos entre risas.

 

Mi madre es la que me dejaba llegar tarde de adolescente a casa siempre que volviera acompañada. La que se fiaba de mi criterio respondiendo sinceramente: “hija, tú verás”. La que nos ha cosido tantos vestidos y disfraces, la que nos engañaba rebozando las sardinas de dos en dos (cómete solo una, que para estudiar te viene bien el fósforo). La que me quitaba los miedos de pequeña diciendo alegremente “¡que no pasa nada!”. La que se asustaba al pie de nuestra cama cuando la fiebre nos hacía delirar. La que nos escondía por la casa huevos de chocolate cada Domingo de Resurrección, y no valía comerte el que no llevaba tu nombre. La que se moría de risa cada 28 de Diciembre preparando inocentadas, ¡y vaya compromisos en los que metíamos a amigos y familiares!

 

Seguimos haciendo todo eso que ella hacía, así que en esa lápida no está.

 

Mi madre está en los visillos de mi casa, que hice yo sola arrepintiéndome en cada puntada por no haberle pedido nunca que me enseñara a coser. Está cuando guardo algo y veo que, como decía ella, bien ordenado todo cabe. Está en mi cocina cuando le echo un vaso de agua a las lentejas mientras se están cociendo porque “a las lentejas hay que asustarlas”. Está en todas las cosas verdes, porque ese era su color favorito; en el Gospel, en los Sudokus y en el programa de la tele “Saber y Ganar”. En el café cuando me echo tres cucharadas de azúcar, como ella, y en los guisos que quedan sosos porque ya somos ella y yo “muy salás”.

 

Mi madre está cada vez que me preocupo por mis hermanos y por mi padre, cada vez que nos reunimos. Es ella la culpable de que la familia esté unida; la tía amenazaba con volver después de muerta si algún día nos peleábamos: ¡mira que vuelvo y me lío a mover lámparas, a descolocar cuadros y a dar portazos, ¿eh? Que vuelvo!, decía.

 

Gracias a ella no va a hacer falta que vuelva, aunque a veces haga tanta falta.

01/11/2015 02:02 Elena #. Cotidiano Hay 3 comentarios.

Así es como se conceden los deseos

A veces es cuestión solo de pedir las cosas en voz alta. No siempre vas a ser escuchado, pero la probabilidad es más alta que quedarte esperando a que el otro proponga / intuya / sienta / adivine lo mismo que tú estás pensando.

Así es como se conceden los deseos: primero hay que manifestarlos. Si no te atreves a decir lo que quieres, el Universo (o el otro) no va a estar jugando a las adivinanzas. Pide con todo lujo de detalles. Hay cosas que son imposibles. Pero hay muchas más que no intentamos.

Si quieres un beso, pídelo o dalo. Ponte en marcha si quieres un cambio. Desenreda ese malentendido nombrándolo. Creemos que están fuera los límites que nosotros mismos nos marcamos, que es culpa de la lluvia nuestro estado de ánimo. Pero anda que no hay días tristes soleados y días felices chapoteando.

Así conseguí yo ayer sacudirme ese día raro y haber tenido hoy un día luminoso aunque el cielo estuviera igual de encapotado. Como decía Cortázar en 'Las babas del diablo': Lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin y al cabo nadie se avergüenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas que se hacen, y cuando pasa algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto, entonces hay que contar lo que pasa... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.

 

28/10/2015 03:09 Elena #. Cotidiano Hay 1 comentario.

Tiene que hacerse de noche para ver las estrellas

Hoy no me ha pasado nada catastrófico

es solo que el día ha estado como mi ánimo

turbio gris y encapotado

desde buena mañana amenazando lluvia

pero no he llegado a meter los pies

en ningún charco

 

No es que haya discutido con nadie

No he tenido un mal día en el trabajo

Han tocado a mi puerta recuerdos tristes

pero no han venido montando escándalo

 

Este lunes pasará inadvertido

entre muchos más

negros y blancos

Pero no me ha gustado nada este día,

que me den otro,

quiero quitármelo

aunque tenga que esperar a mañana

para disfrutarlo.

27/10/2015 02:42 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Que no te vendan amor sin espinas

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Dicen que los rinocerontes están emparentados con los unicornios. El rinoceronte sería el primo feo, podríamos decir. Más gordo, más torpe, definitivamente más feo... pero es el que está aquí. Allá el unicornio en su mundo mágico, cabalgando entre las flores, saltando de nube en nube, dejando con su trote destellos de luz.

 

Al rinoceronte le decimos: mira tu primo qué guapo, qué atlético, qué grácil, qué alegre... pero es fácil ser todo eso en un mundo de fantasía. Baja al unicornio a este planeta, y se convierte en un rinoceronte. Hay que tener cuatro patas gruesas para pisar el barro de este mundo real.

 

A veces el rinoceronte no puede con el peso de las comparaciones y se esfuerza por adelgazar. Pero escucha, nunca serás un unicornio. Eres así de feo. Eres hermoso. Nadie puede cabalgar entre las nubes. Bájate de la cinta, chapotea alegre entre nosotros. Necesitamos al unicornio para colorear nuestros sueños y al rinoceronte aquí para avanzar.

La vida se ve de otra manera

No es lo mismo que lo leas o que te lo cuenten. Cuando vives a contracorriente, en realidad no te enteras ni de lo que pasa en tu misma ciudad. Pierdes la noción. Cambias la perspectiva del tablero y parece que las fichas se han colocado en otra posición.


He sido muy afortunada al vivir tres años en el otro lado del reloj. Hoy ha sido el primer lunes en tres años en que he madrugado para ir a trabajar. Un turno de fin de semana te sitúa en la perspectiva del salvaje: de lunes a jueves, sin demasiadas obligaciones, he dormido cuando tenía sueño, comido cuando tenía hambre. He ido a destiempo también de la vida social, pero encontrábamos nuestros rincones.


Pero hoy ha sonado a las ocho de la mañana el despertador. Ninguna barbaridad, lo sé, me he levantado muchas veces mucho antes, pero hoy toda la ciudad ha amanecido y atardecido distinta. Con un viento hostil de otoño y prisas. Qué insoportables atascos hay en Madrid. Qué colas en el supermercado a la hora a la que todo el mundo va a la compra. Cuánta gente en el gimnasio y entorpeciendo las calles. Parece que vivo en otro barrio ahora que voy al ritmo normal de la ciudad. Hay mucha más vida, y es un poco más refunfuñona que la que me solía encontrar en mis horarios de salvaje.

 

Por supuesto que yo ya sabía que esto era así. También he sufrido la ciudad en horas peores, tuve una época en la que entraba a las seis y media de la mañana a trabajar, pero se me olvida. Aunque no he dejado en estos tres años de sentirme una privilegiada, cuesta recordar. Es tan fácil acostumbrarse a lo bueno, que no me extraña que los políticos estén como están. En su parra. Y desde ahí no se puede gobernar.

 

Si yo, que no he dejado de ser una curranta, he podido acomodarme a ciertos privilegios como ir a la piscina sin compartir la calle con otros nadadores, ¿qué se puede esperar de alguien que no sabe lo que se tarda en llegar a los sitios en autobús? Los números que apuntan en el programa electoral los asesores no permiten hacerse una idea sensorial.

 

Y eso sin irnos a dramas mayores, al cuantificar la cifra de parados por ejemplo, o al hablar de un porcentaje en el recorte de salarios o servicios sociales se hacen invisibles los rostros que hay detrás. Puedes prometer en tu programa construir infraestructuras, pero nunca sabrás lo realmente necesarias que son si no has pasado nunca una hora en un polideportivo público o toda la tarde en la sala de espera de un hospital. La vida se ve de otra manera desde el coche oficial. 

15/09/2015 01:19 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Una piedra en el camino...

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Llevo años recogiendo piedras allá por donde voy. Por raras, por bonitas, por diferentes, por llevarme en el bolsillo el recuerdo táctil del lugar. A veces solo me gustaron desde arriba, y al agacharme a cogerlas ya no, perdían su esplendor, pero igual las sostenía unos minutos entre las manos, su tacto inmóvil siempre me despierta alguna sensación.


Hay piedras de todas las playas en las que me he bañado, que guardan todo el sol que he tomadoAlgunas son simples ladrillos, otras de algo artificial. Hay una que cogí del baño de una tetería donde alguien me acababa de demostrar su amor. Algunas ni siquiera son piedras: una piña, cáscaras de mejillones, conchas, caracolas, un fruto seco con tacto de cuero que en Argentina llaman “oreja de negro” y tiene una triste leyenda detrás. Me la contó un Negro alegre con los pies de alas que veía sirenas fuera del mar.


Hay piedras volcánicas como si fueran un paisaje lunar... y quizá estuve en la luna mientras las guardaba. Hay unas nacaradas que recogí de una agridulce isla griega que trajo dulces consecuencias. Hay una que parece un caramelo a medio masticar. Hay una de un rosa inverosímil, hay otra redonda como cáscara de nuez.

 

Hay una ligera y hueca como la corteza de un árbol, otra porosa como si tuviera burbujas que acaban de explotar. Una parece marcar un camino a seguir con tiza, una puntiaguda que presume de aristas con actitud hostil, otra está como dando vueltas sobre sí misma, hay una anaranjada y gris como si la acabaran de pintar.

 

Sacadas de contexto no parecen sino una-piedra-más. O una menos en el camino. Tanto tiempo después no soy capaz de recordar el origen de cada una de ellas, pero todas traen aire de salitre, de bosque, de camino, de asfalto de ciudad. Los pies que las pisaron antes de los míos, las manos que las toquetearon un rato para volverlas a tirar. Seguro que alguna ha hecho daño a alguien, queriendo o sin querer.

 

Las rescato ahora de la caja en la que he ido acumulándolas todos estos años para que presidan la mesa de mi salón dentro de una pecera de cristal y me asaltan, confusos, todos los recuerdos a la vez. Estáticos, inmóviles, paralizantes, poderosos y fuertes como solo una piedra podría ser. Las que no transmiten recuerdos inspiran quietud, serenidad, orden, silencio.

30/07/2015 02:59 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Mentía como miente una madre

Parecía una madre normal. Vestida y peinada como cualquiera de las nuestras, con sus 50 años ya bien cumplidos. Tengo que llegar hasta el hospital de La Paz, decía tranquilamente. Begoña se llama la parada, de la línea 10, me han dicho. Yo no quería que me siguiera hablando porque sabía que me estaba mintiendo.

Mentía como miente una madre; sin malicia, por necesidad. Mientras busco una moneda me digo a mí misma: no es como mi madre, mi madre no pediría en el Metro, pero seguro que los hijos de esa señora piensan igual.

16/07/2015 18:10 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Modales de ciudad

Hoy me ha saludado un chico que entraba en el metro. Con intención de nada, solo porque estábamos allí. He tenido que apartarme de las puertas para que pasara. Traía cara de sueño, venía como de dormir, con una pesada bolsa que ha echado a sus pies. Su “hola” era más bien un “¿me dejas?” pero me ha hecho pensar en los modales que hemos perdido en la ciudad.

Hay países en los que saludas cuando compartes un banco. Eso ya no se hace aquí. Ni siquiera nos saludamos con ganas cuando nos cruzamos en los edificios, yo por ejemplo en mi trabajo nunca sé qué decir cuando me encuentro con alguien en los pasillos. Si estoy entrando porque comienzo mi turno digo “hola”, pero suele pasar que la otra persona está saliendo y me responde “adiós”.

En las escaleras me pasa lo mismo cada vez que subo a por un café, nunca sé si es el que sube o el que baja quien tiene que decir adiós. Se resolvería todo con un “buenas tardes”, que sirve igual de entrada que de salida, pero parece demasiado formal. El problema es que suelen cruzarse los saludos, y tú puedes estar diciendo “buenos días” al mismo tiempo que el otro responde “hasta luego”, lo que podría tomarse como una ofensa personal.

Es más incómodo cuando medio conoces a la persona y de pasada le preguntas “qué tal”. Corres entonces el riesgo de que te conteste y no haya recorrido de conversación. Tampoco está bien contestar a un “qué tal” con un “bien” a secas, qué menos que preguntar “¿y tú?”. Te ves entonces obligada a contarle qué tal estás a alguien a quien realmente no le importa como estés y a quien tú tampoco tienes especial interés en informar.

Luego hay gente como mi portera, que de puro simpática no entiende de educación. Hoy he llegado chorreando de la piscina y he estado 15 minutos retenida en el rellano oyéndola sin parar. Tiene una facilidad inaudita para enlazar temas sin que metas baza. Le basta con un “ajá”, y no le importa verte cargado de bolsas, con cara de prisa o el pescado a medio descongelar.

Lo bueno es que su verborrea ha creado una complicidad bonita entre los vecinos; cuando vemos a uno de los nuestros enganchado a su conversación hacemos algún comentario de pasada para darle un respiro y que pueda escaparse, o sujetamos la puerta del ascensor para invitarle a subir. Nos echamos miradas de agradecimiento cuando estamos ya fuera de peligro, cuando hemos conseguido huir de su monólogo, y nos reconciliamos entonces con estos modales de ciudad.

 

15/07/2015 00:47 Elena #. Divertimentos Hay 2 comentarios.

La Cuarta Guerra Mundial

Se llama Habton Abrha y ha pedido asilo político en España porque viene de un país en guerra. Va librando sus propias batallas hasta que se lo concedan: es el hombre que, sin mediar palabra, me atacó con una piedra en la cabeza y siguió golpeándome, ya en el suelo agachada. Ese mismo día, en la otra punta de la ciudad, golpeó a otra chica con un palo. Por la noche, en comisaría, miró con tanto odio a su abogada de oficio que tuvo que interponerse entre los dos un policía. 

Me lo ha contado esta mañana después del juicio la propia letrada: “No quiso ni firmarme los papeles que le dan derecho a asistencia jurídica gratuita. Se me encaró y era odio, me miraba con odio, con rabia y con odio. Porque soy mujer, no quería que le atendiera una mujer”, me ha confesado en el pasillo de los juzgados la abogada. Pero dentro, en la sala, ante la jueza, ha pedido su absolución, es lo que toca.

Le ha tocado defender a un hombre que no quiere ser defendido, y que por supuesto no se ha presentado. Y menos mal, porque había una abogada, una jueza y una fiscal, y en los arcos de seguridad de la entrada a los juzgados no pitan los palos ni las piedras. Tampoco hay policías ni guardias en los pasillos en los que esperan juntos todos los demandantes y los demandados de los diferentes juicios (hay programada una vista cada cinco minutos). Se podría haber liado parda. Si al final hay que agradecerle al loco que no esté más loco de lo que está.

De todos modos, lo peor que le puede pasar es tener que pagar 180 euros al Estado. Por las molestias. Por el gasto en burocracia y por las cuatro patrullas de policía que estuvieron aquella tarde detrás de él y conmigo, para nada. Sólo tuvo que pasar la fría noche que lo detuvieron en comisaría, a resguardo.

No importa que fuera caminando por la calle con una piedra puntiaguda más grande que su mano. Como me agaché y no llegó a abrirme la cabeza, es como si me hubiera dado una bofetada. “Esto se tenía que haber juzgado como un delito de odio”, ha seguido diciéndome la abogada.

Pero ha sido un simple juicio de faltas, con una pena menos grave que mirar el móvil en un coche parado en un semáforo en rojo. Sus antecedentes puede que ni siquiera lleguen a conocimiento de Exteriores, que es quien tiene que concederle el asilo en este país que odia porque está lleno de mujeres que incluso lo defienden contra su voluntad.

La única que sabía en el juicio que ese hombre es un misógino peligroso era su propia defensora, que ha tenido que mantener la boca cerrada. La única que sabía que no fue un arrebato, que mi agresión no fue casualidad. No es mi loco, es nuestro loco, y va contra todas.

Albert Einsein dijo que no sabía cómo iba a ser la Tercera Guerra Mundial, pero que estaba seguro de que la cuarta “sería con palos y con piedras”. Lo más grave no es que este loco esté tranquilamente suelto por Madrid, sino que ya ha empezado su lucha y nuestro Estado de Derecho no sabe hacer nada.


15/05/2015 00:09 Elena #. Periodismo No hay comentarios. Comentar.

¿De qué se asustan los leones?

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Pobres leones. No me digáis que no parecen estar aterrorizados. Los fotografié en Bruselas hace unas semanas; no daba crédito cuando me encontré al primero. Ahí subidito a su pedestal en la entrada de un parque, con esa cara de espanto. Me fui fijando entonces en las esculturas que me iba encontrando: todos distintos, todos asustados.

 

¿En qué estaban pensando los escultores belgas cuando llenaron la ciudad de leones cobardes? El león es el rey de la selva, qué humillación aparecer así retratado. Obra de republicanos selváticos -se me ocurre- en su lucha por abolir la monarquía animal. 

 

Busco más leones, pregunto, investigo: me cuentan que los que hay en la plaza del Ayuntamiento de Guadarrama parece que están lloriqueando. Encuentro la foto y pienso que un león no querría ser inmortalizado así, como si estuvieran pisándole la cola, aullando. Un león de verdad ya se habría dado la vuelta para darle un bocado o al menos se aguantaría las ganas de quejarse mientras le estuvieran retratando. 

 

Qué difícil es hacer un león

Busco más esculturas de leones en internet, y no todos son como los dos fieros que custodian la entrada al Congreso de los Diputados. Hay uno que parece estar deshojando una margarita me-quiere-no-me-quiere; otro con una mueca de asco como si le acabaran de servir un café descafeinado; otro con rastas más que melenas; otro a punto de extender la patita para pedirte un euro por sus cachorros, payo; otro que parece estar escupiendo; otro que no es que te ruja, es que no puede cerrar la boca con tantos dientes desencajados, y pienso: Qué difícil es hacer un león. 

 

Sólo encuentro explicación para la escultura del león de Lucerna, que aparece moribundo para conmemorar la muerte de unos mercenarios de la Guardia suiza durante la Revolución Francesa. Ah, y yo pensando que el león estaba triste porque le acababa de dejar su leona. Hay que ver cómo soy, qué prejuiciosa. 

 

Sí, acabo de darme cuenta de que soy una prejuiciosa de los leones, visto está que no todos son iguales y que de todos modos tienen derecho a aparecer como les dé la gana, a ver por qué van a tener que responder todos a mis expectativas de ferocidad. También puede ser el rey de la selva sin enseñar a todas horas los dientes. Y si quiere ruge, y si quiere, se echa a llorar.

03/05/2015 02:35 Elena #. Divertimentos No hay comentarios. Comentar.

Astucia y suerte

Yo le he dado una moneda y él me ha deseado suerte. Tres veces me lo ha dicho; con gravedad, con silencios, asintiendo con la cabeza me ha deseado suerte, cuando era él el que estaba pidiendo en el Metro.

Tenía mejor pinta de lejos. Mocasines y una larga barba blanca. De cerca, sus ojos tenían demasiada agua. Parecía de mentira esa mirada, de un azul inverosímil; azul plastidecor con el que coloreábamos el cielo de pequeños, pero ese azul llevaba además un rumor de agua.

De lejos, un discurso tipo: ha hablado del paro y de desahucios. Nadie en el vagón le miraba. Se ha hecho verosímil de repente: “No llevo el bastón para dar pena”, ha dicho, “sólo es una tendinitis”. Astucia o franqueza. Yo tenía una moneda y él no, qué más da para qué la pidiera.   

31/03/2015 02:43 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

'Just do it' o la suerte del galápago

Lo decían los de Nike, que no en vano es una marca deportiva con nombre de Victoria griega. Just do it. Lo digo yo ahora que me siento una sobreviviente, como lo somos todos. Y es que esto de morirse es para todo el mundo, y más vale que te pille confesado. Con la vida aprovechada.

 

Uno cree que la muerte es para cuando llegues a viejo y tal, algo que irremediablemente nos espera allá a lo lejos, pero puedes por ejemplo salir de puente y quedarte en la carretera. Ir a clases de inglés y que revienten con una piedra la cabeza.

 

Tengo una amiga que estuvo a punto de caer fulminada por un galápago. Aquí en Madrid, una mañana, en la calle Príncipe de Vergara. Está viva porque se detuvo a mirar un escaparate: en ese instante notó un estrépito a sus espaldas. Al girarse vio un galápago espachurrado en el suelo, se habría caído o lo habrían tirado desde un balcón; unos centímetros más allá y ese caparazón enorme la deja tonta o la mata.

 

Como ese hombre que falleció aplastado por la rama de un árbol. Era militar, había estado en Afganistán, pero la muerte fue a encontrarlo en El Retiro, cuando buscaba con sus hijos la sombra. Qué final terrible, qué historia lamentable. Una cree que no es bueno darle todos los caprichos a los niños, pero imaginemos que esos niños le habían pedido a su padre minutos antes un helado. Y sin suponer tanto, si se hubiera parado en cualquier otro lugar del parque, tan solo un metro más allá, podría haber llegado a ser un héroe y lo estaría contando. Increíble, oí un crujido de ramas secas, vi desplomarse ante mis ojos la rama de un árbol enfermo y centenario.

 

Yo es que no creo en la mala suerte; creo que de todo se puede aprender algo. En mi caso, no es que yo me metiera en la boca del lobo, así que del loco que me atacó con una piedra en la cabeza sin venir a cuento no puedo aprender prudencia. Es otro el mensaje que había en mi piedra.

 

Afortunadamente una va por la vida sin pensar en que puede a morir en cualquier momento, y así debe ser. Pero no es cierto. Mejor lucha por cumplir tus sueños ahora, mejor no dejes esa llamada de teléfono para más tarde. Qué típico. Ya, pero más vale que digas lo que sientes ahora que puedes decirlo. No vaya a ser que te trunque el mensaje una rama, una piedra o un galápago. Simplemente hazlo.

13/03/2015 02:25 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Miedo a lo desconocido

Una vez, de pequeña, sentí un dolor tan agudo que pensé que ese iba a ser mi último día sobre la faz de la Tierra. Esto será la muerte, me dije, este dolor insoportable. No me imaginaba a mí misma en otra postura que no fuera retorcida, me recuerdo pensando que nunca más volvería a levantarme de la cama. Yo no entendía bien lo que era morirse, eso me parecía suficiente.

 

El pensamiento duró lo que tardaron los medicamentos en hacer efecto, era un simple cólico. Ya apuntaba yo tendencia al drama. Pero no soy la única. Conocí a un africano que pensó que se iba a morir la primera vez que pisó Europa y sintió el invierno. Esa reacción de su cuerpo al frío, ese temblor que nunca antes había sentido. No sabía que se podía tiritar de esa manera estando vivo.

 

Hay que ver qué miedo nos dan las cosas que desconocemos, cómo muchas veces nos atenaza o nos hace salir corriendo. Las sensaciones nuevas en cualquier ámbito. El africano al frío, el niño a la soledad de su cuarto a oscuras, el adolescente al cambio, el Donjuan al compromiso. Miedo a la muerte, miedo a la vida.

04/03/2015 21:12 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Dejadme en paz con mi miedo

Se dice que el miedo es libre, como si fuera un animal incívico. Y así está: desbocado, correteando por los pasillos de mi cuerpo. Como un oso que asalta mis costillas, una libélula que zumba en mis pulmones, un topo que echa tierra en la mirada, un roedor que husmea en la garganta, un perro que entierra un hueso en el fondo de mi estómago, un pájaro que cierra lentamente sobre mi pecho sus grandes alas.

 

No hay que tener miedo. Te dicen: No tengas miedo. Como si fuera a someterse el animal que recorre mis rincones. Va por libre y no obedece. No atiende a razones. Mi animal no atiende a razones. Como el amor es el miedo.

 

Si se dice que el miedo es libre, ahora lo digo yo para que me dejen tenerlo, para justificar mi derecho a tenerlo. Yo ya pongo de mi parte: yo ya me sujeto el corazón dentro del pecho para que no salga corriendo. Pero estáis todos demasiado cerca; en el metro, por la calle, me miráis al pasar y cualquiera de vosotros podría llevar una piedra.

 

Ahora necesito cuando voy por la calle ocupar más espacio del que ocupo. Mirar a todos los que me cruzo y cerciorarme de que no lleven en las manos piedras.

 

Aun así me echo a las calles como si no existieran en este mundo los locos que cargan una piedra y camino con soltura. Bueno mujer, poco a poco, me dicen. No te va a volver a suceder, me dicen. Si no ha sido nada grave. Pasa cuanto antes por esa calle, me dicen, verás que no tiene nada. Ya lo sé, no he perdido la cordura. Sé que es verdad. Pero no tiene menos razón mi animal, que anda como un estúpido enamorado golpeándose con las señales que él mismo proyecta. Ya le pondrá el tiempo en su sitio. Dejadle ahora con su andar errático.

 

28/02/2015 01:25 Elena #. Cotidiano Hay 4 comentarios.

Gracias a la vida

No puedo dejar de pensarlo. Es que me podría haber muerto ayer en mitad de la calle Embajadores, a las cinco de la tarde, hora torera. Habría venido el Samur, la policía, habría llegado un aviso a la prensa. Mis compañeros de la radio contando en las noticias, como yo he hecho tantas veces: “nueva muerte violenta en la región, se investigan las causas, los testigos dicen que no mediaron palabra, podría haber sido un ajuste de cuentas”.

 

Tengo licencia para decir tonterías. Me han dado una pedrada en la cabeza.

 

¿Y del agresor qué? Iba caminando por la calle con una piedra más grande que su mano. No era un adoquín ni un ladrillo. No hay parques en los alrededores. Venía de lejos cargando su piedra. Igual pensó: se la estampo a la primera persona que me mire a los ojos. A la primera que sea más alta que yo. A la primera que me recuerde a mi exnovia, si es que alguna vez tuvo. Igual iba tarareando una canción y cuando se le acabó la melodía: pumba. A esta, en la cabeza.

 

La cosa es que me golpeó más veces y no sé por qué dejó de hacerlo. Le detuvo la policía 300 metros más abajo. Iba caminando tranquilamente, con la mano manchada de arena y cal pero ya sin su piedra. Como no llegó a abrirme la cabeza no es delito. Como no se llevó el bolso no es robo con violencia.

 

Estaba sentadito en el coche patrulla, en silencio y sereno, cuando los agentes me llevaron a identificarle. No había duda de que era él, pero le recordaba más viejo y más feo. Así con la mirada en calma hacia el infinito y su perilla bien recortada no parecía peligroso. Ya no enseñaba los dientes. Ya no me miraba con odio apretando los dientes.

 

Lo peor que te deja una experiencia como esta es el miedo. Vaya susto. Pero como dice el chiste, podría haber sido muerte. Yo lo peor que tengo es un chichón enorme en la cabeza. Tengo también magulladuras, contusiones, un ángel de la guarda, gracias a la vida y preguntas sin respuesta. 

17/02/2015 22:13 Elena #. Cotidiano No hay comentarios. Comentar.

Podría haberle pasado a cualquiera

Un día vas a clases de inglés y un loco intenta abrirte la cabeza. Vas caminando por la calle en una tarde soleada y el tipo que viene de frente, cuando está a dos metros, levanta el brazo por encima de la cabeza. Lleva en la mano una piedra. Aprieta los dientes. Le ves apretar los dientes y mirar con rabia. Entonces te tira la piedra. A la cabeza.

 

Te agachas. Por instinto de protección te agachas. Cuerpo a tierra. Y gritas. Como una histérica. Hay mucha gente a las cinco de la tarde en la calle Embajadores. Te golpea otra vez con la misma piedra, pero encima del dolor no duele. Solo chillas. Solo te ocupas de chillar como una histérica. No solo para pedir que te lancen un salvavidas, también para comprobar que estás viva. Estás chillando. Puedes chillar, tienes aliento para chillar. Tienes que chillar. Mientras chilles no te habrá matado. Sigues gritando cuando todo parece en calma. No apartas las manos de la cabeza hasta que un hombre amable se acerca.

 

Se hace cargo de la situación entre la nube de curiosos. Te toca en el hombro. Te pregunta si estábais peleando, si era tu novio, como si fuera una disculpa. Qué va, no le conoces de nada, no ha cruzado una palabra. Qué barbaridad. Y no te ha robado el bolso.

 

Sangras. Poco pero estás sangrando. El hombre quiere llevarte al centro de salud. El hombre quiere que te levantes. Quiere que camines a su lado. Quiere cogerte del brazo. Tú solo quieres calmarte un poco, que te dejen respirar a solas, tragar aire para ahogar el dolor, los gritos, el susto de muerte. Tiemblas. Te incorporas. No has perdido el conocimiento. No te ha abierto la cabeza. No te ha desfigurado la cara. Podría haberte pasado. Hoy no era mi día. Estoy bien. Solo tengo contusiones. No estaba en mi destino que muriera por una piedra.

17/02/2015 03:22 Elena #. Cotidiano Hay 2 comentarios.

Contra las perdices II: Acabar comiendo pájaros no es un buen final

Ya que te pones a vivir una historia de película, que todo lo parezca: busca un protagonista guapo y que hable idiomas, una chica de provincias que llega a la gran ciudad, pon un beso frente al atardecer. No hay quien se crea ya los besos bajo la lluvia en mitad de la noche.

 

Los interiores, en un apartamento del barrio más cool de Manhattan, que tenga azotea con vistas a los rascacielos, una ristra de bombillas pequeñas y escaleras de incendios. Que suban un día a ver amanecer. Para que luzcan los exteriores tienes Nueva York entero, al que vamos a quitarle el frío de noviembre; sí, mejor que haga sol.

 

Que la película sea un poco cómica: desenfoca la expresión desconcertada de la chica cuando la recibe en el aeropuerto con palmaditas en la espalda después de haberse cruzado el océano por él. Dale un toque exótico: unos compañeros de piso fantasmas, una mulata enorme preguntando a los transeúntes si esa estatua de un mono debería tener cola, que el taxista que surfee en el atasco sea un discreto pakistaní.

 

Ponles a hablar todo el rato de cosas interesantes: de literatura, de viajes, de cine, de arte... pero no te pases: que coman hamburguesas con las manos y se manchen, que él meta la pata diciendo algo inconveniente, que ella haga lo mismo pero en un charco, que haya malentendidos, que la familia de él se meta por medio, que se asuste, que se asuste.

 

Que todo el mundo parezca obsesionado con las citas y con el matrimonio: esto se tiene que parecer a las series de televisión. Que paseen de la mano por la orilla del East River, que bailen con sus sombras en un parque anochecido, que se queden abrazados en un barco mirando la Estatua de la Libertad.

 

Métela a ella cuatro horas en el MoMA, a ver qué pasa: unos cuadros de esos que son todo rallajos, piernas saliendo de las paredes, vídeos de viajes a ninguna parte, una escultura llena de pinchos, jardines atestados de flores, bodegones de cosas que no llevarse a la boca, perseguidores que corren más que sus perseguidos, música de marcianitos. Que todo parezcan pistas: un vestido de novia petrificado, “El vértigo de Eros” fotografiado, primer plano del cartel que dice: “El corazón no es una metáfora”. Que se quede extasiada mirando los Nenúfares de Monet.

 

Dale una cámara de las buenas, que vaya retratando lo que ve. Que la sorprenda un desfile de veteranos de guerra en la Quinta Avenida, con sus bandas de música y sus majorettes. Detente en el escaparate de Tiffanys aunque no haya croasanes, que sienta el vértigo de luces de Times Square. Cuando vaya a Central Park, que suene un saxo a lo lejos mientras se come un perrito caliente apoyada en un árbol. Le gustan los tejados, súbela al Empire State. Que no vaya a Harlem, no es una turista cualquiera, aléjala del Bronx. Pero asegúrate de que cruce caminando el puente de Brooklyn entre la niebla, y de que se pierda un poco por Chinatown.

 

Llévalos al final de nuevo al aeropuerto, pero no quiero dramas. Ni lágrimas ni abrazos eternos ni promesas. Que sonrían mucho y en la distancia levanten la mano diciendo "hasta luego", como si fuera seguro que van a volverse a ver.

 

21/01/2015 02:36 Elena #. Literatura Hay 2 comentarios.

Contra las perdices: Acabar comiendo pájaros no es un buen final

Palmaditas en la espalda. Ella se había cruzado el océano por él y él la recibía con palmaditas en la espalda, en el JFK de Nueva York.

 

Se habían conocido tres meses antes en otro aeropuerto, el de Atenas. Sí, como en las películas, se conocieron en un avión. Los dos viajaban solos, volvían de unas vacaciones en Grecia y la compañía aérea se había encargado de sentarlos juntos. Esas cosas pasan, llámalo destino o juego del azar.

 

Empezaron a hablar porque había muchos niños llorando a la vez en ese vuelo, y se intercambiaron una mirada de fastidio y complicidad. Él preguntó: “¿cuál prefieres?” y coincidieron en que el llanto más profundo les gustaba más.

 

A partir de ahí, los temas de conversación iban surgiendo solos; compararon fotos de sus vacaciones, hablaron de sus trabajos, de sus pasiones, de sus viajes, de sus divorcios, de los miedos que tiene la gente a cambiar de opinión. De la razón por la que es insípida la comida de los aviones, de trucos para no discutir con la almohada, de la vez que él tuvo que dormir en un suelo de Ámsterdam, de ese un caballito de mar que le había hecho a ella un moratón en la pierna, de cómo un idioma tan áspero como el ruso suena dulce en verso, ¿quieres oir un poema? Y él se puso a recitar.

 

Se aburrían los libros cerrados sobre sus rodillas y cuando se quisieron dar cuenta, faltaban solo unos minutos para llegar a Zúrich, ¿la has visto desde lo alto alguna vez? Parece un baile sincronizado, los coches y los peatones de la ciudad suiza funcionan como un reloj.

 

Ella tenía solo media hora para hacer escala, él dos. Habían compartido tres horas de vuelo, qué son 180 minutos juntos cuando una vive en Madrid y el otro en Nueva York. Pasearon frente a la puerta de embarque en círculos concéntricos hasta que se quedaron solos, y hubo un abrazo largo y sentido, con dos azafatas al fondo con cara de venga bonitos subís o qué.

 

Subió ella, se quedó de pie mirándola él. Espero que nos volvamos a ver pronto, dijeron, con la misma esperanza con la que se pide un deseo a una estrella fugaz. Pero sucedió. Con correos electrónicos tendieron un puente durante semanas y al final ella lo cruzó. Atravesó el océano sin saber qué iba a encontrarse al otro lado, pero te arrepientes más de las cosas que no haces que de las que llevas a cabo, y alguna vez en la vida hay que visitar Nueva York.  

18/01/2015 01:01 Elena #. Literatura Hay 1 comentario.


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