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Alguien que anda por aquí

Ese ruido, cada noche...

Hay un ruido cada noche que hace volar mi imaginación. Un ruido de animal, y yo no tengo mascotas. Me dicen que no saben cómo puedo dormir tranquila con esa presencia en mi casa, pero yo no creo que sea nada que pueda dar miedo. Es un ruido como de pingüino rascando hielo con el pico para construirse un iglú en mi congelador. Por eso cuando muevo el frigorífico para ahuyentar fantasmas y eliminar sospechas deja de sonar unos instantes, hasta que cesa el movimiento y mi pingüino puede continuar con su tarea.

 

Barajo otras opciones: tal vez no provenga el traqueteo del mismo frigorífico sino de su entorno. El ruido también se parece al de un bicho apartando incesantemente tierra. Pero no se aprecia ningún sonido distinto y a estas alturas ya debería tener construida su madriguera... Por qué habría de estar un animal todas las noches rascando incansablemente detrás de los azulejos...

 

A no ser que sea un ratón que intenta escapar de prisión construyendo un túnel. Por eso tiene que aprovechar la noche, cuando sus carceleros están dormidos. Seguro que ha puesto un póster de una ratoncita en bolas para tapar el agujero que va alargando cada noche, por eso no habla con nadie y sólo escucho, cuando me quedo en silencio, su terco rascar.

 

No sé qué habrá podido hacer mi ratón para terminar encarcelado, pero le creo inocente y confío en que su arduo trabajo le lleve no al salón de mi casa sino a la libertad.

Así somos los optimistas

Es lo que tenemos los optimistas, que nos creemos capaces de atravesar la ciudad en quince minutos. Como si pensar bien fuera un superpoder que hiciera todo confabulara a nuestro favor. No se nos ocurre tener en cuenta los atascos, las prisas de los otros, los imprevistos, la vecina que te retiene, los semáforos en rojo. De verdad que odio llegar tarde, sé que es una falta de respeto al que espera, pero es que siempre pienso que voy a ser capaz de llegar a tiempo.

 

Me pasa lo mismo en otros aspectos de la vida, y no aprendo. Pienso bien incluso de esa llamada molesta al telefonillo por las mañanas que siempre es para meter propaganda. Sé que como mucho será el revisor del gas o un despistado, pero yo siempre pienso que puede ser un cartero de verdad o un repartidor de flores. Siempre. Me levanto siempre esperando flores. No confío en las estadísticas; me da igual que eso me haya pasado solo un par de veces cuando prácticamente llaman a mi timbre todas las mañanas.

 

Lo digo porque hace unos días tenía a un amigo en casa que no recogió un certificado para mí porque pensaba que podía ser una multa. También podría ser cualquier documento oficial o una notificación de los juzgados. “Lo siento, yo es que siempre pienso en multas”, me dijo. Y yo siempre pienso en regalos. Me muero de la intriga. Como una niña que no se duerme esperando a los Reyes Magos. Hasta el lunes seguiré pensando que tengo esperándome en las aburridas oficinas de Correos un regalo.



 

¿Tengo duendes o no?

¿Tengo duendes o no?

¿Quién puede dudar ahora de que exista la magia? Juro que apenas diez horas separan estas dos fotos, que me he encontrado a mi planta así al llegar a casa.

 

Esta mañana me pareció una insolente, porque se hace llamar “Alegría” (eso dijeron en el vivero) y en un día conmigo se quedó mustia, como aparece a la izquierda.

 

Pensé que la habría aplastado la lluvia y le cambié la posición al macetero para que no le cayera el agua del balcón de arriba, le pedí también ayuda a un duende y me la he encontrado así como está a la derecha al llegar esta noche a casa.

 

Por lo visto, hay que regarlas. Que no es suficiente con el agua de lluvia, hay que regarlas. Que las plantas hablan a gritos con los gestos de sus hojas y hay que regarlas. Que no es verdad que haya que tener una mano especial para que se mantengan lustrosas, decirles cosas bonitas ni cantarles canciones... es que, según me ha dicho el duende, hay que regarlas. Y funciona la magia.

 

Estoy feliz de haber encontrado la fórmula después de que en mis manos se hayan muerto tantas pobres plantas... y aliviada, que eso debe acumular mal karma. Hasta cactus he llegado a matar. Pero al final el truco es sólo eso, mirar cuándo la tierra está seca, y regarlas. Como todo lo que quieres que se mantenga vivo: estar atento y alimentarlo. También la llama. De la pasión, el amor, la amistad o el deseo. Las relaciones hay que cuidarlas.

He visto una estrella fugaz

He visto una estrella fugaz

Desde mi nueva casa, apenas un destello de luz oblicuo que surcaba el cielo nocturno entre los tejados. Siempre me paraliza la visión de una estrella fugaz. Me deslumbra esa magia efímera que atraviesa el aire, cambiándolo todo sin mover nada. Contengo la respiración y parpadeo, abro bien los ojos a todo alrededor, y no hay nada. Siguen esas dos estrellas titilando allí, el planeta ese que nunca me acuerdo de cómo se llama iluminando allá, un toldo que se deja llevar por el viento, las mismas antenas erguidas al fondo. Nada nuevo, pero todo parece diferente. Tocado por la magia de una estrella fugaz que ha surcado el cielo que se ve desde mi cuarto.


Me brota entonces la necesidad urgente de pedir un deseo. Alguien me lo dijo de pequeña una vez: “¡mira una estrella fugaz, pide un deseo!” y me pongo a buscarlo, rápidamente. Tengo derecho a un deseo porque he visto una estrella fugaz, pero es un doble regalo. Ya estoy donde quiero estar. En una casa desde la que puedo ver las estrellas fugaces, con vecinos que me recogen la ropa tendida cuando llueve y me acercan en mitad de la noche las cajas abiertas de la mudanza que dejé olvidadas en el ascensor. Anónimamente además, he llegado a pensar que son duendes, de tan acostumbrados como estamos en Madrid a que mucha gente no sea amable con el de al lado. Podían haberse llevado las cajas tranquilamente, por una de ellas asomaba un radiocasete. Pero se ve que a estos duendes no les hace falta la música. A mí, después de todos los problemas de los últimos meses, este tipo de bienvenida era precisamente lo que me hacía falta.

Qué prisa por crecer

Qué prisa por crecer

Mi sobrina de cuatro años se tira en la alfombra todo lo larga que es, coge un lápiz y un cuaderno. Juega a que está haciendo los deberes y sus hermanas pequeñas -las muñecas- no le dejan concentrarse. Están armando mucho barullo y yo tengo que reñir a las muñecas para que dejen a la hermana mayor hacer sus cosas importantes. Se parte de risa mi sobrina con este juego, y cuando acabo de mandar callar a las muñecas, invariablemente me dice: “¡otra vez!”.

Le parece divertidísimo, no sé si tendrá que ver con que haya por fin alguien más pequeño que ella que reciba órdenes, porque el hecho de quedarse concentrada frente a unos papeles significa que ya eres mayor o por verme a mí tan grandota hablando con unas muñecas de plástico y algunos peluches, que dan guerra también.

Todos los niños juegan a ser mayores, a mí de pequeña me encantaba fregar los cacharros. Mi madre me dejaba solo las cosas fáciles y que no podían romperse, yo me recuerdo esperando con ganas a que ella terminara para que me dejara a mí frente a la pila. Me decía que ya vería cómo se me pasaban pronto las ganas, que de mayor no me iba a gustar nada fregar los platos y yo pensaba: “qué tontería, cómo me va a dejar de gustar”.

Me recuerdo tan convencida de que sería imposible... Mejor no extrapolo y empiezo a pensar en las cosas que han dejado de gustarme con paso del tiempo, lo que he perdido al hacerme mayor, todas las veces que tengo aún que darle a mi madre toda la razón.

Tendríamos que involucionar

La felicidad está en las personas. Incluso si te sientes feliz porque te has comprado un coche o un móvil nuevo, lo que quieres es presumirlo y compartirlo con otras personas, aunque sea vía facebook.

Por eso yo fui feliz en Guinea Bissau. Y no lo digo por las personas maravillosas que conocí (los expatriados españoles, alegres y generosos; la joven que quiere ser periodista que me llevó a pasear por el puerto hablando del oficio; el fascinante médico guineano que me tuvo cinco horas pendiente de su palabra, de sus increíbles anécdotas), ni por reencontrarme con mi gran amiga y su marido, a los que adoro, porque eso no tiene mérito, con ellos podría ser feliz incluso dentro de una cueva. Me refiero a que me hicieron feliz las personas a las que realmente no conocí, con las que apenas crucé un par de palabras.

Porque es un país de gente amable y sonriente por naturaleza que desea los buenos días a los desconocidos, que se ofrecen a acompañarte aunque no les pille de camino, que van corriendo a hacerte un recado sin esperar nada a cambio, que te ofrecen comida y bebida si estás a su lado, que te llama por teléfono para ver si has llegado bien a casa, que te riñe como una madre si ve que te estás mojando por la calle y te obliga a esperar a que escampe bajo su techo.

Gente de palabra que no saben lo que es “quedar bien”, hombres que si te dicen que te van a llamar, te llaman (eso merece un post aparte, chicas), hay restaurantes en los que nadie usa servilletas pero de alguna manera el camarero consigue un par de pañuelos de papel para que te limpies las manos.

Feliz por ese niño que me enseñó a decir “mariposa” en su lengua y que se agachó a limpiarme el pantalón de tierra, como un acto reflejo, cuando me arrodillé para enseñarle la foto. Por esa chica que me cogía del brazo para evitar que me metiera en los charcos. Por ese artesano que se entretuvo en contarme con todo lujo de detalles la historia de cada una de sus piezas y la procedencia de sus maderas cuando sabía que no llevaba dinero para comprarlas.

Por ese pasajero que se ofreció a grabarme unos discos -y lo hizo- cuando le pregunté cuál era el cantante más famoso del país. Por ese hombre que se metió en una pelea y se ganó un par de puñetazos por defenderme, para evitar que intentara robarme un listo en el aeropuerto de Dakar.

Aquí tristemente eso no lo es normal. Hemos perdido en el mundo “desarrollado” ese preocuparse por el vecino y procurarle en la medida de nuestras posibilidades su bienestar. Ahora más que nunca este Madrid al que adoro me parece una ciudad inhóspita, pero quizá no todo esté perdido.

Hay personas que a veces te ceden el paso incluso en el peor de los atascos, que se agachan a recoger algo que se te ha caído, que se ofrecen a indicarte si te ven perdida... Hoy iba en el metro y un señor me ha avisado de que tenía el bolso roto, “no fuera a ser que se me cayera algo o que me lo hubieran rajado para robarme” y cuando le he dado las gracias por la advertencia me ha respondido: “no, por favor. Qué menos”. Eso digo yo.

Un sociólogo guineano me explicó que cuanto menos desarrollada está una sociedad, en cuanto a progreso económico, más se cuidan las personas entre ellas, aunque no sean del mismo grupo. Aunque sea una blanca turista como yo. Conforme vamos progresando ganamos en individualismo, me dijo, es ley de vida, pero yo creo que eso no es progreso, que para ganar en calidad de vida tendríamos que involucionar.

Cómo seguir creyendo en la Humanidad

La niña ve que su padre está triste e intenta animarlo. Canturrea, juega, baila para él. Como ve que eso no funciona, le da un globo atado a una cuerda y le dice: toma, átatelo a la mano. Y sonríe, triunfal, creyendo que ha encontrado la fórmula.

La niña tiene tres años y lo que le han dicho es que a su padre le duele la tripa. Ése es un dolor imaginable para ella, que no sabe de guerras, de bombas, de dictaduras, de represión, de venganzas, de las penurias que están sufriendo sus familiares de allá.

Ella no sabe de rabia y de injusticias pero cree firmemente en que lo que más puede ayudar a su padre a estar contento es llevar un globo blanco de propaganda atado a la muñeca. Y tiene razón. Ese gesto de amor y ternura es lo único que nos puede salvar de la barbarie de este mundo, un empuje a la sonrisa y a la lucha, a seguir creyendo en la Humanidad.

Aullando a la luna

Aullando a la luna

A menudo me quedo mirando al cielo e invariablemente, una vez al mes, me parece que la luna está casi llena. Siempre creo que le falta un poco. Me lo reprochó una amiga ayer paseando bajo la luna por Madrid: qué pesimista, siempre buscas la perfección, ves el vaso medio vacío, me dijo. Pero no: es que siempre pienso que mañana será mejor.

En la ciudad del silencio

En la ciudad del silencio

La gente decía: “Cáceres es muy bonito ¿pero a qué vas?” Pues a verlo, que es muy bonito. Que no lo conozco... Y te miraban extrañados. Pero yo estaba donde quería estar. ¿En plena ola de calor, de vacaciones y en Cáceres, pudiendo haberme ido a la playa? Pues sí.

 

Estaba como y donde quería estar, y eso es muy raro hoy en día, que siempre andamos queriendo estar en otra parte, o con el cuerpo aquí pero con la cabeza más allá, revolviendo el pasado o escudriñando el futuro.

 

Quizá es que yo tenía últimamente mucho ruido, que andaba necesitando un cambio de aires. Que mis pasos avanzaran por otros caminos, que mis ojos descubrieran otros paisajes. Pero no le quiero quitar mérito, sigo fascinada con esa ciudad en la que en cada esquina se respira el silencio, que tiene un color como de película antigua, un aire como de vuelta al pasado, un orgullo centenario.

 

Así lo describe un poeta de Cáceres, David Eloy Rodríguez, en el maravilloso poemario Para nombrar una ciudad: "Como nos deslumbran los besos desconocidos de una boca bien conocida, así nos asalta de repente una ciudad nueva, espigas del tiempo encendido, el lugar exacto en el que ser".

 

Cruzo una puerta buscando el fresco y me sorprende la escultura de un unicornio. De alguna parte sale un hombre que me explica el origen del animal mitológico y otro más adelante que se ofrece a guiarte cuando te ve perdida, hay otra persona que a lo tonto te regala un chicle de sandía, fresquito, para combatir el calor y un chico sonriente que te escucha quejarte del sol de plomo y te indica el camino a unas piscinas naturales.

 

Eso es lo que más me ha deslumbrado de esa ciudad. Que la gente es amable sin venir a cuento, gratuitamente, sin esperar nada a cambio, porque les sale así. Porque es mejor. Y siempre tenemos la posibilidad de hacer esa elección.

Sin vergüenza

Sé que no está bien visto, que muchos se burlarán o me juzgarán mal, pero qué demonios. Estoy contenta y voy a confesarlo, a bocajarro: me gustan las congas. Me encantan, soy fan. Yo por mí, iría haciendo la conga cada vez que tengo que ir al baño o a pedir una copa.

Lástima que se estilen tan poco. No sé por qué están pasadas de moda. Sé que generalmente se las considera una horterada, pero oye, a mí me encantan, hay gente a la que le gusta el olor de la gasolina o el sabor del Frenadol y yo no les digo nada. Bueno sí, me espanta y lo suelto cada vez que alguien me lo dice, pero allá cada cual con sus perversiones.

El caso es que yo disfruto con las congas. Puedo estar aburrida en una fiesta, cansada y con unas ganas terribles de largarme a casa, que en cuanto diviso un trenecito de personas me cambia la cara. Vale que hay veces que te enganchas a alguien sudoroso, y que la de atrás te tira del pelo en vez de cogerte por los hombros, y que son arrítmicas, desfasadas, van a trompicones, pero igualmente a mí me reconcilia con la vida ir agarrada a una fila de desconocidos que culebrea y entorpece a la multitud que te mira entre divertidos y avergonzados.

Debo decir en mi defensa que jamás he empezado una. Yo solo me dejo llevar. Así vengo contagiada de entusiasmo de Las Vistillas, porque a alguien se le ha ocurrido iniciar una conga y yo me he tirado en plancha. No puedo evitarlo. Fíjate si me gustarán las congas que mira las horas que son y estoy todavía hablando de las congas. Pues sí. Sí que me gustan, sí.

Qué lugares tan románticos

Esa guiri que tiene una pinta de guiri que no puede con ella, el que espera con un ramo de rosas que no sabe cómo sostener entre las manos, la que se impacienta sujetando un cartel con un nombre impronunciable, el que se apoya en una columna y mira cada poco el reloj, la que no hace más que comprobar que ha aterrizado el vuelo que sí, que lleva landed 35 minutos, la que pregunta a todos los que salen si vienen de Palma aunque no se por qué si todos los que llegan de Mallorca vienen con ensaimadas (pero todos, ¿eh?), esa que cree haber visto salir a Ana Obregón y se emociona, el que hace como que no le interesa lo que salga por la puerta, el que informa a gritos que acaban de sacar las maletas...

Pero sobre todo, esa gente ansiosa que se devora con la mirada desde que atraviesan la puerta, que se toca que se besa que se abraza y le estorba la valla, el que sale buscando a alguien con la mirada aunque sabe que nadie vendrá a recogerle y pasa rápido y disimula, el que sobrelleva la rutina de un nuevo aterrizaje sujetando el móvil en la oreja y especialmente esa gente que grita al reencontrarse...

Me encantan los aeropuertos. Me gusta sobre todo hacer el paseíllo en horizontal, tropezando mi alegría de bienvenida con el ansia de la espera de los otros, ese caminar en paralelo hasta que la valla nos deja palpar nuestro reencuentro... ¿Por qué no habrá sillas para ir a echar la tarde aunque no vaya a recoger a nadie? 

Cubiertos de olvido

Yo, a priori, me creo casi todo lo que me dicen. Seré una ingenua, pero no me va mal. Por eso, cuando he leído esta mañana que limpiar “es una actividad del cerebro creativo” me he puesto manos a la obra. Y mis compañeras de piso, encantadas. También es cierto que todos nos creemos lo que nos interesa, y resulta que ésta es mi semana de limpieza, vamos, que me tocaba limpiar la casa de todos modos, pero ahora lo he hecho con ánimos renovados. Por el bien de la literatura, digo. Por echarle algo de comer al blog.

Yo generalmente me pongo música para entretenerme y alegrar la tarea, así que dejar correr libremente a mi cerebro en silencio mientras limpiaba ha sido una catástrofe. Una catarata de recuerdos, una avalancha de nostalgia.

Porque ahí estaban, cubiertos de polvo, cubiertos de olvido aunque los tenga delante, la radio antigua con la que mis abuelos escuchaban “el parte”, el Espinete de plástico que me regalaron para que me diera suerte cuando me vine a vivir a Madrid, el vaso lleno de tapones de refresco que en realidad es la casa de los sueños que no nos molestamos en tener (nuestra aportación al arte contemporáneo, ver post http://entretanto.blogia.com/2010/070201-si-lo-sabes-mirar-es-arte.php), el periódico de hace dos siglos que rescaté del “mercado de las pulgas” de París...

Hasta quitarle el polvo al mueble bar me ha dado tristeza, aunque traiga promesas de fiestas futuras... porque desde luego no se puede vivir con tanta botella a medias, habrá que inventarse una excusa para celebrar otra fiesta del “ponch”...

A cualquier cosa lo llaman arte

Por lo visto, no es una bola de papel arrugada lo que veo tirado en el suelo de una de las salas de exposiciones de La Casa Encendida de Madrid. Qué insensible. Me acerco más y compruebo que en realidad es un mapamundi arrugado. Ajá. Un cartel que dice que en realidad, se trata de una obra de arte titulada “world”, con la que un tal Martijn in´t Veld ha querido “llamar la atención sobre los miles de datos contenidos en el mundo que desaparecen de manera casi inmediata”. Aaah.

El que ha editado el catálogo tiene la osadía de dejar escrito que lo que el artista ha llevado a cabo al arrugar un mapa es “un acto poético”. La poesía es otra cosa, aunque es cierto que es una bonita metáfora de lo que hace mi banco con mi dinero, porque esa bola de papel arrugada está financiada con la obra social de Caja Madrid.

Pero hay más. A su lado, una serie de fotografías hechas por un tal Marinus Boezem, de quien el cartel dice que es un artista que tiene “inclinación hacia lo inmaterial”. Un visionario que asumió hace años que las ideas “son más importantes que las formas”. Su obra se rige por la “voluntad de acabar con las convenciones imperantes en torno al medio y al soporte”.

¿Y en qué ha empleado todo ese talento que grandilocuentemente anuncia el cartel? En fotografiarse meando. “Piss Project” se llama, no podía ser más explícito. Pero no es un grosero, es un artista, al que le importan más las ideas que las formas, que decía. Por eso la serie muestra, imagen a imagen, el proceso con el que “el propio cuerpo del artista transforma las propiedades del agua salada bebida en el Mar del Norte y orinada en el Ijsselmeer, un mar de agua dulce”. Qué trasgresor. Y aún hay quien lo aplaude porque con este acto “performativo ahonda en las particularidades del espacio y el tiempo como ejes en torno a los que se articula toda experiencia”.

Huérfana de lo cotidiano

Algunos no se lo creerán, pero hubo un tiempo en que la gente se echaba a las calles sin un teléfono móvil en el bolsillo. En aquella época yo tenía tanta o más vida social que ahora, y de alguna manera misteriosa conseguía mantener el contacto físico con las personas de mi entorno y llegar a tiempo a las citas sin necesidad de darles un toque ni avisarles por mensajitos de que llegaba para variar tarde.

 

Sin embargo, esta noche se me ha cortado la respiración unos instantes cuando me he dado cuenta de que me había dejado el móvil cargando en casa, y ya estaba metida en el metro.

 

Hace años que superé mi dependencia del reloj, me lo propuse como terapia para disfrutar más del tiempo sin estar tan pendiente de la hora. Ya no llevo reloj de pulsera ni lo echo de menos, pero hoy me he dado cuenta de que me he convertido en una yonki del móvil.

 

Supongo que alguna vez habréis sentido esa sensación de orfandad: si no llevo el móvil encima, parece que se entrecorta mi vida social. No me entero de lo que pasa, quizá me haya llamado para avisarme de que llega tarde, de que cambia el lugar de encuentro, de que una avalancha de nieve le impide salir de su casa... o de que me ha dado plantón.

 

Porque en ese momento en el que te ves sola en mitad de la calle en medio de tanta gente que se da dos besos, abrazos y arrancan a caminar juntos, empiezas a replanteártelo todo. A dudar de dónde, cuándo, cómo hemos quedado... y si me apuras incluso por qué: ¿de verdad teníamos ganas de vernos... no nos hemos dado largas y ha quedado todo en un “ya nos veremos”?

 

Déjate de tonterías y piensa en soluciones. No las hay. No queda otra que esperar. Hay cabinas telefónicas, claro, pero acabo de caer en la cuenta, aterrada, de que únicos números de teléfono que me sé de memoria no me sirven para nada: el de la casa de mis padres y el de un amigo que ahora mismo estará en Munich.

 

Son los únicos que he tenido que marcar, uno a uno, con los deditos. Y el de mi amigo porque hubo un tiempo en que tuve que recurrir a él de madrugada cuando yo aún no tenía teléfono móvil y él sí. En situaciones desesperadas se agudiza el ingenio y fui capaz de recurrir a la memoria, ahora atrofiada porque todo me lo recuerda la agenda del móvil. Otro día si queréis os cuento esa historia, ahora la moraleja queda clara.

 

Ha sido tal mi desasosiego que he estado a punto de preguntarle la hora a la gente para ver si mi cita no aparecía porque aún era pronto o si ya era demasiado tarde... hasta que me he dado cuenta de que estaba justo debajo del reloj de la Puerta del Sol.... a veces, para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada, que decía el poeta.

Mejor ser vividor

Critica José Luis Sampedro que a la palabra “vividor” se le haya cargado con connotaciones peyorativas, “cuando vivir plenamente debería ser la meta”, y me asusto dándole la razón.

Si me presentaran a alguien diciendo “Fulanito es un vividor” le miraría fatal. Peor que si me dijeran “Fulanito es un consumista”, y mira que también me dan alergia los adictos a las compras y los centros comerciales. Lo que son los prejuicios.

Lo digo también porque yo estoy hecha una vividora últimamente, y prueba de ello es esta prolongada ausencia. Una vergüenza todo el tiempo que he estado sin aparecer por aquí, lo sé, aunque ya advirtiera de que mi unicornio azul se iba a ir con su cuerno de añil a escarbar palabras en otros lugares...

Una vergüenza porque ahora no es que tenga un unicornio azul, sino que tengo dos: Acabo de encontrar un nuevo trabajo y, como dice un amigo mío, con los tiempos que corren, firmar un contrato es como cazar un unicornio... ¡y así ha sido! Increíble... Así que ahora tengo al unicornio que me ayuda a escribir y al que cabalgo para llegar a final de mes.

Tremendamente afortunada, lo sé. Pero voy a aprovecharlos para escarbar más hondo y para explorar nuevos territorios.... resulta que el animalito es caprichoso y se ha ido precisamente a pastar a otro blog... pero no me hace competencia, son todo ramificaciones del mismo árbol que un día de estos verá sus frutos.

La fórmula que todo lo cura

Hay una edad a la que crees que los besos curan de verdad. Te hacen daño o sufres una caída, te coges un berrinche y entonces llega tu madre, cura sana cura sana, te da un beso y ya está.

Te calmas, dejas de llorar, porque tienes una fe ciega en el amor de tu madre y porque en realidad lo único que necesitas, en el fondo, es ese cariño que te hace sentirte a salvo: los besos protegen de verdad.

En el mejor de los mundos posibles

En el mejor de los mundos posibles, todas las personas sonríen amablemente por las calles, todo funciona siempre a las mil maravillas y el coche nunca te deja tirada.

En este mundo no, claro, no es perfecto, pero a veces juega a ser el reflejo de ese mundo ideal. Es entonces cuando el coche te deja tirada en el mejor de los escenarios posibles: no en un descampado rodeada de ovejas a punto de ser esquiladas sino al lado de una estación de metro donde se está celebrando un recital poético musical, rodeada de buena gente con ánimo de fiesta y ganas de ayudar al prójimo, o sea yo, tan perdida que no sabía ni siquiera si mi coche tenía pinzas ni qué aspecto tienen para ponerme a buscarlas en el maletero lleno de trastos.

Pero ahí había uno, dos, tres gentiles caballeros dispuestos a echar una mano (al capó del coche para empujarlo), todo el que pasaba me preguntaba qué tal iba la cosa, había música y baile y poesías y cerveza para todos, así que no era posible estar de mal humor, nerviosa o impaciente mientras esperaba al mecánico y luego a la grúa a pesar de que me he quedado sin coche justo en un día de fiesta, vete a saber cuándo me lo devuelven y cuánto me costará la avería, porque en este Día de la Hispanidad he vivido mi propio desfile de música y palabras, desfile de personas amables que han logrado que hoy al menos este mundo se parezca al mejor de los mundos posibles.



Ésta es la fuerza de tus deseos

Ésta es la fuerza de tus deseos

Es un experimento sencillo. Se cuece un poco de arroz normal y corriente, se reparte en dos frascos y se dejan durante algunos días en algún lugar; en mi caso, han estado cuatro días sobre la misma mesa de mi terraza.

Pero a uno de ellos he estado todos los días diciéndole cosas bonitas, echándole sonrisas y miradas complacientes y al otro frasco le he hablado mal, he aprovechado para descargar sobre él mis frustraciones e iras del día a día.

Sólo he hecho eso, lo prometo. A uno le he estado mirando mal y al otro le he estado hablando de cosas positivas, la mayoría de las veces ni siquiera en voz alta, no fuera a ser que me tomaran por loca mis compañeras de piso. También ellas han alucinado al ver los resultados: que a los pocos días el frasco redondo que recogía mis malas vibraciones se ha puesto negro, mientras que el frasco cuadrado seguía manteniendo el arroz blanco.

No hay truco. Podéis creerme o no, yo misma inicié este experimento con total excepticismo, absolutamente incrédula cuando me lo contaron. Por eso lo hice, y la verdad es que los resultados dan un poco de miedo. El arroz cocido no escucha, no ve, no siente ni padece y aún así se ha puesto negro, sólo con desearlo. Y si eso le pasa al arroz...


Permiso para chillar

¿Y por qué os montáis si os da miedo?

Dice una niña en la entrada del Abismo, la atracción más salvaje del parque de atracciones. Cómo explicarle que los mayores disfrutamos y a veces necesitamos sentir incluso miedo, esas emociones que son cada vez más fuertes porque cada vez son menos las tenemos a nuestro alcance.

Cuando eres pequeño todo es una aventura, y no te paras a pensar en nada, así que sufres mucho menos. A todo mi grupo nos pasaba lo mismo: habíamos montado en esa misma atracción hace años y no nos dio tanto miedo como ayer, quizás ahora lo necesitamos más. Montarte en una de esas atracciones te da permiso para chillar.

Más femenina, ¡hombre!

Pero qué le pasa a la gente a la que le gusta ir a Ikea

tienen vocación de ratones o qué

me debe faltar algún cromosoma

porque no soporto ir de tiendas

no me gasto un dineral en cremas

no me gustan las peluquerías

teñirme el pelo, comer helado, acumular zapatos

celebrar con postales y flores San Valentín.



Pero rindo culto a los demás tópicos cuando

me tomo una copa y hablamos de hombres

voy en el metro y critico a los hombres

Me quedo mirando a las chicas muy guapas

con esa mezcla de admiración y envidia tan femenina

Suelo maquillarme en los semáforos

Digo que no a veces cuando es que sí



También soy rara a veces

le doy cien vueltas a las mismas cosas

se me complica lo más sencillo

me pierdo en el silencio si guardo secretos

Me da pereza la piscina porque moja

no me gustan los helados si están fríos