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02/10/2007
¿Pero qué es la Noche en Blanco?

Pensábamos que estaban tomándonos el pelo, o que se nos acercaban para ligar. Cómo si no era posible que, después del despliegue mediático, aquellos dos chicos nos asaltaran en plena Gran Vía para preguntarnos: “¿Qué es la Noche en Blanco?”. Pero acababan de llegar, uno de Brasil y el otro de Uruguay, según nos dijeron, y nos miraban seriamente, esperando una respuesta, una definición que ni mis amigos ni yo alcanzábamos a encontrar.
Miramos a nuestro alrededor, como intentando abarcar con la mirada lo que estaba sucediendo para que se tradujera en palabras. Lo cierto es que el panorama era bastante desconcertante. Si yo de repente aterrizara en Madrid y me soltaran en plena Gran Vía aquel sábado de madrugada, seguramente me habría asustado. En la esquina con Montera había varias patrullas de Policía, subían y bajaban las ambulancias o los coches de bomberos; algunos taxis, autobuses y coches despistados intentaban abrirse paso entre la marabunta.
Porque todo sucedía en la calle, y a la vez. La gente se había echado a la calle como si hubieran desalojado todos los edificios y los bares, sobre todo los bares; la gente bebía en la calle con vasos de plástico como en las fiestas de un pueblo, había corrillos de gente sentados en las aceras, colas quilométricas frente a los museos y las instituciones, multitudes frente a los edificios iluminados de arte.
Pero esa aglomeración fue también, para mí, lo maravilloso de la Noche en Blanco. Esa multitud expectante y asombrada que miraba su ciudad como si fuera la primera vez, que descubría la belleza de unos edificios que siempre habían estado ahí pero que fue esa noche cuando los miraron, porque proyectaban un juego de luces o de palabras sobre ellos, o porque una nube blanca ascendía frente a la Puerta de Alcalá, que por primera vez pudo ser cruzada entre sus arcos.
Claro que había también multitudes expectantes y decepcionadas. Desencantadas por el “fiasco” de un arte demasiado “conceptual”, de unas esperas insoportables, del caos de transporte y los fallos de organización. Muchas actuaciones supieron a poco, no se entendieron, no tenían gracia y no eran ni siquiera bonitas, que es lo que cabe esperar del Arte.
A mí me encantó disfrutar de un Madrid distinto, volcado hacia fuera. Claro que siempre me ha gustado Madrid. Me gustan sus edificios, sus calles abarrotadas, sus múltiples ofertas culturales, su gente abierta y desenfadada, su barullo de tráfico incluso (visto desde fuera, claro, cuando no tienes prisa por llegar a algún lugar), la vida palpitando a cualquier hora del día o de la noche.
Soy consciente de que mi mirada es la de una chica “de provincias”, pero llevo ya más años viviendo en Madrid que en cualquier otro sitio, así que me he concedido yo misma el título de madrileña, y a mí, la Noche en Blanco, lo que me pareció fue una fiesta. Una fiesta de la cultura, claro, pero participativa, abierta a todos. Yo creo que sí se cumplió con creces el objetivo de “acercar el arte a la gente”. Aunque defraudaran o no gustaran todas las iniciativas, eso es inevitable en toda manifestación artística, y por lo menos, la convocatoria a nadie dejó indiferente.
16/09/2007
La memoria es el perro más tonto
Ray Loriga escribía en uno de sus libros: "La memoria es el perro más tonto, le tiras un palo y te trae cualquier cosa". Es cierto. Paso todos los días por el mismo descampado cuando regreso a casa, y de repente, el otro día se me apareció lleno de amapolas. Repleto de amapolas silvestres y flores amarillas como las de mi infancia, de esas que nos decían que no podíamos cortar porque nos orinaríamos en la cama de noche, y que yo nunca me atreví a cortar por miedo a que la advertencia se hiciera realidad. Pero lo que más me ha sobrecogido han sido las amapolas, altas y rojas como las que había al lado de mi casa de Soria, en un campito que llevaba hasta una caseta que se veía desde la ventana de mi salón, donde un día un chico se suicidó, metiéndose en la boca la pistola de su padre, porque su novia le había dejado. Yo sabía poco de esa historia, sólo lo que lograba rescatar de las conversaciones de los mayores. Decían que se había oído un disparo en la caseta, y todo el mundo subió corriendo por el camino de polvo, entre las amapolas. Yo tenía menos de diez años y pensaba en aquella chica, me la imaginaba igual que yo pero más alta, con el uniforme de las Escolapias, azul marino con la falda plisada, de tablas, y gritando de desesperación en el patio del colegio al enterarse.
Yo ni siquiera conocía a aquella chica, nunca se habló del tema en mi casa, y tampoco recuerdo que se comentara en el colegio. Hace ya más de quince años, y desde aquella tarde, nada. ¿Cómo es posible que la visión de un campo florido de amapolas, una visión alegre y despreocupada de regreso a casa, me traiga este recuerdo que ni siquiera sé si sucedió de verdad?
